
Esta carta la escribí hace ya tiempo para un concurso de cartas de amor. A ratos me gusta y a ratos no. A veces reniego de su melodramático final; otras veces digo que se fastidien y lloren, o que rían (va en gustos) con este final de folletín. Bueno, da lo mismo, aquel día la escritura me brotó de golpe, y así, para bien o para mal, se va a quedar la criatura; modificar algo sería una traición. No sé tú, pero yo me entiendo.
La carta dice así:
Qué pronto se ha hecho tarde, mi gorda. Pero te debo esta carta; decirte las cosas que no te dije, o decírmelas a mí. Así es como te llamaban cuando tú no les oías: LA GORDA, inflando la ‘o’ y la ‘a’. Nunca me gustaron las gordas. Ya de niño me daban repelús. Qué extraña palabra: arañas recorriendo la piel. Sigue leyendo








