Cuando la musa araña

El joven aspirante a poeta se enamoró con un amor que anulaba su voluntad. “Como debe ser”, se decía a sí mismo recordando la cita de Pascal que sentenciaba que cuando no se ama demasiado es porque no se ama lo suficiente. Y en los poemarios de sus poetas preferidos buscaba ver su amor reflejado y encontrar palabras que dieran forma a sus anhelos y sentimientos, a su pasión. Y así, en “Joyas de la poesía” subrayó aquellos versos: Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo, / quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente, con la esperanza de que se hicieran realidad. Y sucedió que le fue concedido su deseo, y al instante él fue ella, su amada, con su sangre, su corazón, su mirada… Apenas un fulgor, como una leve vibración en el aire, lo justo para sentir que ella no le quería. Y fue entonces cuando el joven aspirante a poeta escribió su mejor poema.

Capirotes

Reunida la familia en torno a la mesa, el padre da las gracias a Dios por los alimentos que van a tomar. “Amén”, replican la madre y los dos hijos, de cinco y ocho años, a la vez que se santiguan. Acabada la cena, marido y mujer acompañan a los niños hasta el dormitorio, y ya en la cama es la madre quien los guía en las oraciones: “Señor, protege a…”. Después, cogidos de la mano, la pareja se dirige al recibidor, donde el hombre descuelga una túnica y un capirote blancos del perchero. Se pone la túnica y la mujer acaricia el círculo rojo que ella le bordó a la altura del pecho: una cruz sobre un fondo rojo y una pequeña llama en el centro de la cruz. Una joya de hilo de la que se siente muy orgullosa, tanto como de su caballero blanco. Le abraza y él la aparta delicadamente: un deber ineludible le espera. Del paragüero coge una tea, se cubre con el capirote y sale a la noche dispuesto a incendiarla. La cacería va a empezar.

Verde que te quiero verde

Se llamaba Artemisa y me decía que yo le gustaba mucho porque sabía escuchar, y que lo que más necesitaba una mujer sensible como ella era que la escucharan. Pero pasado el tiempo cambió de opinión. “Eres una oreja sin sentimientos”, fue su sentencia final. Así, como suena. Todo empezó a torcerse cuando conoció a aquella gente que dedicaba los fines de semana a abrazar árboles en los parques o en la sierra de Madrid.

—¿Abrazar a los árboles? ¿Por qué esta nueva ocurrencia? —pregunté cuando me propuso que nos uniéramos al grupo.

—¿Nueva ocurrencia, dices? No me gusta tu tonito — se quejó Artemisa—. Que sepas que está demostrado científicamente que al abrazar a los árboles nos beneficiamos del impacto que sus vibraciones producen en nuestro organismo. Nuestra salud mental y física mejora, además de favorecer la creatividad. Y entramos en comunión con la Naturaleza toda, con la madre Tierra, donde el árbol hunde sus raíces.

Lo dijo sin titubear, como si estuviera leyendo un artículo de Wikipedia.

—Qué pena no haberlo sabido antes. Qué pena mis padres —me lamenté.

—¿Qué tienen que ver tus padres en todo esto? ¿De qué pena hablas?

—Cuando llegaba el buen tiempo, mis padres nos llevaban a los tres hermanos al campo. Y allí nos soltaban con la única consigna de que tuviéramos precaución, una precaución indeterminada, imprecisa, supongo que para cumplir con el papel de padres responsables, y que regresáramos a la hora fijada —eso era innegociable— para comer tortilla de patatas, filete empanado y ensaladilla rusa, también innegociables. Como ves, todo muy pragmático, nunca nos hablaron de abrazar a los árboles. Y por eso digo que es una pena. De habernos informado de estas propiedades vibratorias de los árboles, en lugar de escalarlos los habríamos abrazado, y ahora seríamos mejores personas, en comunión con el Cosmos.

—Eres un gilipollas. Te burlas de lo que no entiendes. Seguro que si abrazarás a los árboles no serías el capullo neurótico que eres. Siempre analizándolo todo desde tu caparazón, incapaz de dejarte llevar, de fluir.

Cuando Artemisa empezaba a hablar de flujos, no había nada que hacer. Estaba realmente enfadada y preferí no decir nada más. Luego fluyó hasta la puerta y se marchó de mi casa. Por la tarde la llamé para pedirle perdón. El próximo fin de semana iría con ella a la sierra para abrazar árboles. Sí, sí, estaba seguro, no lo hacía por obligación, simplemente me dejaba fluir, aunque esto último no se lo dije para que no me colgara el teléfono.

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Artemisa estaba en lo cierto, soy un neurótico que todo lo somete al escrutinio de la razón, una razón paralizante, enrevesada, tiquismiquis, así que mientras el resto del grupo ya se había abrazado a los árboles, yo me aproximaba a mi pino como si fuera pisando mierda, con un gran sentido del ridículo. No lo podía evitar. Por fin me agarré a él como una garrapata se agarra a la piel que la alimenta, para no volverme atrás. Y resultó que su circunferencia superaba en unos centímetros la que formaban mis brazos. Tuve que hacer un gran esfuerzo para abarcarlo en su totalidad y que los dedos de mis manos se encontraran.

—¡Joder!, tengo una contractura en la espalda, por el puto abrazo —protesté cuando Artemisa me vio retorciéndome de dolor.

—No hables así delante de los árboles, alteras sus vibraciones. Y esto te pasa por imbécil. No es una competición de a ver quién da el abrazo más grande o tiene el pino más gordo. Los tíos siempre igual. No tenéis remedio.

No quise entrar al trapo y le dije que me esforzaría en entender su filosofía, que comprendiera que dada mi rigidez mental no me era fácil intimar con los árboles, tan altos, tan recios, tan longevos, tan en silencio. En fin, que tuviera un poco de paciencia conmigo.

A Artemisa pareció agradarle mi actitud, aunque desde aquel día las cosas no volvieron a ser como antes. Se fue distanciando. Su cuerpo estaba a mi lado, pero ella…, vete tú a saber dónde. La imaginaba abrazando árboles a diestro y siniestro, cada vez más y más lejana.

“Tenemos que hablar”, me dijo un día. “Malo”, pensé. Y hablamos:

—Te dejo. Eres tóxico para mí —me explicó, y luego añadió aquello de que yo era un oreja sin sentimientos. Desde que hay preocupación por el medio ambiente, las personas hemos dejado de ser malas influencias para ser tóxicas. Por lo visto yo era CO2 para el alma pura de Artemisa.

—No me digas que me dejas por un árbol —le dije, haciendo uso del sarcasmo para ocultar mi dolor. Pero me salió el tiro por la culata.

—Efectivamente, te dejo por un árbol.

—¿Y quién es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? —quise saber, absurdamente celoso.

—Es un olmo del Retiro, vive muy cerca del Palacio de Cristal ­—me dijo Artemisa, con un punto de soberbia, aunque al instante vi que se arrepentía de haber hablado. Quizá temía represalias por mi parte.

—¿Y se puede saber qué te da ese olmo que yo no pueda darte?

Artemisa hizo un gesto que bien podría significar “la lista sería interminable pero confórmate con la versión abreviada”

—A su lado me siento en armonía con el mundo, protegida, el olmo me comprende y me acepta, no me juzga. Puedo ser realmente yo, sin artificios.

Temí que Artemisa estuviera en pleno brote psicótico, que lo suyo fueran alucinaciones.

—Pero… ¿te habla? —dije sin un ápice de ironía, mi preocupación era sincera.

—Me habla a su manera. No hacen falta palabras cuando hay verdadera comunicación. Las palabras son etiquetas que ponemos a la realidad para creer que entendemos algo. Todo eso es ficción. Mi olmo y yo nos comunicamos a un nivel profundo, al que tú jamás podrás llegar. Adiós. 

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Disfrazado de corredor dominguero en sábado corría yo por las inmediaciones del Palacio de Cristal. Pantalones cortos rojos sobre unas mallas negras, camiseta de tirantes verde, cinta amarilla en la cabeza, mochila a la espalda y cara de llevar horas corriendo una maratón. En la mochila, además de una botella de agua y un bocata de chorizo, escondía un cuchillo de treinta centímetros de hoja. A excepción de la mochila todo era nuevo, hasta las zapatillas naranjas, comprado el día anterior en Decathlon, pues yo nunca había corrido, ni siquiera para coger el autobús cuando se me escapaba (“Anda y que te den, cabrón”, culpaba siempre al conductor)

Mientras me desprendía de la etiqueta del pantalón, que se me había olvidado arrancar, me dije para mí: “Vestido de esta guisa, espero a Artemisa”, infame pareado con el que intentaba restarle trascendencia al momento que iba a vivir y así tranquilizarme. Como conocía sus rutinas, y en los días previos me había informado de la ubicación de los olmos, sabía aproximadamente cuándo y por dónde podría aparecer.

A las tres horas, cuando ya estaba a punto de rendirme, con el cuerpo dolorido de tanto trote, apareció Artemisa por uno de los senderos. No caminaba. No corría. Venía dando saltitos, como si dentro de su cabeza sonara algo parecido a “Pachín, pachín, pachín, mucho cuidado con lo que hacéís. Pachín, pachín, pachín, a garbancito no piséis”. Parecía muy feliz, y tuve que aceptar que las vibraciones que Olmo le transmitía eran de mejor calidad que las mías.

Mi primera intención fue esconderme detrás de un árbol para espiar sus movimientos, pero ¿y si por solidaridad gremial el árbol se chivaba a su colega Olmo de mi presencia, y este, a su vez, se lo chivaba vibratoriamente a Artemisa? Mejor esconderme detrás de un arbustillo que harto de la arrogancia de los árboles, tan clasistas, seguro que se ponía de mi parte. Y eso es lo que hice. Hasta que Artemisa me sobrepasó y me puse a seguirla. También ella llevaba una mochila a la espalda, con el dibujo de una margarita personificada que guiñaba un ojo y sacaba la lengua. De no conocer a Artemisa, habría pensado que sabía que la seguía y que se estaba burlando de mí. Aquella tarde llevaba el pelo recogido, y al ver su coleta balancearse al ritmo del pachín pachín, sentí una profunda desazón, como suponía que deben sentirse aquellos corredores de fondo que saben que por mucho que se esfuercen nunca llegarán de los primeros a la meta.

No tardó mucho en detenerse frente a uno de los olmos que yo tenía localizados. ¿Por qué ese olmo y no otro?, me hubiera gustado preguntarle. “El amor no tiene explicación”, creo que habría sido su respuesta. A distancia, con los brazos abiertos, Artemisa parecía solicitar el abrazo de Olmo, y yo, para trivializar la escena la infantilicé en mi imaginación y convertí a Olmo en un dibujo animado con sonrosados mofletes y exuberantes labios, pero para mi desgracia aquello duró unos segundos, se impuso la imagen imponente de un Olmo grave, adulto, viril, y los celos me golpearon cuando Artemisa lo abrazó y lo besó, un beso largo que se me clavó en el corazón.

El resto del tiempo que Artemisa estuvo allí, lo pasó tumbada en la hierba contemplando la frondosa copa de Olmo, o bien apoyada en su tronco, o paseando alrededor de él. A veces se acercaba y lo acariciaba, o volvía a abrazarlo. Y aunque su comunicación fuera tan profunda que no necesitara de las palabras, vi cómo le hablaba y le leía de un libro que había sacado de la mochila. Cuando ya empezaba a anochecer, antes de irse, ejecutó una extraña danza en la que tan pronto elevaba los brazos al cielo como los bajaba hasta rozar con las manos el suelo, sin perder de vista a Olmo. Luego se despidió de él con un largo abrazo, pero esta vez no lo beso, sino que puso su mejilla sobre la corteza y así estuvo un buen rato.

Cuando la vi alejarse y su figura era un punto que se perdía en la penumbra, fui al encuentro de Olmo. La luz de las farolas solo alcanzaba a iluminar débilmente el espacio en el que nos hallábamos. Aun así me puse de espaldas al camino por donde pasaba la gente, ya escasa, para que no me vieran sacar el cuchillo. Con la punta rocé la corteza, pero ahora que estaba allí no sabía qué hacer. Tendría que improvisar. ¿Y si grababa mi nombre dentro de un corazón roto? Artemisa sabría que lo había localizado y que en cualquier momento podría hacerle daño. O podría, sin más preámbulos, privarle de parte de la corteza y dejarlo con esa lisura de imberbe, como pata de caniche recién trasquilado. O mejor hundirle el cuchillo una y otra vez hasta que le brotara su sangre blanquecina y se le quitaran las ganas de enviar vibraciones a quien no debía.

En todo eso pensaba cuando cometí el error de poner mi mano libre sobre su piel, gran error porque al instante un torrente de imágenes se fue proyectando en mi cabeza a gran velocidad. Vi a Olmo siendo apenas un frágil retoño y cómo luego iba creciendo, transformándose, ganando en robustez mientras el paisaje y las gentes iban cambiando al ritmo que imponía la rueda del tiempo, otras costumbres, otras modas, otros cielos, incluso oí la voz de Machado —¡malditas lecturas!— cantándole a aquel otro olmo, a orillas del Duero, antes que te derribe con su hacha el leñador… antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta… antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas… Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera, y así hasta llegar al presente, Olmo y yo frente a frente; yo ridículo, él majestuoso; yo ignorante charlatán, él sabio en su elocuente silencio.

Me mantuve de espaldas al sendero, ahora para que no me vieran llorar, y resignado guardé el cuchillo en la mochila. Me despedí de Olmo dándole un abrazo. “Mucha suerte, tronco”, le deseé sinceramente mientras me secaba las lágrimas.

Visionarios

1 de julio de 1566

Ahora que el final de mi vida está próximo, quiero redimirme escribiendo estas líneas, y quizá así mi alma alcance la paz que anhelo, al preveniros de los poderes que se me atribuyen y que no son tales, confusión que yo mismo provoqué con mis crípticos mensajes y la ayuda de la imaginación popular.

Soy Michel de Notre-Dame, aunque poco o nada os dirá este nombre. Pero si os digo que aquel por el que realmente se me conoce es el de Nostradamus, ya puedo imaginar cómo con su sola mención un sinuoso escalofrío recorre vuestro cuerpo, porque el nombre de Nostradamus está fatalmente unido a lo esotérico, a ese saber que no halla fundamento en la razón y produce temor y admiración a partes iguales.

Cuando miro hacia atrás y veo todo el camino recorrido, cuando las pasiones ya no tienen el poder de alterarme el juicio, debo confesaros que lamento haber publicado mis profecías. Porque aquel año de 1555, en el que empecé a publicarlas, ya era yo un prestigioso médico que descontento con las prácticas médicas habituales de las sangrías o el uso de las sanguijuelas chupasangres, prefería los beneficios que procuraban ciertas plantas cuyas propiedades yo conocía bien. Y mis píldoras rosas, elaboradas con 300 rosas rojas arrancadas antes del amanecer, pulverizadas y mezcladas con otros ingredientes que evito nombrar para no aburriros, eran muy deseadas porque puestas debajo de la lengua mejoraban la salud de los enfermos. También mis procedimientos para luchar contra la peste negra habían resultado más eficaces que cualesquiera otros. Ordené airear las casas, lavar las calles, quemar los cadáveres y todo aquello que hubiera estado en contacto con los apestados, exterminar ratas y pulgas…

Es con este retrato de benefactor de la humanidad como quisiera pasar a la Historia, pero me temo que la imagen de visionario eclipsará a la del buen doctor, porque todos buscamos la luz, pero nos seduce la oscuridad. El mundo cotidiano de mis prácticas como médico nunca podrá competir con los mundos extraños de esas visiones mías que ni yo mismo puedo explicar de dónde vienen; unas veces, de forma espontánea, como iluminaciones que de repente se cuelan en mi cabeza; otras, de sueños, o mejor decir pesadillas, que nada más despertar traslado al papel; o después de mirar en el fondo de un cuenco con agua, o de aspirar los vapores de plantas que ponía a hervir o quemaba.

Podría decir que para no volverme loco tuve la necesidad de dar a conocer mis visiones al mundo, que cuando las expulsaba de mi cabeza y las compartía, dejaban de atormentarme. Pero no puedo seguir engañándome, fue la vanidad de sentirme aclamado y de agrandar la fama que como médico ya poseía. Y si hice uso de un lenguaje oscuro, enigmático, no fue solo para eludir la acuciante presencia de la Inquisición, tan ávida por descubrir herejías o pactos con el diablo, sino porque ganaba en admiradores dispuestos a estrujarse los sesos por encontrar un significado a los abstrusos mensajes de mis profecías. Entonces me sentía poderoso. Ahora sufro las consecuencias.

Solo una de mis profecías me consuela de mi gran error, paradójicamente la que me dio mayor fama como profeta, la fama de la que ahora reniego. En la cuarteta XXXV de la centuria I, escribí: El león joven al viejo someterá. En el campo de batalla por singular duelo. En jaula de oro los ojos le atravesarán. Dos heridas en una. Después morir. Muerte cruel. Eso fue lo que escribí, y cuatro años después, Enrique II, rey de Francia y esposo de Catalina de Médicis, resultaba gravemente herido, accidentalmente, al romperse y salir disparada la lanza del conde de Montgomery, con quien peleaba, hasta atravesar la visera que lo protegía. Los dos contendientes llevaban sendos leones grabados en el escudo y la armadura. Diez días tardaría en morir Enrique. Y aunque el conde no era más joven que el rey, sino de parecida edad, ni el combate fue en dura batalla, sino en un torneo de celebración por la boda de su hija Isabel con Felipe II, era tanta la semejanza entre mi profecía y la realidad, que muy pocos dudaron de mi capacidad para adivinar el futuro, y a mí, además de obtener un mayor reconocimiento, me llevó cerca de Catalina, de quien estaba enamorado, pues después de este suceso me nombró su consejero y médico real.

Y es el persistente recuerdo de ese tiempo con Catalina lo único que ahora alegra mi vejez, aunque entonces fuera un suplicio tenerla tan cerca pero inalcanzable, tomándose ella conmigo las libertades que se hubiera permitido con un hermano mayor, pues fraternales eran sus sentimientos hacia mí, mientras que yo tenía que esforzarme en controlar los gestos que podrían delatar los míos, nada fraternales, para que no se sintiera incómoda en mi presencia. A su lado esperé que alguna de mis visiones me revelara si mi amor sería correspondido, si podría tenerla al fin entre mis brazos. Y recurrí a las prácticas habituales. Todo en vano. ¿De qué me servían entonces mis profecías, esas visiones tremendas? Es que entre torres ardiendo, decapitaciones y batallas, entre extrañas e irreconocibles construcciones que poblaban mi mente, ¿no había un pequeño resquicio para mostrarme lo que el destino me deparaba?

No, no lo había. Ni lo hay. Solo el tiempo me dio la respuesta. El futuro no está escrito, y si lo estuviera sería ilegible. Aceptad que la vida es incierta y que es una dicha que así sea. Aferraos al presente con uñas y dientes. Los jinetes del Apocalipsis siempre cabalgan a nuestro lado; al trote o al galope, pero siempre están ahí. Tenemos que convivir con ellos. Así que protegeos de los profetas que viven de vuestros miedos y los alimentan. Protegeos de mí.

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Adrenalina

Desde el banco donde estoy sentado veo la zona de juegos donde padres e hijos pasan parte de la mañana del sábado. Me fijo en el tobogán. La mayoría de los niños que se sube a él ha superado la primera fase, aquella en que subían ordenadamente por las escaleras y se deslizaban con precaución apoyándose en los pasamanos. Aburridos del trato convencional al tobogán, ahora experimentan nuevos usos, más creativos. Es decir, hacen el bestia de todas las formas posibles: se pelean por alcanzar las escaleras, suben de pie por la rampa, se tiran de cabeza, utilizan a otro niño de alfombra deslizante… “Os vais a hacer daño”, les advierten algunos padres mientras miran en el móvil.

Me llama la atención un niño de unos tres años. A diferencia de los otros de su edad, que esperan a que la manada se desfogue o se mate para subirse ellos al tobogán, este niño se empecina en imitar a sus compañeros grandullones. Es admirable la voluntad que le pone, el esfuerzo que hace por estar a la altura de quienes sin duda son sus ídolos. Y a ellos parece gustarles la actitud del niño, pues no solo no le apartan sino que le animan en su aventura. Entonces, una de las veces en que el niño intenta bajar de rodillas por la rampa, agitando las manos como si festejara su hazaña, está a punto de darse de bruces con el suelo.

Es uno de los chavales mayores quien informa al padre del niño, también absorto en la pantalla de su móvil, de que su hijo se ha caído. El padre mira hacia el punto que el chico está señalando, picotea aún unas cuantas veces con el dedo en el móvil, se lo guarda en el bolsillo y corre en ayuda de su hijo. Lo levanta del suelo y empieza a limpiarle el polvo con más ímpetu del que es necesario. El niño no llora, parece feliz. Hasta que su padre dice: “Se acabó, ya no hay más tobogán”. Entonces el niño se pone a berrear. Quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán. El padre tira del niño para alejarlo de allí, pero el niño tiene uno de esos llantos irritantes, que taladra los oídos y que cual sirena de ambulancia nos advierte de que para él es una cuestión de supervivencia volver al tobogán, a la vida. Al final, para satisfacción de todos los habitantes del parque, el padre cede: “Vale, pero tírate con cuidado”. Y el niño, que ya ha experimentado la atracción del miedo, protesta con un llanto ahora entrecortado: “Con cuidado no, con cuidado no…”.

Panza de burro

Mi madre era de Tenerife, de La Matanza de Acentejo (de La Matansa, pronunciaba Ella, claro). Mi madre era una mujer casi analfabeta porque de niña apenas fue a la escuela. Se quedó huérfana de madre y el lugar de la madre ausente lo ocupó una madrastra mala de cuento que la puso a barrer y a cocinar privándola de tantas cosas. Supongo que su padre, mi abuelo, al que no llegué a conocer, debía de ser un príncipe ensimismado en sus tareas de príncipe y no reparó en las carencias de aquella niña. Mi madre nunca se quejó, o se quejó muy poco, entrenada en la resignación de las mujeres de aquel tiempo.

Sí, mi madre, versada en sentimientos, era casi analfabeta, pero utilizaba palabras mágicas que en Madrid, donde luego ella vivió y nos criamos sus hijos, casi nadie conocía. Hace unos años, en no recuerdo qué medio de comunicación, tuvieron la iniciativa de elegir, a propuesta de los lectores, la palabra más bella del castellano. Yo elegí “alongarse”, en homenaje a mi madre y porque siempre me maravilló esa palabra con ecos de épocas remotas, y porque de niño me daba un toque de distinción, pues yo no me asomaba por la barandilla del balcón sin más como hacían mis amigos, yo me alongaba. “¡No te alongues, que te vas a caer!”, me gritaba mi madre. ¡Qué maravilla!, si hasta daban ganas de lanzarse al vacío. Luego imaginaría, ya en la adolescencia, a los suicidas románticos alongándose poéticamente a los acantilados. Tampoco yo hacía vulgares dibujos, yo dibujaba “machangos”. “Deja de hacer machangos y ponte a estudiar”, me rogaba Ella por enésima vez. Y cuando viajábamos no lo hacíamos en el vulgar autobús, sino en la guagua, cuyo solo nombre ya predisponía a la diversión.

Estos recuerdos me vienen mientras leo “Panza de burro”, la novela de Andrea Abreu, escritora tinerfeña de tan solo veintiséis años. Es la vida de dos niñas, en verano, en un pueblo del norte de Tenerife (aunque no se nombra), siempre nublado. Panza de burro es el color de esas nubes. Además de la fuerza de su poética, poética salvaje, nada sensiblera, una de las virtudes de la novela es la forma en que traslada el lenguaje oral a la escritura, sirviéndose de palabras y expresiones locales, pero también de neologismos y de préstamos del inglés, rompiendo con las reglas ortográficas para dotar al lenguaje de un vigor y una frescura que, fuera de normas, apunta directamente a las entrañas.

De “Panza de burro” se ha dicho que es una novela extraña, oscura, febril, divertida, dura, sucia, triste, incómoda… En el prólogo del libro, Sabina Urraca, su editora, dice: “Hay veces en las que he llegado a pensar que “Panza de burro” no era un libro, sino más bien un largo y poderoso exabrupto, un estallido de emoción a las faldas de un volcán, un corazón de mirlo latiendo bajo la tierra (…) De lo que me di cuenta era de que nunca había leído literatura actual, joven, vibrante, que transcurriese en la isla en la que me había criado (Sabina, aunque vasca por nacimiento, se crio también en Tenerife), que aprovechase su magia lingüística, que mostrase su extrañeza, su mezcla esquizoide (…).

Escritora y editora decidieron no acompañar el texto con un glosario que tradujera las palabras y expresiones que tejen la novela. Pienso que es un acierto, pues de hacerlo rompería esa magia lingüística, mejor que se lea como se escucha una canción, una canción en un idioma extraño que el cerebro, a fuerza de escucharla, vaya desentrañando. Además, casi nadie quiere viajar a un lugar donde lo entienda todo perfectamente.

Hace ya veinte años que murió mi madre, y leyendo “Panza de burro” me he sentido tan cerca de Ella como nunca me había sentido, sobre todo con la madre-niña que no conocí. Algunas de sus palabras y expresiones están en la novela. Pero no es la principal razón, pues el habla de la novela no es el habla canaria, sino el habla de un lugar concreto, de un barrio concreto, y las niñas, unas niñas muy concretas, muy alejadas del tiempo en el que vivió mi madre y con la rebeldía que yo hubiera deseado para Ella. Así que no son tanto las palabras, ni las vidas de las niñas, tan distintas de la de mi madre. Es la isla de la novela, con el majestuoso y amenazante volcán de fondo (los días en que el cielo estaba despejado se podía ver el vulcán. Muy pocas veces ocurría, pero todo el mundo sabía que detrás de las nubes vivía un gigante de 3718 metros que podía pegarnos fuego si quería), que gracias al lenguaje, pero más allá del lenguaje, no es solo un territorio, un entorno donde suceden las cosas, sino un organismo vivo: ese corazón de mirlo latiendo bajo la tierra. Y así me quedé yo después de leer la novela: latiendo todo entero, más unido a mi madre de lo que me habría sentido de haber leído una biografía suya sembrada de peripecias; latiendo con el perfume de su alma, con su esencia. No sé explicármelo mejor, misniños, o no quiero: las emociones no necesitan un “glosario”.

TIC TAC

No es de oro, ni de plata. Era el reloj de mi padre. Tiene números romanos y agujas labradas, y la esfera es blanca con irisaciones. Me gustaba el gesto orgulloso con que él se lo sacaba del bolsillo del chaleco o del pantalón, y cómo luego quitaba la tapa con un golpecito del pulgar y lo miraba satisfecho alzando la ceja izquierda, sobre todo cuando comprobaba que su hora coincidía con la que daban en Radio Nacional. “Clavao”, decía entonces, y, sosteniéndolo por la cadena, lo dejaba balanceando delante de mis ojos como si fuera un péndulo para hipnotizarme. Me dejaba darle cuerda, y yo me lo acercaba al oído para oír su latido. Mi padre siempre lo llevaba consigo, incluso cuando bajaba a la mina. Prometió regalármelo cuando cumpliera los dieciocho. Pero seré yo quien se lo regale a mi hijo, aunque antes habrá que cambiarle el cristal, restaurar la caja llena de arañazos y recomponer el mecanismo, porque lleva años parado en la fatídica hora de las doce y veinte, y ya es tiempo de que vuelva a latir.

Niños de ciudad

—Mañana será el día —dijo el abuelo.

—No creo que esté preparado. Es aún muy niño —dijo la abuela.

—¿Qué edad tenías tú la primera vez? Yo con nueve años ya…

—No es lo mismo. Nosotros hemos nacido y nos hemos criado aquí. Era algo natural, como el respirar. Además, ¿de qué le va a servir? Dentro de unos días se irá con sus padres a la ciudad y allí no…

—Le vendrá bien como experiencia. Le hará más fuerte —sentenció el abuelo.

Cada noche, sentados bajo la higuera, mis abuelos se ponían charlar. A esas horas yo solía estar dormido, agotado después de todo el trajín a que me sometía el abuelo durante el día. Pero esa noche aún aguantaba despierto. Desde la cama y a través de la ventana abierta les oía hablar mientras contemplaba el cielo cubierto de estrellas y me dejaba invadir por los olores que desde la parte de la huerta me traía la brisa nocturna. Sabía que estaban hablando de mí y que el abuelo tramaba algún nuevo reto.

Porque los abuelos tenían una idea precisa acerca de los niños de ciudad: además de pálidos y esmirriaos, éramos unos mimaos. El que yo fuera hijo único no mejoraba las cosas. Así que cuando cada año, en julio, mis padres me dejaban en el pueblo, ya estaban los abuelos frotándose las manos para enmendar la mala educación que yo estaba padeciendo. Como un dúo perfectamente sincronizado y especializado en sus funciones, la abuela sería la encargada de cebarme; el abuelo, de curtirme, tanto en lo físico como en lo espiritual, para que no fuera yo un quejica, un blandengue, un niño de ciudad, en definitiva.

La abuela me preparaba jugosos chuletones y huevos espectaculares. “Moja, moja”, me decía señalando la hogaza de pan que depositaba en la mesa y que tenía el tamaño y la geometría de medio balón de fútbol, un balón con mucha miga. A punto de reventar, no podía rechazar los postres que me ofrecía. “Todo hecho con productos naturales”, apuntaba continuamente.

Supongo que esa dieta era necesaria para aguantar el ritmo que me imponía el abuelo. A las siete de la mañana ya entraba en mi cuarto dando palmas y luego, después de un opíparo desayuno, en el que hasta panceta había, nos poníamos a cavar, sembrar, desbrozar, podar, trasplantar, dar pienso, ordeñar, rastrillar, barrer, regar…, en fin, a recorrer toda la conjugación agropecuaria, y siempre el abuelo soltando pullitas contra los urbanitas. Una de sus preferidas tenía origen en uno de sus viajes a la ciudad, el día en que vio a unos perros con abrigo. “Cuando una sociedad le pone chalequitos a sus perros es que se ha vuelto muy, muy gilipollas”, decía entre carcajadas, como si se le ocurriera por primera vez. Al atardecer me dejaba ir a jugar con los niños del pueblo, y a la vuelta me pasaba revista como un general inspeccionando a la tropa. Cada herida, cada rasguño, cada rotura del pantalón o de la camisa lo celebraba como si yo trajera medallas ganadas en el campo de batalla.

A la mañana siguiente, recordando la conversación de los abuelos, yo estaba con la mosca detrás de la oreja. ¿Qué me tendrían reservado? Y fue pasado el mediodía cuando el abuelo me pidió que le acompañara a la cocina, que la abuela nos esperaba. Y allí la encontramos, de pie, con una gallina en los brazos; la mano izquierda por debajo de la panza, la derecha en el pescuezo, que masajeaba con suavidad como si la gallina fuera un bebé al que quisiera tranquilizar.

—Presta mucha atención a lo que va a hacer tu abuela ­—dijo el abuelo.

—Mejor déjalo —imploró ella

—Hazlo —insistió él.

Y entonces la mano amorosa de la abuela se transformó en una garra que aferró con firmeza la cabeza de la gallina y la retorció hasta quebrar el cuello: CRACK. Luego la cabeza cayó sobre el pecho como si fuera de trapo. Me puse a temblar. Aunque había visto otros animales muertos, incluso escenas sangrientas y repugnantes, como la de una paloma devorada por un gato, aquello era otra cosa. No había sangre ni heridas, y la gallina parecía dormida, pero estaba el gesto brutal de la abuela, precisamente de la abuela, y el chasquido del cuello al romperse.

El abuelo salió de la cocina y al rato regresó con otra gallina. La puso en mis brazos y dijo: “Ahora te toca a ti”. Comprendí entonces por qué el abuelo había decidido que fuera la abuela quien ejecutara a la gallina, y no él. Fue su forma de retarme, de decirme: “¿No vas a ser capaz de hacer lo que hace una mujer?”

—Déjalo —volvió a insistir la abuela— ¿No ves que está muy asustado?

—¿Te parece justo que otras personas tengan que matar lo que tú te vas a comer? —me dijo el abuelo.

Si yo apenas podía respirar, ¿cómo iba a pensar? ¿Qué clase de pregunta era aquella? El abuelo abrió mi mano derecha y la puso alrededor del cuello de la gallina, que empezó a aletear sobre mi pecho, como si presintiera lo que le iba a pasar. Su cuello latía con fuerza en la palma de mi mano. Entonces sentí que mis pantalones se empapaban y que el pis caliente corría por mis piernas hasta encharcar el suelo de la cocina. Ni siquiera me dio vergüenza.

Desde aquel mismo momento, para los abuelos fue como si nada hubiera sucedido. No hubo reproches, ni sermones, ni burlas. Pero por la noche no pude dormir, me ardía todo el cuerpo, y el mundo empezó a parecerme un lugar extraño, incomprensible, o quizá solo era incomprensible para los niños de ciudad, que no podíamos entender un mundo en el que abuelos buenos y cariñosos les rompían el cuello a las gallinas.

Bienvenido Mr. Marshall

El año en que el ministro de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne, metió su culo de cachalote en las aguas del mar de mi pueblo, Palomares, yo era ya un niño obsesionado con las películas del Oeste, afición que se me había despertado asistiendo con mi padre al desierto de Tabernas, a unos sesenta kilómetros de Palomares, lugar de moda tras convertirse en un enorme estudio cinematográfico donde se rodaban cantidad de westerns. Entonces, mi gran sueño era convertirme en especialista de cine y realizar todas las acrobacias que ellos realizaban con pasmosa agilidad: encaramarme a lo alto de una veloz diligencia desde un caballo al galope; caer por la pendiente de una montaña con la facilidad de un canto rodado, arrojarme desde el primer piso de la cantina para destrozar la mesa donde los fulleros tahúres desplumaban a los incautos…

Pero como solo tenía diez años, de momento me conformaba con poder participar de extra en alguna de aquellas películas. Así que empecé a darle la tabarra a mi padre, que finalmente accedió, y, por medio de un amigo suyo relacionado con el mundillo del cine, conseguí un mínimo papel. Sería yo el hijo de un granjero al que un apache mataba de un flechazo en la espalda cuando junto a su familia intentaba huir de una emboscada. La película se rodaría ese mismo verano de 1966. Aunque breve, pensaba que aquella actuación sería el comienzo de mi exitosa carrera de especialista. Y tal era mi entusiasmo que comencé a entrenarme en mi papel dejándome caer por todos los rincones de la casa, con gran sobresalto de mi madre, que, al ver la vehemencia que ponía en mis simulacros, me advirtió de que más que muerte por flechazo parecía yo estar aquejado del baile de san Vito. Y así, ensayando el arte de morir de un niño en fuga, esperaba con impaciencia la llegada del verano.

Pero entonces pasó lo que pasó. Y lo que pasó fue que dos aviones norteamericanos, un bombardero con cuatro bombas termonucleares y el avión cisterna que cumplía con la rutina diaria de repostarlo, chocaron en el cielo de Palomares y en unos segundos el sofisticado mundo tecnológico de arriba cayó hecho añicos por las inmediaciones del rudimentario mundo de abajo, que carecía de alumbrado público y de agua corriente, y donde el burro y la bicicleta eran los habituales medios de transporte.

En los días siguientes mi pueblo fue invadido por los americanos, que montaron un campamento para mil doscientos soldados frente al mar, superando así a los apenas mil habitantes que vivíamos en Palomares. Desde lejos, en sus tiendas de campaña, parecían un ejército medieval que se preparaba para atacarnos, pero era el ejército más moderno y poderoso del mundo, que venía a llevarse la radiactividad, y nos preguntábamos qué leches era eso de la radioactividad, que cosa muy importante debía de ser para que la costa se llenara de acorazados que desplazaron a los pequeños barcos de los pescadores, a los que se les prohibió faenar, pues la tal radiactividad era además peligrosa por su poder contaminante del aire, de las aguas y las tierras, así que también se confiscaron las cosechas y pasamos a depender de la caridad de los americanos, que, después de jodernos con la radiactividad que liberaban sus bombas, se mostraban como benefactores de paso, como aquellos americanos de la película “Bienvenido Mr. Marshall”.

Aunque de todo esto, y de que una de las cuatro bombas se resistía a ser encontrada, nos fuimos enterando poco a poco, más por las noticias que se filtraban a la prensa que por la información que daban las autoridades americanas y españolas, empeñadas en ocultar el suceso; las americanas, para no perjudicar su imagen de país todopoderoso en medio de la Guerra Fría; las españolas, para no frenar el auge del turismo, principal fuente de divisas de un país en desarrollo. Y fue entonces cuando el ministro Fraga Iribarne se presentó en Palomares para darse un baño en nuestro mar y tranquilizar tanto a la población como a los potenciales turistas. “Aquí no hay radiactividad “, quería demostrar dentro del agua con su enorme e inflado bañador. Y con esa estampa de un Fraga que más parecía un párroco bien alimentado que un ministro de Información y Turismo, más las pancartas que se desplegaron para festejar la “buena” gestión de los gobiernos y el ¡Viva España!, fue como estar dentro de una película de Berlanga.

Y si regresamos al niño que yo era entonces, a su mirada de diez años, todos aquellos sucesos componían, efectivamente, una espectacular película que nos sacaba de la rutina y superaba con creces los rodajes en Tabernas. Sin salir del pueblo, habíamos pasado del género del western al de las hazañas bélicas, y ese mundo que solo conocíamos a través de las pantallas del cine y de la televisión estaba ahora a nuestro alcance: podíamos tocarlo; hablar, aunque generalmente por señas, con sus uniformados habitantes, algunos de ellos con extraños trajes que parecían de astronauta; y podíamos caminar por entre las tiendas de campaña y recibir gratis coca colas y chicles, y, desde la distancia que se nos permitía, contemplar el pequeño submarino como de juguete con el que se encontraría la bomba perdida en las profundidades del mar, siguiendo los cálculos, para vergüenza de los americanos, de un pescador que la había visto caer. «Paco el de la bomba», con ese nombre se quedó.

Por eso, cuando llegó el ansiado verano y los americanos se habían ido y mi pueblo ya no era noticia, no quise ser hijo de un granjero al que mataban los apaches, sino un soldado americano con su uniforme futurista, y jugué con los otros niños a pilotar barcos y aviones, a buscar radiaciones y rescatar bombas del mar. Y cuando alguien nos dijo que la costa de Almería habría desaparecido del mapa si las bombas de verdad hubieran explotado, intuí emocionado que difícilmente iba vivir otro verano como aquel.

En las nubes

De hoy no pasa, se dice Justino, hoy me apunto al gimnasio. Quiere dar un giro importante a su vida. Ya hace un mes que se matriculó en un curso de bricolaje y en otro de fontanería. Parecerán pequeños gestos, pero son el punto de partida para frenar esa tendencia suya a evadirse de la realidad, a perderse en fantasías. El trabajar con cosas concretas y no con entelequias le ayudará a conseguirlo. En el gimnasio, se centrará en su cuerpo, al que siempre tuvo abandonado porque eso de la unidad cuerpo mente no iba con él.

Ya en el colegio le decían que parecía un mueble, que tenía que participar, que mostrarse proactivo y socializar. “Socializar”, “proactivo”, palabrejas que se pusieron de moda. Incluso hubo un profesor que le pidió que dejara de estar en las nubes y de procastinar. Lo de las nubes lo entendió, pero ¿procastinar? Justino asintió con un leve movimiento de cabeza, apuntó el palabro en una hoja y luego lo buscó en el diccionario. Al leer el significado, le dieron ganas de dejar de procastinar para mostrarse proactivo y cantarle las cuarenta al pedante profesor. Pero prefirió dejarlo para otro momento.

No obstante, sabía que el profesor tenía razón: él siempre estaba en las nubes y en permanente duda para decidirse por una de las diferentes opciones que se le pasaban por la cabeza. Y aunque a veces se le ocurrían réplicas ingeniosas ante las burlas que sufría, esas réplicas, bien por timidez o por lentitud de reflejos, le llegaban a destiempo, con el colegio ya cerrado, las señoras de la limpieza como únicos habitantes del lugar y él en la soledad de su cuarto de hijo único. Pero no estaba de acuerdo en que fuera un mueble. Si acaso, una lavadora. Una lavadora siempre centrifugando, pues tras ese “estar en las nubes” bullían montones de historias en su cabeza. Historias en las que él aparecía como héroe o como un gran benefactor de la Humanidad: salvaba de un incendio a los niños de un hospicio; abortaba un atentado terrorista solo con sus poderes de observación y deducción; descubría el medicamento que curaba todos los cánceres sin excepción… Y luego estaba esa fantasía recurrente en que rescataba a Lucía, la compañera de la que estaba secretamente enamorado, secuestrada por unos piratas igualitos a los abusones de la clase y con los que se liaba a mandobles después de que desde su barquichuela lograra el abordaje del barco pirata de negra bandera con dos tibias y una calavera. “Justino, a la pizarra”, le tenía que repetir varias veces el profesor de turno, y Justino emprendía el camino desde el pupitre a la pizarra aún dando los bandazos de quien ha estado navegando y no se ha acostumbrado a la tierra firme.

Ahora, en la adolescencia, no le había ido mejor. Le salieron granos en la cara, grandes y duros como escarabajos, y tuvo un desarrollo longitudinal que lo dejó escuálido como una lombriz. Como una lombriz con una gabardina larga y gastada, pues así es como se paseaba por los parques en los días lluviosos de otoño, disfrazado de poeta incomprendido, empapándose de lluvia y de tristeza, porque tristes tenían que ser los poetas, y melancólicos, con la mirada perdida en vete tú a saber dónde, inspirándose con el crujir de las hojas amarillentas, metiéndose a voluntad en los charcos para sentirse aún más desvalido ante el amor de una Lucía ahora inexistente, de múltiples caras, a la que le escribía sonetos que algún día le harían famoso, aunque los conocidos, pues amigos no tenía, lo llamaban “El pringao de las rimas”.

Y ese apelativo hiriente colmó el vaso de su propia insatisfacción y Justino se dijo que era hora de bajar de las nubes para pegarse como una lapa a la realidad y relacionarse con gente real. Por eso se le ocurrió matricularse en los cursos de bricolaje y fontanería. Y ya va notando los beneficiosos efectos de utilizar el destornillador y la sierra, de medir con exactitud las dimensiones de las maderas con las que trabaja, de que los circuitos de las tuberías estén bien trazados y sin fisuras en las juntas, amén de compartir con sus compañeros las herramientas de trabajo.

Y ahora va camino del gimnasio con el dinero que sus padres le han dado, entusiasmados por la decisión del hijo de salir por fin de su burbuja, y allí podrá tonificar su cuerpo, desarrollar la musculatura, pero no para ser un mazaquote de músculos, una especie de increíble Hulk, sino para alcanzar fuerza y elasticidad, y seguro que se vuelve más activo y deja de procastinar, je je, y en el ejercicio diario descubrirá talentos ocultos para practicar algún deporte y después de unos años de duro entrenamiento irá a las Olimpiadas y ganará una medalla de oro, o dos, y a su regreso será vitoreado en el aeropuerto y en su ciudad, engalanada para recibirlo, y será portada en todos los periódicos, le entrevistarán en la radio y en la televisión, y cuando pasee por la calle le asaltarán para pedirle autógrafos y selfies, pero… ¡cuidado!, van a surgir aduladores que se arrimarán a él por mero interés personal y también haters, otra jodida palabra tristemente de moda, que irán a degüello, mirando con lupa cada uno de sus gestos, de sus palabras, y entre unos y otros le construirán una personalidad pública que no será la suya, y si un día su rendimiento no es el esperado, los mismos periodistas que lo encumbraron utilizarán ese lenguaje hiperbólico que tanto les gusta y hablarán de humillante derrota, de ridículo espantoso, de redes incendiadas por su rotundo fracaso…

Justino se queda paralizado a dos metros de la puerta del gimnasio como si de pronto hubiera echado raíces, pálido, sudando. Mira a izquierda y derecha, luego hacia arriba y allí, en la superficie azul del cielo, ve una nube que solo él puede ver.