¿Te imaginas?

 

Mobile phones background. Pile of different modern smartphones.

¿Te imaginas un viaje en el que nadie lleve ni cámaras ni móviles? ¿Un viaje en el que el móvil en el bolsillo no te vibre continuamente sobre los cojones porque te estén llegando fotos de viajes paralelos de familiares y amigos: una vaca famélica de la India, las cataratas del Iguazú atravesadas por un arcoíris, un niño feliz deslizándose por una tirolina, una paellera ya con diminutas constelaciones de arroz, la originalísima foto de tu cuñado sosteniendo por un efecto óptico la luna o la torre de Pisa con su mano, la foto de una puesta de sol, y de otra puesta de sol, y de otra puesta de sol…? ¿Te imaginas un viaje a solas con el paisaje, con tus pensamientos y el inspirador zumbido de las moscas, sin un tropel de japoneses haciendo fotos, ahora que japoneses somos todos; un viaje sin esa incesante musiquilla de culebrillas digitales que producen los mensajes propios y ajenos en el móvil ? ¿Te imaginas un viaje al parque de Monfragüe en Cáceres, por ejemplo, y no encontrarte a un imbécil disfrazado de Indiana Jones sin látigo que se sube a las almenas del castillo porque no tiene suficiente con las maravillosas vistas que se disfrutan desde los torreones y le pide a su entusiasta pareja hacerse una selfi medio vencidos los dos al vacío para que sus anónimos colegas de feisbu e instagrá, que van a flipar, le den al “me gusta” y así tener mogollón de seguidores? ¿Te imaginas? ¿Te imaginas un viaje en el que apuras cada segundo con intensidad como si te despidieras para siempre de paisajes y gentes porque el atardecer que te sobrecoge es el que estás viviendo y no el duplicado en una foto? ¿Te imaginas, en fin, que al llegar a casa y deshacer las maletas, del viaje solo te queda lo que ha registrado tu memoria emocionada? ¿Te imaginas?

Violines del Este

Violín

Unos años antes de la caída del muro de Berlín, viajé con un grupo de amigos por los países del Este. Ingenuamente queríamos comprobar cómo era la vida al otro lado del Telón de Acero, en ese lado oscuro, peligroso y hasta ridículo que dibujaban las tendenciosas películas americanas que llegaban a los países occidentales donde, por supuesto, reinaba la prosperidad, la justicia y el blablablá.

La anécdota que voy a contar sucedió el último día de nuestra estancia en Varsovia, cuando disponíamos de una importante cantidad de zlotys (moneda polaca) conseguidos a cambio de nuestros dólares, muy solicitados por los polacos que nos abordaban y pujaban en ficticia clandestinidad con sus ofertas de moneda nacional.

La mayoría de las tiendas ofrecían pobres escaparates, tan deslucidos y destartalados que recordaban a la España de posguerra. La oferta de productos era escasa y a muy bajo precio para nuestra economía. Por tanto, no era fácil deshacerse de los zlotys. Yo repartía las compras por diferentes tiendas, para no tener esa sensación de asqueroso capitalista que se apropia de un país a cambio de dinero. Entre otras cosas compré una cartera, un cinturón, unas botas…, más por razones antropológicas que comerciales, pues eran de espantoso diseño, especialmente unos patines para el hielo que parecían de la primera guerra mundial.

Entonces, uno de mis amigos quiso comprar un violín y una trompeta para su hermano, que se había quedado en España. Así que le acompañé a una tienda de instrumentos musicales. Un violín es un violín, y una trompeta es una trompeta —nos dijimos—, no debería haber diferencias con los violines y trompetas occidentales.

He de decir que mi amigo y yo sabíamos quienes eran Mozart y Beethoven, y hasta nos atrevíamos a pronunciar el nombre de Shostakovich en una conversación que presumiera de culta, pero ignorábamos los más elementales conceptos musicales, y nuestras habilidades interpretativas se limitaban a la pandereta por Navidad,  con muy poca gracia, por cierto.

Tres robustas dependientas, vestidas con guardapolvos grises, pululaban por la tienda. La más robusta se dirigió a nosotros. Lo hizo sin palabras, se limitó a mirarnos fijamente, como si estuviera entrenada por la policía política para practicar interrogatorios. Ni mi amigo ni yo hablábamos polaco, tuvimos que recurrir al primitivo lenguaje de los gestos. Con las manos modelamos en el aire la silueta de un violín y, casi al mismo tiempo, tomamos un arco invisible y empezamos a tocar el imaginario instrumento, con tanta vehemencia que resultó extraño no oír la Danza del Fuego invadiendo el aire. La mujer interrumpió nuestra interpretación para decirnos con señas que la siguiéramos.

Entramos en la trastienda. De un armario sacó la dependienta tres violines y los colocó sobre una pequeña mesa. Con expresivos ademanes, quizás inspirada por nuestra anterior actuación, nos invitó a probarlos. Mi amigo, licenciado en Bellas Artes, se subió las mangas de la camisa, frotó sus dedos contra los pulgares, como desprendiéndose de diminutas partículas de polvo y, después de un breve momento de éxtasis, tomó uno de los violines y lo elevó a la altura de sus ojos. Luego deslizó los dedos por la lisa madera y probó la tensión de las cuerdas. De vez en cuando daba cabezadas de asentimiento. Cuando pidió mi opinión, yo me puse a su altura. Con caras de “expertos”, emparejadas al final de la caja del violín, intentábamos percibir con los sentidos útiles las cualidades del instrumento. Pusimos los ojos al ras de la caja para comprobar su aerodinámica, y al final del violín, un poco más allá de las clavijas, nos tapamos con los ojos atónitos de la dependienta, que verían los nuestros subiendo y bajando como cuatro soles locos, horizonte arriba, horizonte abajo. La pobre mujer, a pesar de su educación prosoviética, no podía disimular su asombro, sobre todo cuando mi amigo cogió el arco y sujetándolo por los extremos se lo llevó a la nariz como quien olfatea un habano. Y si hubiera podido interpretar nuestra conversación, habría empezado a dudar de la clase de productos que vendía. “Los zapatos en la tienda de al lado’”, nos habría dicho, pues nosotros hablábamos de textura, de forma, de brillo, de color, para nada del sonido.

Efectuado el peritaje de ese violín, seguimos con el de los otros. El mismo procedimiento. Salimos de la tienda con el primer violín y una trompeta (para elegirla no tuvimos problemas, solo había un modelo). Mientras caminábamos, mi amigo y yo, que de música no sabemos nada, pero sí de estadística, inferimos, a partir de esta elemental muestra de un solo ejemplo, unas sesudas conclusiones:

—Las dependientas de Polonia son robustas.
—Los dependientes polacos en general no se esfuerzan por vender. Vamos, que se la suda que compres o no. El Estado es el propietario, el puto amo.
—Las dependientas polacas, y los polacos por extensión, no saben reír. En los países del Este no conocen la risa.

Y animados en nuestras deducciones, decidimos que los polacos no estaban a gusto en su país y necesitaban dólares para pirarse. Y entonces, sintiéndonos como debieron de sentirse los americanos en España cuando aquello del plan Marshall, empezamos a repartir generosamente zlotys a los transeúntes con aspecto de polacos.

Pasados los años, mi amigo y yo nos reímos al recordar esta anécdota. Nos gusta imaginar lo que contaría la dependienta polaca al llegar esa tarde a su casa. Tenemos dos versiones. En la primera, la dependienta cuenta que dos expertos en música, sin necesidad de tocar una sola nota, solo palpando, oliendo, visualizando y casi degustando, fueron capaces de llevarse el mejor instrumento de la tienda. La segunda nos es menos favorable. La dependienta explica que dos gilipollas capitalistas —“perdón por la redundancia”, añadiría—, dominados por el consumismo, sin tener ni puta idea de música, pero con la ayuda de artes supersticiosas y con gestos que parecían más de simios que de humanos, se llevaron la viola que desde hacía años nadie quería comprar.

 

El niño patata

Patata niñoTuve una infancia difícil. Mientras los otros niños jugaban al corro de la patata en el patio de recreo, yo era la patata. Me pelaban y me hacían rodar dando puntapiés. Yo me mondaba, pero no de la risa, naturalmente. Se burlaban de mí y me dejaban maltrecho en un rincón del patio, en ese rincón donde se acumulan los desechos infantiles: cromos repetidos, balones rajados, peonzas sin punta, suelas de zapatos, y también el preservativo que algún desaprensivo lanzaba desde el otro lado de la tapia (eran otros tiempos; hoy los preservativos los llevan los propios niños).

Los niños del corro eran afortunados y soñaban futuros de fábula: astronautas, bomberos, futbolistas… Yo, en cambio, identificándome siempre con los desposeídos, me imaginaba ministro sin cartera, que es algo que había oído en la tele y que suponía el colmo de la desposesión, pues no era raro el día en que mi cartera volara por los aires o despareciera para regresar luego, también ella desposeída de libros, cuadernos y lápices.

Yo, simple niño patata, me aislaba en mi mundo de tubérculo (o pubérculo) y me resignaba a mi condición patatil. Y envidiaba especialmente a aquellos niños que se soñaban escritores. Allí estaba Sánchez Dragó mirando ensimismado el canalón por donde caía el agua de la lluvia, y, como tenía un cerebro florido y ya medio oriental, empezó a escribir un libro que, con el tiempo, acabaría llamándose “Las fuentes del Nilo”. “Joder, lo que da de sí un canalón”, me decía yo. Y es que eso es lo que tienen los genios. Yo miro una piedra y veo una piedra. Un genio mira una piedra y ve un iglú, o una geisha, o un elefante. Para los genios no existen los límites geográficos; o mejor, para los genios no existen los límites. Los niños patata, en cambio, nos vemos abocados a un destino de felices patatas al montón.

El monstruo fuera del armario

 

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El niño está ya en la cama cuando entra el padre a darle el beso de buenas noches. Entonces el niño, señalando con el dedo en dirección al armario, dice: “Ahí dentro hay un monstruo”. El padre, ya en el quicio de la puerta, antes de apagar la luz y salir de la habitación, le responde: “Pero, hijo mío, dentro del armario no hay ningún monstruo de grandes pezuñas y dientes afilados, de ojos como ensangrentados; un monstruo que con su enorme cuchillo vaya a descuartizarte y a comerte vivo. No tengas miedo y duérmete”

La alegoría

 

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En todo relato literario los pensamientos e ideas que el escritor quiere transmitir se apoyan en acciones e imágenes concretas, de forma que den plasticidad a aquellas abstracciones que no tienen visibilidad. De lo contrario estaríamos ante un texto ensayístico. Así, por ejemplo, en “Romeo y Julieta” no se reflexiona sobre el amor en abstracto, sino que se nos cuenta la historia de dos enamorados cuyas familias están enfrentadas.

¿Qué diferencia hay, entonces, entre un relato alegórico y otro que no lo es? La alegoría pretende ofrecer una correlación entre una determinada concepción del mundo y aquellas imágenes que puedan representar dicha concepción, de manera que esas imágenes, si bien concretas e individualizadas, representen conceptos universales. En un relato no alegórico un personaje puede ser, entre otras cosas, envidioso o lujurioso, o las dos cosas a la vez; pero en una alegoría se tiende al arquetipo, y entonces el personaje X no es que sea envidioso, sino que representará la ENVIDIA. Es decir, la envidia aparece encarnada en un personaje. En la “Divina Comedia”, relato alegórico de Dante, el narrador viaja a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, encontrándose con personajes y situaciones que representan conceptos teológicos y políticos.

Además de con la personificación de ideas, la correlación entre conceptos e imágenes en la alegoría se consigue con metáforas sucesivas y símbolos, en un todo coherente y dotado de sentido. En definitiva, una alegoría es una historia que se sirve de estos procedimientos (personificación de ideas, metáforas, símbolos) para trabajar a dos niveles: el nivel literal, lo que se dice de forma explícita; y el nivel oculto o profundo, que hay que interpretar a partir del primer nivel.

La interpretación que nos lleva a desentrañar el sentido oculto de la historia, puede ser más o menos problemática, dependiendo del grado de dificultad que comportan las asociaciones entre un nivel y otro. En algunos casos es muy fácil, pues los mismos nombres de los lugares y personajes nos dan las pistas. Así, en “El progreso del peregrino”, una novela alegórica del siglo XVII, los lugares tienen nombres tales como: Ciudad Destrucción, Ciudad Celestial, El Castillo de las Dudas, El Pantano del Desaliento. Y los personajes son: Cristiano (el protagonista), Evangelista, Esperanza, Ignorancia… En otros casos será el texto en su conjunto —las relaciones que se establecen entre sus partes, así como los nexos entre los distintos campos semánticos— lo que facilita su interpretación. Sirva como ejemplo el poema alegórico “Pobre barquilla mía”, de Lope de Vega. Empieza así: “Pobre barquilla mía/ entre peñascos rota/ sin velas desvelada/ y entre las olas sola…”. Leído el poema entero, podemos establecer las siguientes asociaciones: barquilla = vida/alma; peñascos = dificultades; sin velas desvelada = indefensión; olas = peligros.

Si quieres escribir un relato alegórico, piensa primero en la historia de fondo que quieres contar y en los conceptos e ideas que la sustentan. Busca luego personajes, metáforas y símbolos que te permitan traducir aquellos conceptos e ideas a imágenes sensoriales, dentro de una historia dotada de sentido. Es importante que la historia funcione en los dos niveles: el literal y el figurado. Si la alegoría no es de fácil interpretación, algunos lectores entenderán al menos la historia en su literalidad, quedando reservado el sentido profundo y oculto a los lectores que conozcan los “códigos” para descifrarlo.

Las líneas que separan la parábola y la fábula de la alegoría son sutiles. Quizá algún día les dediquemos un espacio en esta página. De momento, y como ejercicio previo a escribir alegorías, te proponemos que escribas una fábula similar a esta de Monterroso:

La rana que quería ser una rana auténtica

Había una vez una rana que quería ser una rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello. Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl. Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una rana auténtica. Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían. Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.

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Ahora coge el lápiz y ponte a CROAR.

Arañazos

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Al hombre que le han pedido una historia para una antología de relatos de aventuras, le vienen imágenes de batallas, de búsquedas de tesoros, de supervivencia extrema, de personajes heroicos que no se rinden ante la adversidad. Y así, envuelto en ese torbellino de clichés aventureros, entra al concesionario para recoger su nuevo coche.

Ya sentado al volante, fija la inclinación del asiento y la distancia óptima, pero no se decide a arrancar. ¿Algún problema?, le pregunta el comercial que le entregó las llaves. El hombre no puede decir que le paraliza el miedo a rayar el coche, que desde que arranque hasta que llegue a su casa irá con el corazón en vilo, temiendo que otro coche lo roce, o él mismo cometa alguna imprudencia.

La verdad es que no entiende esta preocupación suya. Es solo un puto coche, y sabe que en poco tiempo estará cubierto de polvo y de cagadas secas de palomas, y que no se obsesionará por remediarlo. Tampoco es porque sea un BMW. Ya le pasó con otros coches, aunque no recuerda cuánto tiempo tuvo que pasar para que cediera la obsesión. Tendrá que ir experimentando, y en algún momento, como quien aprieta un interruptor, clik, le importará una mierda que se raye. Pero, hasta que ese momento llegue, conducirá con aprensión. Es lo que piensa. También piensa que dentro del coche, desde donde no ve la carrocería, le será más fácil olvidarse de que conduce un coche nuevo mientras circula, pero son los materiales impolutos del interior y el olor a nuevo, sobre todo el olor, lo que le impide olvidarlo.

¿Quiere que lo saque yo?, sugiere el comercial. El hombre niega con la cabeza, se remueve en el asiento, se ajusta el cinturón de seguridad y enciende el motor. La vibración que le transmite a su cuerpo, apenas perceptible, le angustia. Debe decidirse y conducir por las atestadas calles del polígono industrial, con coches aparcados en doble fila y numerosos vados amenazantes.

Por fin arranca, aferrado al volante igual que un conductor primerizo. Ya en la calle le parece que los otros coches pasan demasiado cerca, como si supieran que acaba de estrenar el suyo y quisieran amedrentarle. Son imaginaciones, claro. Deberá adaptarse a los nuevos ritmos y dimensiones del vehículo, así como a los múltiples botones y pantallas del salpicadero, que, comparado con el de su antiguo y rudimentario coche, parece el panel de mandos de un avión, panel que, para evitar distracciones, le obliga a mantener la mirada al frente, mirando de reojo a los retrovisores, con el cuello rígido y basculante como el de un pavo al acecho.

Llega a un semáforo y frena bruscamente para no chocar con el vehículo que se ha parado delante. El coche se ha calado, y en un acto reflejo lleva su mano a donde se supone que debe de estar la llave de contacto, pero no hay llave, la llave la guarda en el bolsillo, el coche arranca pulsando un botón. El hombre toma conciencia de la importancia de los automatismos adquiridos. Ha bastado una simple alteración de sus rutinas para que ahora se sienta paralizado, sin saber qué hacer, solo mover los brazos como una marioneta sin control. Para colmo el semáforo se abre y los coches de atrás empiezan a pitar. Y en esos movimientos descontrolados, como un ratón de laboratorio que al azar acertara con la tecla de la comida, es cuando pulsa el botón de arranque.

Superado el obstáculo, y después de habérselas con una rotonda infestada de agresivos vehículos que se obstinaban en no dejarle entrar, se dispone a incorporarse a la vorágine de la autopista. Lo primero que pasa silbando a su izquierda es un camión de veinte toneladas, y por extraño que parezca —difícil de comprender para una mente racional—, le preocupa menos recibir un buen golpe que unos arañazos. Supone que tiene que ver con la épica del golpe frente a lo anecdótico, casi ridículo, del arañazo. Sin dejar el carril derecho, circula agarrotado, atento a las salidas. Salida 13, salida 13, salida 13… Se va repitiendo hasta que ve el cartel de salida y enciende el intermitente.

Sorteado el escollo de la autopista, entra en la ciudad. Allí la circulación es caótica, imprevisible. El riesgo de que le rayen o raye el coche se multiplica por diez. Elige el trayecto más largo pero más seguro, y después de veinte semáforos, cinco rotondas y un túnel de dos kilómetros llega a su barrio. Al hombre ha empezado a dolerle la espalda, y suda copiosamente. Como vendió la plaza de garaje para poderse comprar el BMW, tiene que aparcar en la calle. A la media hora de dar vueltas, con un ojo en la carretera y el otro en las posibles plazas libres, y el riesgo de volverse estrábico, encuentra un hueco. Está a setecientos metros de su casa, pero ya no aguanta más, el agotamiento le puede. El BMW tiene cámaras que le ayudarán a aparcar, pero él aún no sabe interpretar el galimatías de líneas que ve en la pantalla y tiene que recurrir al método tradicional de mirar por los retrovisores y girar su dolorido cuello. Después de siete intentos consigue aparcar.

El hombre se baja, desencajado el rostro, y se queda pensando, apenas unos segundos. Resopla, mete la mano en el bolsillo, saca la llave del coche y con un rápido movimiento ¡rasss! hace un larga raya en la puerta del conductor.

Esta es la historia que al hombre le gustaría escribir, la de su viaje desde el concesionario hasta su casa, pero le tomarían por un neurótico pusilánime: ¿qué mierda de aventura nos cuenta? Así que transformará el BMW en una nave espacial; la autopista, en una ruta cósmica hacia un lejano planeta; los otros coches, en enemigas naves alienígenas. Y, como no puede ser de otra forma, el héroe de su historia será un tipo con temple: no claudicará, no se rendirá ante su incierto destino.

 

El final de la novela

hombre en acantilado

El señor K se identifica absolutamente con el protagonista de las novelas que lee. Si este tiene sarampión, pongamos por caso, al señor K le sale un sarpullido sospechoso por todo el cuerpo, y si aquel otro se come una guayaba y se enamora perdidamente de la antagonista, al señor K la boca y el cerebro se le hacen agua simultánea o sucesivamente, dependiendo de si los dos hechos se dan al mismo tiempo o uno después del otro.

Podríamos decir que el señor K vive más en la novelas que en la vida. Que compensa la grisura de su existencia con la pasión, incluso atormentada, de los personajes. Así el señor K llora y ríe y se angustia y se excita, todo al ritmo que le marcan esas figuras constituidas por palabras.

En la novela que el señor K está leyendo ahora, el protagonista, después de pasar por inmisericordes pruebas, ha llegado al borde de un acantilado, ha mirado al cielo y luego al abismo, y ahí se queda detenido para siempre en el punto final de la novela. Así, cada vez que un lector abra el libro por esta página, se encontrará al personaje en esa eterna inmovilidad al borde del acantilado. Pero el señor K, por mucho que se identifique con los personajes de las novelas que lee, sabe que no podrá permanecer eternamente indeciso al borde de su personal acantilado: tendrá que elegir entre seguir leyendo novelas o arrojarse al vacío.