Depende

Odio los tests psicológicos que nos pasan en el colegio. Los de inteligencia, porque me parece muy simple y poco inteligente reducir la inteligencia a un número. Aunque supongo que mi desprecio se debe en parte a los pobres resultados que siempre obtengo, muy por debajo de la media, unos percentiles de mierda, al borde de la debilidad mental. Pero son los tests de personalidad los que realmente detesto, especialmente aquellos que ofrecen opciones de respuesta muy cerradas, porque me supone un gran esfuerzo decidirme, ya que no hay una respuesta que para mí sea absoluta. “Depende” es lo que quisiera contestar a la mayoría de ellas. Y aunque algunas de las respuestas que ofrecen los cuestionarios se parecen a ese “depende”, el psicólogo nos dice que no abusemos de ellas, porque entonces nuestro perfil saldrá pobremente definido, como una foto anodina, sin brillo ni color. Que respondamos según nuestra forma habitual de comportarnos. ¡Y dale! Mi forma habitual de comportarme es la indecisión, el no sé, el depende.

Sea como sea, el caso es que yo siempre salía INTROVERTIDO. Hasta este curso, en que el psicólogo me citó en su despacho porque, esta vez, la introversión venía acompañada de otros rasgos que provocaron en el psicólogo, por muy entrenado que estuviera en el control de sus expresiones, unos gestos de alarma, primero, y de compasión, después.

—Por favor, mírame a los ojos, no rodees mi cara con la mirada. Es importante mirar a los ojos de la persona con quien se está hablando, transmite confianza —me decía él, ya los dos sentados en nuestros respectivos asientos, frente a frente, mientras con los dedos índice y corazón de su mano derecha, formando una uve, apuntaba primero a sus ojos y luego a los míos, como si los conectara a través de una línea imaginaria. Y a mí, más que transmitirme confianza, me recordaba el gesto de uno de esos tipos provocadores y violentos cuando dicen “te veo, me he quedado con tu cara”.

—…

—No es bueno encerrarse en uno mismo. Sin relacionarnos con los demás podemos perder el contacto con la realidad porque no confrontamos nuestros pensamientos con los de la comunidad humana. Nos volvemos egocéntricos, creemos que somos la medida de todas las cosas.

—…

—Y no seas tan exigente contigo mismo. Permítete fallar. De los fallos se aprende. En el laboratorio de la vida, como en el de la ciencia, se avanza con el ensayo y el error. Acaba con ese rígido censor interno que te machaca. ¿Sabes lo que es un censor?

—…

—Está bien, está bien… ya veo que sabes lo que es un censor. Y sé que te he dicho que me mires a los ojos, pero no así, joderrr. Uy, perdón. Quiero decir que no te enfades. Yo tampoco debo enfadarme… O sí, porque si nos enfadamos, pues nos enfadamos. ¿Acaso el enfado no es expresión, como otra cualquiera, de nuestro estado de ánimo? ¿Por qué reprimirlo?

—…

—Y, sobre todo, no anticipes lo que la gente piensa de ti. Son creencias tuyas que, dada tu baja autoestima, adoptan la forma de críticas hirientes, humillantes… Pero nada de eso es real, solo está en tu cabeza.

—…

—Por ejemplo, yo tengo una buena opinión de ti. Sé que eres una persona valiosa y que puedes ofrecer mucho a los demás. Deja que te conozcan, no te escondas, habla, desahógate, di lo que piensas… ¿Qué me dices?

—Digo que te den, plasta, que eres un plasta.

—Muy bien, fenomenal. Veo que me has entendido. Esa es la actitud. Es un buen comienzo. Un primer paso prometedor.

A los pocos días me matricularon en otro colegio. Mis padres habían tenido una entrevista con el director y ambas partes estuvieron de acuerdo —es lo que me dijeron mis padres— en que lo mejor para mí era el cambio. El curso acababa de empezar, no supondría mucho trastorno.

Ya en el nuevo colegio, como si los puñeteros test me persiguieran hasta la clase, nos pasaron una batería (así los llaman, y me parece muy acertado, pues siento que frente a mí se hallan unas amenazantes piezas de artillería). Pero esta vez sería distinto. Estoy sentado al lado de uno de los chicos más inteligentes y extrovertidos del colegio —es lo que dicen todos de él—, y decidí copiar sus respuestas. No las de los tests de inteligencia, porque no quiero crear falsas expectativas y que luego me exijan más de lo que soy capaz de dar. Pero sí las de personalidad. Así que ahora soy oficialmente extrovertido y un montón de buenas cosas más. Tengo seguridad en mí mismo, fuerte resistencia a la frustración, estabilidad emocional, habilidades sociales… Vamos, una maravilla de perfil, un perfil que parece diseñado por un fotógrafo estiloso y no el perfil de fotomatón que acostumbraba a tener. Y lo más asombroso es que todo el mundo me trata de acuerdo con este nuevo perfil. Bueno, no todo el mundo, pero sí muchas personas. Aunque tampoco son muchas, digamos que algunas. En realidad unas pocas. Bueno, no sé, no sabría decir cuántas, depende.

La abuela y el agapornis

Esta mañana, con el alma en vilo, Lola y yo nos dirigimos a casa de la abuela. Llevábamos horas llamándola, tanto al móvil como al fijo, y no respondía. Tampoco su vecina de al lado, a la que telefoneamos previamente, había conseguido que le abriera la puerta. Nos dijo que no se oía ningún ruido en el interior, ni siquiera el de la televisión, que la abuela ponía a todo volumen porque estaba sorda y era reacia a usar los audífonos. Lo único que se oía de vez en cuando era el piar del pájaro, un piar extraño, como alborotado.

El pájaro al que se refería la vecina era Rufino, el agapornis que meses atrás le habíamos regalado a la abuela cuando enviudó. Pensamos que un pájaro le haría compañía, y ayudaría a mantenerla activa en su afán por cuidarlo. El dependiente de la pajarería nos convenció de que un agapornis era una buena opción, pues además del alegre colorido que exhiben, los llaman “amorosos” y que por algo sería, y que esa idea de que hay que tenerlos en parejas porque no soportan la soledad es una creencia sin fundamento, y si la abuela le daba cariño, el agapornis viviría feliz, sin traumas. Así que no, no tendríamos que comprar dos agapornis.

El hecho de que la vecina hubiera oído piar a Rufino nos informaba de que no se había producido un escape de gas, pero tampoco era muy tranquilizador, ya que podría haber múltiples razones para que la abuela no respondiera a nuestras llamadas, la mayoría de ellas de inquietante pronóstico, y aunque gozaba de relativa buena salud para sus noventa y tres años, en nuestras últimas visitas habíamos comprobado que empezaba a desvariar en lo concerniente a su relación con Rufino, a quien desde el primer momento, cuando se lo entregamos en la jaula, después de decir “parece un bolita de color”, se empeñó en llamarlo así, Rufino, que era como se llamaba el difunto abuelo .

Al principio, los desvaríos nos parecieron exageraciones sin más, muy propias del carácter vehemente de la abuela, cuando nos decía que a Rufino, al igual que a ella, le entusiasmaba el programa de La Ruleta de la Suerte, y los partidos de tenis que jugaba Nadal, o los partidos del Atlético de Madrid, equipo del que eran muy forofos, pero cuando empezó a decir que Rufino había resuelto una prueba de sinónimos en La Ruleta, o que con su ala izquierda había acompañado una dejada de Rafa sobre la red, o que sus plumas adquirieron el color rojiblanco en un enfrentamiento de su equipo con el Real Madrid, a la vez que gritaba: “¡Aúpa Atleti!”, entonces empezamos a preocuparnos de verdad, y para comprobar hasta donde llegaba su delirio, le preguntamos por qué Rufino nunca hablaba cuando estábamos nosotros, ni hacia esas cosas que ella decía que hacía. “Porque es muy suyo, es un sinvergüenza”, dijo mirando a Rufino cariñosamente, con un gesto de complicidad.

El médico no le dio mucha importancia. “Qué quieren, tiene noventa y tres años, y parece que la cosa no va más allá de su relación con el pájaro. Y si así es feliz…”. La opinión del doctor nos había tranquilizado, pero ahora, mientras nos acercábamos a la casa, se encendían las alarmas. Entramos corriendo al portal y no esperamos al ascensor. Subimos las escaleras de dos en dos hasta el tercer piso y, nada más abrir la puerta de la casa, nos precipitamos al interior, cada uno para un lado. Buscamos por todas las habitaciones, cocina y baños, e incluso miramos debajo de las camas y dentro de los armarios, en el balcón. Nada, la abuela no estaba allí. Sí estaba la jaula, abierta sobre la mesa del salón, y Rufino dentro.

Pensamos entonces que a la única vecina que la abuela visitaba era a la vecina con quien ya habíamos hablado por teléfono, pero que quizá hoy, aunque raro en ella, había decido visitar a algunos de los otros vecinos, o simplemente se había marchado a la calle, hecho aún más insólito. Y ya estábamos preparados para emprender ese nuevo itinerario por etapas; primero, de casa en casa, y luego por la calle si fuera necesario, cuando nos percatamos de que Rufino no estaba solo en la jaula, como en un principio habíamos creído, sino que con él había otro agapornis, tan juntos el uno del otro que parecían un solo cuerpo y que por eso no nos habíamos dado cuenta antes.

Desconcertados, perplejos, asustados, acercamos nuestras narices a la jaula para ver mejor, y entonces…, el agapornis que no era Rufino se giró hacia nosotros, nos guiñó un ojo y se puso a picotear suavemente en la cabeza de Rufino, que se esponjaba por efecto del gustirrinín que sin duda le estaba dando. “¿Has visto lo mismo que yo?”, me preguntó Lola, balbuceando, con los ojos muy abiertos. Sí, habíamos visto lo mismo.

Recuperados del asombro —si es que esto es posible— y aceptando que en la vida hay misterios que no se pueden explicar, decidimos que lo mejor, después de hacer el paripé de preguntar a todos los vecinos, era traernos los agapornis a nuestra casa.

Los hemos colocado en la habitación más luminosa, con la puerta de la jaula abierta —que es lo que la abuela hacía antes con Rufino para que entrara y saliera a voluntad—, y seguro que a Lola y a mí, que no pasamos por el mejor momento en nuestro matrimonio, nos viene muy bien convivir con tanto derroche de amor. Después iremos a la policía para informar de la desaparición, porque no hacerlo resultaría muy sospechoso. Seguramente nos pedirán una foto de la abuela para publicarla en los medios, y sugerirán que hagamos fotocopias ampliadas para que las colguemos por su barrio. Y nosotros, aunque sabemos lo ineficaz que va a resultar cualquier actuación, diremos a todo que sí, que nos parece perfecto, que les estamos muy, muy agradecidos

Aves de paso

Junto al alfeizar de tu ventana, como una extensión del mismo, hay un macetero de obra al que cada año acuden los cernícalos. Sucede un buen día de primavera, de pronto. Están tus plantas tan quietecitas ellas, tan ensimismadas en sus colores y sus olores, quizá mecidas por la brisa o incordiadas por algún insistente moscardón, cuando irrumpe, como una explosión de vida, el rapaz cernícalo, para posarse en el borde del macetero y anunciar su llegada con un chillido y un batir de alas. “Ya estamos aquí”, parece decir, en plural, porque él es la avanzadilla, el ojeador que viene a prevenir de posibles hostilidades. Luego, si la inspección le resulta satisfactoria, vendrá su pareja e invadirán el territorio de las plantas, las arrinconarán, algunas serán expulsadas, las pobres, solo eso, no necesitan nada más, no traerán ni ramitas, ni hojas secas, ni briznas de hierba…, no se andan con remilgos los cernícalos, cualquier sitio les vale en su lucha por la vida. Será su casa por un tiempo, al otro lado de la tuya, tu nido y el suyo separados por el cristal de la ventana, y es allí donde la hembra incubará los huevos mientras el macho se aventura a por el alimento, hasta que un día crujen los cascarones y asoman los pollitos cernícalo, como vestidos con pijamas de algodón, piando como posesos. Aún tardarán un mes en echarse a volar y envidiarás esos primeros pasos, es un decir, ese vuelo primerizo, corto, titubeante, pero que es el inicio de un recorrido que con el tiempo y práctica les llevará a dominar el vuelo adulto, el mantenerse flotando en el aire, congelando el tiempo, inmóviles, hasta que ven la presa y se lanzan a por ella. Cernirse en vuelo, lo llaman.

Quieres pensar que este cernícalo que está ahí plantado y observas es el mismo de otros años. Que tu ventana se grabó en el mapa de su memoria y ha volado hasta aquí guiado por ese inabarcable cordón umbilical que le une a tu pequeña parcela de tierra, y ahora espera, porque seguramente conoce las veleidades humanas, a que te reafirmes en ese contrato implícito que desde hace algunos años tenéis, hecho de silencio y aceptación. ¿Vas a dejar que me quede?, es lo que te está preguntando con esos ojos oscuros como pozos. Y sabes que ante cualquier movimiento brusco o acercamiento, echará a volar, y puede que vuelva para darte otra oportunidad, o puede que no, que busque destinos más amables, donde no haya siluetas humanas que desde la penumbra lo atemoricen. Por eso no te mueves, te quedas contemplando su perfil aguileño de animal heráldico, su cuerpo marrón claro salpicado de pequeñas manchas negras, sus garras afiladas, mientras él sigue a la expectativa en el borde del macetero, con su fuerte corazón bombeando con ímpetu bajo su pecho, imaginas.

Y en ese momento, no sabes muy bien por qué, quizá porque esa estampa que ofrece el cernícalo te parece la de un ser primitivo, de otro tiempo, es cuando tu pensamiento, en un impulso de prestidigitación mental, borra el mundo conocido, tu mundo, y viaja a aquel tiempo remoto en el que los dinosaurios poblaban la tierra, sin rastro del hombre, y ves a aquel pajarraco, en realidad un reptil, ¿cómo era…?, el pterodáctilo, eso es, el pterodáctilo, el pterodáctilo volando con las alas enormes completamente desplegadas por el mismo espacio que ahora, millones de años después, ocupa tu casa, en el décimo piso de un edificio de once plantas, con tus libros, tus muebles, tus electrodomésticos…, en fin, con todo aquello que representa lo que llamamos civilización, y donde el cernícalo y tú os habéis reencontrado. Y la imagen de esta fractura en el tiempo, de esa tremenda elipsis, te sobrecoge, porque tiene que ver con la fugacidad de la vida y su sentido, y con la muerte, claro, la de todos nosotros, que vamos a morir… y qué quedara de nuestra estirpe, si es que queda algo, pasados otros millones de años. Preguntas que están inscritas en nuestra sangre y que cada uno responde a su manera como buenamente puede. Pero que ahora dejas que se queden cernidas, suspendidas en el aire, que es donde acostumbran a estar para aligerar el peso de la existencia, porque te conmueve que el cernícalo y tú hayáis coincidido en este punto concreto del universo, en este tiempo preciso, y te ves con sus ojos, y comprendes que los dos sois aves de paso, que todos lo somos, aves de paso, y te retiras muy lentamente al interior de tu nido, para no espantarlo, para decirle sin palabras que se puede quedar en tu macetero a vivir con los suyos su vida pequeña, tan pequeña como la tuya. La vida: un misterio.

Comiendo con un filósofo

Hace ya dos años que Daniel dejó de buscar su palo ideal. Ahora, con cuatro años, no quiere comerse los macarrones porque hoy los macarrones no le gustan.

—Pues te vamos a hacer un helado de macarrones —dice Álvaro, su hermano, de diez años, ejerciendo de hermano a conciencia, es decir, de permanente tocapelotas.

—En mi mundo no hay helados de macarrones —responde Daniel.

En ese momento, mi tenedor con macarrones (a mí sí me gustan) se queda en vilo, a medio camino entre el plato y mi boca.

—Tu mundo es el de la fantasía —replica Álvaro.

Mi tenedor sigue en punto muerto.

—No, mi mundo es el del Ensanche de Vallecas —concluye Daniel.

Para posibles lectores forasteros, diré que El Ensanche de Vallecas es un barrio de Madrid, donde vive Daniel.

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— Cómete el plátano y te pondrás muy fuerte —le dice la abuela a Daniel.

—El plátano no da fuerza, el plátano da rapidez —responde él.

Pienso que lo habrá oído en algún capítulo de La Patrulla Canina, o de los Minions, o de cualquier otro dibujo animado de los muchos que ve.

—¿Por qué sabes tú eso? —le pregunto.

—Porque un día comí un plátano y fui rápido.

Crónica de un abandono anunciado

Soy un perro. Y no es una metáfora: la de un hombre diciéndose a sí mismo que es un perro porque se siente como un perro. Quiero que esto quede muy claro desde el principio, el dato de que soy un perro y que como tal te hablo, porque no me gustan esas historias en las que un narrador en primera persona esconde su identidad para al final revelarnos que es un animal el que está hablando. ¡Tachán! ¡Sorpresa! No, no me presto a esos jueguecitos. Y tanto me disgustan las sorpresas gratuitas, que es por eso que a mi historia le he dado el título de “Crónica de un abandono anunciado”, para que tú, lector, sepas ya desde el principio, sin intriga, cuál ha sido mi destino, y que comprendas por qué ahora soy un perro descreído, decepcionado, aún más de lo que ya era.

Se dice que los perros somos los mejores amigos de los hombres, y hay quien da por hecho que el afecto es recíproco, pero no es así, no todos los hombres son amigos de los perros; y los peores, por la traición que supone, son aquellos a los que se les llena la boca de bonitas palabras, que educan a sus hijos en el cariño a los animales, y que hasta puede que sean socios de alguna ONG protectora de la fauna, pero a los que luego les va venciendo la desgana y se les termina cayendo lo que solo era una máscara del amor. Y me pregunto qué clase de impostura es esa, qué manera de engañarse y de engañarnos.

Esto es lo que me sucedió con la familia que me rescató de la perrera. En su favor tengo que anotar que se fijaran en mí, un simple chucho, sin pedigrí, un perro desvalido con una historia de malos tratos a cuestas. Me eligieron como regalo de Navidad para los hijos, una niña de diez años y un niño de seis. Y los cuatro me acogieron con grandes muestras de cariño, incluso tuvieron paciencia con mi natural desconfianza, pues tardé semanas en corresponder a su afecto, hasta que no llegué a sentirme como un miembro más de la familia. Y puedo decir que durante meses fui un perro feliz, satisfecho con la vida. Pero entonces, allá por el mes de junio, todo cambió. No fue un cambio brusco, radical. Incluso para un observador que no fuera de la familia se diría que todo seguía igual. No fueron violentos conmigo, ni groseros. Fue más bien algo sutil impregnado de frialdad y desapego. Las mismas rutinas de antes, pero ya sin amor. Y sentía que les sobraba, que yo era ya para ellos más una cosa que un perro con alma, incluso para los niños, siempre tan cariñosos, quizá contagiados de la actitud de los padres.

Cuando finalizó el curso escolar, a los críos los enviaron con los abuelos maternos. Estarían con ellos hasta que nos fuéramos todos de vacaciones, en julio. Aunque ya presentí que en ese “todos” no iba a estar yo incluido. Y así fue. Una noche, el padre me llevo a la calle, pero no para dar el habitual paseo, sino para hacerme subir al coche nuevo que se acababan de comprar, uno de esos coches grandes como tanques, con la tapicería de piel. Del maletero sacó una manta y la dispuso sobre el asiento trasero, al que me invitó a subir.

Ya no tuve la menor duda. Sabía lo que me esperaba. En realidad lo sabía desde hacía tiempo, pero me había negado a admitirlo. Y ahora, ante lo evidente, podía ponerme a gemir, a lamerle las manos, a subirme a su regazo… Pero pensé que el amor no se negocia, ni se compra, ni se fuerza; que el amor se da o no se da. Así que me mantuve en silencio durante todo el trayecto. Un silencio que se fue espesando en el interior del coche hasta que el hombre, visiblemente nervioso, buscó en la radio una emisora de música.

Circulamos durante horas, dejando atrás la ciudad, con el sonido de fondo de las sucesivas melodías, hasta que nos desviamos hacia una zona de descanso en la que no había nadie, al lado de una arboleda. Sin parar el motor, se bajó del coche y miró a su alrededor, como para cerciorarse de que efectivamente estábamos solos. La noche era clara. Luego abrió una de las puertas traseras para que yo me bajara. Por un momento se me pasó por la cabeza mearme y cagarme en su maravillosa tapicería, pero no quise ser esa clase de perro, por dignidad, la mía, aunque él se mereciera todo eso y más. Cuando me bajé de un salto, en la expresión de su cara vi que le sorprendía mi docilidad, mi resignación, y antes de adentrarme en la arboleda, le miré a los ojos, muy fijamente, pero no pudo sostenerme la mirada, se dio media vuelta, se metió en el coche y pisó a fondo el acelerador. Luego, en el silencio de la noche, me puse a caminar sin rumbo fijo, guiado por mi instinto, y allí, en medio del campo, empecé a ladrarle a la luna, aunque lo que me salió fue un gañido, un largo y furioso gañido.

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P.D. Se me olvidó decir que la familia me puso un nombre. Un bonito nombre que era de mi agrado, pero que no merece la pena recordar aquí, puesto que ya nadie va a llamarme.

Primer amor

“Quedamos en la feria, en los coches de choque, a las siete”, me pidió Malena por teléfono. Malena, la que alegraba con su sonrisa el hastío de mis días y de la que estaba secretamente enamorado, llevaba una semana sin aparecer por clase y quería que la pusiera al día. Por primera vez el apelativo de «empollón» me sonó a música celestial, y le habría sugerido otro lugar de encuentro, donde estar solos, sin gente alrededor, pero mi tremenda timidez me lo impidió.

Llegué a la pista cinco minutos antes de lo previsto, pero Malena ya conducía uno de los cochecitos, y como su imagen ejercía tal poder sobre mí, tardé un instante en descubrir que no estaba sola, que con ella estaba el alumno repetidor de insolente barbilla, y que a cada topetazo que se daban él la abrazaba riendo. Tenía que haberme ido en ese momento. De hecho me dije «vete, vete», pero no solo no me moví, sino que empecé a hacer señales con las manos, como si fuera un espantapájaros agitado por el viento. Cuando por fin Malena me vio, condujo sorteando coches hasta el borde de la pista, donde yo estaba parado. Desde su asiento improvisó una carita sonriente, y con un mohín de niña buena, apenada por las molestias que me estaba causando, extendió una mano pedigüeña. Dócilmente, le entregué los apuntes de la semana, todos pasados a limpio. “Eres un encanto” me dijo, y dieron media vuelta. Con el corazón encogido me dirigí a la Casa del Terror para purgar mi pena.

Tamaño natural

Me informaron mal. Con un lenguaje que parecía sacado de una convencional novela erótica, en la propaganda se decía que la muñeca hinchable e interactiva tenía los labios sensuales, turgentes los pechos, torneados los muslos, ojos verdes y rasgados, cintura de avispa; y que cuando entraba en acción, sus movimientos se acoplaban a los del usuario, acompañados de gemidos orgásmicos… Y aunque no puedo decir que me engañaran, ahora tengo que aprender a conocerla y quererla mejor, más allá de esa burda descripción, de la mera apariencia. Porque de lo que no informaban es de que si a Fanny —así es como la llamo— no le gustan algunas de las formas en que le hago el amor, o las palabras que en los bruscos arrebatos de deseo le susurro al oído, entonces empieza a desinflarse lentamente en un hastiado y profundo suspiro de decepción.

Nasciturus

Cuatro quinqués alumbran la habitación donde desnuda, sobre la cama, yace Elizabeth. Tiene las piernas dobladas, abiertas para ofrecer su sexo a la comadrona. Gime de dolor, la cara congestionada, amoratados los labios, las manos lívidas de estrujar la sábana mientras empuja y empuja. Nada que no sea de esperar en un parto. Pero de pronto, como si fuera obra de uno de esos tramoyistas de los teatros donde actúa Elizabeth, ahora un tramoyista demente y taumaturgo, empieza a ulular con fuerza el viento, golpea en puertas y ventanas, se cuela por las rendijas de la casa, y un sonido extraño y cercano sobresalta a la comadrona, que acerca su oído al terso vientre de la madre. Y allí está. Es como el graznido de un cuervo dentro de una cripta, y su eco va creciendo, aproximándose, aproximándose… Al niño lo llamarán Edgar, el apellido del padre es Poe.

Artificios

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El inspector Gadget se escondió bajo la mesa del restaurante. Se sentía avergonzado. Nunca antes había padecido tan contundente rechazo por parte de una mujer. De nada le habían servido sus artilugios para las noches de conquista: el gadgetoestimulador de deseo a distancia; la gadgetomano aterciopelada con que acarició su esbelto cuello; el gadgetopinganillo acoplado a su propio oído que le dictaba la pasional verborrea que luego él repetía con perfecta y emotiva dicción; el ardiente reflejo instalado en sus negros gadgetojos… No, nada de eso alcanzaba a esta mujer, impasible como un pájaro disecado. Entonces el inspector simuló buscar unas monedas bajo la mesa, para ocultar el rubor que le encendía las mejillas. Y así estuvo unos segundos que le parecieron eternos, hasta que comprendió que era su corazón lo que debía ofrecer a la mujer. No el gadgetocorazón, sino aquel que palpita y sufre, el corazón que muere.

El balcón en invierno (2014). Luis Landero

En la novela autobiográfica “El balcón en invierno”, Luis Landero, convertido en personaje narrador (Luis), escritor de 65 años, se asoma en el segundo capítulo al balcón de su casa, “ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida, lo público y lo privado, lo que no está fuera ni dentro, ni a la intemperie ni a resguardo”, el balcón también como metáfora del espacio mental en que todo escritor se encuentra. Y allí, en ese balcón en invierno, recuerda otro balcón en el verano de 1964. Entonces tenía 16 años, estaba junto a su madre y hacía poco que el padre había muerto. “Mi padre, con cincuenta, había muerto en mayo, y ahora se abría ante nosotros un futuro incierto pero también prometedor”. Y desde ese momento, con aquel recuerdo y abandonada la novela de ficción que había iniciado en el primer capítulo, es cuando la vida de Luis y su familia empieza a convertirse en materia literaria gobernada por una memoria que va a saltos de un tiempo a otro, en círculo y no linealmente, porque así es como la memoria actúa. Y se pregunta el escritor si acaso el relato biográfico es más auténtico que la pura ficción, porque “¿desde cuándo lo vivido, en literatura, es garantía de la verdad? ¿Y hasta qué punto el carácter imaginario de la memoria, y tu afición a la inventiva y al embuste, no te llevarán fatalmente hacia el derrotero de las patrañas novelescas?”.

¿Embuste? ¿Patrañas novelescas? Quizá no debamos descartar algunas pinceladas de ficción, pero esas pinceladas, de existir, no desvirtúan la honestidad y verdad radical de esta novela donde conviven el relato duro con la ternura y el humor, con lo poético, y que a través de una prosa minuciosa y sensorial, que se degusta, asistimos a la formación de Luis como escritor y como hombre —difícil de separar en su caso—, con el telón de fondo de la España de los años 50 y 60, cuando el campo se va despoblando por el éxodo hacia lo que se suponía una mejor vida en las grandes ciudades, que es lo que busca la familia de Luis al emigrar desde Alburquerque (Badajoz) hasta el barrio de Prosperidad, entonces en el extrarradio de Madrid.

Difícil resumir una vida y difícil resumir una novela cuya urdimbre son los hilos que van tejiendo esa vida. Hecho crucial es la muerte del padre, cuya evocación abre el camino al viaje de la memoria con esas inquietantes palabras que auguran “un futuro incierto pero también prometedor”. ¿Por qué prometedor? Extraño pronóstico en el contexto en que se dice o se piensa y cuyo significado iremos entendiendo a medida que vaya emergiendo, sin amargura y en tono conciliador, la figura del padre, un hombre que hubiera querido ser cariñoso pero que infundía miedo con sus amenazas y reproches, cada vez más sombrío, un “titán de la tristeza” que con el rechinar de sus botines de becerro acercándose ahogaba la alegría de la casa; botines que, ya cadáver el padre sobre la cama de la clínica, quedarán “callados para siempre, muy bien colocados junto a los pies, porque con la hinchazón no se los pudieron poner”, impresionante escena en la que Luis le hace a su padre muerto la promesa de que será un hombre de provecho, abogado, que era lo que deseaba el padre; promesa que no llegará a cumplir porque, aunque se extravió como aprendiz de oficios varios, Luis quiere ser poeta, y en sus primeros poemas siente que la poesía le hace fuerte y le asigna un lugar en ese mundo en el que siempre se había sentido un extraño: “Nunca tuve claro si pertenecía al colegio o al taller, a la ciudad o al campo, al mundo moderno o al antiguo, a la clase media o a las clases humildes, o si era una mezcla de dos modos de vida inconciliables, y destinado por tanto a la extinción o a la impostura”.

Otros personajes imprescindibles en la formación de Luis. La madre, confidente y corazón de la familia, que con su alegría de vivir mitiga el quejumbroso existir del padre. La abuela Frasca, analfabeta en un mundo sin libros, pero magistral narradora oral que conoce por puro instinto el arte de contar historias. El profesor Gregorio Manuel, que sin imposiciones guía a sus alumnos por la vía de la razón e introduce a Luis en el canon literario de los grandes autores. Su primo hermano y cuñado Paco, personaje carismático, diez años mayor que Luis, con inquietudes de artista e inventor, y gran inspirador en la vida de Luis. Hilarantes son las líneas dedicadas al ordeño de las cabras encaramadas a un artilugio que Paco inventó: “Tanto les gustaba el invento a las cabras, que la que bajaba se ponía otra vez en la cola para repetir la operación. Eso sí, mientras Paco ordeñaba una cabra, mi hermana ordeñaba a todas las demás. Pero Paco era así, un artista para el que el tiempo no contaba. Las cosas, o se hacían con finura y con jeito, o no merecía la pena hacerlas”, líneas que, además de ser una muestra de las diferentes tonalidades que colorean la novela, bien podrían servir como retrato implícito y minimalista de los hombres de la familia paterna: fantasiosos e infantiles, como el mismo Luis se reconoce a sí mismo.

Y el “personaje” esencial, omnipresente: el mundo rural, con esa mezcla de sabiduría ancestral y supersticiones, con sus olores y sabores, con costumbres y palabras que se desvanecen; un mundo en vías de extinción que el escritor retrata para que no se pierda del todo, para que las sucesivas generaciones sepan, no solo con el pensamiento sino ante todo con los sentidos y el corazón, que allí se vivió y se soñó. “Un grano de alegría, un mar de olvido”, concluye el libro. Y eso es lo que hacemos los lectores cuando leemos: rescatar aquellas vidas y su tiempo del mar del olvido.