El desvarío de una noche de verano

Una vez más estoy en la cama dando vueltas en la madrugada, sin poder dormir.  En mi cerebro hay un tipo pequeño pero con mucho poder. Me impone ocurrencias, ideas disparatadas. Me gobierna. Le he puesto un nombre para dirigirme a él en un intento por controlarlo. Le llamo Monchito, no me preguntes por qué, lo ignoro; sé que también es idea suya, pero me deja creer que soy yo quien decide. Acabo de recordar un chiste —también propuesta suya, no lo dudo— en el que un hombre va paseando por un mercado donde venden pájaros cuando se encuentra con uno que le llama la atención. Como el dependiente está ocupado atendiendo a un cliente, el hombre le pregunta qué clase de pájaro es a una mujer que también se ha parado delante del puesto. Lo ignoro, dice la mujer. Ah, pues es muy bonito el loignorito, responde él. ¿Ves lo que Monchito hace conmigo? Me confunde, me somete a extravagantes asociaciones. Y al rato, sin darme tregua, ya me está imponiendo una de esas absurdas elucubraciones que me alejan del sueño para  hundirme más en el insomnio, pero a la que no me puedo resistir: ¿soy un poeta si me pregunto “¿adónde van los besos que no damos?”, pero ¿soy un tontolaba si digo “¿adónde van los pelos que se nos caen”? Las cinco de la madrugada y me sale con esta basura. Me rebelo, pienso en una playa paradisíaca a la vez que inicio los ejercicios de respiración para relajarme: inspiración, cuatro segundos; retención, siete segundos; exhalación, ocho segundos, pero Monchito es obstinado, me tira de los párpados, se sienta sobre mi pecho, y todo eso sin abandonar el cubículo que ha levantado en mi cerebro obstruyendo las vías que conducen al sueño. Es un okupa, el Monchito, con gran capacidad para la seducción. “Busca, busca en la basura, a veces se encuentran tesoros”, me susurra. Y yo no puedo hacer otra cosa que buscar en la basura, escarbar. Confronto las palabras. “Besos” tiene más prestigio que “Pelos”. Pronunciemos las dos lentamente, beeesooos, peeelooos. ¿Lo ves? La expresión de tu cara, el tono emocional, las evocaciones son muy distintas. Gana besos. Pero como las palabras interpretan la realidad, sustituye “pelos” por “cabellos”. ¿Qué ha ocurrido? Que los pelos se han vestido de gala. “¡Vaya pelos que tengo!, nos decimos cuando no nos gusta como luce nuestra cabeza, o pelajos si queremos degradarlos aún más. En cambio “¡Vaya cabello que tengo!” lo decimos cuando, después de una maravillosa metamorfosis, vamos a encontrarnos con el príncipe que ha de devolvernos el zapatito que dejamos olvidado en palacio. Pero, cuidado, no es lo mismo cabello que cabellera. Si pronuncias cabellera es probable que sientas en tu cuello el aliento de un indio comanche con cuchillo en ristre. Y mejor no hablar de la horrible expresión “cuero cabelludo”. ¿Ves cómo la realidad es interpretable?… Por favor, Monchito, duérmete y déjame dormir…, me retuerzo, suplico, nada, Monchito, sigue jugando conmigo y de pronto se me ocurre, se le ocurre, que cuando los pelos se unen solidariamente obstruyen las cañerías y pueden provocar inundaciones. Aunque no hay que despreciar, me digo, me dice, el potencial de un solo pelo. Ahí está el famoso pelo en la sopa. Él solito, el pobre, la reacción de asco que provoca… A los pelos los lavamos, les ponemos lazos, los esculpimos, los abrillantamos, los teñimos, los guardamos en relicarios… En fin, los mimamos, pero ¿cómo se miman los besos, que se desvanecen? ¿Con el recuerdo?… Los pelos se venden y se hacen pelucas o injertos que llevan otros… Sí, Monchito, sí, está el pelo de Sansón, símbolo de la fuerza, pero no me seas plasta, no quiero pensar en Sansón… Y ese pelo que te llega volando y se prende en tu camisa, ¿de quién será?, y con el índice y el pulgar de tu mano displicente lo dejas caer, aunque a veces se resiste a marcharse como un huérfano necesitado de cariño… No fastidies, Monchito, no me hagas decir cursiladas… También hay besos voladores que te lanzan al vacío, quizás antes depositados en la mano ajena para recibir el soplo que los llevará hasta ti. O “Besos robados”, que te endiñan sin tu consentimiento. Y besos traicioneros, de Judas; besos que despiertan a bellas durmientes importunándolas en lo mejor de su siesta; besos manipuladores que acallan el croar de los sapos alejándolos de la tranquilidad de su charca; besos que se dieron o no se dieron y ahora son cicatrices invisibles que a rachas duelen como heridas de guerra… Ufff, te lo ruego, Monchito, acaba con este batiburrillo, con este caos que no sé adónde nos lleva, la hora del despertador se va aproximando, su odioso timbre, y necesito dormir, quizá entonces, una vez que haya descansado, pueda escribir un relato coherente y no este sinsentido. Además, no insistas, ya no tiene gracia, he descubierto tu juego: lanzas el anzuelo de los besos para llevarme por los pelos, ahora que, Monchito Cabrón, sabes que he empezado a quedarme calvo.

QUIQUIRIQUÍ

A veces me he preguntado cómo sería la convivencia en una sociedad en la que pudiéramos leernos los pensamientos los unos a los otros, qué efectos tendría. Una respuesta aproximada me la han dado las redes sociales, ese gallinero humano donde muchos especímenes, amparándose en la libertad de expresión y frecuentemente en el anonimato, cacarean cualquier cosa que se les pase por la cabeza. Y como lo que “vende” no es la sensatez, la mesura, el respeto, sino el grito emocional, el ataque, la provocación, así nos va. Tenemos que intentar no ser esclavos de las redes sociales. Los medios de comunicación y los políticos lo son, las necesitan para sobrevivir, para ganar lectores y votantes, y recurren a un lenguaje y unas estrategias que permitan aumentar su número. Da vergüenza leer titulares tendenciosos, tremendistas, y da vergüenza oír a algunos políticos reducir la complejidad de la realidad a simples eslóganes o chascarrillos que saben que calarán en las mentes del gallinero, y que luego se repetirán como se repite esa boba canción del verano que no te puedes quitar de la cabeza. Y qué decir de los bulos para dañar al otro, al que no se considera oponente, sino enemigo. Intento encontrar una explicación a por qué personas a las que se les supone unos principios morales recurren a la mentira. Y solo encuentro una respuesta: se justifican convenciéndose a sí mismos de que la mentira es un mal menor para evitar un mal mayor: la victoria del otro, del enemigo. “En el amor y en la guerra todo vale”, será su eslogan favorito.

En esta atmósfera de lo emocional, de las explicaciones simplonas, del ruido, de la mentira, el pensamiento crítico se va batiendo en retirada, y lo malo no es solo que conduzca a una extrema polarización, sino a que va a acompañada de mucho odio. Y eso, el odio, es muy peligroso, porque es la chispa que enciende la violencia. Las personas de buena fe, pero que tenemos escasa influencia con nuestras opiniones, lo mínimo que deberíamos hacer es no alimentar los bulos, el odio. Debemos medir nuestras palabras. Y está bien no ser equidistante ante las injusticias, hay que tomar partido, posicionarse, pero sí hay que ser equidistante a la hora de razonar, porque en eso consiste precisamente el pensamiento crítico, en no dejarnos llevar por nuestras emociones, por nuestros prejuicios y preferencias a la hora de juzgar.

El informe PISA mide el rendimiento de los estudiantes en matemáticas, ciencias y lectura. Quizá debería existir una prueba que evaluara también la capacidad del alumno para usar el pensamiento crítico, porque sin pensamiento crítico solo hay gallinero.

Dejo aquí algunos textos que he ido subrayando en mis lecturas. Como quiero que los mensajes se valoren por sí mismos, no anoto su autoría.

“El origen del pensamiento está en el desacuerdo, no solo con los demás, sino con nosotros mismos”.

“Vígila tus pensamientos, se convierten en palabras. Vigila tus palabras, se convierten en acciones. Cuida tus acciones, se convierten en hábito (…). Tus hábitos se convierten en valores, tus valores se convierten en tu destino”.

“La inteligencia es la capacidad de mantener ideas contrarias en la cabeza sin que te estalle”

“Las palabras, cuando expresan propósitos, hablan de lo que querríamos ser; las acciones dicen lo que somos”.

“Lo importante no es mantenerse vivos, sino humanos”.

“Se encerraba en el cuartito a leer libros malos, porque los buenos no hacían más que recordarle la complejidad de la vida, mientras que los malos lo tranquilizaban”.

“Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo”.

“Retrotopía es el anhelo de regresar a un pasado utópico y consolador que nunca existió cuando la sociedad entera ha entrado en delirio, ha perdido las referencias, no sabe a dónde va y, aterrorizada ante los muchos conflictos que vivimos, se repliega hacia lo elemental, lo primitivo”.

“Lo que sí sabemos es que en nuestra vida hay colisiones. Colisiones entre la persona que queremos ser y la que no. Entre los sueños y la realidad. Entre los deseos y las necesidades, el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Creemos tener una vida, pero tenemos varias. Somos hijos, padres, maridos, amantes… Creemos vivir en un mundo, pero vivimos en muchos, y esos mundos pueden chocar”

“El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”

“La identidad no se rompe cuando cambia, se rompe cuando se aferra a una versión de sí misma que ya no existe. Una bandera no se hace más grande cuando la usas para decir quién no pertenece, sino cuando logra que más gente diga aquí quepo yo”.

“Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero detesto al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos”.

“Los seres humanos no somos imparciales. Tenemos la necesidad casi física de elegir bando. La neutralidad es incómoda, antinatural. Como si nuestros cerebros reptilianos solo reconocieran dos colores en el espectro: el propio y el de los enemigos”.

“Muchos creen que la naturaleza enseña a las sociedades humanas lo correcto: es la falacia naturalista. El error consiste en convertir una descripción en prescripción moral o política (…) El estudio de las especies vivas demuestra que, lejos de las expectativas estrictas y obsoletas, el abanico de conductas es variopinto y dinámico. Sea lo que sea lo que busques, encontrarás algún ejemplo en apoyo de tu posición”.

VIÑETA: Se ve a un hombre asomado a un pozo. El texto dice: «Tiró un deseo esperando recibir una moneda«.

¿Por qué continúas predicando si sabes que no puedes cambiar a los malvados?, le preguntaron a un rabino. “Para no cambiar yo”, fue la respuesta.

Enzo en la orilla

Enzo es puro movimiento, como todos los niños pequeños, especialmente antes de que empiecen a hablar. Explorador sin interrupción, todo lo quiere observar, tocar, oler, patear, saborear, morder… El mundo está ahí para desentrañarlo, y para qué él muestre los progresos de sus habilidades en los toboganes, en los bordillos, en las escaleras, en las sillas, subiendo y bajando, probando nuevas formas de actuar, innovando, arriesgando, rechazando manos protectoras. Se diría que a esa edad el niño no piensa, o piensa actuando. Aunque su hermana Leyre, de tres años, tiene otra opinión. Está ella jugando a los trenes, es la máquina y necesita a su hermano para que haga de vagón. “Enzo, ven y agárrame”, le dice llevándose las manos a la espalda. Y como Enzo parece no escucharla, aunque insiste en llamarlo, acude a mí para quejarse: “Enzo no me hace caso, está pensativo. Le digo ven, Enzo, y nada, está pensativo”. Quizá Leyre tenga razón. Incluso puede que Enzo haya descubierto una nueva forma de pensar: haciéndose puente, un puente entre él y el mundo. ¡Y a remojo!

LES CAYÓ LA MUNDIAL

Two football fans sitting together wearing Spain and Argentina jerseys

Mundial de Fútbol de 2026: España acaba de eliminar a Francia, que era la favorita para ganar el torneo. Marcos está eufórico a la vez que temeroso por la victoria de España, pues Lucciana, su pareja, es argentina, y es precisamente Argentina quien va a disputar la otra semifinal con Inglaterra. Teme Marcos que una final España-Argentina pueda acabar con la armoniosa relación que él y Lucciana mantienen. Como Argentina termina derrotando a Inglaterra, el temor de Marcos es ya más acuciante y decide hablar de ello con Lucciana. También a ella le preocupa la situación, pero los dos son gente culta, civilizada —expone Lucciana—, van a ser respetuosos en sus comentarios, no son unos forofos fanáticos, pueden mantener la objetividad. Deciden que verán juntos la final, frente al televisor, tranquilamente, solo es un partido de fútbol, se comprometen. Pero pasan los días y la final se acerca y la tensión en la calle y en los medios aumenta, la fomentan. ¿Solo un partido de fútbol? No, no es solo un partido de fútbol, es la PUTA FINAL DEL MUNDIAL y todo el planeta Tierra estará pendiente del encuentro. Va a ser difícil mantener la compostura frente al televisor, reprimir las emociones, no poder gritar “la concha de tu madre, pelotudo”, para quejarse del árbitro, o “enano cabronazo” cuando Messi saque a relucir su magia. Finalmente deciden que lo mejor es separarse para ver el partido. Marcos se irá a un bar de parroquianos españoles y Lucciana a otro de argentinos. Allí podrán dar rienda suelta a sus emociones. El regreso a casa… Ufff, el regreso a casa. El ganador no podrá reprimir una sarcástica sonrisilla de felicidad, y el perdedor se verá obligado a mentir: “Me alegro mucho por ti, cariño”

Rebobinando

Vintage film reel unspooling with black and white images under a starry night sky

Después de una larga enfermedad el padre se fue de la vida, y ahora el hijo se esfuerza en olvidar la demencia, los pañales, la postración, los gemidos de dolor; en rebobinar la película de esa vida ya perdida y recuperar al padre en imágenes de tiempos mejores: caminando ligero, sonriente, lúcido.

Retratos

Ornate gold picture frame with white matting on beige wall

Imagina que vives en un siglo en que aún no se ha inventado la fotografía, y que tampoco puedes permitirte el lujo de encargar la pintura de un retrato tuyo o de tu familia, reservada a las clases pudientes y entornos artísticos. Imagina que, además de poder contemplar tu cara reflejada en un remanso de agua cristalina, ya se han inventado los espejos y puedes observarte con total nitidez, pero no te olvides de que ese reflejo es tu reflejo en el momento presente. Imagina que tienes sesenta años en el instante en que te estás mirando al espejo. ¿Crees que podrías recordar cómo eras con seis años, con quince, con veinte, con cuarenta…, las sucesivas imágenes que el paso del tiempo ha ido conformando sobre tu primer rostro? —recuerda que nunca has visto un retrato tuyo, ni en pintura ni en foto—.  Difícil, ¿no?, por no decir imposible, pues desconozco si existe un tipo de memoria capaz de tal proeza.

Con los hijos sería más fácil, el recordarles a las distintas edades. Tú solo te ves cuando te asomas al espejo, pero a ellos los ves en el día a día, y tus ojos son como el objetivo de esa cámara que aún no existe y tu memoria es el archivo donde se van guardando las imágenes, imágenes que van ligadas a sucesos emotivos que facilitarán el recuerdo: su cara al nacer, al dar los primeros pasos, la cara de susto cuando le picoteó una gallina, el miedo divertido en su primer columpio… Sí, la emoción y los sentimientos que provocaron en ti facilitan el recuerdo, pero, sin el apoyo de la fotografía, siempre estará presente el riesgo de perder las imágenes, de que tu memoria vaya borrando las más antiguas para quedarse con las más recientes. Y aunque no llegara a suceder, el que se borren, tus imágenes mentales nunca tendrán la fidelidad de una fotografía.

Piensa en cuánta tristeza hay en el testimonio de las personas que, en un incendio o en una inundación, perdieron todas sus fotos, el relato visual de sus vidas.

Fue leyendo una escena de la novela “Hamnet”, de Maggie O’Farrell, lo que me llevo a escribir estas líneas. Estamos en el siglo XVI y Agnes, la mujer de William Shakespeare y auténtica protagonista de la historia, está amortajando a su hijo de once años, Hamnet, que acaba de fallecer por contagio de la peste —no estoy haciendo espóiler, pues desde el principio, antes incluso de empezar la novela, se nos informa de su fallecimiento—. Y es la muerte del niño el núcleo esencial de la historia, que abre la puerta al dolor por la pérdida, al duelo.

Parte del texto dice así:

Qué difícil envolverlo. Qué difícil levantar la sábana por las esquinas y cubrirlo, ahogarlo en su blancura. Qué difícil pensar, saber, que después de esto nunca volverá a ver esos brazos, esos nudillos, esas espinillas, esa uña del pulgar, ese callo, esa cara. Es incapaz de taparlo por primera vez. También la segunda. Coge la sábana, se la pone al niño, se la retira. Lo hace otra vez. Se la retira de nuevo. El niño yace desnudo, lavado, en el centro de la sábana, con las manos sobre el pecho, la barbilla ligeramente levantada los ojos cerrados… (página 252 de la novela, en Libros del Asteroide)

Estamos viendo a Agnes luchar consigo misma; sabe que tiene que hacerlo, que no hay otra opción, pero se resiste a cubrir a su hijo con la sábana que será el telón que cierre para siempre su presencia, su cuerpo, su rostro. No volverá a verlo, ahora las costillas como los barrotes de una jaula, los dedos entrelazados, los huesos redondeados de las rodillas, la cara inmóvil, el pelo del color del maíz, que ya se ha secado y se levanta desde la frente, como siempre. Su presencia física siempre ha sido fuerte, rotunda (…), sabía desde siempre cuándo entraba o salía de una habitación: ese ruido inconfundible de los pies, esa corriente de aire, ese golpe seco al sentarse en la silla…

Una vez que lo cubra con la sábana y, puntada a puntada, la haga sudario, ya nunca volverá Agnes a ver la cara de su hijo, nunca más, porque no tendrá pinturas ni fotografías del niño, será su memoria, y solo su memoria, la que se esforzará para que su rostro no empiece a desvanecerse en el olvido.

Preparativos

Person standing by airport window watching airplane take off

Renegando le ayudo a preparar el equipaje. SU equipaje, porque me niego a seguir participando en esta locura. Estoy harta. Cedí por amor —un amor mal entendido, ahora lo sé—, pero ya se acabó. No el amor —incomprensiblemente sigo enamorada de él—, sino el seguirle la corriente. Siempre es lo mismo, hace girar el globo terráqueo que tiene sobre su escritorio, y con los ojos cerrados deja caer un dedo sobre él. Si cae en mar u océano, vuelve a repetir la operación. Esta vez cayó en Kaatmandú. Durante semanas buscó información del lugar por Internet, consultó guías turísticas, fue a la embajada de Nepal, incorporó a su dieta lentejas con arroz, empanadillas del Himalaya y sopa tibetana, me dio la tabarra musical con una bansuri y un sarangi que no sé de dónde diablos los sacó, con una cartulina se hizo un Dhaka topi, el típico gorro, que solo se quitaba para ducharse y dormir… Y, cuando dijo sentirse “empapado de la cultura nepalí”, compró los billetes de avión (escala en Doha). Allá él si quiere malgastar su dinero. Hace ya una hora que se fue al aeropuerto con la pequeña maleta; yo me he quedado en casa, pues hasta aquí llega ahora mi colaboración, no más. Como antes lo acompañaba en esta majadería, me es fácil imaginarlo pasando el control y entrando por la puerta de embarque. Luego, desde allí, asomado a una de las grandes ventanas, verá despegar el avión e inmediatamente regresará a casa pensando ya en el próximo viaje, en el nuevo destino que, al azar, señale su dedo sobre el globo terráqueo.

Publicidad engañosa

La publicidad del hotel en la página web decía que desde algunas de sus habitaciones se podía ver la catedral de Burgos. Elegimos una en la planta más alta para tener mayor visibilidad. Y sí, resultó que desde la ventana de nuestra habitación se veía la catedral de Burgos, pero solo dos de sus agujas asomando por encima de unos modernos edificios. “¡Vaya timo, qué morro!”, dijo Lola. Luego, a las tantas de la madrugada, cuando ya estábamos durmiendo, nos despertó un gran estruendo dentro de la misma habitación. Se había caído uno de los dos cuadros que colgaban de la pared, enfrente de la cama, una reproducción de La persistencia de la memoria de Dalí. Lo encontramos en el suelo, descuajeringado el marco y el cristal hecho añicos.

Cuando por la mañana fuimos a recepción para pagar el alojamiento, informamos de lo que nos había sucedido a los dos empleados que atendían detrás del mostrador, y tuvimos que convencerles de que las alcayatas que sujetaban el cuadro, debido a la holgura de los agujeros que las contenían, se habían movido las dos en el mismo sentido, escupiendo el cuadro, y que fueran a comprobarlo, ya que ellos insistían en cobrarnos un plus, no por la rotura del cuadro, sino por ofrecernos el hotel una experiencia de fenómeno paranormal.

El intruso

De vez en cuando me gusta escoger libros al azar de mi biblioteca para leer algunas líneas, también escogidas al azar. Al tratarse de libros que ya he leído, es como reencontrarme con viejos amigos. Y dada mi costumbre de subrayarlos o de hacer anotaciones en sus márgenes, releer esas líneas que subrayé o las anotaciones que escribí es hacer un recorrido por mi biografía lectora, encontrarme con mi yo de aquel tiempo en que leí el libro. Un tiempo preciso, pues desde muy joven anoto la fecha en que termino de leerlos. Algunos libros tienen dos o más fechas. Naturalmente, punzadas de nostalgia me acompañan en estas incursiones lectoras. Cuanto más remoto es el tiempo pasado, mayor es la nostalgia. Por un momento despego la mirada del libro y visualizo mentalmente escenas de aquellos años en que era más joven, vestido según la moda de la época y con el rumor de fondo del momento histórico en que vivía, asomado a esa historia que con palabras se va desgranando página a página.

A veces, entre las páginas del libro, encuentro billetes de metro o de autobús, entradas para algún espectáculo, tickets de compra, marca páginas y postales; también recortes de periódico con la reseña del libro. Incluso, en muy raras ocasiones, he encontrado alguna fotografía que quedó allí olvidada. Y es precisamente una fotografía lo que hace unas semanas encontré en uno de los libros. Y a la rareza de encontrar una fotografía se añadía una rareza aún mayor: era la fotografía de un desconocido. ¿Quién era ese hombre ya mayor y vestido de excursionista que sonreía desde la foto en blanco y negro, dentro del libro “El extranjero” de Camus? Miré el reverso: estaba en blanco, ningún nombre, ninguna fecha. Tampoco hay en la imagen detalles que me permitan ubicarla en el tiempo y en el espacio. De fondo se ven árboles y una senda de arena que los separa del hombre. Las copas están muy peladas y multitud de hojas tapizan el suelo. En definitiva, es otoño, solo eso, ninguna pista para que pueda rastrear en mi memoria el origen de la fotografía.

¿Cómo había llegado esa fotografía a mi biblioteca? Nunca he comprado libros de segunda mano, ni presto ni quiero que me presten libros, prefiero regalarlos o que me los regalen, porque la experiencia pronto me dijo que los libros, las herramientas y los utensilios de cocina, en cuanto entran en casa ajena, tienden a mimetizarse con el entorno de quien los recibe para permanecer allí involuntariamente secuestrados. Además, en el caso concreto de “El extranjero”, es mi nombre el que aparece en el ex libris. Decidí entonces mostrarle la foto a Lola, mi mujer. Tampoco sabía ella quién era el sujeto, y no tuve la menor duda de que, al contrario que yo, para quien la imagen del desconocido iba a quedar incrustada en un rincón de mi cabeza pidiendo obsesivamente ser reconocida, ella no iba a gastar ni una pizca de su energía en tratar de averiguar quién era el hombre de la foto, pues no le dio la mayor importancia, como si el hecho de encontrar la fotografía de un extraño en uno de los libros de nuestra biblioteca formara parte del curso natural de los acontecimientos. Envidio esa facilidad suya para no perder el tiempo en cosas inútiles.

¿Y si se trataba de una broma? ¿No era significativo el hecho de que la foto del desconocido se encontrara entre las páginas de “El extranjero”? ¿Acaso el sujeto de la foto no era un extranjero, un extraño, un forastero en mi biblioteca? Pero ¿quién podría ser el bromista? ¿Algún amigo o familiar que la dejara allí en una de sus visitas? ¿Y qué clase de broma estúpida sería? Podría yo no haber abierto el libro en años, o nunca más, desde que el supuesto bromista tuviera la ocurrencia. ¿Le bastaba, para su satisfacción, con imaginarme rompiéndome la cabeza para descubrir la identidad del retratado? Por otra parte, mi inquietud se debe al hecho mismo de hallar la foto de un desconocido en uno de mis libros y no porque la figura de este sea amenazante, uno de esos rostros que producen escalofríos, de mirada siniestra, sino al contrario, es un rostro agradable, con una media sonrisa nada forzada que transmite calma. ¿Y si la clave estuviera en el mismo texto del libro? Leí las dos páginas entre las que se encontraba la fotografía, y no solo no había nada subrayado ni anotado, tampoco encontré ninguna frase reveladora que yo pudiera interpretar como un mensaje dirigido a mi persona.

Con el móvil, le hice una foto a la foto y la envié a los wasaps de familia, amigos y conocidos. Durante todo el día me fueron llegando respuestas. Nadie sabía quién era, ni le encontraban parecido con alguna persona que ellos conocieran, lo cual me extrañó, pues siempre hay quienes, puestos a buscar, pueden encontrar parecidos muy extravagantes. Solo uno de mis sobrinos, de quince años, me escribió “Eres tú, tío, de viejo”, acompañado el mensaje por el emoticón de una carita sonriente. Y de no ser porque el hombre de la foto es tan distinto a mí en complexión y en la estructura del rostro, seguro que me habría descargado en el móvil una de esas aplicaciones que, a partir de una foto tuya, te devuelven un rostro envejecido, flácido y surcado por arrugas de tu yo venidero, pues aunque me considero un hombre racional que rechaza las explicaciones sobrenaturales, también es cierto que soy presa fácil de la sugestión y, además, me gusta fantasear con insólitas hipótesis como ejercicio para liberar la mente de clichés y prejuicios. Así que me limité a anotar en una libreta, como tema para un relato: hombre encuentra foto de su yo futuro entre las páginas de uno de los libros de su biblioteca.

Lola, que sabe que no puedo dormir hasta que no recuerdo el nombre de aquel actor famoso que protagonizó aquella película cuyo título tampoco recuerdo, se burla de mí, me dice que peor que tener la foto de un desconocido, sería vivir con un espíritu vagando por la casa, o con un cadáver emparedado. Y yo le río la gracia, pero no me deja de resultar inquietante vivir con un intruso, aunque este se halle confinado en un papel de 15×10 cms. Y en algún momento estuve a punto de seguir su consejo de deshacerme de la foto: hacerla trizas, arrojarla a la basura y olvidarme de ella. Si no lo hice fue porque pensé que no era la solución, pues aunque el paso del tiempo fuera desbaratando su imagen en mi memoria hasta convertirla en algo parecido a la imagen troceada que la editorial Alianza eligió para la portada del libro, y luego el borrado total, el hueco de su ausencia permanecería en mí, y ya sin la posibilidad de recordar. Así que la foto sigue conmigo, en el mismo libro, entre las mismas páginas donde la encontré. Sé que suena raro, muy raro, incluso yo mismo dudo de mi cordura al escribir esto, pero creo que es allí donde tiene que estar, que ese libro es su casa, entre esas páginas, no me lo imagino en otro sitio. En ocasiones, después de confirmar que no se ha movido de allí —sí, burlaos de mí—, saco la foto de su escondrijo y la dejo por un tiempo a la vista, porque confío en que algún día la memoria —no nos engañemos, no somos nosotros quien tenemos memoria, es la memoria quien nos tiene a nosotros— la rescate del olvido.

Tampoco puedo evitar sentir un pálpito cada vez que, sin esperar una visita, llaman a la puerta, porque es al hombre de la foto a quien, al abrir, me imagino frente a mí para decirme quién es y qué hace una foto suya dentro de uno de mis libros.

LA FOTO

Pasarán los años y todas las navidades te recordarán que te negaste a hacerte una foto con el Rey Mago en la que fue tu tercera Navidad, unos meses antes de cumplir los tres años. Ese día paseabas con tus padres por el centro comercial, que era un lugar que ya conocías, pero que ahora, engalanado con adornos navideños y con el sonido de fondo de los villancicos, te parecía el escenario de los cuentos de Navidad que te leían. Pero tú también habías cambiado, porque esa Navidad, además de asombrarte ante todo lo que te rodeaba e ir señalando el mundo con el dedo, disponías ya de un lenguaje más elaborado e ibas traduciendo a palabras lo que veías y te impresionaba. Por eso, en cuanto divisaste el tinglado con el trono y al Rey Mago sentado en él, gritaste: “Un Rey Mago”. Y allí que fuisteis, tirando tú de las manos de tus padres, que no querían soltarte para que no te despistaras entre tanta gente, aunque no era muy probable, pues no perdías de vista al Rey Mago que no dejaba de gritar “OH OH OH, FELIZ NAVIDAD”. Y cada Navidad tu madre te contará que el tonto de tu padre empezó a protestar porque ese “OH OH OH” era propio de Papa Noël, no de un Rey Mago, y que además el Rey tenía barriga, que también era una característica de Papa Noel, no de los Reyes Magos, que eran delgados y no barrigones, y que había que respetar las tradiciones. Y tu madre, para reírse de tu padre, que es lo que más le gusta en el mundo, te dirá lo que le contestó: que no fuera tan tiquismiquis, que ese Papa Mago o Rey Noël era un híbrido, un producto de la fusión de culturas, ¿acaso no se había terminado por aceptar el árbol de Navidad y ahora convivía pacíficamente con el belén?, y que los Reyes Magos modernos también comían alimentos procesados. “OH Oh OH, FELIZ NAVIDAD”, vuelve a gritar el Rey Mago, y le pide a la gente que se ponga a la cola de la fila que ya está formada: “Y ahorita no se me apelotonen y vayan listando las cámaras de sus celulares. Tendrán un chévere recuerdo”. Y tú dijiste “El rey habla raro”, seguro que no tanto por lo que dijo, pues eran muchas las palabras que aún desconocías, sino por la entonación con que lo dijo, y otra vez tu padre protestando “¿no habrán podido escoger un Rey Mago español, de pura cepa?”. Sí, un ceporro como tú, te dirá tu madre que le respondió, muerta de la risa. La cola sigue avanzando. Niños, adolescentes, padres, abuelos… Las composiciones que se forman en torno al Rey Mago son variadas mientras alguien de la familia, o un amigo, o algún desconocido que se presta a ello disparan la cámara del móvil. “OH OH OH, FELIZ NAVIDAD”. Cuando os llega el turno para haceros la foto, tú te niegas a seguir avanzando, te encoges y das un paso atrás. “Venga, si nosotros vamos contigo”, te anima tu madre, pero dices que no con la cabeza, insistentemente, como si de pronto te hubieras quedado sin palabras. Os apartáis a un lado para dejar que la cola siga avanzando, pero tus padres lo intentarán de nuevo, pasado un rato, cuando les parece que te has tranquilizado. Pero tú vuelves a resistirte, aunque tampoco te quieres marchar, sino quedarte en esa línea imaginaria que pareces haber trazado, una línea de equilibrio entre el miedo y la fascinación que te provoca el Rey Mago. Finalmente, después de una ardua negociación que mantienen tus padres contigo, os vais del centro comercial, pero al día siguiente pides volver para ver al Rey Mago. Tus padres piensan que es buena señal que tú misma lo hayas pedido, y para ayudar a que te decidas recurren a la carta a los Reyes que ellos escriben a tu dictado y que tú entregarás en mano al Rey Mago. Es lo que piensan, pero no es así, incluso esta vez te niegas a ponerte a la cola, segura de lo que te espera, y te plantas a esa distancia de seguridad que elegiste la vez anterior, y aunque vuelves a ver a otros niños de tu edad posando con el Rey, sin temor y sonriendo, y tu madre le entrega la carta al Rey mientras te hace señas para que te acerques, tú te mantienes en el mismo sitio, con una terquedad que no admite dudas. Pasan los días y no vuelves a acordarte del Rey Mago. Hasta que llega la mañana de Reyes, y después de abrir muy contenta todos los regalos, te sientan a tomar un poco de roscón y chocolate. Y te contarán que ya tu abuela había ido pinchando el roscón con un cuchillo hasta dar con la sorpresa, descartada el haba, para que fueras tú quien la encontrara en el trozo que te puso en el plato. Y la encontraste, envuelta en papel de celofán: un Rey Mago del tamaño de tu pulgar, con su corona y su larga barba. Y cada Navidad te recordarán que te bajaste disparada de la silla gritando «OH OH OH FELIZ NAVIDAD», con el Rey Mago en tu mano en alto, como quien muestra un trofeo, y que así estuviste toda la mañana, “OH OH OH FELIZ NAVIDAD”, y una vez más te enseñarán esa foto, la primera foto que te hiciste con un Rey Mago, un Rey diminuto y de cerámica pero Rey Mago al fin.