El chiringuito

Chiringuito

Voy paseando por la playa cuando se me acerca un tipo para pedirme un cigarro. No tengo un cigarro, pero le da lo mismo porque lo que en realidad quiere es tener un rato de charla. En pocos minutos me hace un resumen del panorama nacional e internacional. Todo su discurso está plagado de esos tópicos con los que es difícil no estar de acuerdo, pues dicen tanto que es como no decir nada: todos los políticos son unos corruptos; no soy racista, pero…; no soy machista, pero…

Cuando me empieza a aburrir su cantinela, tomo la iniciativa para que se calle y le digo que la culpa de todo la tienen las prisas del mundo moderno, que necesitamos recuperar la lentitud para las cosas importantes, porque no es bueno que a nuestros hijos apenas les podamos dedicar unos minutos, mientras que pasamos dos horas en nuestro coche en los atascos diarios (sé que el argumento del atasco tiene que ver más con la perversión del tiempo que con las prisas, pero aun así se lo endiño), y que no es sano que uno se cabree por la mañana y, por falta de tiempo para reflexionar, no descubra el motivo de su cabreo hasta que llega la noche.

—Ozú, ya te digo —me dice el tipo, que empieza a mirarme como si yo fuera un mesías loco (perdón por la redundancia), y me entrega una tarjeta de un chiringuito en la playa.

—Soy Paco, el propietario. Está a cinco minutos de aquí, andando —me señala con el dedo la dirección en la que debo caminar si decido ir —. Espero verte algún día.

Esa misma mañana voy a comer al chiringuito. Paco, que se pasea por allí controlando a sus camareros, me reconoce nada más entrar y me indica con efusivos aspavientos una de las mesas bajo el techo de cañizo. Él mismo me atiende al principio con esa amabilidad andaluza a la que no acabo de pillarle el punto, pues nunca sé cuánto hay de verdad y cuánto de cachondeo. Pido un tinto de verano, una ensalada, cazón en adobo y sardinas a la plancha.

Al rato me traen la bebida, el pan, unas aceitunas y un platito con alioli,  pero pasan veinte minutos y todavía no me han servido la comida, y el platito, antes con alioli, brilla inmaculado, como si un gato obsesivo le hubiera pasado la lengua, al igual que los huesos de las aceitunas, tan en el hueso que me dan ganas de hacerme un collar.

Pasada la media hora, cuando ya por dos veces me han repuesto la bebida, me sirven la ensalada. Supongo que en breve me traerán el resto del pedido, así que decido esperar porque no me gusta comer la ensalada sin alternar con otros sabores. El chiringuito está al borde de la playa y en la espera me entretengo contemplando la belleza del mar, de un luminoso azul ese día, y pienso en su inmensidad y en mi pequeñez, ya se sabe, esas cosas en que todos pensamos porque están inscritas en un nuestro código genético, seguramente desde que éramos organismos simples en la sopa que era entonces la Tierra. Y así estoy un buen rato hasta que, quizá sugestionado por la sopa primigenia, no puedo más y me lanzo a por la ensalada como un burro hambriento.

Consumida la alfalfa, digo la ensalada, pasan los minutos y me asalta un vacío existencial que raya con lo ridículo: me veo como un estúpido animal de granja que espera impaciente la aparición del amo con el pienso de cada día. Un amo que quiere demostrar que lo es. Vuelvo al recurso del mar, contemplo los rizos de sus mínimas olas, el chapoteo de los bañistas, algunos barcos en el horizonte… hasta que el mar dejar de ser el mar y es solo una postal, y yo un gilipollas dentro de una postal. Además, caigo en la cuenta de que con las otras mesas no se demoran tanto, y de que Paco al otro lado de la barra, en la penumbra, habla con un camarero, riéndose mientras miran en mi dirección. Se lo están pasando bien a mi costa. Y seguro que Paco está esperando mi queja airada para luego él restregarme por la cara mi discurso sobre los beneficios de la lentitud. Pero no le voy a dar esa satisfacción.

Llevo ya una hora en el chiringuito cuando me sirven el cazón y las sardinas. No sé si es hambre o desesperación lo que tengo, pero al instante dejo de ser una persona civilizada para convertirme en un troglodita, con esa voracidad que provoca la incertidumbre de si habrá un mañana alimenticio, ajeno a las miradas y cuchicheos de las mesas vecinas ante el espectáculo que seguramente ofrezco.

Después de chuparme los dedos, las manos y los antebrazos, me acerco a la barra a pagar. No quiero postre ni café. No quiero esperar más. Quiero llegar al apartamento antes de que empiecen a cantar los grillos.

—Muy bueno todo —le digo a Paco al pedir la nota, estrechándole la mano, pasando por alto la sonrisa de burlona superioridad con que me mira para decirme:

—¿Has visto, quillo, cómo aquí ponemos nuestro granito de arena para mejorar el mundo?

Será cabrón.

Primera comunión

 

Alba come sol

foto: Efrén Serrano

 

La niña comulga con la hostia luminosa del sol en el esplendor de la tarde amarilla, lejos de las sotanas, de los altares y de las monsergas. Las gaviotas, que no se ven pero están ahí, baten con sus alas una oración alegre, sin lamentos ni súplicas, sin pecados ni perdones, mientras los confesionarios navegan a la deriva por el mar crepuscular

Cangrejos

cangrejo-de-rio

Los cangrejos con que mi madre preparaba la paella hervían vivos en una gran olla. “No sienten dolor, por eso no gritan”, me decía ella en respuesta a mi angustia por la suerte de aquellos animales. Desde niño uno intuye que los adultos mienten, y mucho, y tú vas aprendiendo a creerte sus mentiras para no enfrentarte a tu propia conciencia.

Uno de esos días, días de paella, estaba leyendo un tebeo en el salón de casa cuando oí un leve ruido, como de hoja de papel que se arruga. Levante los ojos del tebeo y me quedé expectante, aguzando el oído. El ruido seguía ahí, y crecía. Finalmente descubrí su origen. Era un cangrejo que avanzaba en mi dirección. Dejé el tebeo y me levanté como si me hubieran pinchado. Mis pies se quedaron pegados al suelo, incapaz de moverme por miedo a aplastar al animal, y también por miedo a que se subiera a mis pies y escalara por la pierna.

Pensé que aquel cangrejo había escapado al destino de la olla y me pedía ayuda, pero ¿qué hacer? ¿Llevarlo a la pescadería? Absurdo, terminaría sus días en otra olla. ¿Devolverlo al río? Más absurdo aún. ¿Y sí lo escondía en una caja y lo cuidaba como cuidaba al hámster? Pero ¿de qué se alimentaban los cangrejos de río? ¿Se pasearía por mis brazos y cuello haciéndome cosquillas con sus grandes tenazas?

Puse el tebeo frente al cangrejo para que se subiera en él, y en ese ilustrado vehículo se lo lleve a mi madre para que lo echara a la olla. Me dije que mejor morir en compañía, con los suyos y en el agua, que no vagar solo por el mundo. Además, los cangrejos —lo decía mi madre— no sentían dolor.

Ahora, ya de adulto, en esos días turbios en que uno se siente tan desvalido como un niño y los pensamientos adquieren la textura de lo irracional, cuando estoy solo en el silencio de la casa, me parece oír el lento andar de un invisible cangrejo que araña el suelo, y luego el acusador borboteo del agua hirviendo.

¿Te imaginas?

 

Mobile phones background. Pile of different modern smartphones.

¿Te imaginas un viaje en el que nadie lleve ni cámaras ni móviles? ¿Un viaje en el que el móvil en el bolsillo no te vibre continuamente sobre los cojones porque te estén llegando fotos de viajes paralelos de familiares y amigos: una vaca famélica de la India, las cataratas del Iguazú atravesadas por un arcoíris, un niño feliz deslizándose por una tirolina, una paellera ya con diminutas constelaciones de arroz, la originalísima foto de tu cuñado sosteniendo por un efecto óptico la luna o la torre de Pisa con su mano, la foto de una puesta de sol, y de otra puesta de sol, y de otra puesta de sol…? ¿Te imaginas un viaje a solas con el paisaje, con tus pensamientos y el inspirador zumbido de las moscas, sin un tropel de japoneses haciendo fotos, ahora que japoneses somos todos; un viaje sin esa incesante musiquilla de culebrillas digitales que producen los mensajes propios y ajenos en el móvil ? ¿Te imaginas un viaje al parque de Monfragüe en Cáceres, por ejemplo, y no encontrarte a un imbécil disfrazado de Indiana Jones sin látigo que se sube a las almenas del castillo porque no tiene suficiente con las maravillosas vistas que se disfrutan desde los torreones y le pide a su entusiasta pareja hacerse una selfi medio vencidos los dos al vacío para que sus anónimos colegas de feisbu e instagrá, que van a flipar, le den al “me gusta” y así tener mogollón de seguidores? ¿Te imaginas? ¿Te imaginas un viaje en el que apuras cada segundo con intensidad como si te despidieras para siempre de paisajes y gentes porque el atardecer que te sobrecoge es el que estás viviendo y no el duplicado en una foto? ¿Te imaginas, en fin, que al llegar a casa y deshacer las maletas, del viaje solo te queda lo que ha registrado tu memoria emocionada? ¿Te imaginas?

Violines del Este

Violín

Unos años antes de la caída del muro de Berlín, viajé con un grupo de amigos por los países del Este. Ingenuamente queríamos comprobar cómo era la vida al otro lado del Telón de Acero, en ese lado oscuro, peligroso y hasta ridículo que dibujaban las tendenciosas películas americanas que llegaban a los países occidentales donde, por supuesto, reinaba la prosperidad, la justicia y el blablablá.

La anécdota que voy a contar sucedió el último día de nuestra estancia en Varsovia, cuando disponíamos de una importante cantidad de zlotys (moneda polaca) conseguidos a cambio de nuestros dólares, muy solicitados por los polacos que nos abordaban y pujaban en ficticia clandestinidad con sus ofertas de moneda nacional.

La mayoría de las tiendas ofrecían pobres escaparates, tan deslucidos y destartalados que recordaban a la España de posguerra. La oferta de productos era escasa y a muy bajo precio para nuestra economía. Por tanto, no era fácil deshacerse de los zlotys. Yo repartía las compras por diferentes tiendas, para no tener esa sensación de asqueroso capitalista que se apropia de un país a cambio de dinero. Entre otras cosas compré una cartera, un cinturón, unas botas…, más por razones antropológicas que comerciales, pues eran de espantoso diseño, especialmente unos patines para el hielo que parecían de la primera guerra mundial.

Entonces, uno de mis amigos quiso comprar un violín y una trompeta para su hermano, que se había quedado en España. Así que le acompañé a una tienda de instrumentos musicales. Un violín es un violín, y una trompeta es una trompeta —nos dijimos—, no debería haber diferencias con los violines y trompetas occidentales.

He de decir que mi amigo y yo sabíamos quienes eran Mozart y Beethoven, y hasta nos atrevíamos a pronunciar el nombre de Shostakovich en una conversación que presumiera de culta, pero ignorábamos los más elementales conceptos musicales, y nuestras habilidades interpretativas se limitaban a la pandereta por Navidad,  con muy poca gracia, por cierto.

Tres robustas dependientas, vestidas con guardapolvos grises, pululaban por la tienda. La más robusta se dirigió a nosotros. Lo hizo sin palabras, se limitó a mirarnos fijamente, como si estuviera entrenada por la policía política para practicar interrogatorios. Ni mi amigo ni yo hablábamos polaco, tuvimos que recurrir al primitivo lenguaje de los gestos. Con las manos modelamos en el aire la silueta de un violín y, casi al mismo tiempo, tomamos un arco invisible y empezamos a tocar el imaginario instrumento, con tanta vehemencia que resultó extraño no oír la Danza del Fuego invadiendo el aire. La mujer interrumpió nuestra interpretación para decirnos con señas que la siguiéramos.

Entramos en la trastienda. De un armario sacó la dependienta tres violines y los colocó sobre una pequeña mesa. Con expresivos ademanes, quizás inspirada por nuestra anterior actuación, nos invitó a probarlos. Mi amigo, licenciado en Bellas Artes, se subió las mangas de la camisa, frotó sus dedos contra los pulgares, como desprendiéndose de diminutas partículas de polvo y, después de un breve momento de éxtasis, tomó uno de los violines y lo elevó a la altura de sus ojos. Luego deslizó los dedos por la lisa madera y probó la tensión de las cuerdas. De vez en cuando daba cabezadas de asentimiento. Cuando pidió mi opinión, yo me puse a su altura. Con caras de “expertos”, emparejadas al final de la caja del violín, intentábamos percibir con los sentidos útiles las cualidades del instrumento. Pusimos los ojos al ras de la caja para comprobar su aerodinámica, y al final del violín, un poco más allá de las clavijas, nos tapamos con los ojos atónitos de la dependienta, que verían los nuestros subiendo y bajando como cuatro soles locos, horizonte arriba, horizonte abajo. La pobre mujer, a pesar de su educación prosoviética, no podía disimular su asombro, sobre todo cuando mi amigo cogió el arco y sujetándolo por los extremos se lo llevó a la nariz como quien olfatea un habano. Y si hubiera podido interpretar nuestra conversación, habría empezado a dudar de la clase de productos que vendía. “Los zapatos en la tienda de al lado’”, nos habría dicho, pues nosotros hablábamos de textura, de forma, de brillo, de color, para nada del sonido.

Efectuado el peritaje de ese violín, seguimos con el de los otros. El mismo procedimiento. Salimos de la tienda con el primer violín y una trompeta (para elegirla no tuvimos problemas, solo había un modelo). Mientras caminábamos, mi amigo y yo, que de música no sabemos nada, pero sí de estadística, inferimos, a partir de esta elemental muestra de un solo ejemplo, unas sesudas conclusiones:

—Las dependientas de Polonia son robustas.
—Los dependientes polacos en general no se esfuerzan por vender. Vamos, que se la suda que compres o no. El Estado es el propietario, el puto amo.
—Las dependientas polacas, y los polacos por extensión, no saben reír. En los países del Este no conocen la risa.

Y animados en nuestras deducciones, decidimos que los polacos no estaban a gusto en su país y necesitaban dólares para pirarse. Y entonces, sintiéndonos como debieron de sentirse los americanos en España cuando aquello del plan Marshall, empezamos a repartir generosamente zlotys a los transeúntes con aspecto de polacos.

Pasados los años, mi amigo y yo nos reímos al recordar esta anécdota. Nos gusta imaginar lo que contaría la dependienta polaca al llegar esa tarde a su casa. Tenemos dos versiones. En la primera, la dependienta cuenta que dos expertos en música, sin necesidad de tocar una sola nota, solo palpando, oliendo, visualizando y casi degustando, fueron capaces de llevarse el mejor instrumento de la tienda. La segunda nos es menos favorable. La dependienta explica que dos gilipollas capitalistas —“perdón por la redundancia”, añadiría—, dominados por el consumismo, sin tener ni puta idea de música, pero con la ayuda de artes supersticiosas y con gestos que parecían más de simios que de humanos, se llevaron la viola que desde hacía años nadie quería comprar.

 

El niño patata

Patata niñoTuve una infancia difícil. Mientras los otros niños jugaban al corro de la patata en el patio de recreo, yo era la patata. Me pelaban y me hacían rodar dando puntapiés. Yo me mondaba, pero no de la risa, naturalmente. Se burlaban de mí y me dejaban maltrecho en un rincón del patio, en ese rincón donde se acumulan los desechos infantiles: cromos repetidos, balones rajados, peonzas sin punta, suelas de zapatos, y también el preservativo que algún desaprensivo lanzaba desde el otro lado de la tapia (eran otros tiempos; hoy los preservativos los llevan los propios niños).

Los niños del corro eran afortunados y soñaban futuros de fábula: astronautas, bomberos, futbolistas… Yo, en cambio, identificándome siempre con los desposeídos, me imaginaba ministro sin cartera, que es algo que había oído en la tele y que suponía el colmo de la desposesión, pues no era raro el día en que mi cartera volara por los aires o despareciera para regresar luego, también ella desposeída de libros, cuadernos y lápices.

Yo, simple niño patata, me aislaba en mi mundo de tubérculo (o pubérculo) y me resignaba a mi condición patatil. Y envidiaba especialmente a aquellos niños que se soñaban escritores. Allí estaba Sánchez Dragó mirando ensimismado el canalón por donde caía el agua de la lluvia, y, como tenía un cerebro florido y ya medio oriental, empezó a escribir un libro que, con el tiempo, acabaría llamándose “Las fuentes del Nilo”. “Joder, lo que da de sí un canalón”, me decía yo. Y es que eso es lo que tienen los genios. Yo miro una piedra y veo una piedra. Un genio mira una piedra y ve un iglú, o una geisha, o un elefante. Para los genios no existen los límites geográficos; o mejor, para los genios no existen los límites. Los niños patata, en cambio, nos vemos abocados a un destino de felices patatas al montón.

El monstruo fuera del armario

 

armario monstruo

El niño está ya en la cama cuando entra el padre a darle el beso de buenas noches. Entonces el niño, señalando con el dedo en dirección al armario, dice: “Ahí dentro hay un monstruo”. El padre, ya en el quicio de la puerta, antes de apagar la luz y salir de la habitación, le responde: “Pero, hijo mío, dentro del armario no hay ningún monstruo de grandes pezuñas y dientes afilados, de ojos como ensangrentados; un monstruo que con su enorme cuchillo vaya a descuartizarte y a comerte vivo. No tengas miedo y duérmete”