Adrenalina

Desde el banco donde estoy sentado veo la zona de juegos donde padres e hijos pasan parte de la mañana del sábado. Me fijo en el tobogán. La mayoría de los niños que se sube a él ha superado la primera fase, aquella en que subían ordenadamente por las escaleras y se deslizaban con precaución apoyándose en los pasamanos. Aburridos del trato convencional al tobogán, ahora experimentan nuevos usos, más creativos. Es decir, hacen el bestia de todas las formas posibles: se pelean por alcanzar las escaleras, suben de pie por la rampa, se tiran de cabeza, utilizan a otro niño de alfombra deslizante… “Os vais a hacer daño”, les advierten algunos padres mientras miran en el móvil.

Me llama la atención un niño de unos tres años. A diferencia de los otros de su edad, que esperan a que la manada se desfogue o se mate para subirse ellos al tobogán, este niño se empecina en imitar a sus compañeros grandullones. Es admirable la voluntad que le pone, el esfuerzo que hace por estar a la altura de quienes sin duda son sus ídolos. Y a ellos parece gustarles la actitud del niño, pues no solo no le apartan sino que le animan en su aventura. Entonces, una de las veces en que el niño intenta bajar de rodillas por la rampa, agitando las manos como si festejara su hazaña, está a punto de darse de bruces con el suelo.

Es uno de los chavales mayores quien informa al padre del niño, también absorto en la pantalla de su móvil, de que su hijo se ha caído. El padre mira hacia el punto que el chico está señalando, picotea aún unas cuantas veces con el dedo en el móvil, se lo guarda en el bolsillo y corre en ayuda de su hijo. Lo levanta del suelo y empieza a limpiarle el polvo con más ímpetu del que es necesario. El niño no llora, parece feliz. Hasta que su padre dice: “Se acabó, ya no hay más tobogán”. Entonces el niño se pone a berrear. Quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán. El padre tira del niño para alejarlo de allí, pero el niño tiene uno de esos llantos irritantes, que taladra los oídos y que cual sirena de ambulancia nos advierte de que para él es una cuestión de supervivencia volver al tobogán, a la vida. Al final, para satisfacción de todos los habitantes del parque, el padre cede: “Vale, pero tírate con cuidado”. Y el niño, que ya ha experimentado la atracción del miedo, protesta con un llanto ahora entrecortado: “Con cuidado no, con cuidado no…”.

Panza de burro

Mi madre era de Tenerife, de La Matanza de Acentejo (de La Matansa, pronunciaba Ella, claro). Mi madre era una mujer casi analfabeta porque de niña apenas fue a la escuela. Se quedó huérfana de madre y el lugar de la madre ausente lo ocupó una madrastra mala de cuento que la puso a barrer y a cocinar privándola de tantas cosas. Supongo que su padre, mi abuelo, al que no llegué a conocer, debía de ser un príncipe ensimismado en sus tareas de príncipe y no reparó en las carencias de aquella niña. Mi madre nunca se quejó, o se quejó muy poco, entrenada en la resignación de las mujeres de aquel tiempo.

Sí, mi madre, versada en sentimientos, era casi analfabeta, pero utilizaba palabras mágicas que en Madrid, donde luego ella vivió y nos criamos sus hijos, casi nadie conocía. Hace unos años, en no recuerdo qué medio de comunicación, tuvieron la iniciativa de elegir, a propuesta de los lectores, la palabra más bella del castellano. Yo elegí “alongarse”, en homenaje a mi madre y porque siempre me maravilló esa palabra con ecos de épocas remotas, y porque de niño me daba un toque de distinción, pues yo no me asomaba por la barandilla del balcón sin más como hacían mis amigos, yo me alongaba. “¡No te alongues, que te vas a caer!”, me gritaba mi madre. ¡Qué maravilla!, si hasta daban ganas de lanzarse al vacío. Luego imaginaría, ya en la adolescencia, a los suicidas románticos alongándose poéticamente a los acantilados. Tampoco yo hacía vulgares dibujos, yo dibujaba “machangos”. “Deja de hacer machangos y ponte a estudiar”, me rogaba Ella por enésima vez. Y cuando viajábamos no lo hacíamos en el vulgar autobús, sino en la guagua, cuyo solo nombre ya predisponía a la diversión.

Estos recuerdos me vienen mientras leo “Panza de burro”, la novela de Andrea Abreu, escritora tinerfeña de tan solo veintiséis años. Es la vida de dos niñas, en verano, en un pueblo del norte de Tenerife (aunque no se nombra), siempre nublado. Panza de burro es el color de esas nubes. Además de la fuerza de su poética, poética salvaje, nada sensiblera, una de las virtudes de la novela es la forma en que traslada el lenguaje oral a la escritura, sirviéndose de palabras y expresiones locales, pero también de neologismos y de préstamos del inglés, rompiendo con las reglas ortográficas para dotar al lenguaje de un vigor y una frescura que, fuera de normas, apunta directamente a las entrañas.

De “Panza de burro” se ha dicho que es una novela extraña, oscura, febril, divertida, dura, sucia, triste, incómoda… En el prólogo del libro, Sabina Urraca, su editora, dice: “Hay veces en las que he llegado a pensar que “Panza de burro” no era un libro, sino más bien un largo y poderoso exabrupto, un estallido de emoción a las faldas de un volcán, un corazón de mirlo latiendo bajo la tierra (…) De lo que me di cuenta era de que nunca había leído literatura actual, joven, vibrante, que transcurriese en la isla en la que me había criado (Sabina, aunque vasca por nacimiento, se crio también en Tenerife), que aprovechase su magia lingüística, que mostrase su extrañeza, su mezcla esquizoide (…).

Escritora y editora decidieron no acompañar el texto con un glosario que tradujera las palabras y expresiones que tejen la novela. Pienso que es un acierto, pues de hacerlo rompería esa magia lingüística, mejor que se lea como se escucha una canción, una canción en un idioma extraño que el cerebro, a fuerza de escucharla, vaya desentrañando. Además, casi nadie quiere viajar a un lugar donde lo entienda todo perfectamente.

Hace ya veinte años que murió mi madre, y leyendo “Panza de burro” me he sentido tan cerca de Ella como nunca me había sentido, sobre todo con la madre-niña que no conocí. Algunas de sus palabras y expresiones están en la novela. Pero no es la principal razón, pues el habla de la novela no es el habla canaria, sino el habla de un lugar concreto, de un barrio concreto, y las niñas, unas niñas muy concretas, muy alejadas del tiempo en el que vivió mi madre y con la rebeldía que yo hubiera deseado para Ella. Así que no son tanto las palabras, ni las vidas de las niñas, tan distintas de la de mi madre. Es la isla de la novela, con el majestuoso y amenazante volcán de fondo (los días en que el cielo estaba despejado se podía ver el vulcán. Muy pocas veces ocurría, pero todo el mundo sabía que detrás de las nubes vivía un gigante de 3718 metros que podía pegarnos fuego si quería), que gracias al lenguaje, pero más allá del lenguaje, no es solo un territorio, un entorno donde suceden las cosas, sino un organismo vivo: ese corazón de mirlo latiendo bajo la tierra. Y así me quedé yo después de leer la novela: latiendo todo entero, más unido a mi madre de lo que me habría sentido de haber leído una biografía suya sembrada de peripecias; latiendo con el perfume de su alma, con su esencia. No sé explicármelo mejor, misniños, o no quiero: las emociones no necesitan un “glosario”.

TIC TAC

No es de oro, ni de plata. Era el reloj de mi padre. Tiene números romanos y agujas labradas, y la esfera es blanca con irisaciones. Me gustaba el gesto orgulloso con que él se lo sacaba del bolsillo del chaleco o del pantalón, y cómo luego quitaba la tapa con un golpecito del pulgar y lo miraba satisfecho alzando la ceja izquierda, sobre todo cuando comprobaba que su hora coincidía con la que daban en Radio Nacional. “Clavao”, decía entonces, y, sosteniéndolo por la cadena, lo dejaba balanceando delante de mis ojos como si fuera un péndulo para hipnotizarme. Me dejaba darle cuerda, y yo me lo acercaba al oído para oír su latido. Mi padre siempre lo llevaba consigo, incluso cuando bajaba a la mina. Prometió regalármelo cuando cumpliera los dieciocho. Pero seré yo quien se lo regale a mi hijo, aunque antes habrá que cambiarle el cristal, restaurar la caja llena de arañazos y recomponer el mecanismo, porque lleva años parado en la fatídica hora de las doce y veinte, y ya es tiempo de que vuelva a latir.

Niños de ciudad

—Mañana será el día —dijo el abuelo.

—No creo que esté preparado. Es aún muy niño —dijo la abuela.

—¿Qué edad tenías tú la primera vez? Yo con nueve años ya…

—No es lo mismo. Nosotros hemos nacido y nos hemos criado aquí. Era algo natural, como el respirar. Además, ¿de qué le va a servir? Dentro de unos días se irá con sus padres a la ciudad y allí no…

—Le vendrá bien como experiencia. Le hará más fuerte —sentenció el abuelo.

Cada noche, sentados bajo la higuera, mis abuelos se ponían charlar. A esas horas yo solía estar dormido, agotado después de todo el trajín a que me sometía el abuelo durante el día. Pero esa noche aún aguantaba despierto. Desde la cama y a través de la ventana abierta les oía hablar mientras contemplaba el cielo cubierto de estrellas y me dejaba invadir por los olores que desde la parte de la huerta me traía la brisa nocturna. Sabía que estaban hablando de mí y que el abuelo tramaba algún nuevo reto.

Porque los abuelos tenían una idea precisa acerca de los niños de ciudad: además de pálidos y esmirriaos, éramos unos mimaos. El que yo fuera hijo único no mejoraba las cosas. Así que cuando cada año, en julio, mis padres me dejaban en el pueblo, ya estaban los abuelos frotándose las manos para enmendar la mala educación que yo estaba padeciendo. Como un dúo perfectamente sincronizado y especializado en sus funciones, la abuela sería la encargada de cebarme; el abuelo, de curtirme, tanto en lo físico como en lo espiritual, para que no fuera yo un quejica, un blandengue, un niño de ciudad, en definitiva.

La abuela me preparaba jugosos chuletones y huevos espectaculares. “Moja, moja”, me decía señalando la hogaza de pan que depositaba en la mesa y que tenía el tamaño y la geometría de medio balón de fútbol, un balón con mucha miga. A punto de reventar, no podía rechazar los postres que me ofrecía. “Todo hecho con productos naturales”, apuntaba continuamente.

Supongo que esa dieta era necesaria para aguantar el ritmo que me imponía el abuelo. A las siete de la mañana ya entraba en mi cuarto dando palmas y luego, después de un opíparo desayuno, en el que hasta panceta había, nos poníamos a cavar, sembrar, desbrozar, podar, trasplantar, dar pienso, ordeñar, rastrillar, barrer, regar…, en fin, a recorrer toda la conjugación agropecuaria, y siempre el abuelo soltando pullitas contra los urbanitas. Una de sus preferidas tenía origen en uno de sus viajes a la ciudad, el día en que vio a unos perros con abrigo. “Cuando una sociedad le pone chalequitos a sus perros es que se ha vuelto muy, muy gilipollas”, decía entre carcajadas, como si se le ocurriera por primera vez. Al atardecer me dejaba ir a jugar con los niños del pueblo, y a la vuelta me pasaba revista como un general inspeccionando a la tropa. Cada herida, cada rasguño, cada rotura del pantalón o de la camisa lo celebraba como si yo trajera medallas ganadas en el campo de batalla.

A la mañana siguiente, recordando la conversación de los abuelos, yo estaba con la mosca detrás de la oreja. ¿Qué me tendrían reservado? Y fue pasado el mediodía cuando el abuelo me pidió que le acompañara a la cocina, que la abuela nos esperaba. Y allí la encontramos, de pie, con una gallina en los brazos; la mano izquierda por debajo de la panza, la derecha en el pescuezo, que masajeaba con suavidad como si la gallina fuera un bebé al que quisiera tranquilizar.

—Presta mucha atención a lo que va a hacer tu abuela ­—dijo el abuelo.

—Mejor déjalo —imploró ella

—Hazlo —insistió él.

Y entonces la mano amorosa de la abuela se transformó en una garra que aferró con firmeza la cabeza de la gallina y la retorció hasta quebrar el cuello: CRACK. Luego la cabeza cayó sobre el pecho como si fuera de trapo. Me puse a temblar. Aunque había visto otros animales muertos, incluso escenas sangrientas y repugnantes, como la de una paloma devorada por un gato, aquello era otra cosa. No había sangre ni heridas, y la gallina parecía dormida, pero estaba el gesto brutal de la abuela, precisamente de la abuela, y el chasquido del cuello al romperse.

El abuelo salió de la cocina y al rato regresó con otra gallina. La puso en mis brazos y dijo: “Ahora te toca a ti”. Comprendí entonces por qué el abuelo había decidido que fuera la abuela quien ejecutara a la gallina, y no él. Fue su forma de retarme, de decirme: “¿No vas a ser capaz de hacer lo que hace una mujer?”

—Déjalo —volvió a insistir la abuela— ¿No ves que está muy asustado?

—¿Te parece justo que otras personas tengan que matar lo que tú te vas a comer? —me dijo el abuelo.

Si yo apenas podía respirar, ¿cómo iba a pensar? ¿Qué clase de pregunta era aquella? El abuelo abrió mi mano derecha y la puso alrededor del cuello de la gallina, que empezó a aletear sobre mi pecho, como si presintiera lo que le iba a pasar. Su cuello latía con fuerza en la palma de mi mano. Entonces sentí que mis pantalones se empapaban y que el pis caliente corría por mis piernas hasta encharcar el suelo de la cocina. Ni siquiera me dio vergüenza.

Desde aquel mismo momento, para los abuelos fue como si nada hubiera sucedido. No hubo reproches, ni sermones, ni burlas. Pero por la noche no pude dormir, me ardía todo el cuerpo, y el mundo empezó a parecerme un lugar extraño, incomprensible, o quizá solo era incomprensible para los niños de ciudad, que no podíamos entender un mundo en el que abuelos buenos y cariñosos les rompían el cuello a las gallinas.

Bienvenido Mr. Marshall

El año en que el ministro de Información y Turismo, don Manuel Fraga Iribarne, metió su culo de cachalote en las aguas del mar de mi pueblo, Palomares, yo era ya un niño obsesionado con las películas del Oeste, afición que se me había despertado asistiendo con mi padre al desierto de Tabernas, a unos sesenta kilómetros de Palomares, lugar de moda tras convertirse en un enorme estudio cinematográfico donde se rodaban cantidad de westerns. Entonces, mi gran sueño era convertirme en especialista de cine y realizar todas las acrobacias que ellos realizaban con pasmosa agilidad: encaramarme a lo alto de una veloz diligencia desde un caballo al galope; caer por la pendiente de una montaña con la facilidad de un canto rodado, arrojarme desde el primer piso de la cantina para destrozar la mesa donde los fulleros tahúres desplumaban a los incautos…

Pero como solo tenía diez años, de momento me conformaba con poder participar de extra en alguna de aquellas películas. Así que empecé a darle la tabarra a mi padre, que finalmente accedió, y, por medio de un amigo suyo relacionado con el mundillo del cine, conseguí un mínimo papel. Sería yo el hijo de un granjero al que un apache mataba de un flechazo en la espalda cuando junto a su familia intentaba huir de una emboscada. La película se rodaría ese mismo verano de 1966. Aunque breve, pensaba que aquella actuación sería el comienzo de mi exitosa carrera de especialista. Y tal era mi entusiasmo que comencé a entrenarme en mi papel dejándome caer por todos los rincones de la casa, con gran sobresalto de mi madre, que, al ver la vehemencia que ponía en mis simulacros, me advirtió de que más que muerte por flechazo parecía yo estar aquejado del baile de san Vito. Y así, ensayando el arte de morir de un niño en fuga, esperaba con impaciencia la llegada del verano.

Pero entonces pasó lo que pasó. Y lo que pasó fue que dos aviones norteamericanos, un bombardero con cuatro bombas termonucleares y el avión cisterna que cumplía con la rutina diaria de repostarlo, chocaron en el cielo de Palomares y en unos segundos el sofisticado mundo tecnológico de arriba cayó hecho añicos por las inmediaciones del rudimentario mundo de abajo, que carecía de alumbrado público y de agua corriente, y donde el burro y la bicicleta eran los habituales medios de transporte.

En los días siguientes mi pueblo fue invadido por los americanos, que montaron un campamento para mil doscientos soldados frente al mar, superando así a los apenas mil habitantes que vivíamos en Palomares. Desde lejos, en sus tiendas de campaña, parecían un ejército medieval que se preparaba para atacarnos, pero era el ejército más moderno y poderoso del mundo, que venía a llevarse la radiactividad, y nos preguntábamos qué leches era eso de la radioactividad, que cosa muy importante debía de ser para que la costa se llenara de acorazados que desplazaron a los pequeños barcos de los pescadores, a los que se les prohibió faenar, pues la tal radiactividad era además peligrosa por su poder contaminante del aire, de las aguas y las tierras, así que también se confiscaron las cosechas y pasamos a depender de la caridad de los americanos, que, después de jodernos con la radiactividad que liberaban sus bombas, se mostraban como benefactores de paso, como aquellos americanos de la película “Bienvenido Mr. Marshall”.

Aunque de todo esto, y de que una de las cuatro bombas se resistía a ser encontrada, nos fuimos enterando poco a poco, más por las noticias que se filtraban a la prensa que por la información que daban las autoridades americanas y españolas, empeñadas en ocultar el suceso; las americanas, para no perjudicar su imagen de país todopoderoso en medio de la Guerra Fría; las españolas, para no frenar el auge del turismo, principal fuente de divisas de un país en desarrollo. Y fue entonces cuando el ministro Fraga Iribarne se presentó en Palomares para darse un baño en nuestro mar y tranquilizar tanto a la población como a los potenciales turistas. “Aquí no hay radiactividad “, quería demostrar dentro del agua con su enorme e inflado bañador. Y con esa estampa de un Fraga que más parecía un párroco bien alimentado que un ministro de Información y Turismo, más las pancartas que se desplegaron para festejar la “buena” gestión de los gobiernos y el ¡Viva España!, fue como estar dentro de una película de Berlanga.

Y si regresamos al niño que yo era entonces, a su mirada de diez años, todos aquellos sucesos componían, efectivamente, una espectacular película que nos sacaba de la rutina y superaba con creces los rodajes en Tabernas. Sin salir del pueblo, habíamos pasado del género del western al de las hazañas bélicas, y ese mundo que solo conocíamos a través de las pantallas del cine y de la televisión estaba ahora a nuestro alcance: podíamos tocarlo; hablar, aunque generalmente por señas, con sus uniformados habitantes, algunos de ellos con extraños trajes que parecían de astronauta; y podíamos caminar por entre las tiendas de campaña y recibir gratis coca colas y chicles, y, desde la distancia que se nos permitía, contemplar el pequeño submarino como de juguete con el que se encontraría la bomba perdida en las profundidades del mar, siguiendo los cálculos, para vergüenza de los americanos, de un pescador que la había visto caer. “Paco el de la bomba”, con ese nombre se quedó.

Por eso, cuando llegó el ansiado verano y los americanos se habían ido y mi pueblo ya no era noticia, no quise ser hijo de un granjero al que mataban los apaches, sino un soldado americano con su uniforme futurista, y jugué con los otros niños a pilotar barcos y aviones, a buscar radiaciones y rescatar bombas del mar. Y cuando alguien nos dijo que la costa de Almería habría desaparecido del mapa si las bombas de verdad hubieran explotado, intuí emocionado que difícilmente iba vivir otro verano como aquel.

En las nubes

De hoy no pasa, se dice Justino, hoy me apunto al gimnasio. Quiere dar un giro importante a su vida. Ya hace un mes que se matriculó en un curso de bricolaje y en otro de fontanería. Parecerán pequeños gestos, pero son el punto de partida para frenar esa tendencia suya a evadirse de la realidad, a perderse en fantasías. El trabajar con cosas concretas y no con entelequias le ayudará a conseguirlo. En el gimnasio, se centrará en su cuerpo, al que siempre tuvo abandonado porque eso de la unidad cuerpo mente no iba con él.

Ya en el colegio le decían que parecía un mueble, que tenía que participar, que mostrarse proactivo y socializar. “Socializar”, “proactivo”, palabrejas que se pusieron de moda. Incluso hubo un profesor que le pidió que dejara de estar en las nubes y de procastinar. Lo de las nubes lo entendió, pero ¿procastinar? Justino asintió con un leve movimiento de cabeza, apuntó el palabro en una hoja y luego lo buscó en el diccionario. Al leer el significado, le dieron ganas de dejar de procastinar para mostrarse proactivo y cantarle las cuarenta al pedante profesor. Pero prefirió dejarlo para otro momento.

No obstante, sabía que el profesor tenía razón: él siempre estaba en las nubes y en permanente duda para decidirse por una de las diferentes opciones que se le pasaban por la cabeza. Y aunque a veces se le ocurrían réplicas ingeniosas ante las burlas que sufría, esas réplicas, bien por timidez o por lentitud de reflejos, le llegaban a destiempo, con el colegio ya cerrado, las señoras de la limpieza como únicos habitantes del lugar y él en la soledad de su cuarto de hijo único. Pero no estaba de acuerdo en que fuera un mueble. Si acaso, una lavadora. Una lavadora siempre centrifugando, pues tras ese “estar en las nubes” bullían montones de historias en su cabeza. Historias en las que él aparecía como héroe o como un gran benefactor de la Humanidad: salvaba de un incendio a los niños de un hospicio; abortaba un atentado terrorista solo con sus poderes de observación y deducción; descubría el medicamento que curaba todos los cánceres sin excepción… Y luego estaba esa fantasía recurrente en que rescataba a Lucía, la compañera de la que estaba secretamente enamorado, secuestrada por unos piratas igualitos a los abusones de la clase y con los que se liaba a mandobles después de que desde su barquichuela lograra el abordaje del barco pirata de negra bandera con dos tibias y una calavera. “Justino, a la pizarra”, le tenía que repetir varias veces el profesor de turno, y Justino emprendía el camino desde el pupitre a la pizarra aún dando los bandazos de quien ha estado navegando y no se ha acostumbrado a la tierra firme.

Ahora, en la adolescencia, no le había ido mejor. Le salieron granos en la cara, grandes y duros como escarabajos, y tuvo un desarrollo longitudinal que lo dejó escuálido como una lombriz. Como una lombriz con una gabardina larga y gastada, pues así es como se paseaba por los parques en los días lluviosos de otoño, disfrazado de poeta incomprendido, empapándose de lluvia y de tristeza, porque tristes tenían que ser los poetas, y melancólicos, con la mirada perdida en vete tú a saber dónde, inspirándose con el crujir de las hojas amarillentas, metiéndose a voluntad en los charcos para sentirse aún más desvalido ante el amor de una Lucía ahora inexistente, de múltiples caras, a la que le escribía sonetos que algún día le harían famoso, aunque los conocidos, pues amigos no tenía, lo llamaban “El pringao de las rimas”.

Y ese apelativo hiriente colmó el vaso de su propia insatisfacción y Justino se dijo que era hora de bajar de las nubes para pegarse como una lapa a la realidad y relacionarse con gente real. Por eso se le ocurrió matricularse en los cursos de bricolaje y fontanería. Y ya va notando los beneficiosos efectos de utilizar el destornillador y la sierra, de medir con exactitud las dimensiones de las maderas con las que trabaja, de que los circuitos de las tuberías estén bien trazados y sin fisuras en las juntas, amén de compartir con sus compañeros las herramientas de trabajo.

Y ahora va camino del gimnasio con el dinero que sus padres le han dado, entusiasmados por la decisión del hijo de salir por fin de su burbuja, y allí podrá tonificar su cuerpo, desarrollar la musculatura, pero no para ser un mazaquote de músculos, una especie de increíble Hulk, sino para alcanzar fuerza y elasticidad, y seguro que se vuelve más activo y deja de procastinar, je je, y en el ejercicio diario descubrirá talentos ocultos para practicar algún deporte y después de unos años de duro entrenamiento irá a las Olimpiadas y ganará una medalla de oro, o dos, y a su regreso será vitoreado en el aeropuerto y en su ciudad, engalanada para recibirlo, y será portada en todos los periódicos, le entrevistarán en la radio y en la televisión, y cuando pasee por la calle le asaltarán para pedirle autógrafos y selfies, pero… ¡cuidado!, van a surgir aduladores que se arrimarán a él por mero interés personal y también haters, otra jodida palabra tristemente de moda, que irán a degüello, mirando con lupa cada uno de sus gestos, de sus palabras, y entre unos y otros le construirán una personalidad pública que no será la suya, y si un día su rendimiento no es el esperado, los mismos periodistas que lo encumbraron utilizarán ese lenguaje hiperbólico que tanto les gusta y hablarán de humillante derrota, de ridículo espantoso, de redes incendiadas por su rotundo fracaso…

Justino se queda paralizado a dos metros de la puerta del gimnasio como si de pronto hubiera echado raíces, pálido, sudando. Mira a izquierda y derecha, luego hacia arriba y allí, en la superficie azul del cielo, ve una nube que solo él puede ver.

La otra vida

Fue en uno de sus paseos matutinos en busca de inspiración cuando Baldinni, el famoso escultor, tuvo su idea más peregrina. Ocurrió cuando desde una de las casas que flanqueaban el camino le llegó la frase de una melodía que entró en su cerebro dejando un eco difícil de apagar. “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, decía la canción.

Baldinni siguió andando pero ya no pudo quitarse de la cabeza ese soniquete. “Añorar lo que nunca jamás sucedió”, se iba repitiendo hasta que de pronto supo cuál sería su siguiente obra: el vacío, que no había que confundir con la nada, porque sería un vacío cargado de energía y, por tanto, de posibilidades. Un cuadrado de dos metros de lado dibujado en el suelo, con el perímetro pintado de blanco, señalaría el lugar donde se hallaría el estimulante espacio. Y un rótulo: LA OTRA VIDA.

En opinión de Baldinni, aquella escultura inmaterial —una no escultura— sería la más democrática jamás creada, pues el artista no ofrecía una determinada visión del mundo, la suya, sino que cada espectador proyectaría en aquel concentrado vacío todos sus sueños y anhelos, sus deseos más ocultos. Esa era la arriesgada consigna que Baldinni iba a proponer. Arriesgada porque sabía del sufrimiento que podría generar enfrentarse a los sueños incumplidos. Pero confiaba en el poder regenerador de la experiencia, sanador. Además, ¿no era misión del arte despertar emociones, agitar las almas, remover las conciencias, y no el simple goce estético?

Semanas antes de la inauguración, todo el mundillo artístico ya conocía los planes de Baldinni. Y se alzaron voces muy críticas que calificaban de patochada la iniciativa, de tomadura de pelo, realmente un timo para llenar ese otro vacío que era la cuenta bancaria del escultor en sus años de declive. Y se escribieron sesudos artículos que hablaban de la decadencia del arte y de los valores de la civilización. Aunque la mayoría confiaba en que las mentes no contaminadas por la basura conceptual vieran la verdad: “la desnudez del emperador”.

Se equivocaron. Lo racional sucumbió ante lo emocional y la inauguración fue un éxito. Y en los días siguientes se formaron colas interminables para entrar en el recinto donde se “exhibía” la obra de Baldinni. Yo estuve en una de esas colas, esperando más de tres horas para asomarme al vacío y llenarlo de lo que nunca jamás me sucedió, de mi vida imaginada, aquella que no pudo ser o no tuve el valor de vivir: la biografía de lo no vivido.

Insomnio

Maldita la hora en que compré el libro. Pero ¡cómo no comprarlo! Estaba en la mesa de novedades de la librería, el título parecía hablarme a mí: “Insomnio”, y el sujeto que se veía en la portada, una figura en sombra recortada contra la claridad del atardecer, tenía un perfil que me recordaba al mío. Agradecí que no fuera un libro de autoayuda, sino una novela, un thriller concretamente. Según la sinopsis de la contraportada, el ex inspector de policía Tomás Abad trabajaba en la actualidad como guarda de seguridad del cementerio de la Almudena, atormentado por el insomnio y por los fantasmas del pasado, de cuando lo expulsaron de la policía por la terrible decisión que tomó al investigar el caso de un asesino en serie.

Allí mismo, en la librería, de pie, empecé a leer las primeras páginas, una especie de preámbulo: “Lo malo de no dormir no es el lógico cansancio que se va apoderando del cuerpo, de la mente, del alma (…). Lo malo de no dormir, lo terrible del insomnio, es que llega un momento en el que no se sabe si se está despierto o dormido. Se vive en un eterno estado de semiinconsciencia (…). Todo llega mitigado, los sentidos están aletargados. Un filtro impide percibir las emociones tal y como son. El oído es incapaz de descifrar lo que escucha, la vista cuestiona todo lo que ve, y lo que se toca o te toca, leve o intenso, dispara un torrente de sensaciones sin control por todo el cuerpo: el escalofrío en la espalda, el sofoco que sube de las entrañas de la tierra hasta explotar en el cerebro, el vello que se eriza, los poros dilatándose, el sudor frío que empapa el cuerpo, el temblor, el ahogo, el miedo. Y la duda, la terrible duda de si lo que ocurre es real, son alucinaciones producidas por el insomnio o es el inicio de la locura”.

De inmediato me identifiqué con aquel personaje, pero… ¿ahogo?, ¿alucinaciones?, ¿locura?; no, mi insomnio no estaba a la altura del insomnio del protagonista; el mío era un insomnio vulgar, mediocre, sin dramatismo, nada épico, aunque aquellas líneas del libro eran la advertencia de adónde, si no le ponía remedio, podría conducirme la falta de sueño, pues mis noches eran como un túnel que no tenía fin y yo el único e insomne pasajero del tren que lo atravesaba, deambulando por los vagones iluminados frente a la oscuridad exterior.

Ese mismo día, ya en casa, seguí con la lectura del libro. Tomás Abad y yo, personaje y lector, avanzamos por la historia como sonámbulos durante toda la noche, entre la vigilia y el sueño que no acababa de llegar, agradeciendo yo la compañía de esa mente torturada por los remordimientos y la culpa. Y juntos caminamos por entre las tumbas del cementerio de la Almudena en una atmósfera espectral, y viajamos al pasado cuantas veces fueron necesarias para que yo pudiera entender el origen de esos remordimientos y de esa culpa, pero sin que Tomás me iluminara del todo, pues quería tenerme en ascuas para que lo acompañara hasta el punto final de su historia. Y lo consiguió: no pude dejar de leer hasta que el misterio fue revelado y pudimos despedirnos.

Ahora puedo decir que fue un viaje siniestro y cruel el que realizamos, pero muy satisfactorio. Privilegios de la literatura, de la catarsis que produce. Aunque pasados los días, todo se volvió en mi contra. De tanto meterme en la piel de Tomás, de apropiarme de sus sentimientos, mi vida dio un giro, y por eso dije que maldita la hora en que compré el libro. Maldita la hora. Porque yo antes vivía en paz, moderadamente feliz, conviviendo con mi pobre insomnio, aceptándolo sin hacerle preguntas, sin buscar razones que lo explicaran, pero, desde que leí la novela, remordimientos y culpas que creía no tener se obstinan en salir a la superficie para pedirme cuentas.

Invisibles

Cuando mamá nos dejó, me busqué un amigo invisible. Mi padre dijo que eso no era sano y que tendría que llevarme al psicólogo. Yo protesté, pues no entendía por qué todos los amigos tenían que ser visibles, si los invisibles eran muy útiles y te los podías llevar a cualquier sitio. Y así estaban las cosas cuando un día mi padre se puso a colgar un cuadro, y al ir a golpear el clavo se atizó en un dedo. Lanzó un aullido de dolor y empezó a retorcerse. Luego gritó: “¡Serás gilipollas!”. Mientras se chupaba el dedo le pregunté con quién hablas, a quién llamas gilipollas. Me respondió que era una forma de hablar, que se lo decía a sí mismo. No consiguió engañarme, y desde ese día espié sus movimientos. Al final descubrí lo que ya sospechaba: que mi padre tenía un enemigo invisible.

En busca de los olores perdidos

De repente, un día de primavera, el señor K pierde el olfato. Es el mismo día —casualidades de la vida— en que pierde la cartera, o se la birlan. Y no es que el señor K sea como Marcel Proust, a quien le dabas un mínimo estímulo, un olor, un sabor, incluso una insignificante magdalena asomada al precipicio de la taza de té, y te escribía un libro de infinitas páginas con esa prosa suya tan laberínticamente poética, tan extenuante su lectura que llega a provocar los síntomas de la asfixia en el esforzado y paciente lector. No, el señor K no tiene ni la imaginativa memoria ni el talento de Marcel, pero también tiene su corazoncito, y la pérdida del olfato supone para él una merma importante en su personal mapa emocional, pues cuando intenta recorrer los caminos por donde los olores transitan, esos caminos donde con solo aspirar el aire se despiertan las emociones, o se vincula el presente con el pasado en un viaje ensartado de añoranzas, el señor K, digo, se encuentra con muros imposibles de salvar y queda desorientado en medio de un mundo inodoro, con la nariz inútil, y el paisaje primaveral en todo su colorido de cerezos en flor, de lavandas, de lilos, de romeros, de salvias…, pero sin sus olores, le parece de una belleza amputada, muda.

Para consolarse, el señor K se repite a sí mismo que no hay mal que por bien no venga, que, aplicado a su caso, supone felicitarse por no tener que soportar los insanos efluvios en sus viajes en el metro, a la hora punta de la tarde; ni la empalagosa dulzura, hasta la náusea, de la vecina del quinto bañada en colonia, ni el olor a pies de su marido, explosiva mezcolanza la de los dos cuando se los encuentra en el ascensor. En fin, se libra de todos esos olores que le revuelven a uno las entrañas. Pero este consuelo le dura poco, e intenta evocar con la imaginación los olores perdidos, y descubre que si bien puede visualizar con los ojos cerrados la figura de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero, no le es tan fácil recuperar el olor de los limones, solo una tibia representación intelectual del mismo.

Además, como el señor K no percibe los olores que de su propio cuerpo y de su ropa emanan, empieza a lavarse y a cambiarse de ropa con una frecuencia que raya en la obsesión, y a aquellas personas con quienes tiene confianza les pide que le adviertan del mínimo tufo que proceda de su persona. Y es tal la matraca olfativa a que les somete, que terminan todos jugando al jueguecito de compartir listas de los buenos olores: el olor a tierra mojada después de la lluvia, el olor del café recién hecho, el de los libros nuevos, el de los libros viejos, el olor de los bebés, el olor del deseo en la piel, el de las castañas asadas, el del barniz, el olor de la gasolina, el del pegamento, el olor del tabaco para pipa, el de la hierba recién cortada, el del betún, el de la tinta, el del pan recién horneado, el olor de ella, el de él, el olor de la brisa marina…

Y así hasta que un día, también de repente, regresa el olfato al señor K —la cartera sigue sin aparecer—, y desde entonces se le puede ver en actitud un tanto cómica, con la nariz en estado de perpetua alerta, olfateando la vida con la avidez de un sabueso, para capturar todos esos olores que quizá algún día vuelva a perder.