Tuberías

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“Harmilla es una maravilla”. Así reza el ridículo rótulo publicitario con que la propaganda del Estado promociona nuestra ciudad. Pero, créanme, Harmilla es una cloaca. Se lo digo yo, un desatascador de este miserable laberinto de tuberías, hijo y nieto de desatascadores, que ve la realidad tal cual es y no bajo los efectos del sol prestidigitador que todo lo embellece con su mano de oro. “En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las fuentes…”, escribe el publicista del Estado, y ustedes, al leer, dicen embaucados “Oh, Harmilla”, con los ojos en blanco y la boca boba. Pero yo, que me paso por el forro los rayos del sol, digo: ” Una mierda Harmilla”.

Cuando ustedes quieran conocer de verdad un lugar, no acudan a las guías oficiales, hablen con sus gentes, con el pueblo de a pie, o mejor, con el pueblo que se arrastra, y del cual yo soy uno de sus representantes, no sé si digno. Quizá los fontaneros les propongan una visión más alegre, muy distinta de la mía, al fin y al cabo ellos trabajan en la superficie ensamblando tuberías, soldando aquí y allá, instalando grifos y baños. También muy distinta será la opinión de los constructores de fuentes y estanques, que constantemente reciben en la espalda la palmadita del político de turno, quien, para justificar sus inversiones en la ciudad, nos abruma con chorritos saltarines y multicolores, algunos de ellos con música y todo, y pececillos estancados nostálgicos de mar. Pero nosotros, los desatacadores, no somos tan optimistas. Sabemos que en Harmilla hay un un submundo de esta ciudad a la que abastece de agua, ciudad de amplias avenidas y altos rascacielos, de parques e hipermercados, cuyos ciudadanos tienen el privilegio de gozar del agua, y hasta de derrocharla, con sólo mover la mano pusilánime, porque se olvidan de que otros lugares carecen de esta Harmilla subterránea y nutricia que nadie ve, lugares fantasmales con la piel árida del paisaje ya cuarteada, y con niños de vientre hinchado y ojos adultos y profundos como pozos secos.

Pero Harmilla, no lo olviden, es una ciudad en decadencia. Los desatascadores limpiamos día y noche el laberinto de tuberías de las inmundicias y cachivaches que arroja la ciudad a la que servimos. Aunque este exceso de trabajo no debe llevarnos a engaño, pues muy pronto nuestra tarea será inútil, porque ya por las tuberías circula un caudal exiguo y contaminado, y las diosas de las aguas, que ya no lucen la lozanía de antaño, realizan sus juegos de agua en el vacío, como simulacros de locas redundantes. Y cercano está el día en que, ausente la melodía del agua, se instale el viento en las tuberías, arrancándoles un lamento de casa deshabitada.

Sí, muy pronto nuestro trabajo será inútil, cuando Harmilla se parezca a aquellas otras ciudades que, sin la memoria del agua, se desvanecen en el olvido.

 

Madre

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Hoy he pisado un charco y la infancia me ha salpicado en la cara. Un recuerdo luminoso: mi madre a mi lado agarrándome de la mano, también ella empapada sonriendo con esa edad indefinida a mis ojos de niño, la edad eterna con que, ahora que ya no está, la veo.

Desabrazos

Rangi y Papa

En la tradición maorí, el Padre Cielo (Rangi) y la Madre Tierra (Papa) provocaron la oscuridad con la unión de sus cuerpos en el acto de la procreación. Luego sus hijos anhelaban que la luz penetrara en el mundo para que ellos y sus descendientes pudiesen crecer en un mundo luminoso. Algunos planearon matar a los padres, pero uno de ellos, Tawhirimatea (dios del viento y las tormentas), se apiadó y propuso separarlos. Después de varios intentos, fue Tane (dios de los bosques) quien, tumbándose de espaldas, empujó hacia arriba fuertemente con los pies hasta lograrlo. Y así fue cómo la separación de Rangi y Papa creó el Te Ao-marama, el mundo de luz anhelado.

Tal vez sea esta la razón por la que nos pasamos la vida abrazándonos y desabrazándonos. Abrazándonos para recuperar la unidad y calma perdidas, desabrazándonos para vivir el dolor de la distancia y añorar aquella unidad. Todo lo demás, como diría el bardo, es ruido y furia.

 

Fantasmas

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Probablemente es Guillermo Samperio quien ha escrito el microrrelato más breve de la historia. Su título es EL FANTASMA, y el cuerpo del relato la página en blanco. No lo ves, pero el fantasma está ahí, mimetizándose con la blancura; si te esfuerzas, puedas llegar a visualizarlo. Tu fantasma, no el de Samperio. Cada lector el suyo.

Quizás el miedo a la página en blanco es el miedo a esas presencias invisibles que rondan por los alrededores de nuestro ser, y escribir sea la manera de darles forma, con la esperanza de poder controlarlas

Trasplantes

Cerebro trasplante

Hace meses me trasplantaron el cerebro de otro hombre. Ya tenía experiencia en trasplantes. Primero fue el corazón, una lesión congénita me fue dejando sin aliento hasta que se hizo inevitable sustituirlo. Después, tras un accidente en carretera, fueron la mano y el ojo derechos. Entonces no me supuso un gran problema ver mi cuerpo colonizado por órganos ajenos, aunque me sentía un poco raro al principio. No con el corazón, escondido bajo la caja torácica, ni con el ojo, de un color muy parecido al de los míos, pero convivir de pronto con una mano que no es tuya se hace muy extraño. No te parece una mano sino un pequeño animal con tentáculos que tiene vida propia aunque seas tú quien gobierna sus movimientos. Al principio a Lola también le daba repelús que la acariciara con la mano intrusa, y aunque se esforzaba en sobreponerse, yo notaba un leve respingo cuando rozaba su piel, y luego la tensión en todo su cuerpo. Con el tiempo terminamos acostumbrándonos, ya no reparamos en ella, la mano se ha integrado en nuestra vida.

Pero el cerebro… El cerebro no es cualquier órgano… Es el centro de nuestra identidad, de lo que somos y de lo que seremos. Cuando hablamos de las tristezas y alegrías del corazón, o de las mariposas enamoradas que revolotean en el estómago sabemos que no son más que formas de hablar, metáforas gastadas, porque todo está en el cerebro, somos nuestro cerebro. Y eso es lo que temía, que con el cerebro de otro dejara de ser yo.

Los doctores procuraron tranquilizarme, sorprendidos de mi ignorancia. ¿Acaso no sabía que el trasplante de cerebro era una práctica habitual desde hacía años con un índice de fracaso prácticamente nulo? Me lo explicaron: la técnica es muy compleja pero sencilla la idea, imagínese un libro al que le borramos todas las letras para dejar sus páginas en blanco, y que luego lo reescribimos con una historia distinta, pues eso es lo que vamos a hacer con el cerebro donante, dejarlo en blanco y conectarlo con el suyo para transferir, como usted bien dice, todo su ser, aquello que le hace único. Distinto recipiente para el mismo contenido. ¿Comprende?

Sí, era fácil de comprender, pero no de asumir, asumir que las complejas estructuras que constituyen un cerebro no acabaran determinando el contenido, de tal manera que eso que yo había dado en llamar MI SER se fuera desdibujando entre los vericuetos del nuevo sistema límbico, del nuevo hipotálamo, del nuevo córtex prefrontal… hasta convertirse en algo completamente distinto de lo que yo era. Aun así, di mi conformidad al trasplante porque, al fin y al cabo, desaparecer en un cerebro extraño era una manera de morir no muy distinta de la que me esperaba si dejaba que mi tumor siguiera invadiéndome.

El trasplante fue un éxito, lo sigue siendo. Es lo que dicen todos a mi alrededor. Pero no estoy tan seguro, creo que mis temores estaban justificados. Es cierto que he recuperado la salud y que mi YO no se ha evaporado en el interior de este cerebro que ahora mi cráneo cubre, pero a veces me vienen recuerdos que no son míos, de experiencias que nunca tuve. Es muy desconcertante, y me obsesiono por hallar una ruta mental que me revele el significado de esas imágenes impuestas, por ejemplo, de una infancia que me es ajena pero que se mezcla con la mía: rostros extraños que me miran con ternura, una mano que agarra mi mano y me conduce a un colegio desconocido. Y luego están esos recuerdos que sí reconozco como propios pero a los que respondo con sentimientos que parecen recién estrenados: una nostalgia que creía no tener, o indignación con aquello que sucedió y antes me dejaba impasible… En fin, supongo que es a través de estas grietas por donde se ha ido filtrando una nueva personalidad. Yo antes era un hombre imperturbable, seguro en mis acciones. Mis deseos no encontraban grandes barreras morales para lograr sus objetivos. No quiero decir que yo fuera un ser depravado, pero ciertamente no me andaba con muchos escrúpulos, jamás tuve graves conflictos de conciencia, no me preocupaba por el destino de las personas que no me resultaban útiles en alguna medida. Ahora, en cambio, es como si llevara un censor conmigo a todos partes, hago constantes cábalas sobre el bien y el mal, y dudo, y me angustio. Soy un hombre frágil, extremadamente sensible, zarandeado por los sentimientos y opiniones de los demás.

Lola dice que transformaciones así, en las que la escala de valores da un vuelco, son habituales en personas que como yo han mirado cara a cara a la muerte, y que prefiere al hombre que ahora soy, generoso y noble, sin el temor a manifestar sentimientos de ternura. Sé que no lo dice para consolarme, que es así como piensa y siente, y yo también debería estar feliz, pero no puedo porque siento que no es a mí a quien ama, sino al otro que ahora vive en mí.

 

Viajero en el tiempo

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Todo está preparado para que Faustus entre en el túnel del tiempo. Si el experimento sale bien, su cuerpo se desintegrará en millones de partículas para después recomponerse en una nueva dimensión temporal. Si sale mal, se disolverá en la Nada. Es el primer hombre en intentarlo, se ofreció voluntario, prefiere correr el riesgo de desaparecer en el vacío antes que seguir en prisión. Además, no quiere formar parte, aunque sea como recluso, de esa sociedad donde los derechos se aplican por igual, sin distinciones de género, raza o condición social. Una sociedad decadente, se dice mientras se mira la mano derecha como si fuera el emblema de lo que él es; la mano que hace dos años, en un descuido, quedó mordida por el fuego cuando junto a sus camaradas prendió los cartones rociados de gasolina que cubrían a un mendigo en el parque.

Como voluntario puso una condición: elegir la fecha y el lugar de destino. El Comité Científico, cuyo único objetivo es el éxito en el proyecto y no una revisión de la historia, aceptó y durante meses Faustus se aplica en el estudio del alemán y revisa todos los documentales que puede para penetrar en el espíritu de la época en que su idolatrado Hitler vivió. Finalmente decide que lo mejor es conocerlo en su etapa de formación: le será más fácil acercarse a él y seguirlo en su ascensión al poder, dos camaradas compartiendo un mismo ideal. La fecha elegida es el 2 de agosto de 1914 y el escenario, la Odeonsplatz de Munich, donde una multitud enardecida recibe la noticia de la proclamación de la primera guerra mundial. Entre la multitud se encuentra el joven Adolph, de veinticinco años,  pómulos prominentes en su cara flaca y su bigote característico.

Faustus, con un traje de principio de siglo XX diseñado para la ocasión, entra en el túnel del tiempo: un gran cilindro trasparente de especial plástico acrílico. Una veintena de científicos lo rodean con ojos ávidos. Bajo la piel de Faustus han fijado un dispositivo que, si el experimento tiene un final feliz, les informará en todo momento del punto de la línea temporal en que Faustus se encuentra. Lo que no le han dicho es que se va a quedar atrapado en el pasado, pues aún no han concluido los trabajos en el proceso inverso. Lo que ellos no saben es que el verdadero deseo de Faustus es no regresar.

El director del proyecto, con la solemnidad que requiere el instante, se acerca al panel de mandos y pulsa uno de los botones. Transcurren unos segundos de incertidumbre, los científicos se miran entre sí. De pronto Faustus empieza a contorsionarse como si todo su cuerpo se electrificara, y las imágenes que durante meses ha ido almacenando inundan su cerebro, múltiples secuencias sucediéndose una detrás de otra hasta que su cuerpo parece desgarrarse, y pierde la conciencia. Los científicos se abrazan y saltan como niños: el túnel está vacío.

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Faustus recobra la conciencia bruscamente, como si unas manos feroces lo hubieran zarandeado. Ahora se halla en medio de un inmenso y cuidado jardín, frente a un palacio de perfecta simetría. Es el atardecer y la gente pasea por los senderos, pero nadie parece fijarse en él. Por un momento piensa que no se ha producido una inmersión real en el pasado, que él es como un espectador dentro de una película en tres dimensiones, y por tanto sin capacidad de intervención, hasta que choca con un hombre que distraído va leyendo un periódico. Faustus acepta sus disculpas y sigue andando, ahora eufórico, a pesar de que la fecha que ha leído en el periódico es 1909, cinco años menos que la fecha programada. Es una desviación importante, pero el experimento ha sido un éxito. Luego, cuando sale de los jardines y bordea el palacio, lo reconoce (la fuente de Neptuno en la base de una loma y el conjunto de arcos neoclásicos en la cima): es el Palacio de Schönbrunn. Así que la ciudad no es Munich, sino Viena. Siente entonces el desánimo de todo viajero que se equivoca de ruta, pero pronto cae en la cuenta de que en 1909 Hitler, con veinte años, vivía en Viena. Faustus, que siempre ha pensado que la Historia le tiene reservado un lugar de honor, camina ahora con determinación, como si el nuevo itinerario estuviera trazado en su cerebro: el destino lo guiará.

Es de noche cuando desemboca en un callejón iluminado con farolas de luz mortecina. Desfilan hombrecillos harapientos y sucios, esa escoria que tanto odia, y duda de que esa calle tenga algo que ver con su glorioso destino. Se siente confuso, no sabe qué hacer. Uno de esos hombrecillos se le acerca, lleva una carpeta debajo del brazo. Es un hombre joven, casi un niño, el traje salpicado de remiendos. De la carpeta saca unos dibujos y se los muestra. Son dibujos convencionales de Viena. Quiere que le compre uno, es así como se gana la vida. Pero a Faustus su sola presencia le asquea, no ha hecho este viaje para mezclarse con la basura. De pronto sabe lo que tiene que hacer, no importa que no le acompañen sus camaradas, demostrará su valor sin testigos. Será el principio de la gloria que tanto anhela. Sus fuertes manos aprietan el flaco cuello del mendigo, que lo mira espantado, encogiéndose, deformándosele la cara por segundos, hasta que se le dibuja una mueca grotesca y definitiva. Faustus deja su cuerpo de pelele en el suelo y le registra los bolsillos, donde encuentra una vieja cartera. Solo hay papelajos sin ningún valor y un carnet de identificación. El carnet le puede ser de utilidad, se levanta para leerlo a la luz de una farola. Lee en voz alta como si el alemán fuera su idioma de toda la vida, y de pronto siente que se va a desmayar; las letras, borrosas, parecen burlarse desde el papel: Adolph Hitler, es el nombre que allí está escrito.