La conjura de los necios

Cabeza hoyo

En Madrid, por las mismas fechas y a poca distancia, coincidieron la “Cumbre del Clima” y “Milenio Live” (para quien no lo sepa: evento conducido por Iker Jiménez y dedicado a fenómenos paranormales y enigmas indescifrables). Nos preguntamos si esta coincidencia es fruto del azar o un hecho paranormal en sí mismo. Nunca lo sabremos. Lo cierto es que ambos acontecimientos, como es de suponer, tenían objetivos muy diferentes. Pero oh, enigma indescifrable, tal vez debido a la mezcla de asistentes a uno y otro evento ya fuera de los respectivos recintos, empezaron a circular ideas desde el mundo esotérico de Milenio al mundo supuestamente científico de “Cumbre del Clima”, de tal forma que en las conclusiones finales de la Cumbre se determinó que el calentamiento global no se produce por la acción irresponsable del hombre, sino por la creciente cantidad de espíritus que, en pena y cabreados, deambulan por el planeta, o bien por la acción soterrada de los extraterrestres como paso previo a una invasión de la Tierra, sin descartar —es otra posibilidad— la acción conjunta de espíritus y extraterrestres.

Por tanto, para frenar el calentamiento global, decidieron por unanimidad contratar a un grupo de médiums y a un grupo de abducidos. Tanto los unos como los otros deberán ponerse en contacto con sus peculiares clientes para negociar un acuerdo que beneficie a todas las partes.

Esperamos resultados. La cosa está que arde.

 

La niña quiere un hámster

Hámster

La niña quiere un hámster, quiere un hámster, quiere un hámster… Los padres le regalan uno y la niña le pone de nombre “Rosita” por su blanco tirando a rosado, sin preocuparse de si es macho o hembra, y le ata un lazo rosa al cuello.

Por los alrededores de la urbanización donde vive la familia merodea un gato grande sin dueño, de un negro azabache, que tiene fama de astuto y agresivo. Tan es así que todos lo llaman “Tigre”. Tigre se cuela en los jardines y abre las jaulas de los canarios y hunde su pezuña en los estanques para zamparse a los peces. Los padres advierten a la niña de las habilidades del felino, para que no saque a Rosita al jardín y, sobre todo, para que no se deje la jaula abierta, porque entonces Rosita podría terminar en la tripita de Tigre, ¿entiendes? La niña dice que Tigre es un gato muy malo, pero los padres, afiliados al Partido Verde y declarados animalistas, le explican que los animales no son malos, que actúan según su naturaleza. La niña no entiende muy bien qué quieren decir, pero les pregunta si tampoco ella sería una niña mala si se comiera a los peces y al canario. “En tu naturaleza no está comer canarios ni peces”, argumentan los padres. “Comemos pollo y merluza”, replica la niña, que sigue sin entender que es eso de la naturaleza de cada uno. “Uy, parece que va a llover”, concluye la madre.

Una tarde de sábado la niña se deja la jaula abierta y Rosita se escapa. Durante tres horas la buscan por la casa y por el jardín, por toda la urbanización. Preguntan a los vecinos. Nadie ha visto nada. La niña llora: quiere su hámster, quiere su hámster, quiere su hámster… “Te compraremos otro”. “Quiero a Rosita, quiero a Rosita, quiero a Rosita…” Esa noche la niña se acuesta con un berrinche, y aun dormida, da hipidos de desconsuelo.

A la mañana siguiente, los padres están desayunando en el jardín cuando el vecino, desde el otro lado de la verja que separa las parcelas, les da la noticia de que Tigre ha aparecido muerto, medio devorado, el cuello recorrido por pequeñas heridas como si formaran un collar. Los padres dejan de desayunar, y ya se están lamentando de la mala racha —Rosita, desaparecida y Tigre, devorado— cuando ven aparecer a Rosita por debajo de unos arbustos, que corre hacia ellos y se detiene al lado de la mesa. Parece que le han inflado el cuerpo al doble de lo que era, pero es Rosita, no cabe duda, lleva el lacito que la niña le ató. Y lo más insólito: las pequeñas pezuñas, el hocico y el pecho están manchados de sangre, y entre sus diminutos dedos se enroscan pelos de gato.

El padre y la madre se levantan de un brinco y se miran horrorizados. ¡¿Qué es esto?! ¡No es posible! ¡No puede ser! Aun así, tienen que actuar rápido antes de que la hija se despierte. Rosita, la presunta asesina, deberá salir de la casa, sentencian. Y dicho esto, la madre se detiene en seco mirando en dirección a la pala con la que el día anterior trabajó en el pequeño huerto. El padre comprende, coge la pala con las dos manos y, con ojos de loco, la levanta por encima de la sanguinolenta Rosita.

A la niña le dirán que se la comió el gato. Así aprenderá a cuidar de lo suyo y a enfrentar las frustraciones, y, sobre todo, no crecerá con la idea de que vive en un mundo donde se puede alterar el orden natural de las cosas, un mundo en el que los ratones se comen a los gatos.

 

Moscas, mosquitos y moscones

Mosquito

Desde que hace años leí el poema de Antonio Machado dedicado a las moscas, mi relación con estos seres cambió por completo. De hecho, admiro la naturalidad con que las moscas pasan de la mierda a las flores y de las flores a la mierda, de las calvas infantiles a los párpados de los muertos y viceversa, sin remilgos ni aires de superioridad. Ya quisiera yo tener para mí esa capacidad de adaptación.

Algo parecido me ha pasado con los mosquitos después de leer en un artículo que las mosquitas necesitan de nuestra sangre para reproducirse; para alimentar a sus larvas, exactamente. Ahora mi actitud para con los mosquitos es otra. Antes me embadurnaba de repelente, y si algún mosquito (en realidad, mosquita) se posaba sobre mi piel, mi mano, en un acto reflejo, lo aplastaba sin compasión ni posterior remordimiento. Ahora dejo que las mosquitas me piquen como les venga en gana. Eso sí: voy hecho un Cristo. El Cristo de las Picaduras. Pero contribuyo a la perpetuación de su especie. A veces la picadura arrecia y luego la tentación de aplastarlas es acuciante. Entonces tengo que recurrir a imágenes tipo Disney de los tiernos bebés mosquitos, con mofletes de chupóptero y patitas suplicantes. Incluso alguno se me aparece con pañal y patucos.

Los amigos se burlan de mí porque —me interrogan— ¿qué función cumplen las moscas y los mosquitos? ¿Acaso sus diminutas e insignificantes vidas aportan algún beneficio? ¿Perderíamos algo con su desaparición?

Siempre me ha parecido un sinsentido buscarle sentido a la vida, sobre todo un sentido ÚLTIMO. El único sentido de la vida es el que queramos darle. Y, mientras acaricio el lomo mínimo de una mosquita, les pregunto a estos amigos: ¿qué perdería el Universo si dejara caer su mano cósmica sobre nosotros, los grandes moscones?

LAS MOSCAS

PARA VIVIR

 

 

 

La fama

esqueleto

Hace tiempo que perdió la piel, las vísceras. De Lázaro ya solo queda el esqueleto limpio, sin adherencias. En vida siempre fue un hombre acomplejado que rehuía las reuniones sociales, pero este año, con la seguridad que le da el no tener rostro, quiere presentarse al concurso de disfraces que por Halloween se celebra en su pueblo. Así que retira la lápida, sale de su tumba y se pone a caminar.

A estas horas de la noche, el cementerio se encuentra vacío y nadie puede oír el ruido de sus articulaciones al andar clac clac clac. Cuando llega a la carretera, desde lejos, ve el resplandor que la luz del pueblo proyecta en la oscuridad del cielo. 1 Kilómetro, es lo que dice el cartel. Acelera el paso clac clac clac.

Llega a la plaza en fiestas, y ya hay mucha gente congregada. Llevan todo tipo de disfraces macabros. Todos se vuelven a su paso, con gestos de asombro. Le señalan con el dedo, se dan codazos. Lázaro sonríe al ver a los otros esqueletos, dibujados sobre el fondo de una tela negra, absolutamente ridículos. Se pone a lo cola donde los participantes esperan a que se les asigne el dorsal con un número. Cuando llega su turno, Lázaro coge su dorsal y se lo pone sobre la osamenta. No dejan de mirarlo.

Pasados unos minutos aparecen los miembros del jurado —el alcalde, un diseñador de moda y un coreógrafo—, y se pasean por entre los concursantes. Hablan entre sí, toman notas. Cuando llegan a la altura de Lázaro, también ellos lo miran con asombro, le preguntan por la técnica utilizada, pero, ante el obstinado silencio de Lázaro, se atreven a introducir las manos por entre las costillas, en las cuencas de la calavera. El coreógrafo pasa su bastón alrededor del esqueleto para detectar posibles hilos invisibles, por si fuera una marioneta que alguien maneja desde vete a saber dónde. Quizá —apunta el diseñador— lleva escondido un dispositivo electrónico que otro manipula en la distancia.

El jurado se retira a deliberar, y no necesita mucho tiempo para elegir al ganador. Lázaro deberá subir a un rudimentario estrado para recoger de manos del alcalde la copa y el cheque por dos mil euros. Pero antes deberá quitarse el disfraz. Son las normas.

—Es mi secreto —dice Lázaro—, no puedo revelarlo.

La gente se ríe de lo que cree una broma, y espera a que finalmente Lázaro se quite el disfraz. Pero ese momento no llega. Y hay un silencio tenso, un murmullo que va creciendo hasta que se convierte en griterío: ¡Que se quite el disfraz! No dejan de gritar. ¡Que se quite el disfraz!

Lázaro permanece impasible, satisfecho de ser el centro de atención, hasta que la primera botella golpea en su calavera, y luego otra, y otra. Vuelan sillas, piedras, cualquier cosa que la gente tiene a su alcance. Y hacen aspavientos de incredulidad al ver que Lázaro se va desmoronando y pronto es un montón de huesos sobre el estrado. Algunos empiezan a santiguarse y a rezar: otros se ríen, pero es la risa nerviosa que esconde el miedo. Y Lázaro, por primera vez en su vida —es un decir—, se siente feliz, porque sabe que desde hoy será el protagonista de una leyenda que ira pasando de generación en generación, más allá de los límites de su pequeño pueblo.

 

Jaulas

Loro-Yaco-9

Lola me había dejado y yo andaba hundido. Fue entonces cuando una tarde, un loro africano, de esos que llaman yacos, de cuerpo gris y cola roja, entró volando por la ventana de la cocina, se posó en la encimera y allí se quedó temblando como un plumero agitado por el viento.

Le ofrecí el palo de la fregona como sustento, y él, aun temblando, aceptó el traslado. Sentí entonces que el destino me lo enviaba para ayudarme a reconquistar a Lola cuando viniera a llevarse sus bártulos. Le demostraría que soy una persona responsable, muy buen candidato para ser el padre de sus futuros hijos; capaz no solo de hacer hablar a un loro, sino de conseguir que razonara, pues siempre tuve la certeza de que las habilidades de estos animales van más allá de la mera repetición de los sonidos que escuchan.

Al principio temí que fuera un loro experimentado, de esos que dicen groserías o frases insulsas, pero parecía tener la mente en blanco. Y como yo quería un loro ilustrado que vocalizara aforismos y sentencias capaces de sembrar la comprensión en la dura mente de Lola, le puse de nombre Voltaire, y decidí instalarle en la sala de estar, alejado del patio de vecinos, que es el lugar de perdición de los loros, la universidad de lo soez y escatológico.

De las miles de páginas en internet dedicadas al cuidado de los loros, elegí al azar un manual en PDF que llevaba por título “Tu loro y tú”. Y muy pronto tuve la convicción de que educar a un loro era tan complicado como educar a un hijo. Según el manual, Voltaire podría decidir no relacionarse conmigo, y yo debería respetar ese derecho a la incomunicación y no atosigarlo para que hablara. Lo más importante era proporcionarle un bienestar físico y emocional. También era fundamental que sus ojos estuvieran siempre a la altura de los míos; ni por debajo, para que no le resultara humillante su posición; ni por encima, para que no creyera que podía dominarme. Un error en este sentido despertaría su agresividad.

El manual desaconsejaba las jaulas circulares, pues en ellas Voltaire podría desarrollar un trastorno obsesivo compulsivo. Así que le compré una de perímetro cuadrado en forma de pagoda china. Llené de agua el bebedero y de pipas el comedero, y durante días no intenté ningún adoctrinamiento. Cuando advertí que no recelaba de mi proximidad, probé a enseñarle unas palabras sencillas, “hola” y “adiós”, vocalizando lentamente, igual que si estuviera guiando a un niño en sus primeras palabras, pero Voltaire no decía ni pío.

¿No estaría subestimando su inteligencia? ¿Debería empezar directamente con aquellas citas que había seleccionado para azuzar la conciencia de Lola? Le miré intensamente —mis ojos a la altura de los suyos, que parecían dos inquietas cabezas de alfiler — y dije con voz de predicador en estado de gracia:

“La contradicción es la sal de la vida”

Y esperé su reacción, imaginándome ya la cara de Lola al oír por boca de un loro aquella frase que ponía en entredicho su rígido carácter. Pero Voltaire se limitó a hacer un gesto que, de haber sido un hombre pájaro, podría interpretarse como un encogimiento de hombros o un corte de mangas.

Probé con otra cita: “El corazón tiene razones que la razón no acierta a comprender”.

Nada, ni una palabra. Para ser un emisario del destino dispuesto ayudarme, Voltaire estaba resultando muy cabezón. Entonces busqué sonidos de la selva en internet. Mi intención era despertar en la memoria genética de Voltaire los atavismos de su especie. Quizá entonces se sentiría feliz emocionalmente y con disposición a hablar.

“Toda convicción es una cárcel”, me animé a repetir una y otra vez entre la algarabía de rugidos, silbidos, siseos, graznidos y demás, convencido de que en cualquier momento algunas de aquellas palabras harían eco en su cerebro de loro.

Una a una fui recitando las citas escogidas, y para cuando llegué a “La perfección es una pulida colección de errores”, Voltaire se había dado la vuelta y comía pipas de cara a la pared: crac, crac, crac… Pero ¿qué clase de hombre era yo si me rendía? ¿No le estaría dando la razón a Lola?

“Rasca en un fanático y hallarás una herida no cicatrizada”, dije. Y Voltaire: crac, crac, crac…

“Quien quiere arañar la luna, se arañará el corazón”. Crac, crac, crac…

No dejé de intentarlo hasta que una tarde, al regresar del trabajo, me encontré con que las maletas y cajas de Lola ya no estaban. Ni siquiera había dejado una nota. Voltaire se hallaba fuera de la jaula, con la puerta abierta, subido a los barrotes del techo. Las ventanas de la casa también estaban abiertas de par en par. ¿Era ese el mensaje que Lola me dejaba: que saliera de mi jaula y echara a volar?

Me derrumbé sobre un sillón, al borde de las lágrimas. Entonces Voltaire agitó las alas, remontó el vuelo y desplazando el aire de la habitación voló hacía mí. Temiendo su ataque me protegí la cara con las manos, pero al llegar a mi altura, Voltaire, con la elegancia de una bailarina, descendió lentamente hasta posarse en mi hombro derecho. A través de la camisa pude sentir las leves punzadas de sus garras. Se me quedó mirando —sus ojos por encima de los míos— como si me traspasara el alma, abrió el pico y, con esa voz aguda y estridente de los loros, dijo:

“Alégrate, nadie se conoce hasta que no ha sufrido”.

Voló hasta el centro de la habitación, y allí permaneció durante unos segundos, levitando en vertical, con las alas abiertas en toda su extensión, mientras la luz de la tarde dibujaba un aura dorada alrededor de su cabeza. Parecía un ángel diminuto y grotesco observándome desde la altura. Después se giró sin perder la verticalidad y salió volando por la ventana. Fue solo un punto en el cielo. Y luego: el vacío.

 

Los tres cerditos

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Son tres hermanos cerditos que están muy hartos del lobo cuya única misión es zampárselos. Y no menos harto está el lobo de perseguir sin éxito a los tres cerdos. Pero no hay odio ni reproches mutuos, pues saben que son los protagonistas de un cuento que los humanos utilizan para educar a sus niños. Es cierto que los padres podrían decirles a sus hijos: “Niño, hijo mío, el esfuerzo en la vida es lo más importante, no seas chapuza, persevera en la obra bien hecha, busca la excelencia, sólo así hallarás la recompensa al final y la tranquilidad de conciencia”, pero tanto los tres cerditos como el lobo saben, pues es mucho tiempo el que llevan conviviendo con los hombres, que si los padres hablaran así a sus hijos, al rato los niños comenzarían a tirarse del pelo y a bostezar. Por eso necesitan de ellos, de tres cerditos y un lobo que vivan una historia que mantenga a los niños con los ojos muy abiertos y la respiración contenida por el miedo.

De los cuatro personajes, es el lobo quien se siente peor tratado, porque su nombre casi nunca aparece en el título. Le parece injusto. Su actuación es tan importante y necesaria como la de los tres hermanos cerdos. “Los tres cerditos y el lobo”, este debería ser el título. O mejor aún: “El lobo y los tres cerditos” ¿Acaso su papel no requiere un mayor trabajo y el sacrificio de un final humillante? ¿No se pasa el cuento soplando casitas: de paja, de madera y de ladrillo para acabar achicharrado en una olla con agua hirviendo que el psicópata cerdo mayor ha colocado debajo de la chimenea de su casa de ladrillo?

Hasta hoy, los cerditos y el lobo han soportado con resignación estos papeles idiotas de construir casas y soplar. Pero todo tiene un límite y ya están muy hartos —lo hemos dicho al principio—.Y es el cerdito mediano, quizá porque ha desarrollado una mayor capacidad de raciocinio al no gozar de los privilegios con que los cuentos suelen premiar al benjamín y al primogénito, quien empieza a agitar las mentes conformistas de sus hermanos y el lobo.

Les recuerda que hay otros cerditos y otros lobos en esa dimensión que los hombres llaman “la realidad”, y que esos cerditos y esos lobos, al contrario que ellos, personajes de ficción, no pueden vivir simultáneamente más de una versión. Y que su única versión posible en “la realidad” es la de ser los cerditos cebados, asesinados y masticados por los humanos, en este orden; y los lobos perseguidos y masacrados. Y no es consuelo que tampoco ellos, los humanos, puedan vivir más de una versión, que termina sin remedio con la muerte, y que por esta razón se pasen todo el tiempo inventándose historias del “más allá”, ficciones de inmortalidad. “Así que es el colmo de la hipocresía”, dice indignado el cerdito mediano, “que además de comérsenos quieran utilizarnos en cuentecitos para enseñarles moralidad a sus hijos. ¡Precisamente ellos, los grandes inmorales!”. Y al ver el cerdito la mezcla de admiración y espanto con que lo miran sus hermanos y el lobo, se anima a seguir: “Tú, lobo, al querer comernos, sigues tu instinto y no haces nada distinto de lo que hacen ellos. Te castigan a ti para no tener que castigarse a sí mismos. Conducta muy típica de los humanos”.

Al llegar a este punto el cerdito mediano, enardecido por sus propias palabras y liberado al fin del exclusivo papel de constructor de casitas de madera, se lanza a explicar una teoría que oyó una vez a un padre psicoanalista en “la realidad”. En dicha teoría —les cuenta a los otros—, tú, lobo, representas los bajos instintos de los humanos, las oscuras inclinaciones que habitan en su inconsciente y pugnan por salir. Nosotros, los cerditos y nuestras casas, representamos la parte consciente que intenta vivir civilizadamente. Sólo con esfuerzo, simbolizado en la casa de ladrillo, podemos, es decir, pueden someterte a ti, lobo, es decir, a sus instintos primarios. Así que reprimimos, proyectamos, sublimamos, es decir, reprimen, proyectan, subliman. ¿Qué os parece? Hay que joderse con los humanos, lo retorcidos que son y lo perversamente que nos usan.

Los hermanos del cerdito mediano y el lobo se miran entre sí. La perplejidad se refleja en cada uno de sus gestos. No saben qué decir ni qué hacer. Piensan que el cerdito mediano se ha vuelto loco. No obstante, cuando este les pide que se acerquen porque tiene un plan que proponerles, no dudan en obedecer.

Así, desde ese día, consensuada por los cerditos y el lobo, hay una versión más del cuento. La secuencia de la historia es la misma hasta que el lobo se cuela por la chimenea de la casa del cerdito mayor. Pero en esta nueva versión el lobo no cae en ninguna olla de agua hirviendo, sino que desciende lentamente como un bondadoso Papá Noel, y luego se va comiendo uno a uno a los tres cerditos, que sonríen sin oponer resistencia. Después, con visible sobrepeso, el lobo se marcha al bosque para hacer la digestión tumbado debajo de un árbol.

Punto final. Así termina ahora la historia. Que nadie espere la repentina aparición de un guardabosques o de un cazador que pasa por allí y le abre la tripa al lobo y los cerditos salen cantando y bailando. No les importa morir a los cerditos; al fin y al cabo, piensan, la muerte en la ficción es otra forma de vida. Será además su venganza: los niños aprenderán que da lo mismo cuánto se esfuercen, y que no importa el trabajo bien hecho, pues al final irán a parar a la tripa del lobo.

La Milla de Oro

Milla de Oro

La señora K camina por las calles de la Milla de Oro cuando en una de las lujosas tiendas ve un vestido de lino verde que le gusta. Entra para preguntar el precio. Sabe que el solo hecho de preguntar el precio en una de esas tiendas es señal de que no debería haber entrado, aun así entra y le pregunta a una de las dependientas. La dependienta, que parece un maniquí de escaparate, la cara como de porcelana, empieza a crecer para mirar a la señora K desde su nueva altura.

—Ese vestido vale un riñón, señora —dice, subrayando señora con un énfasis hiriente, pero que la señora K pasa por alto.

La señora K entra en uno de los probadores, se desnuda de cintura para arriba y se saca el riñón derecho. Se vuelve a vestir, sale del probador con el riñón en la mano abierta y se lo muestra a la dependienta de porcelana.

—Verá, no sé cómo decirle… — dice ella mientras deja que su mirada resbale desde la cabeza hasta los pies de la señora K.

—Diga, diga… —dice la señora K, como un perrillo que espera una carantoña.

—Ay, por favor, me resulta súper mega difícil decirle esto. La verdad, no es cuestión de dinero, ni de riñones. Es en plan política de la empresa. No podemos permitir que una mujer de su clase luzca —es un decir— una de nuestras chaquetas. Daríamos una muy mala imagen. ¿Comprende? Ay, por favor, dígame que sí, que comprende. Para mí sería súper importante y tal.

Sin saber qué decir, la señora K se queda mirando la cara de diseño de la dependienta —los perfiles perfectos de sus ojos y boca; en los labios un ligero mohín de falsa compasión —, se da media vuelta y entra de nuevo en el probador para reponerse el riñón derecho.

La señora K sale a la calle con los dos riñones en su sitio. Camina sin rumbo, desorientada, pero sus pies memoriosos la llevan hasta El Corte Inglés, a la planta baja, a esa sección de oportunidades donde se mezcla todo tipo de ropa, dispuesta de tal manera que parece el lugar donde unos menesterosos, reunidos para una orgía y apremiados por las urgencias de la lujuria, hubieran arrojado al aire las prendas que vestían.

La mano de la ausente señora K, como una araña histérica, hurga entre aquel revoltijo, se hunde en sus profundidades, saca al azar y desecha, y así está un buen rato hasta que al final encuentra una camiseta que es de su agrado. Se la muestra a la señora K, que parece complacida, pues se quita la camisa que lleva puesta, la arroja al revoltijo de ropa y se pone la camiseta que su mano le ofrece.

De camino a la salida, la señora K va contemplando su imagen reflejada en los espejos: sobre el pecho, Barth Simpson, con los calzoncillos bajados, muestra un gran culo. Por primera vez en la mañana la señora K sonríe: le gustará ver la cara que pone la mujer de porcelana cuando vuelva a la tienda. Pobre e ingenua señora K.