Ladrones de órganos

WALLAPOP

Esta noche, mientras dormía, forzaron la puerta de mi casa y me robaron el corazón. No es la primera vez. Ha sido al ir a ducharme cuando me he visto la nueva cicatriz en carne viva sobre el pecho, junto a las otras ya secas. Dicen que sin corazón se vive mejor, que entre tú y lo que deseas no se interponen obstáculos morales y que al carecer de sentimientos nadie puede dañarlos. Quizá sea así, pero a mí, sin corazón, el desayuno me sabe insípido, el mar es solo un montón de agua y el sol una tediosa bola que va cambiando de posición. ¿Y qué decir de las personas?: personajes planos de una mala novela.

Quienes me han robado el corazón roban todo tipo de órganos. Conocen bien a sus “clientes” y saben qué es lo que más temes perder, aquello por lo que estás dispuesto a pagar. Así que hago lo que he hecho otras veces: entrar en wallapop para recuperarlo.

En la pantalla, entre cachivaches de toda índole, aparecen cientos de órganos: ojos, cerebros, bocas, brazos, piernas, hígados, penes, muchos penes, una ingente cantidad de penes…Y ahí está, una vez más, mi corazón. Siempre me resulta extraño verlo fuera de mí, hoy entre una bicicleta de montaña y una tostadora; me lo imagino palpitando como si me hiciera señales. No tengo argumentos racionales para demostrar que ese es mi corazón, pero lo sé y basta. Cada vez que lo recupero vivimos en perfecta comunión, hasta que me lo vuelven a robar. Siempre estoy ahorrando para cuando llega el momento. En esta ocasión piden el triple de lo que me costó la última vez, y temo que algún día no pueda recuperarlo.

Desahógate escribiendo

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© Arno Rafael Minkkinen

Otras razones para escribir:

Kafka (la literatura como posesión “diabólica”)

“Dios no quiere que sea escritor. Pero no tengo otra elección (…) Mi vida consiste, como de hecho siempre ha consistido, en intentar escribir (…) Odio todo lo que no esté relacionado con la literatura. Las conversaciones me aburren soberanamente. La literatura me posee como un demonio. No tengo intereses literarios: la literatura es de lo que estoy hecho”.

Mario Vargas Llosa (insatisfacción ante la realidad)

“Creo que el novelista es ante todo aquel que no está satisfecho con la realidad, aquel hombre que tiene con el mundo una relación viciada, un hombre que por alguna razón, en determinado momento de su vida, ha sentido que surgía entre él y la realidad una especie de desacuerdo, de incompatibilidad. Si estuviera satisfecho, si se sintiera reconciliado con el mundo, si la realidad lo colmara, es evidente que no intentaría esa empresa de crear nuevas realidades, de crear realidades imaginarias y ficticias (…) Ese hombre es un rebelde, es un hombre en desacuerdo con su sociedad, con su tiempo, o con su clase, un hombre que no está satisfecho con el mundo”. Sigue leyendo

Futuro imperfecto

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Mi padre me soñaba Director de Banco y, como no existía el defensor del niño, me vestía de esta guisa para ir ensayando. No vayas a creer que mi cara en la foto es de felicidad, estoy disimulando porque el pantalón, como si no le bastara con el daño infligido a mi dignidad, me aprieta en la infantil entrepierna.

A las bodas, comuniones y bautizos iba yo con ese traje de boy scout de Bankia, y creo que llegué a hacerme famoso, pues todos querían hacerse una foto conmigo, seguro que para luego dar fe de mi existencia y echarse unas risas en la intimidad de sus hogares a costa de ese niño del traje que vaya pinta que tiene el pobre.

Mi padre, con esa manía suya de hacerme banquero, me adiestraba en la aritmética. Las matemáticas no engañan, me decía siempre, dos más dos son cuatro y no hay tu tía. Yo, que no sabía muy bien por dónde iba mi padre, le respondía que también cinco menos una son cuatro. Entonces él, con enhiesto dedo índice, sentenciaba que daba lo mismo sumar o restar, siempre que fuera a mi favor. Perdido completamente con las intenciones paternas, guardaba silencio, no me atrevía a rechistar, no fuera a ser que le diera por comprarme otro traje, o un sombrero tirolés, muy de moda en esa época.

 

El pez espejo

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Hay peces que se mimetizan con el medio para protegerse de sus enemigos; otros se recubren de púas; los hay que expulsan veneno, o una sustancia fétida que aleja a sus perseguidores… El pez espejo, en cambio, tiene una forma de defenderse que es única en el reino animal: adopta el rostro de aquellos que van a atacarlo. Es así como se libra del hombre que con sus arpón quiere darle caza. Aunque nada puede hacer cuando ese hombre es un hombre que se odia a sí mismo.

 

Pesadillas

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Seguramente conoces el célebre microrrelato “El dinosaurio”, de Monterroso, que dice así: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Viene a cuento porque hoy he tenido un sueño: de la cabeza de un tipo con cara de malvado de dibujos animados salía una rata pelirroja con ojos incendiarios (la bandera de Estados Unidos ardía en sus pupilas). Luego la rata hocicaba en la cabeza-madriguera y por la boca del tipo salía un vómito de mierda. Sus conciudadanos, entusiasmados ante tamaño espectáculo, la elegían presidenta.

Cuando desperté, la rata todavía estaba allí.

Lágrimas en la lluvia

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Me encuentro con dos extraterrestres en el parque. Sé que son extraterrestres no porque desciendan de una nave inverosímil, ni porque tengan una especie de dedo índice con un punto de luz en su extremo, ni por sus cabezas de fauno, ni por el pecho transparente bajo el cual tres verdes corazones bombean una especie de clorofila, pues nada de eso me asegura que sean extraterrestres, al fin y al cabo hay gente muy rarita por el mundo, extravagante en tuneados, tatuajes y cirugías. Sé que son extraterrestres porque no tienen ni puta idea de quienes son Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Esta supina ignorancia es lo que acaba por convencerme de que vienen de otro planeta. Sigue leyendo

Reformas

 

Reformas casas

Me contó que su primera intención fue vender la casa, pero le gustaba mucho el lugar en el que se hallaba y, por otra parte, esa solución le parecía una debilidad, una forma de claudicar. Además, allí se habían criado sus hijos. Lo mejor sería reformarla de arriba a abajo. No dejar nada que le recordara a él. Nada que él hubiera visto, pisado o tocado. Así que eso es lo que hizo: mandó tirar tabiques para que “los espacios del infierno” solo estuvieran en su memoria, una memoria que poco a poco ―era su esperanza― se fuera desvaneciendo; y cambio la fachada, los suelos, las puertas, los muebles… Todo lo cambió. Sigue leyendo