Deshojando la margarita

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El hombre va por la calle pensando en la mujer. De pronto se dice: “Si llego a la parada antes que el autobús es que todavía me quiere”. El hombre y el autobús llegan al mismo tiempo. En rigor, si acepta las reglas que él mismo ha puesto, la mujer no le quiere. Pero decide que esa coincidencia en el tiempo entre él y el autobús se presta a la ambigüedad, así que lanza una moneda al aire. Sale cruz, aunque ahora mismo no recuerda qué significado le ha dado a que salga cruz: ¿significa que le quiere o que no le quiere? El hombre llega a su destino y se baja del autobús. Y cuando ya en la acera se dispone a contar si es par el número de baldosas que lo separan del portal a donde va, lo que supondría, en caso afirmativo, que la mujer le quiere, le suena el móvil en el bolsillo. Lo coge. Es la mujer. “Tenemos que hablar”, dice ella.

 

Ritual

Altar dia de los muertos

Dejé atrás las calles: rostros arrasados por cicatrices, intestinos al aire, cuerpos esqueléticos, deformes, descabezados, desmembrados… Era Halloween y quería llegar pronto a casa para llevar a cabo el ritual. “El que sobreviva al otro… Me lo tienes que prometer”, me había pedido Julia una noche del verano pasado, frente al mar de Acapulco.

Ya en casa, quité del aparador todo adorno y lo cubrí con un mantel blanco para improvisar un altar: cuatro velas encendidas formando una cruz; un cuenco con el incienso; un vaso con sal; las calaveritas de azúcar; y a falta de flores de cempasúchil, un camino de pétalos de rosas amarillas, el amarillo evocador del sol en la tradición azteca; una botella de vino y dos copas, tal y como había pedido Julia; y su foto presidiendo el altar: Julia en la playa, la melancolía en la mirada y un rictus de tristeza en los labios que entonces no acerté a ver. Luego, del baúl de los recuerdos, rescaté a La Catrina, la muñeca que compramos en México, con una calavera por cabeza y cubierta con un emperifollado sombrero de flores y plumas; vestida como dama de la alta sociedad para recordarnos que la muerte nos llega a todos, ricos y pobres.

Fue Julia quien eligió México como destino para nuestra luna de miel. Yo prefería la seguridad de Europa, y ella se burlaba de mis miedos, de mi cerebro racional y prejuicioso, porque le atraía lo desconocido, la incertidumbre, el batiburrillo de creencias que, en su opinión, era señal de apertura mental. Julia creía en los viajes astrales y en la transmigración de las almas. Yo no creía en nada.

Desde la calle me llegaba la algarabía de los siniestros paseantes, y por las escaleras se oía el galopar de la chiquillería pedigüeña que iba de piso en piso,  de casa en casa. Sentado en el sofá, a la sola luz de las velas, con el incienso ya prendido y Catrina a mi lado, solo quedaba esperar delante del altar. Pero esperar ¿qué? Nada en realidad. ¿Quién en su sano juicio puede creer que las almas de los muertos vienen a visitarnos siguiendo el rastro de las ofrendas? Yo no, desde luego, y si cedí a esa superstición fue por la promesa hecha a Julia, un ritual como otro cualquiera para honrar su memoria, aunque mi recuerdo no estaba exento de rabia y resentimiento.

En esa espera sin esperanza, en ese estar allí sentado como un pasmarote, sin saber qué hacer, oficiante de un rito que carecía de todo sentido, recordé los días en México, la pasión con que Julia se sumergía en la vida de aquellos pueblitos del interior antes de ir a Acapulco, no como yo, con un pie en el agua y el otro en la orilla; y el recuerdo del día aciago en que palpé su vacío en la cama al despertar, y luego el aullido de las sirenas a lo lejos, el revuelo en el hotel, el gesto compungido del policía cuando me confirmó la noticia que los agoreros rumores ya habían traído: “… sí, en el fondo del acantilado, ya sin vida”.

Empecé a servirme de la botella de vino, una copa tras otra, hasta que las paredes y el suelo del salón empezaron a desplazarse, junto con el sofá, el aparador… La casa toda parecía andar en fuga, y cuando miré a Catrina, en el intento de enfocar lo que se hallaba más cerca de mí, ella, en una suerte de acto de prestidigitación, dejó de ser Catrina para ser de pronto Julia, quien ahora me miraba con esos ojos luminosos con que me miró aquella noche, antes de desaparecer para siempre de mi vida. Y al instante supe a qué había venido: a dar respuesta a la pregunta que, desde hacía más de un año, me arañaba las entrañas.

―Lo hice porque, después de esos días, ya era imposible ser más feliz ―dijo, deslizando sus dedos largos y pálidos por mis mejillas

Con rabia me deshice de sus caricias para gritarle que había sido una egoísta, que había destrozado mi vida, pero, adivinando quizá mis pensamientos, selló mis labios con un beso y luego me abrazó para acunarme como a un niño necesitado de consuelo, y así, entre sus brazos, poco a poco me fui calmando, en medio del olor a incienso y del juego de sombras que el ondular de las llamas de las velas producía, hasta que el impertinente timbre de la puerta me taladró los oídos y la ensoñación se esfumó.

Tambaleándome en la penumbra, aún obnubilado, fui a abrir. El corazón me latía con fuerza porque temía lo que pudiera encontrar al otro lado de la puerta. Pero allí no había nada temible: frente a mí, dos tiernas criaturas, un Frankestein y una Vampirina, que me miraban desde su pequeña altura con ojos cándidos, enmarcados por la pintura de sus disfraces; azul la de Vampirina; blanco sanguinoliento la de Frankestein.

¿Truco o trato? ―dijeron a coro. Les di un puñado de caramelos y se fueron tan contentos cogidos de la mano.

Tras cerrar la puerta, sentí el alivio de haber vuelto a la realidad, y la tristeza por haber perdido tan de golpe el abrazo de Julia, que aun fantaseado parecía tan real que todavía me temblaba el cuerpo entero. Pero cuando entré en el salón y encendí la luz, no hallé rastro ni de Catrina ni de las calaveritas de azúcar, y en la foto del altar Julia sonreía, una sonrisa leve, apenas una pincelada en su melancolía, pero sonrisa al fin.

Autómata

 

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Cansado de trabajar como juez, encargué una réplica de mí mismo al Instituto de Robótica. El diseño resultó perfecto: mi misma voz, y hasta la señal de nacimiento que tengo en la mejilla. Con la asistencia de expertos en leyes, los ingenieros crearon programas con múltiples vínculos entre los supuestos de hecho y las normas del Derecho, que luego grabaron en los circuitos del autómata. Así, mientras yo vivía “la dolce vita”, mi doble trabajaba por mí y con más eficacia. Todo iba bien hasta que un día, al entrar en casa, oí mi voz en el salón. Me asomé por la rendija que dejaba la puerta entornada y vi a mi doble en compañía de mi mujer y mis hijos. Parecían muy felices, como nunca lo habían sido conmigo. Di media vuelta y me fui para no volver a verlos. Fue mi última sentencia, la más justa.

 

 

La vida boba

 

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El señor Z está comiendo solo en su restaurante habitual. Sobre la mesa, a la izquierda del plato, tiene un móvil en el que picotea constantemente con su mano izquierda mientras con la derecha, sin mirar al plato, va tomando cucharadas de la sopa de ajo que ha pedido. El señor Z prefiere pedir platos que pueda comer con una sola mano; de esta forma tiene la otra libre para manipular el móvil a su antojo. Como el segundo plato es un filete de ternera ―hoy no tenía mejores opciones de adaptabilidad―, el señor Z corta primero el filete en pequeños y definitivos trozos, y aunque así le queda el plato un tanto infantil, como si fuera para un niño que aún no domina el uso del cuchillo y el tenedor, es de esta forma como mejor puede usar el móvil sin interrupciones mientras uno a uno va engullendo los trozos de ternera.

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El señor Z se ha comprado unos zapatos nuevos y con el video del móvil va grabando sus pasos sobre la acera. Cuando lleva un rato andando, se encuentra con dos jóvenes que se están peleando a saber por qué. El señor Z deja de enfocar sus zapatos y se pone a grabar a los chicos. Gira en torno a ellos para buscar distintas perspectivas. De pronto el señor Z deja de enfocarlos y les pide a voz en grito que se peleen con mayor vigor, que parecen unas nenazas; incluso se atreve a darles algunas instrucciones sobre la mejor forma de atizarse para componer una imagen más viril. Los jóvenes deben de pensar que están ante un loco porque, aunque esa no era la intención del señor Z, dejan de pegarse y cada uno se va por un lado. El señor Z sigue andando, ya sin ganas de grabar sus zapatos y protestando por la poca colaboración de estos chicos que ya no respetan a sus mayores, mierda de mundo, adónde vamos a llegar.

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El señor Z ha tenido un hijo. Pasa un mes y en su móvil se acumulan mil fotos del niño y medio centenar de videos. Su mujer le dice que menos fotos y videos y más abrazar al niño, jugar con él, darle de comer… En definitiva, que deje el puto móvil y se ocupe de su hijo. El señor Z sigue las “recomendaciones” de su mujer, pero tendrías que haberle visto haciendo malabarismos con el móvil, del que no puede desprenderse, mientras está con el bebé, cuyo único objetivo es apoderarse del móvil y llevárselo a la boca pringada de la papilla tres frutas para luego, con esos movimientos frenéticos de los bebés, golpearlo una y otra vez contra la trona.

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Cuando ya en el metro el señor Z descubre que se ha dejado el móvil en casa y su cuerpo empieza a experimentar los síntomas del pánico, sin pensárselo dos voces, se levanta del asiento en que ha logrado sentarse y tira de la palanca de emergencia. El tren se detiene, se abren las puertas y el señor Z sale pitando. Lo que más le duele no son las consecuencias que tendrá este acto impulsivo de tirar de la palanca de emergencia y que con seguridad las cámaras habrán grabado, sino el haberse olvidado del móvil por un momento, la primera vez que le pasa, pues hasta hoy siempre ha aparecido ese gesto instintivo de llevarse la mano al bolsillo para comprobar que allí estaba, como quien se palpa el corazón para asegurarse de que late y de que puede seguir viviendo.

ooo

El señor Z ha alquilado una habitación en el piso más alto del hotel de mayor altura de la ciudad. La habitación da a la azotea, y es en la azotea donde el señor Z tiene la intención de hacerse una selfie subido a la barandilla, medio vencido al vacío, con el fondo lejano de la calle y los coches como hormigas. No sabe por qué quiere hacer esto; solo sabe que lo va a hacer. Pero, entonces, un fuerte dolor parece comprimir su brazo y escalar hasta el pecho. Encogido, atenazado por el dolor, vuelve a entrar en la habitación y se echa en la cama. Precipitadamente coge el móvil y se hace una selfie. No era lo que tenía pensado pero hay que adaptarse a las circunstancias, piensa; y, bien mirado, será algo espontáneo, guiado por los imprevisibles avatares de la vida. Cuando mira la foto que ha obtenido, ve qué detrás de él aparece una figura siniestra, con los ojos hundidos y la marca de la calavera bajo la piel, y que, con los dedos esqueléticos de su mano derecha, está haciendo el signo de la victoria. Emocionado, retorciéndose en la cama, el señor Z envía la foto a todos sus contactos, y al rato le empiezan a llegar los mensajes de respuesta: caritas sonrientes, dedos pulgares hacia arriba, corazoncitos… Pero el señor Z, con los ojos fijos en el techo de la habitación y una sonrisa en los labios, ya no podrá verlos.

 

 

 

Rascacielos

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Desde que empecé a trabajar de ascensorista tengo la capacidad de leer los pensamientos. Solo en el ascensor, fuera de él soy un tipo corriente. No me pregunten por qué, simplemente sucedió. Puedo ver todo lo que ronda por las cabezas de sus ocupantes. Algunos pensamientos dan pena; otros, miedo. Entonces se me ocurrió lo del rótulo: “ELEVAMOS SUEÑOS”, que fijé a la inevitable altura de los botones.  Desde aquel día, no voy a decir que la gente sea más feliz, pero, en esa suerte de burbuja que veo formarse en torno a sus cabezas, hay una luz nueva, un temblor: ahora se esfuerzan, no se rinden.

 

Regreso al pasado

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Era nuestro particular Everest. Desde la cima, sentados en grandes cartones, nos deslizábamos por la inclinada y larga pendiente. Cada niño, un cartón. A veces bajábamos en fila, sin apenas espacio entre nosotros, porque era divertido chocar con el amigo que iba delante y ver cómo en ocasiones niño y cartón seguíamos diferentes y alocadas trayectorias, o llegar abajo sin tiempo de apartarte, y quedar todos apelotonados en alegre barullo de piernas, brazos y cartones. Otras veces, más competitivos, bajábamos de dos en dos o de tres en tres, a lo ancho de la ladera, al mismo tiempo y a la orden de un, dos, tres, para ver quién bajaba más rápido.

Una vez abajo, sin apenas respiro, empezábamos a subir por aquel lateral de la montaña que tenía menos pendiente y que disponía de apoyos que hacían las veces de escaleras. De nuevo en la cima y vuelta a empezar: bajar y subir, bajar y subir, cada vez más cansados, alegremente cansados, y así se nos iban pasando las horas, hasta que la montaña, a la que no llegaban las luces de las farolas, se quedaba a oscuras y ya solo éramos sombras, sombras de niños felices.

Pasaron los años y volví al barrio. De mi montaña apenas quedaban restos, y lo poco que quedaba estaba dentro de una jaula de alambre con el cartel de SE VENDE TERRENO, rodeada de pisos nuevos. Me fue imposible imaginarme a la pandilla deslizándonos sobre los cartones por aquel ridículo montículo, por aquel grano de arena de mierda en que se había convertido. Supuse que fueron las excavadoras las que a mordiscos habían acabado con mi montaña para alimentar a los nuevos pisos que se habían construido.

Le pregunté a un hombre mayor que pasaba por allí. Era en realidad una pregunta retórica, un querer confirmar lo que ya sabía, o creía que sabía. Pero el hombre se encogió de hombros, como si no entendiera muy bien lo que le preguntaba, y me dijo que en breve quitarían el cartel de SE VENDE, pues una cadena de supermercados ya había comprado el terreno, y que, en lo referente a mi pregunta, nadie se había llevado arena de ese lugar, que él llevaba cuarenta años viviendo en el barrio y no tenía noticias de que allí hubiera habido una montaña.

En mi cara debió de ver un gesto de burla o de incredulidad, porque un poco molesto añadió: “Espere un momento, por favor. No se vaya”, atravesó la calle y se metió en uno de los portales del bloque que teníamos en frente.

A los pocos minutos le vi cruzar la calle, blandiendo ya desde la distancia un papel en la mano. “Mire”, me dijo cuando estuvo a mi altura ―era una fotografía―. “Aquí estoy yo con mi mujer, entonces mi novia. De esto hace ya treinta y cinco años. Como puede ver, nada ha cambiado, solo nosotros, mucho más viejos”, y soltó una risita.

Estuvimos unos minutos hablando de lugares comunes: la fugacidad de la vida, los pros y contras del progreso, de que no somos nada, apenas un suspiro en el cosmos… En fin, todas esas cosas que sirven para llenar los huecos del tiempo.  Le di las gracias por su amabilidad, estreché su mano y me fui sin mirar atrás, huyendo a paso rápido de aquel lugar, porque hay paisajes a los que es mejor no volver: paisajes que solo brillan en la memoria.

 

Sin palabras

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Llamo por teléfono a la agencia de colocación y me sale un contestador automático con el mensaje de que al oír la señal deje un resumen de mi currículum y de mis pretensiones. Me coge desprevenido y al instante, después de oír la señal, que es como una mano que me precipita al vacío, me encuentro sin saber qué decir frente a ese agujero negro de silencio que engullirá mis palabras sin rectificación posible. Pienso entonces en colgar y llamar después, cuando ya tenga todo pensado, o mejor, escrito, pero seguro que mi número ya está grabado en el teléfono de la agencia y dudarían de mi capacidad de improvisación, de mi agilidad mental. No, mejor empezar con las típicas palabras de presentación, dando tiempo a que mi voz se acomode a ese discurso en solitario, sin que parezca que muerdo o escupo las palabras. Pero ya ha pasado un minuto y no he abierto la boca. Siento entonces que el silencio espeso del contestador sale por el auricular y se extiende por la habitación entera, envolviéndome en una densa niebla que me asfixia. Y entonces me da un golpe de tos que es en realidad un principio de llanto, que no puedo contener, y solo de pensar que va a quedar grabado se me acelera el corazón ¿Qué pensarán de mí en la agencia? No puedo aguantar más y cuelgo de golpe, y justo en ese momento entra mi mujer en el cuarto y me ve con los ojos llorosos y la respiración agitada, y también ella se pone a llorar, y me mira y se encoge de hombros para que le explique por qué estamos llorando.