Don Siro y el número PI

Se llamaba don Siro e iba a sustituir a don Vicente, de baja por enfermedad durante todo el curso. Es lo que nos dijo el director al presentarlo aquel primer día de clase. Era un hombrecillo en apariencia taciturno dentro de un traje gris que le quedaba grande. Su pelo era escaso y débil, y usaba unas gafas de pasta negra enormes para su pequeño rostro. Nos saludó con un hilo de voz y un apenas perceptible vaivén de su mano derecha, que, pegada a la pierna, se elevó unos centímetros como si un hilo tirara de ella para rápidamente dejarla caer. En resumen, a don Siro, nos lo podíamos merendar. Era la víctima propicia para unos adolescentes (todos chicos) que, si nos aburríamos, dejábamos salir nuestros instintos depredadores.

Ya sin el director, don Siro empezó a hablarnos del programa de la asignatura y de la metodología que íbamos a seguir en sus clases. Nosotros, liderados por Francisco Palomares, el repetidor, el eterno castigado, arrinconado por la resignación de los profesores que le daban por imposible, nos estábamos comportando francamente mal porque queríamos medir la fuerza de nuestro adversario. Pero don Siro en ningún momento nos llamó la atención, ni nos amenazó con castigarnos, o con ponernos un cero directamente. Aguantando el chaparrón de la indisciplina, siguió con su discurso sin alzar la voz y con una sonrisa bobalicona que se le había instalado en la cara. Ahora sé que nos estaba observando, que nos dejaba hacer libremente para tener una ficha mental de cada uno de nosotros, y que aquella sonrisa que a nosotros nos parecía boba se debía a la seguridad, al convencimiento de que él iba a ganar, a ganarnos.

Si don Siro hubiera sido profesor de Filosofía, o de Literatura, o de Historia, asignaturas que se prestan al relato humano, a la confidencia e incluso al chisme, podríamos haberle tocado las narices con preguntas tontas del tipo: “¿Es verdad que Catalina la Grande tenía relaciones sexuales con sus caballos?” —la sexualidad era un alumno más entre nosotros, obsesivo habitante de todos los pupitres—. O hurgando en sus creencias e ideología: “¿Cree usted en Dios? ¿Qué opina de Franco?”. Pero don Siro era profesor de Matemáticas, esa asignatura para mí entonces tan fría, pura abstracción, cuyo objeto no existe fuera de la cabeza de quienes la piensan, ni siquiera visible al microscopio, y que como amenazante Ciencia Exacta ofrecía tan pocas posibilidades de sacar petróleo de esas extenuantes discusiones que los alumnos manteníamos con los profesores para llegar al aprobado o a una subida de la nota porque “Eso de que pobre barquilla mía entre peñascos rota es una metáfora del alma que utiliza el poeta, lo será para usted. A mí me parece un simple naufragio. Quíteme el negativo”.

Con esto quiero decir que nuestra técnica de ataque para abatir a nuestra presa en una asignatura como las matemáticas tendría que ser muy rudimentaria, nada sutil: seguir armando follón. Pero no tuvimos oportunidad porque, una vez terminada la pesada introducción, don Siro se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y, tiza en mano, se subió de una zancada a la tarima a la vez que con un movimiento circular, como quien inicia un ataque en una competición de esgrima, dibujó en la pizarra una circunferencia perfecta, tan perfecta que parecía que entre el eje de su cuerpo y la mano ocultaba un compás.

—¿Qué es esto?”—preguntó.

Nos quedamos bruscamente en silencio, sorprendidos por tan repentino cambio de actitud, y porque uno nunca se podía fiar de las preguntas de los profesores, los muy cabrones, que siempre escondían alguna trampa, por muy evidentes que parecieran las respuestas.

—Una circunferencia —dijimos algunos.

—Un círculo —dijeron otros.

—Una pizarra —gritó un graciosillo.

—¿Y no os parece una maravilla que podamos hallar su longitud y su área conociendo el radio? —continuó don Siro, en éxtasis— ¿No os emociona el hallazgo del número PI? ¿No os conmueve la estructura numérica del mundo?

Con esta pasión siguió hablando don Siro, que ya no era un hombrecillo sino un titán, y por un instante me quedé embobado mirando la pizarra, repitiéndome “dos pi erre, dos pi erre…” como si fuera la primera vez en mi vida que veía una circunferencia.

Lo consiguió: con el discurrir de las clases nos fue ganando a todos. Solo Francisco Palomares se resistía al entusiasmo general, no tanto por convicción como por la inercia de atenerse al papel de rebelde y bufón que entre todos, incluido él mismo, le habíamos asignado. Hasta que un día, aprovechando que don Siro había salido de la clase por un momento, dibujó en la pizarra la figura de un enorme pene erecto a cuarenta y cinco grados de unos ejes de coordenadas, y justo en el momento en que remataba la erección, entró don Siro en la clase. Con paso tranquilo y sonriendo se acercó a Palomares, le cogió amistosamente por los hombros y mirándole a los ojos, de abajo a arriba, pues Palomares le sacaba dos cabezas, le dijo:

—Paco, aunque un poco fanfarrón —don Siro señaló el dibujo en la pizarra—, no tengo duda de que eres un buen chaval, de gran corazón, y tampoco tengo duda de que todos podremos conocer tu verdadera inteligencia si te esfuerzas —y luego, enemigo de sermones y solemnidades, añadió—: Y si te decides a ser matemático, hasta podrás calcular la integral de tu pene.

Todos nos reímos, pero no era una risa estrepitosa, de burla, sino sosegada, de complicidad. Y a partir de ese instante empezó la transformación de Palomares, que luego pasaría raspando de curso pero con un sobresaliente en matemáticas. Y aún hoy, cuando han pasado ya muchos años, recuerdo con gran cariño a don Siro y sus clases, y me sigue admirando el fabuloso número PI, porque en los momentos en que las circunferencias de nuestras pupilas se dilatan por la emoción, él sigue ahí, constante, irracional, infinito.

Días de nieve

Nieva sobre Madrid como hacía tiempo que no nevaba. Hipnotizándonos con sus copos, sin ruido, como si anduviera de puntillas, la nieve lo va cubriendo todo y cuando nos damos cuenta, la ciudad, borradas las carreteras, parece un cuadro de Brueghel, un paisaje de otro tiempo. Y no importa que la ciudad se colapse, que los árboles se tronchen, que se hundan los tejados, que luego venga el hielo y con él las caídas y los accidentes de tráfico. No, nada de eso importa ahora, en este momento en que recuperamos al niño que fuimos y bajamos a la calle para zambullirnos en la nieve, cuanto más hondo mejor, y lanzarnos bolas y deslizarnos en improvisados esquís y trineos, deslumbrados por el espejismo de que bajo ese lienzo blanco la suciedad del mundo ha desaparecido y todo está por estrenar.

Y cómo apetece luego, cuando va cayendo la tarde con la luminosidad espectral que produce el reflejo de la nieve, ponerte a leer un libro, al calor del hogar, mientras fuera los copos siguen punteando la noche, y que en ese libro quiera la casualidad que también esté nevando, para que desde la ventana que se abre en tu cerebro veas la nieve de la realidad y la nieve de la ficción fundirse en un único paisaje.

“Morvan sentía la nieve depositarse en su sombrero, penetrar el paño de su sobretodo a la altura de los hombros. Si alzaba la cabeza, unas puntas afiladas y frías le acribillaban la piel de la cara. Avanzaba encogido entre los remolinos blancos de copos que el viento desgarraba, dándoles muchas formas, tamaños y consistencias diferentes, que iban desde el puñadito blando y clásico semejante a un pedazo de algodón, pasando por las gotas e incluso las astillas de nieve tan dura y brillante que ya era hielo, hasta el polvillo blanco que flotaba entre los copos y que espolvoreaba la respiración penetrando hasta los pulmones como una nubecita en suspensión de cocaína helada (…). A medida que entraba en la noche, el silencio crecía, las luces de los negocios e incluso las de los departamentos se iban apagando, y el espesor de la nieve aumentaba, acolchando hasta el ruido de sus pasos en las calles irreales y oscuras de la ciudad fantasmática. Las bolsas de basura, de plástico azul o negro, amontonadas en los cordones de las veredas, se endurecían como cadáveres y la nieve que caía se acumulaba en sus pliegues y en sus anfractuosidades. A pesar de las solapas del sobretodo levantadas, Morvan sentía la nieve en polvo penetrar en sus fosas nasales y el aire helado enfriarle las orejas, la frente y la punta de la nariz. El frío lo adormecía, o, mejor, parecía poner una distancia cada vez más grande entre él y las cosas. De un modo gradual, la ciudad desierta, empezó a parecerse a la de un sueño”.

Del libro “La pesquisa”, de Juan José Saer

Magnetismo

Hace unos días, por primera vez en mi vida, me hicieron una resonancia magnética. Solo el nombre impone. ¡Resonancia Magnética! Suena a terremoto, a cataclismo. Y como para ello me tenía que introducir dentro de una especie de tubo, la enfermera me preguntó si padecía de claustrofobia. Si era que sí, tendría que sedarme. Solo se me ocurrió decir que de niño, cuando me metía en cajas de cartón para luego abrirlas de sopetón y asustar a la abuela, nunca tuve reacciones claustrofóbicas, y que tampoco ahora, de adulto, cuando entro en ascensores estrechos con vecinos desconocidos, he manifestado síntoma alguno. Sé que la respuesta fue estúpida, pero me salió de esa manera. Y me olvidé de decir que siento claustrofobia ajena cuando por la televisión veo documentales de espeleólogos arrastrándose como luciérnagas —suponiendo que las luciérnagas se arrastren— por angostas cuevas.

Ya sin pantalones pero vestido con la clásica bata de paciente —esa que ignominiosamente se abre por el culo—, me tumbé bocarriba en la plataforma que deslizándose habría de conducirme al interior del tubo. La enfermera, antes de darle al interruptor del mecanismo, me sujetó sobre el vientre una especie de alfombrilla, no persa pero sí mágica, que supuse enviaría imágenes de mi mundo visceral al equipo informático del tubo y así averiguar si en mi paisaje interior se hallaba todo en calma o había sido invadido por algún indeseado colonizador. Me pidió, también, que con la mano derecha sujetara la sonda que me habían enchufado al brazo derecho para, en algún momento de la prueba, chutarme con Gadolino y obtener una resonancia por contraste. A mí, ese nombre de Gadolino no me parecía el de una sustancia paramagnética —que es lo que es—, sino el nombre de un personaje del Renacimiento italiano. Así que luego, cuando la enfermera me dio una perilla para que la sostuviera en la mano izquierda con el fin de presionarla si en algún momento me sentía mal en el interior de tubo y que ella pudiera venir a socorrerme, yo, para relajarme y no verme con un ataque de ansiedad o achicharrado como si estuviera dentro de un microondas, imaginé que un gondolero, de nombre Gadolino, navegaba por mis venas, convertidas en canales de una Venecia renacentista. Pero fue la enfermera con su voz nada veneciana quien, colocándome unos cascos en los oídos para protegerme, me advertía del molesto ruido que incluso con los cascos aquel tubo iba a producir.

Y allí estaba yo, con una perilla auxiliadora en la mano izquierda, la sonda en la derecha, la alfombrilla sobre el vientre, los cascos en las orejas, mis piernas blancuzcas asomando por el extremo de la bata, en fuerte contraste con los calcetines negros que enfundaban mis pies. Suerte que no había un espejo donde reflejarme. Y ya estaba debatiéndome entre llorar o reír cuando la enfermera apretó el botoncico de “el escaneado va a empezar”. Y digo “escaneado” porque así fue como me sentí desde el mismo momento en que empecé a deslizarme dentro del tubo, con el techo a pocos centímetros de mis ojos y el cuerpo embutido en aquel artefacto. La suerte fue que —supongo que debido a mi estatura— mi cuerpo se deslizó hasta que mi cabeza quedó fuera del tubo y tuve la visión del techo de la habitación, a unos metros de mi cabeza, y no la del oprimente techo del tubo. 

De treinta a cuarenta minutos duraría la prueba. Demasiado tiempo para darle al coco. Entonces pensé que me había precipitado al decir que no era claustrofóbico. Porque ¿y si de pronto me entraba la angustia? O peor, ¿y si a causa de la angustia me daba cagalera, una reacción normal del cuerpo en situaciones angustiantes? No, eso sí que no lo podía permitir. Antes claustrofóbico que diarreico. A la menor señal de marejadilla en el intestino, pulsaría la perilla. Alegaría ansiedad, nervios incontrolables. Que me pusieran un sedante. O un astringente. Lo que fuera. Cualquier cosa con tal de no descomponerme allí dentro. Menuda experiencia. Mi primer encuentro con Resonancia y voy y la cago. Chungo magnetismo.

En un nuevo intento por relajarme me vi caminando por una playa solitaria, en un día soleado y con una ligera brisa marina que acariciaba mi pelo (es lo que tiene la imaginación, que no necesitas ir a Turquía para hacerte un trasplante), pero el ruido en el interior del tubo me devolvía una y otra vez a la realidad del presente. Así que cambié de estrategia y me concentré en el AQUÍ y AHORA, como aconsejan los libros de meditación. Y el aquí y ahora fue igual que entrar en un extravagante parque temático del ruido, pues allí dentro se fueron alternando los más variados sonidos: el soniquete de una atracción de feria, la euforia cantarina de una máquina tragaperras vomitando un chorreo de monedas, el traqueteo de una máquina de coser (ya me vi pespunteado en mis extremidades), el intenso tartamudeo de una ametralladora con balas de fogueo… Todos esos ruidos y otros de difícil clasificación concurrían allí, a veces silenciados unos segundos para que emergiera el rumor del escaneado, y más tarde un sonido muy sospechoso, el más sospechoso, inquietante: el de una impresora produciendo una copia, escupiéndola. Escupiéndola, sí, pero ¿adónde?

Desde ese momento no he podido quitarme de la cabeza que el fin último de la resonancia magnética no es otro que el de hacer copias de nosotros mismos, y que ya hay una copia de mí circulando por ahí, una copia que quizá termine sustituyéndome. Solo espero, ante lo inevitable, que sea una copia mejorada, corregidos los defectos, con un perfil renacentista y, sobre todo, con los pantalones bien puestos.

Campanadas a medianoche

La mujer y el hombre se han quedado en casa, frente al televisor. Han sido tantos los mensajes de las autoridades sanitarias acerca de la pandemia y del riesgo de desplazarse en Navidad, que este año decidieron no salir. Hace un rato que han cenado y, mientras llega la hora de las campanadas de fin de año, se disponen a ver una película. El zapping les lleva por títulos sospechosamente similares: “Infectados”, “Epidemia”, “Contaminados”, “Virus”, “Mutaciones”… La pareja se pregunta si los que programan las películas son pedagogos o sadomasoquistas, o las dos cosas a la vez. Al final deciden ver por enésima vez “Qué bello es vivir”, que ya es una tradición en la programación navideña, esa película en la que un tal George Bailey (James Stewart), a punto de suicidarse en Nochebuena, recibe la visita de un ángel para convencerle de que su vida fue útil, que con su existencia ayudó a mucha gente.

La mujer y el hombre siempre han llorado con esa película. Ahora, además, no se avergüenzan de hacerlo, porque desde que empezó la pandemia con las rachas de confinamiento, la sensibilidad de los dos se ha exacerbado. Y eso es lo que dice ella:

—¿Verdad, cariño, que con la pandemia nuestra sensibilidad se ha exacerbado?

—Ya te digo —dice el hombre.

—¿Verdad, cariño, que somos mejores personas, más tolerantes y comprensivas?

—Uf, ya lo creo.

—¿No sientes, cielo, que hemos recuperado el amor y sabemos apreciar lo que verdaderamente importa?

—Sin duda.

—¿Verdad, mi vida, que somos más solidarios y hasta reciclamos mejor?

—Es evidente.

Al llegar a este punto de la escena, tenemos que decir que no deberíamos dudar del hombre. Es sincero y alberga los mismos sentimientos que la mujer, es solo que está algo mermado de habilidades lingüísticas.

—¿No te parece que estamos viviendo una segunda juventud. Que volvemos a ser como aquellos jóvenes apasionados que fuimos? —insiste la mujer.

—Totalmente de acuerdo contigo. Pero ahora deberíamos ir a por las uvas. Quedan cinco minutos para que den las campanadas.

—¡Ostras! ¡Las uvas! —dice la mujer llevándose las manos a la boca.

El hombre se la queda mirando, parece que va a perforarla con los ojos.

—¡No me digas que has olvidado las uvas!

—¡¿Cómo que no te diga?! —se enfurece ella— ¿Por qué tú no te has acordado hasta ahora de las uvas? ¿Es acaso mi obligación comprarlas, señor machista?

La mujer y el hombre se ponen de pie, los músculos en tensión, las manos crispadas, las líneas de los labios como inhóspitas fronteras. Parecen dispuestos al enfrenamiento, pero entonces la mujer, como quien lanza una consigna cargada de ironía, grita: ¡Qué bello es vivir, querido! Y se echa a reír. El hombre también ríe. Se ríen tanto que tardan un buen rato en parar.

—¡Jodidas uvas! —dice el hombre, aún retorciéndose de la risa, y se va a la cocina.

Al rato regresa con un bote y dos tazas. Abre el bote y reparte parte del contenido entre las dos tazas. Una de ellas se la da a la mujer, que asiente con la cabeza y sonríe. Luego cambia de canal con el mando a distancia. En la pantalla ya están la guapa y el cómico feo que el canal ha fichado para la noche de fin de año y que en unos instantes guiarán a los telespectadores en las campanadas. Entonces el hombre y la mujer, al ritmo que marque la pareja televisiva, se irán tomando las negras aceitunas, una a una. Sin hueso, claro. Y después se besarán y se desearán un feliz 2021.

Pedagogía Navideña

Cuando terminamos de montar el belén, a mi hermano y a mí se nos ocurrió hacer unas mascarillas para las figuras. No es una idea original; con el rollo este del coronavirus, a todo el mundo se le ha ocurrido. Pero pensamos que podíamos echarnos unas risas, que falta hacen en esta familia. Y fue pesado y no tan fácil como parece, el hacer mascarillas tan pequeñas, diminutas, sobre todo por las gomitas que las sujetan. Pero mola el resultado de ver las figuras del belén con sus mascarillas tapándoles la nariz y la boca, desde los Reyes Magos hasta el más humilde de los pastores. Bueno, no todas las figuras. El niño Jesús y Herodes se han librado, también los animales. El niño Jesús porque es un recién nacido y no la necesita, Herodes porque mi hermano y yo hemos decidido que haga el papel de negacionista. Para el que no lo sepa, los negacionistas son los que dicen que el virus NO existe. Herodes y sus amigos —que están dentro del castillo pero no se les ve— son negacionistas y hacen fiestas, todos apelotonados, sin guardar la distancia de seguridad. En casa estamos muy enfadados con los negacionistas. Mi padre el que más. Mucho. Y triste. A mí me gustaría hacer algo para que mantuviera la ilusión, como cuando mi hermano y yo éramos también negacionistas, pero de la no-existencia de los Reyes Magos. Ya sabíamos que no existían, pero lo callábamos para que nuestros padres siguieran con la ilusión de creernos ingenuos. ¡Qué tiempos aquellos!

Hoy, de noche, papá ha regresado de la calle con unos circulitos de papel adhesivo de color verde fosforescente y los ha ido pegando por todo el belén. Mamá, mi hermano y yo expectantes. “Aunque no lo veamos, el virus está ahí”, decía papá, con tanta rabia que parecía que se iba a echar a llorar. “Está en las aspas del molino, en las puertas de las casas, en las capas de los Reyes, en la lana de las ovejas, en las alas de los ángeles…”, decía mientras pegaba los circulitos. Y luego ha apagado las luces del salón y ha encendido las del belén, para que viéramos el efecto que producían en la oscuridad: las luces de las casas, la de la hoguera de los pastores, los círculos fosforescentes del virus, y en el tejado del Portal, entre dos estrellas de luz, un marco con la foto del abuelo.

Alambradas

Están frente a frente, separados por una mesa. El comandante es un héroe de guerra condecorado por su valor. El prisionero es solo un número, el 301. El comandante juega con las fotos que le requisaron al prisionero cuando llegó al campo de concentración, y al prisionero se le humedecen los ojos al ver a su mujer y a sus dos hijos manoseados por manos infames.

Antes de hablar, el comandante sonríe. Es una sonrisa cruel en la que reluce un diente de oro. Le dice al prisionero: “Perdí un ojo en combate. En su lugar hay un perfecto ojo de cristal. Si adivinas cuál es, las fotos serán tuyas”. El prisionero reprime su rabia, traga saliva y mira fijamente los ojos del comandante. “El izquierdo es el de cristal”, dice, sin titubear. El comandante hace una mueca de fastidio, le hubiera gustado verlo removerse, sudar, suplicar… “¿Por qué estás tan seguro?”, pregunta. Tampoco ahora duda el prisionero, sabe que su respuesta avivará el sádico orgullo del comandante. “Porque en el izquierdo veo un destello de humanidad que el otro no tiene”, dice, y comprueba que no se ha equivocado: el héroe suelta una estruendosa y larga carcajada.

La extraña pareja

Ni la familia ni los amigos aprobaban nuestra relación, y me llamaron inmaduro y cosas aún peores. ¡Qué sabrán esos estrechos de mente! Ella es una joya hecha a mi medida. Mi joya. Para huir de presiones y habladurías, pusimos rumbo a otras tierras. Pero el barco en el que viajábamos naufragó, y el océano nos trajo a esta isla deshabitada.

Aquí vivimos en armonía, solo los dos, y no es un infortunio que sean sus ojos los únicos que pueden mirarme. Además, ella es infinitamente más hábil que yo en el arte de construir cabañas, y buscando alimentos e interpretando las señales del cielo y de la pródiga naturaleza. Conoce los nombres de toda la flora y de toda la fauna: en su cerebro guarda una enciclopedia.

Pero yo sé —lo supe desde que llegamos a la isla— que nuestra felicidad no puede durar eternamente, que en algún momento sus ojos empezarán a mirarme sin pasión, que sus frases, entrecortadas, irán perdiendo todo sentido, que sus abrazos quedarán suspendidos en el aire… Que toda ella se apagará en un estertor final, cuando se le agote la batería y ya no pueda recargarla.

Semana de la Ciencia

BAÑERAS

La niña se sumerge en la bañera y se emociona al ver cómo sube el nivel del agua. No es porque sea la primera vez que se baña en una bañera, ni porque se haya vuelto boba de repente, es porque hoy su profesora le ha hablado de Arquímedes y su famoso principio, y la niña ha empezado a entender que en cada gesto del ser humano, en cada elemento de la naturaleza, por insignificantes que puedan parecer, hay un misterio escondido, y ella, desde hoy, se va a esforzar para descubrirlos y gritar: “Eureka”, lo conseguí.

9,8 m/s2

No es cierto que yo le golpeara en la cabeza y estimulara así su capacidad de deducción. Eso forma parte de la leyenda. Pero exijo que la Historia reconozca mis méritos, pues fui yo quien se dejó caer del árbol en el día preciso, en el momento oportuno, justo al lado del hombre adecuado, un tal Isaac Newton.

Aleteos

Crees que tienes la vida controlada, pero no controlas nada. Has decidido ir por la calle A, pero de pronto te atrapa una melodía o el extraño dibujo que forma una nube, o quizá sea algo más prosaico, has pisado una mierda de perro y para quitártela del zapato eliges el bordillo de aquella acera de esa otra calle y no el de esta, no sé, el caso es que por una u otra razón terminas en la calle B, sin haberlo planeado.

Esto es lo que piensa el señor K después de meses y meses de transitar en una misma dirección por la calle B, ahora que se halla en el límite donde termina la calle y empieza un descampado salpicado de recuerdos. El señor K está agotado. La calle tenía mucha pendiente pero prometía maravillas, mas luego todo fue un espejismo. Además le pita el pecho, que también a veces hace gorgoritos, y aunque es reticente en ir al médico, finalmente toma su móvil y llama al ambulatorio para pedir una cita.

Ya en la consulta, el señor K le cuenta al doctor su discurrir por la calle B y los síntomas que padece, y luego se desabrocha la camisa para que pueda auscultarle. Por un momento, al ver al doctor explorando su pecho con el fonendoscopio, se imagina que el doctor es un ladrón —lo ha visto en algunas películas— que tras dar con la clave, va a abrir la caja fuerte de su… de su… de su ¿qué? No acierta a dar con la palabra exacta. Cuando está nervioso, al señor K se le ocurren tonterías como esta. Entonces el doctor emite su veredicto.

—Es un pájaro lo que tiene usted en el pecho.

El señor K decide seguirle el juego:

—¿Qué clase de pájaro?

—Eso solo lo sabremos cuando le haga una ecografía. Acompáñeme a la otra sala y saldremos de dudas.

Si al llegar a este punto, querido lector, te has llevado las manos a la cabeza porque te parece inverosímil que en la misma consulta y al momento se le haga al paciente una ecografía, te aconsejo que dejes de leer: eres un enfermo de realidad. Mejor vete a leer el periódico. Allí todo es verosímil. JA. Pero si has decidido pasar por alto esa pequeña pelusa narrativa, sigue leyendo.

Tumbado en la camilla, el señor K siente sobre su pecho la presión de ese artilugio que le recuerda un lector de código de barras. Todos tenemos un código de barras, piensa. Cuando el doctor ha terminado, le pide al señor K que se incorpore para enseñarle el resultado de la exploración en la pantalla.

—Mire. ¿Ve ahí, en esa esquina? —el doctor señala con un dedo una parte de la pantalla—. Su pájaro es un gorrión. No hay la menor duda.

El señor K no sale de su asombro.

—¡Joderrrr! Es verdad, parece totalmente un gorrión.

—Veo que no lo ha entendido. No parece un gorrión: es un gorrión. Usted ha tenido una experiencia dolorosa, y ese dolor se ha somatizado en forma de gorrión. Está usted de suerte.

—¿Me está diciendo que tendré que ir a un ornitólogo? —el señor K sigue pensando que el doctor está de broma, o que quizá le ha dado un brote psicótico en mitad de la consulta, ha oído algunos casos.

—No. Lo único que podría hacer un ornitólogo es confirmar que se trata de un gorrión. Nada más.

—Y ¿por qué ha dicho que estoy de suerte?

—Suponga que su dolor se hubiera materializado en un buitre. Es lo peor que podría haberle pasado. El buitre es carroñero. Su presencia delataría la peor podredumbre del alma: la del odio. Usted seguiría viviendo, sí, pero de qué manera. Con una perversa energía. Y eso no sería vida.

—Y ¿qué puedo hacer? —pregunta el señor K, ya rendido a las explicaciones del doctor.

—Acepte a su gorrión. Aprenda a vivir con él. Cuídelo. Cántele. A los gorriones les gusta mucho la zarzuela y la copla española. Y por qué no un tango — el doctor se marca unos pasos de baile mientras canturrea: Sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada errante en las sombras te busca y te nombra. Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez…— Amigo, échele imaginación y deje de compadecerse. Busque la belleza del mundo y que el gorrión la vea a través de sus ojos.

El señor K sale de la consulta, se dirige a la calle B y empieza a recorrerla en sentido inverso, cuesta abajo. Según camina, se va sintiendo más y más ligero, como si levitara. Hay nubarrones en el cielo, pero la mañana le parece espléndida. Y de pronto, cuando lleva ya un largo trecho recorrido, cae en la cuenta de que en su pecho hay un gran silencio, ningún sonido que le llegue del otro lado. Y esto, en lugar de alegrarle, le entristece. El señor K se detiene en seco, se lleva la mano al pecho, da dos palmadas PLAS PLAS. Y espera. Una espera angustiosa, segundos que parecen siglos. Hasta que oye el PÍO PÍO  de su amigo el gorrión.