Vibraciones

En su libro “El mundo de ayer”, Stefan Zweig habla así de Rainer Maria Rilke: “Aquel pasar inadvertido era el secreto más íntimo de su ser. Miles de personas pueden haber pasado al lado del  joven de bigote rubio, un poco melancólicamente caído, y de fisonomía no destacable por ningún rasgo especial, algo eslava, sin imaginarse que era un poeta y uno de los más grandes de nuestro siglo; su rasgo más singular no se traslucía hasta que se entraba en un trato más íntimo con él: su carácter reservado. Su forma de andar y de hablar era indescriptiblemente silenciosa. Cuando entraba en una habitación donde había gente reunida, lo hacía con tanto sigilo que casi nadie se daba cuenta. Luego permanecía sentado, escuchando en silencio, levantando maquinalmente la frente en cuanto parecía interesarle algo y, cuando se ponía a hablar, lo hacía siempre sin afectación y sin subrayar las palabras. Contaba las cosas con naturalidad y sencillez, como cuenta un cuento una madre a su hijo, y con el mismo cariño; era una delicia escucharlo, oír cómo el tema más intrascendente en su boca cobraba plasticidad y significación. Pero en cuanto notaba que se había convertido en el centro de atención de un grupo mayor, se interrumpía y se retiraba de nuevo a su papel de oyente atento y silencioso (…) Ese carácter a la vez mortecino y retraído cautivaba a todos los que lo conocían íntimamente. Tan imposible era imaginarse a Rilke arrebatado como que otra persona, en su presencia, no perdiera su tono chillón y arrogante a causa de las vibraciones que emanaban del silencio del poeta(…) Tras una larga conversación con él, uno era incapaz de cualquier vulgaridad durante horas e incluso días”.

Al releer este texto de Zweig, he tenido una alucinación: Ranier Maria Rilke entraba en nuestro Congreso de los Diputados, pero no con ametralladora y a gritos de “¡Se sienten, coño”, lo cual sería impropio de él, sino con ese andar sigiloso suyo, en silencio, y después de escuchar atentamente el guirigay que reinaba en el ambiente, emanaban de su ser unas vibraciones que, extendiéndose por todo el hemiciclo, rozaban la piel de los parlamentarios, y al punto los susodichos abandonaban el tono chillón, arrogante y vulgar para, en concordia, trabajar en lo que verdaderamente importa.

Lo dicho: una alucinación.

CAÍDA LIBRE

Entré en el establo donde me había citado. Una mezcla de olor a gorrino y a incienso saturaba el interior iluminado por decenas de velas alineadas en el suelo. En la penumbra, al fondo, vislumbré una figura grotesca y dejé escapar un grito. Resultó ser una cabra de ojos relucientes y barba de profeta loco, y ya barruntaba un rito satánico cuando en el suelo, en lugar de los signos de invocación al diablo, descubrí un itinerario de prendas femeninas: los zapatos de tacón, la minifalda, unas medias negras, el sujetador…, que me condujeron a otra estancia, al final del establo. Allí, sobre una gran cama, desnuda, con una pose entre la maja de Goya y el doncel de Sigüenza, yacía Afrodita. Y ya estaba desprendiéndome de la ropa cuando dijo:

—No tan rápido, solo si me ayudas seré tuya.

—Entendido. Polvo será, mas polvo interesado. ¿En qué tengo que ayudarte?

—En salvar a la cabra que acabas de ver.

—¿Salvarla? ¿De qué o de quién?

—De los vecinos del pueblo. La tengo escondida porque van a lanzarla desde el campanario. Es una tradición. Si no lo remediamos, la cabra caerá desde una altura de veinte metros sobre una lona tensada que sujeta parte del gentío. Circula la leyenda de que en los orígenes de la tradición pensaron en tirar al párroco porque les gustaba el efecto de murciélago desesperado que dibujaría la sotana al viento, pero el párroco los amenazó con excomulgarlos y con rezar para provocar tremendas lluvias que anegaran sus cosechas, y desistieron de la idea.

—Pero si es para ver cómo tiran a la cabra la razón por la que he venido al pueblo. Y tampoco es para tanto, las cabras están acostumbradas a hacer el saltimbanqui por las rocas. Solo se llevará un susto. No hay derramamiento de sangre.

Afrodita se me quedó mirando como si fuera un apestado, pero luego sonrió con picardía mientras se toqueteaba los pechos.

—¿Cómo podría ayudarte?—dije.

—Ocupando tú el lugar de la cabra. Lo haría yo misma, pero padezco de vértigo. Por los vecinos no te preocupes, me encargaré de convencerlos de que introducir este cambio en la tradición mejorará la rancia imagen que se tiene del pueblo.

—De manera que te compadeces de la cabra pero no de mí.

—No me compadezco de ti porque tú eres un ser racional, irás libremente y no forzado, y sabes lo que te espera abajo, al final de la caída. La cabra, en cambio, vive el instante, siente pánico porque no sabe qué va a ser de ella, podría darle un ataque al corazón. Si te decides, serás un pionero, pasarás a la historia por haber roto esta cruel tradición. Y seguro que en los años venideros todos se disputarán el honor de lanzarse desde el campanario, como se disputan las falleras ser la reina de las Fallas. Otra cosa: tendrás que disfrazarte de cabra —dijo señalando el disfraz que colgaba de un perchero—. Todo acto ritual tiene su simbolismo. Tienes que ser una representación de la cabra

—¿Disfrazado de cabra? Ni hablar, es humillante.

—Está bien, veo que no dejas de poner pegas. Si no quieres, se lo propondré a otro, pero ya sabes que entonces no…

Ya disfrazado de cabra y con las manos atadas a la espalda, dos tipos casi idénticos, cejijuntos y con orejas de soplillo, me subieron a un carro tirado por un buey. Atravesamos la plaza abarrotada de gente que gritaba eufórica, y de pronto me pareció estar dentro de un auto de fe organizado por la Santa Inquisición. También las inmediaciones de la iglesia estaban a rebosar, y vi a Afrodita entre la multitud apuntándome con el pulgar en alto. Les pedí a los cejijuntos que me desataran, pues yo había elegido libremente saltar desde el campanario y no me iba a escapar. Me dijeron que formaba parte del ritual y que yo no iba a saltar, que serían ellos quienes cogiéndome en vilo me arrojarían al vacío. También lo requería el ritual, pues la cabra auténtica, como ya me había argumentado Afrodita, no se tiraba por propia voluntad.

Subimos por las escaleras que conducían al campanario, y ya arriba, sí me desataron. Supuse que no querrían verme caer como un pesado fardo —no tendría gracia— sino haciendo aspavientos, agarrándome inútilmente al aire en la caída. Luego, tomándome cada uno de la pierna y el brazo correspondiente al lado en el que se habían situado, me pusieron en horizontal y me asomaron a la calle. Los aullidos de la muchedumbre arreciaron, y gritaban: ¡Viva la cabra!, ¡Viva la cabra! No sé si era parte del ritual o pura improvisación, pero me alegré de que embutido en el ridículo disfraz no se me viera la cara. Después los cejijuntos empezaron a balancearme como si yo fuera un ariete, a la de una… a la de dos… y… a punto estuve de arrepentirme, de decirles que pararan, que fueran a buscar a la puta cabra, pero entonces me vino la imagen del cuerpo desnudo de Afrodita sobre la cama, su piel bañada por los claroscuros que producía la luz de las velas, preparada para recibirme y… a la de tres, ya no hubo tiempo, empecé a bracear y patear en el aire como un trapecista fracasado, cayendo y cayendo hacía la lona, hacia la multitud que volvía a vitorearme: ¡Viva la cabra! ¡Viva la cabra!

Quizá a ustedes les parezca inverosímil esta historia, pero así es como ocurrió y así es como la cuento. No hagan caso de las fuentes oficiales. Mi ejemplar acción les hizo recapacitar: ahora es una cabra de peluche lo que lanzan desde el campanario. Afrodita y yo nos casamos, tenemos tres hijos varones, y aunque el mayor tiene mucho pelo en el entrecejo y orejas de soplillo, no es un obstáculo para nuestra felicidad, solo levemente empañada por una pesadilla que con frecuencia me despierta en la noche: cuando ya estoy cayendo del campanario, los malditos lugareños retiran la lona.

Donde habita el olvido

Del pueblo donde nacieron tus abuelos no queda nada, o casi nada. El Estado lo expropió y derribó sus casas para que todos se marcharan sin demora y no tuvieran la tentación de volver a habitarlas, solo dejaron en pie la iglesia, la escuela y el cuartel de la guardia civil, porque para qué molestarse si pronto, sin la presencia de los vecinos, serían edificios sin alma. Pero iremos a visitarlo si es lo que deseas, entiendo que quieras conocer tus raíces, aunque te advierto, no hay mucho que ver, es un pueblo fantasma que muestra su mínimo esqueleto: montones informes de piedras, los tocones de los árboles talados, algunos aperos de labranza y juguetes cubiertos de óxido, restos desperdigados de cachivaches domésticos… Un paisaje desolador, sí, pero lo más triste es el silencio. El silencio que todo lo invade cuando te sumerges en las aguas del pantano y buceas por entre las huellas del pueblo ausente, solo acompañado por peces mudos que nadan sobre el hormigón con que cubrieron el cementerio para que los muertos, tus abuelos y los otros, no salieran a la superficie. El silencio de la memoria sumergida.

CARETAS (III)

(…)

A la operación quiso ir él solo, y me pidió que no le fuera a visitar. Regresó a los tres días en un taxi, y los que le vieron llegar informaron de que llevaba la cara vendada, y durante esos días no se habló de otra cosa entre la vecindad, con esa excitación de fondo que provoca la incertidumbre. Por un tiempo decidí respetar su intimidad, pero cuando pasaron los días y seguía sin aparecer, pensé que había llegado el momento de hacerle una visita. Me abrió la puerta dejando apenas un resquicio por el que pudieran circular las palabras. Procuré que las mías fueran de preocupación y ánimo a la vez, pero él me contestó con un hilo de voz, apenas perceptible, como si fuera un enfermo en fase terminal.

―Sí, ya me he quitado las vendas –me dijo en un tono lúgubre―-, y la operación ha sido un éxito. Pero, compréndame, necesito un tiempo para adaptarme a mi nueva cara. Me miro en el espejo y veo a un extraño.

―Comprendo. No se preocupe, tómese el tiempo que quiera ―le dije―, pero piense que cuanto más tarde en aparecer en público, más trabajo le costará.

Una semana después de aquella breve conversación, me encontré con el nuevo vecino y su nueva cara a la puerta del ascensor.

―Tiene usted un aspecto formidable –le dije sinceramente.

―Sí, creo que ya he superado el riesgo de rechazo psicológico –respondió con una amplia sonrisa-. Entienda que no se ha tratado de enderezar la nariz o quitarme unas cuantas arrugas, sino que han modificado todo mi lenguaje expresivo. Mis sentimientos y emociones traducidas a un lenguaje gestual desconocido para mí.

Nos despedimos en el portal. Lo vi marcharse con su nuevo rostro, el perfil sonriente y andares decididos. Para él empezaba una nueva vida. Los días siguientes, el nuevo vecino volvió a ser tema de conversación en la comunidad. Todo el vecindario parecía encantado de haber participado en aquel desenlace que parecía de cuento de hadas. Hasta que un día mi mujer, después de encontrarse con él, me dijo en voz alta lo que a mí me rondaba por la cabeza y no me atrevía a expresar: “No sé a qué leches viene tanta simpatía”. Sí, lo cierto es que empezaba a resultar molesta la amabilidad del nuevo vecino con su nuevo aspecto, ahora siempre sonriendo. Pero lo realmente insufrible fue la evolución que experimentó su personalidad. Al principio mostró la misma incongruencia que manifestara con su antigua cara, pero en sentido inverso: sonreía al decir lo siento o al expresar su enfado. Si antes parecía que fingía, ahora parecía que se burlaba de todos. Pero con el tiempo fueron desapareciendo de su repertorio eso que los manuales de autoayuda llaman sentimientos negativos: envidia, ira, desesperación…, para ser sustituidos por una suerte de filosofía oriental a lo Kung Fu, como si el nuevo vecino estuviera ahora por encima del bien y del mal, esa filosofía perfecta para un oriental pero que a los occidentales nos toca los cojones, permítaseme la expresión.

Cuando a la mañana siguiente me lo encontré en el ascensor, quise ponerlo a prueba.

―Mi canario ha muerto ―le dije.

―Ley de vida, vecino ―respondió sin abandonar su actitud beatífica.

No estaba dispuesto a dejarme vencer tan fácilmente. Le di otra oportunidad.

―Se lo comió mi gato. Ni una pluma de recuerdo ha dejado ―insistí.

―Unos mueren para que otros vivan. Es el ciclo de la vida ―unió las manos, las agitó como si se saludara a sí mismo y elevó los ojos al techo del ascensor.

En aquel instante le hubiera ahogado allí mismo, para comprobar si con la lengua fuera y morada seguía sonriendo. Pero pensé que igual la sensibilidad de aquel tipo no alcanzaba a los animales. Así que armándome de valor, pues soy algo supersticioso y no me gusta tentar a la suerte, mentí:

―Me quedan tres meses de vida. Tengo un cáncer galopante –estas palabras, aun siendo mentira, tuvieron un efecto sorprendente en mí: empecé a llorar.

El nuevo vecino me frotó la cabeza como si yo fuera un cachorro de fox terrier o algo así, y cuando ya creía que se iba a derrumbar por solidaridad conmigo, me dijo con voz melosa y ojitos cantarines:

―Vamos, vamos, alégrese, que Dios le recibirá en su seno. En realidad la muerte no es el final de la vida, sino el tránsito a otra vida mejor y más plena.

Indudablemente aquel hombre había perdido el juicio. Nos habíamos equivocado: su antigua jeta de mala leche era ahora una faz angelical que había convertido su cerebro en un campo de abono para la resignación. Puestos a elegir, yo me quedaba con la primera versión, pues esta segunda, toda bondad, me aniquilaba con sentimientos de culpa si osaba replicarle.

Durante aquellos días mi casa fue una romería de vecinos. Cada cual, a su manera, me culpaba del desastroso resultado de la operación. Así funcionan las masas: no importa que hayan dado su beneplácito porque, si las cosas vienen mal dadas, retuercen su pescuezo plebeyo para acusar con ojos incendiarios al líder, como si este, con el poder de su carisma, hubiera forzado sus voluntades. No obstante, como mis decisiones son producto de la razón y no de los impulsos del momento, y mi código moral me impide eludir mis responsabilidades, les prometí que buscaría una solución.

Esa misma noche, cuando mi familia ya dormía, me levanté con el sigilo de los gatos y me puse a pasear pasillo arriba pasillo abajo con la esperanza de que el silencio de la noche me susurrara una solución rápida. Instintivamente me encaminé hacia el salón y apliqué el oído a la pared que lo separaba del de mi vecino. Nada se oía, salvo el silencio punzando en mi oído, pero yo lo imaginaba a él durmiendo a pierna suelta con la placidez de un bebé. Me indignó su despreocupación porque al fin y al cabo él era el responsable de mi insomnio. Y esa indignación fue creciendo, calando en mi pecho con dentelladas de odio. Sé que necesitaba ese odio, no me engaño, para deshumanizar a la víctima y así cobrar fuerzas para hacer lo que hice.

Marqué su número de teléfono, y al momento el estridor del timbre reverberó en el salón contiguo al mío.  A la espera, tapé el auricular con mi pañuelo e impostando la voz ensayé frases que avivaran las ascuas de mi odio. Por fin, al otro lado de la pared oí el chacla chacla de unas zapatillas presurosas, e imaginé ya la cara del bobo feliz dispuesto a disculpar el error de esa llamada a horas intempestivas: “No se preocupe, es humano equivocarse”, diría, o algo parecido, y luego imaginé que su nuevo rostro de angelote se teñía de una lividez cadavérica cuando yo, obligado por la condición de líder que ha de vencer los remilgos de la conciencia en casos de necesidad extrema, con la voz canalla le dijera, le dije: “Márchese del piso, cretino, o es hombre muerto”.

FIN

CARETAS (II)

(…)

En medio de un murmullo ascendente pidió la palabra el vecino del 10º A, que es un sabelotodo que lo mismo te dice el grado de humedad ambiente que te informa de dónde se pueden comprar los mejores y más baratos espárragos del barrio, amén de la vida y milagros de cada vecino y todo su árbol genealógico. El vecino del 10º A, paladeando cada sílaba que pronunciaba, nos arengó: “¿Acaso el nuevo inquilino ha tenido un trato descortés con alguien, una mala palabra? Porque os recuerdo que en una democracia, además de existir la presunción de inocencia, no se puede discriminar a nadie por su aspecto físico”

Pero yo no me dejé arredrar, sino que utilizando esa facilidad que tengo para mimetizarme en los personajes más dispares, imité su mismo tono engolado, pero superado por mi elocuencia, y sí, reconocí que el nuevo vecino siempre se mostraba amable en el trato y en sus palabras, pero que no obstante su gesto de inquisidor general no se le borraba nunca de la cara, y que aquella incongruencia era realmente inquietante, y podía resultar fatal para la normal convivencia de la comunidad ya que importantes estudios psicológicos confirman que ese mal humor que a veces nos asalta a todos sin aparente motivo se debe a estímulos que actúan subliminalmente, es decir, sin que nuestra conciencia se percate: un día gris, una palabra agorera, la hortera decoración de una casa, un vecino que nos mira mal… Y como vi que la mayoría movía de forma extraña la cabeza, no sé si en señal de asentimiento o porque no sabían de qué diablos les estaba hablando, levanté la mano para impedir que nadie saliera con la consabida ocurrencia de formar una COMISION DE INVESTIGACION, que, como bien saben los parlamentarios del mundo entero, no es más que un eufemismo de lo que en verdad tendrían que decir: “No tenemos ni pajolera idea de qué va la cosa, dejémoslo correr”. Así que, sin darles tiempo, barrí con la mirada a todos los asistentes y grité “Paguémosle el cambio de cara”. Pero entonces, el catedrático de Ética del 2º A gritó aún más fuerte: “Mejor hagámosle la vida imposible como hicieron las otras comunidades en las que vivió, y así nos ahorramos el dinero”.

En ese momento los vecinos se dividieron en tres grupos: un grupo que estaba a favor de hacerle la vida imposible, y que dejó bien a las claras el excedente de creatividad que tenemos las personas cuando se trata de hacer la puñeta a nuestros semejantes; otro grupo que estaba en contra, y un tercero, más numeroso, que ni estaba a favor ni estaba en contra, que tan pronto asentía a las ocurrencias del primero como a las negativas del segundo. Cuando pasado un buen rato consideré que ya se habían desfogado, y consciente de que nuestra  comunidad necesitaba más que nunca un líder moral, tomé de nuevo la palabra.

―¡Vecinos!, cualquier medida que adoptemos tendrá una gran repercusión, no ya en nuestra comunidad, sino en el barrio entero. Y si me apuráis, dada la manía que le ha entrado al personal de contar sus intimidades a los reporteros de televisión, en España entera se hablará de nosotros. Así que nada de hacerle la vida imposible al nuevo vecino. ¿Queréis acaso que se nos acuse de intolerantes, racistas y xenófobos?

―Vale lo de intolerantes, pero por qué racistas y xenófobos –preguntó un vecino que no acerté a reconocer, pues habló desde el fondo de la sala.

―No me seas ingenuo ―le contesté―. Ya sabes cómo funcionan estas cosas. Una vez que empiezan a acusarte de algo, ya no paran, te conviertes en el ser más malvado del planeta, y nuestra comunidad será el blanco de cualquier grupo reivindicativo, no importa qué sea lo que reivindiquen. Y nos acusaran de fascistas y comunistas, de contaminar las relaciones sociales y la atmósfera, de abandonar abuelos y perros en las carreteras, del fracaso de tu equipo de fútbol… En fin,  de cualquier cosa. ¿Es eso lo que queréis?

Mis palabras tuvieron un efecto unificador. Todos estuvieron de acuerdo en resolver el asunto de la forma más pacífica y silenciosa posible. Pero, por si alguno se veía tentado a tomar iniciativas personales, añadí que cualquier medida violenta restaría valor al precio de nuestros pisos, porque ¿quién se atrevería a comprar un piso en una comunidad que se toma la justicia por su mano? En cambio, si le pagábamos la cirugía estética, nuestros pisos se revalorizarían, porque gozaríamos de la fama de personas compasivas y solidarias. “Pagarle la cirugía estética al nuevo vecino es una inversión a largo plazo”, concluí.

―¿Y no corremos el riesgo de que todos los feos de la ciudad quieran luego vivir en nuestra comunidad? ―dijo un graciosillo en voz alta. Todos se rieron. Yo también me reí, porque de vez en cuando hay que condescender con la muchedumbre. Luego, sometí la propuesta a votación.                                                           

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El nuevo vecino, con un puchero encanallado en los labios, me felicitó por el éxito de mi gestión y me rogó que le ayudara a buscar una clínica de garantías. Y quiso la casualidad que al día siguiente, al salir del metro, me encontrara con el anuncio de una clínica de cirugía estética pegado a una farola. Lo interpreté como un mensaje del destino y así se lo hice saber. Él aceptó y me pidió que le acompañara. Y esa misma tarde, para allá que nos fuimos. Nos atendió un médico joven con aspecto de ejecutivo y una sonrisa que, de tan blanquísima y permanente, parecía artificial, obra también ella de la cirugía. Aplaudió nuestra iniciativa y deseó vehementemente que en un tiempo no muy lejano todas las personas diseñaran su propia cara. Luego, para salvar las reticencias de mi vecino, nos explicó que con los medios informáticos modernos, el cliente anticipa su rostro futuro en un modelo que aparece en la pantalla del ordenador. En pocos segundos puede jugar con todas las variables y elegir según sus gustos, nos dijo.  Y eso es lo que hicimos: con una foto escaneada del vecino ensayamos todas las variantes, haciendo girar la cabeza en la pantalla del ordenador para ver el efecto resultante desde todos los ángulos posibles. Mi vecino, que se encontraba muy dicharachero y con ganas de bromas, dijo que a ver si después de tantas modificaciones elegíamos su antigua cara, como les ocurre a esas personas que, después de pasar media tarde eligiendo gafas, por fin, dando un resoplido, eligen unas que resultan ser aquellas con las que habían entrado a la óptica.

Cuando, ya exhaustos, los tres acordamos que habíamos encontrado lo que buscábamos, en la pantalla nos sonrió la imagen de alguien muy parecido al actor Bing Crosby, que, para quien no lo conozca, diré que era una especie de niño cantor en adulto, con tupé rubicundo y mirada lánguida, que acostumbraba a interpretar personajes bondadosos; alguien a quien uno se imagina reencarnando en una especie de ruiseñor de las cumbres. Satisfechos, se fijó la fecha de la operación, nos despedimos del doctor, y mi vecino y yo nos fuimos a tomar unas cañas: “Para despedirme de mi vieja cara”, dijo él con un punto de melancolía pero decidido a operarse.

Continuará…

CARETAS (I)

A la semana de haberse instalado en la casa, todos los vecinos, a excepción del ciego del 4º G, coincidimos en afirmar que el nuevo inquilino del 5º B miraba mal, muy mal. Y los adjetivos con que definíamos aquella mirada variaban según el talante de cada uno: “una mirada agresiva”, “que acojona”, “torcida, “de un cabrón con pintas”, “siniestra” y así. Ciertamente era una mirada que, al posarse en ti, dejaba una culebra gélida y ondulante recorriendo la espina dorsal. Pero lo realmente inquietante era que esa forma de mirar no se correspondía con su voz grave y bien modulada, ni con el tono amable con que se dirigía a cada uno de nosotros, sino que parecía que en aquel cuerpo convivían dos personas muy distintas y mal avenidas.

En calidad de presidente de la comunidad, y dada mi condición de líder natural y mi envergadura moral, acepté iniciar las averiguaciones. Como mi piso y el del nuevo vecino eran paredaños, mi primera intención fue la de llamar a su puerta con una taza o un plato y la excusa de pedirle un chorrito de aceite o una pizca de sal, pero al momento me sobrevino ese desdoblamiento que con frecuencia acomete a mi ser para transformarme a la vez en sujeto y objeto, y pude verme a mí mismo desde una perspectiva cenital en el umbral de la puerta, con la mano pedigüeña, tan ridículo, tan alejado de mi condición de líder que me avergoncé y desistí.

Pulsé el timbre de su puerta dos veces: dos picotazos decididos, sin titubeos. Mientras esperaba, imaginé que el tipo era uno de esos seres amargados que viven en soledad,  enredados en una tela de araña de inútiles cachivaches y manías de vieja. Cuando quise darme cuenta, lo tenía delante de mí con una bata a cuadros y mirándome como si yo oliera a pescado en descomposición. Al ver esta expresión, se me desarmó el discurso que llevaba preparado, y le dije a bocajarro, sin preámbulos: “Disculpe, pero ¿por qué me mira mal, por qué a todos nos mira mal, qué le hemos hecho, coño?”.

Con voz implorante me invitó a pasar a su vivienda, y después de servirme una taza de café, me explicó que aquella mirada era de nacimiento, y que ya a la comadrona que asistió al parto se le quedó congelado en el aire el gesto de golpearle con la mano en las nalgas para que rompiera a llorar, pues él, desde su posición de cabeza abajo, le lanzó una mirada que, según testimonio de su madre años después, en nada desmerecía a la de la niña posesa de la película del Exorcista. También me contó que, durante su infancia, los otros niños no querían jugar con él, ni le invitaban a los cumpleaños, y que de joven sólo consiguió trabajar de malo en algunas películas, y de cobrador de facturas de morosos, pero ni  sus compañeros ni sus jefes soportaban el peso de aquella mirada.  Así que, desde hacía años, trabajaba de vigilante nocturno en la soledad de edificios en construcción. Y también estaba cansado de cambiarse de vivienda, pues pasado un tiempo empezaban los vecinos a hacerle la vida imposible quemándole el buzón, llamándole por teléfono a horas intempestivas con mensajes amenazantes, instigando a los niños contra él…

Yo intentaba creerle, aunque todo cuanto decía me sonaba a farsa, porque un rictus de alimaña se dibujaba en sus labios, y sus pupilas parecían mirarme desde el fondo de una alcantarilla. Tuve que recurrir al truco de cerrar los ojos, fingiendo que me concentraba en su relato, y así, en esa pose de clérigo en el éxtasis de la confesión, conseguí compadecerme de él, y al punto una idea me rondó por el magín. “No ha pensado en hacerse la cirugía estética y cambiar de cara”, le dije sin pensármelo dos veces. Se me quedó mirando un buen rato, y luego, para mi sorpresa, dijo que ya se le había ocurrido pero que dudaba de que con una operación solucionara su problema, porque una cosa eran los arreglos de nariz, orejas, pómulos, boca, incluso de ojos, y otra transformar su mirada ¿No tendría al final la misma expresión en una cara totalmente nueva, irreconocible incluso para él?

Con el poder de convicción que Dios me ha otorgado, le dije que la mirada en sí no existía, que era una abstracción, que la mirada son los ojos, la boca, la nariz…, que todo ello conforma la mirada. Entonces él se quedó muy pensativo, y así, con el ceño fruncido, me hizo sonreír por primera vez, pues  su cara parecía una exagerada caricatura del mal, como si fuera un tipo afectado de severo estreñimiento. Pasado un rato me respondió ―como no podía ser de otra forma― que le había convencido, que estaba dispuesto a arriesgarse, pero que su pobre economía le impedía llevar a cabo operación alguna. Le dije que no se preocupara, que yo era un excelente gestor y encontraría la forma de conseguir el dinero. Sus ojos se le humedecieron, y fue como si dos sapos negros se aprestaran a atacarme.

Nada más abandonar su casa, y después de pasar por la mía para redactar el texto, colgué en el tablón de anuncios del portal la convocatoria de una reunión extraordinaria para el día siguiente. Mis notables conocimientos en publicidad me permitieron elaborar un slogan que llegó al fondo de todos los corazones.: “INSOLIDARIO EL QUE NO ASISTA”, decía. Aunque aquellos que me envidian, que son mayoría, dirían después que el éxito de la convocatoria no se debió a mi slogan, al que calificaron de “chapuza demagógica”, sino al morbo que suscitaba el tema que íbamos a tratar, y que ya había corrido de boca en boca. Fuere cual fuere la causa, lo cierto es que, a excepción del nuevo vecino, a la reunión asistieron todos: los dos cónyuges de cada matrimonio, los solteros y solteras, la única viuda, las parejas de hecho y las de desecho (término este que empleaba el teniente coronel del 8º F, ya en la reserva, para referirse a las uniones de gays y lesbianas). Les agradecí la asistencia, les dije que ojalá también hubieran mostrado el mismo interés cuando se trató de las inundaciones en el garaje o de las grietas en la fachada. Luego les  resumí de forma impecable mi charla con el nuevo inquilino y expliqué el motivo de la reunión: “Comprarle una nueva cara al nuevo vecino”, y fue como si hubiera soltado una paloma que, tras revolotear por la sala, se posara en mi cabeza, pues después de mirar incrédulos hacia el techo, todos se volvieron hacia mí con ojos desorbitados y sin dejar de hacer aspavientos.  Y por un momento sentí que la paloma se había cagado en mi cabeza.

Continuará…

EL PALO

Voy con Daniel caminando por el parque, entre las ramas que han caído de los árboles. Daniel tiene dos años y lleva una temporada en la que una de sus principales ocupaciones consiste en buscar un palo, pero no cualquier palo, sino el palo ideal. Esto lo pienso porque, por el momento, ningún palo le satisface. Se agacha, coge uno, lo mira y dice “Ete no, oto”, y sigue con su búsqueda. Yo a veces colaboro. Si veo alguno que pienso que podría gustarle, lo cojo y se lo muestro. Él lo agarra con su pequeña mano regordeta, lo observa como si fuera un doctor en palos y vuelve a decir “Ete no, oto”. Algunos de los palos que coge le duran algún tiempo en la mano, pero finalmente termina por arrojarlos al suelo.

Me gustaría saber qué criterios sigue en la elección del palo. He ido descartando posibilidades para el rechazo: que el palo estuviera astillado, que los extremos fueran afilados, que la textura raspara o pinchara…

Hoy he encontrado un palo de aproximadamente treinta centímetros que bien podría ser el palo ideal: completamente recto, de tres centímetros de diámetro y del color del café con leche cuando lo he liberado de la seca corteza que lo cubría, con una textura lisa, como pulida. “Mira, Daniel, la varita mágica de Harry Potter”, le digo blandiendo el palo en el aire. Daniel se ríe, me lo quita de la mano con urgencia y lo agita como si fuera una espada y no una varita mágica. Luego me dice: “Ete pampoco”.

Recuerdo un relato de Lydia Davis en el que una madre habla así de su bebé: “Mira la ventana con interés, serio. Mira un cuadro y sonríe. Es difícil saber qué significa esa sonrisa. ¿Le gusta el cuadro? ¿Le divierte? No, comprendes enseguida que sonríe al cuadro por la misma razón que te sonríe a ti: porque el cuadro lo está mirando”.

Y me pregunto si Daniel no estará esperando que alguno de esos palos que coge del suelo lo mire de una forma especial para poder decir “Ete sí”, un amor a primera vista entre el niño y el palo.

HERNIA DE DISCO (III)

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(…)

Ahora, pasado el tiempo, ni puedo ni quiero escribir sobre la desesperación de entonces. Solo decir que durante unos días me dejé morir, sin comer ni beber, con los ojos cerrados para aislarme del mundo, hasta que una mañana el sol fue de nuevo el sol, coincidiendo con un dolor en el pie que me faltaba. “Es el miembro fantasma”, dijo el doctor, y me explicó que cada parte de nuestro cuerpo tiene una réplica en el cerebro y que era allí donde me dolía. Vamos, que una delegación de mi pierna, a modo de idea platónica, iba a hacer de las suyas en el cerebro, que no en la realidad, y así, en mis sueños y fantasías yo podría correr y brincar y, dado el caso, hasta rascarme si me picaba la pierna que no tengo.

Abandoné la habitación 1126 por mi propio y único pie, sin pierna derecha y sin vesícula, apoyándome torpemente en las muletas. Y para darme ánimos me decía que mi YO, ese reducto de la personalidad que da unidad a nuestro ser, seguía siendo el mismo, aunque no pude evitar la sensación de que yo era un hombre venido a menos, un hombre menguado. Y una vez más tuve que imitar la voz grave de mi padre: “Compórtate como un hombre”, para abandonar el hospital y salir a la vida.

Dejé mi trabajo de representante de comercio y me esforcé en adaptarme a mi nueva condición de lisiado. Con la indemnización que me dio el hospital, Lola y yo podemos vivir sin agobios y hasta permitirnos ciertos lujos que antes no podíamos, aunque yo preferiría seguir con mi pierna de verdad y no con esta pierna virtual que aún añora patear con rabia las piedras de la calle y, para que nos vamos a engañar, alguna que otra cabeza.

Pero no es de mi vida de minusválido de lo que quiero hablarles, sino de lo que me ocurrió a los tres meses de la operación, cuando tuve que volver, por un motivo que ya ni siquiera recuerdo, a la consulta de mi doctora en el ambulatorio. Allí seguía ella, detrás del ordenador, como si no hubiera pasado el tiempo, con la misma expresión triste de la primera consulta. Hasta que empezó con el ritual acostumbrado, también esta vez sin mirarme apenas a los ojos, también interrumpiéndome en mi exposición.

—Veo en su historial que le amputaron la pierna derecha, y que fue todo un éxito, que no hubo complicaciones —lo dijo sonriendo, como si me invitara a celebrar mi suerte.

Me la quedé mirando para dar tiempo a que su memoria empezara a actuar, pero por su expresión deduje que pensaba que yo era una especie de tarado al que habría que repetirle las cosas. Aquella mujer no recordaba nada de nuestra conversación de hacía  un año. Entonces imaginé que me lanzaba a por ella y la estrangulaba y le metía la cabeza en el ordenador, mientras le gritaba un ominoso y fracasado pareado “Hija puta, al final te saliste con la tuya”. Pero no hice nada de eso, sino que levanté las muletas y claudiqué con un movimiento de aceptación. Ella parecía muy satisfecha de que los datos concordasen con la realidad. Pero al instante, al mirar de nuevo al ordenador, la sonrisa se borró de su boca.

—Aquí dice que también un brazo —dijo con gesto de extrañeza, mirándome mis dos extremidades superiores, que aún seguían con las muletas en vilo.

—¡¿Un brazo amputado?! —grité.

—Efectivamente —afirmó la doctora dando un respingo, asustada por mis gritos.

—¡Ahora un brazo! —volví a gritar mientras me levantaba del asiento y empuñaba amenazante la muleta de la mano derecha.

La doctora se parapetó detrás de su ordenador, abrazada a él, encogiéndose, como si temiera que yo fuera a descargar finalmente un golpe sobre ella. Y aunque ganas me dieron de liarme a muletazos con la doctora y su cómplice, bajé la muleta que tenía alzada y, afianzando luego las dos bajo mis axilas, salí de la consulta como alma que lleva el diablo, despertando el asombro de cuantas personas encontraba a mi paso, y por un momento deseé que mi única pierna no dejara de correr y me transportara, como aquella pata de palo del cuento de Espronceda, con furibunda velocidad en un viaje sin fin.

Aquella misma tarde me apunté a la sociedad médica privada VITALUZ. Y no lo hice porque todos sus empleados, desde los médicos hasta los celadores, derrochen una amabilidad meliflua y exhiban una sonrisa de anuncio de dentífrico con fondo de hilo musical, ni porque aspire a una habitación privada en caso de tener que volver a ingresar en el hospital, ni porque crea en la excelencia de su medicina. No, nada de eso. Es solo que tengo la esperanza de que en el disco duro de sus ordenadores no esté aún escrito mi destino.

FIN

                                                

HERNIA DE DISCO (II)

 

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(…)

Entré en el hospital por mi propio pie. Al final no me iban a practicar la litotricia, sino que me extirparían la vesícula. La “puta Vesi”, dije en algún momento, y me dio un retortijón. Quizás fuera una coincidencia pero interpreté que “La Vesi” se había enfadado, y desde entonces me cuidé de no insultarla, por si acaso.

Me llevaron a la habitación 1126, es decir planta 11, habitación 26, y me asignaron la tercera cama, la única que quedaba vacía, al lado de la ventana. Las otras dos estaban ocupadas por un diabético y por un enfermo de riñón, y los acompañaban su mujer y una hija respectivamente. Al ponerme el pijama con el anagrama del hospital, me convertí en un paciente oficial. Mis ropas quedaron arrebujadas en una bolsa de plástico que guardamos en mi taquilla. La operación que me iban a realizar era una operación menor, dijeron. Y al día siguiente, si todo marchaba bien, podría irme a casa. Era una suerte que todo fuera tan rápido, pues tenía una larga experiencia de cuando mis padres estuvieron ingresados en los últimos días de su vida, y conocía la rutina marcada por las comidas, los controles de temperatura, orina y sangre, por el goteo incesante de pastillas de todas las formas y colores. Sí, el tiempo detenido, y la vida circulando afuera en la calle, vienen las visitas, preguntan qué tal, te cuentan y se van, y tú, paciente, nunca sabes si fue ayer o hace dos días la última vez que vinieron a verte, y suerte la de aquel que puede andar y aventurarse como alma en pena arrastrando el artilugio del suero por el laberinto del hospital, aunque es como ir a ningún sitio, porque allí todo parece lo mismo, la misma planta, las mismas habitaciones.

Como la operación estaba prevista para las ocho de la mañana, y tenía que estar en ayunas, aquella noche cené bien y luego, cuando Lola y las otras dos mujeres se pusieron a hablar, me coloqué los tapones en los oídos. Las veía mover la boca y, con gestos que simulaban dolor, llevarse las manos a distintas partes del cuerpo. Yo sabía que estaban compitiendo por establecer la gravedad de las dolencias o de las operaciones que habían padecido ellas o sus familiares cercanos y no tan cercanos. Pero el tranquilizante que me dieron en la cena debió de hacer pronto su efecto, pues no recuerdo más.

Me despertó muy temprano un auxiliar, quien, después de rasurarme el vientre, me pidió que pasara a ducharme. Luego, en la misma cama me llevaron hasta el quirófano. No me gustan los hospitales, desde ninguna perspectiva, pero mucho menos desde la camilla, mientras me paseaban por los pasillos y me bajaban en el ascensor de camino a una sala donde aguardaban mi llegada unos individuos enmascarados, con artilugios de descuartizar en las manos. Recordé aquel día de mi infancia en que me quitaron las amígdalas y las vi en el fondo de un cubo embadurnadas de sangre como si fueran los ojos enormes de un pescado, y las palabras de mi padre antes de entrar: “Compórtate como un hombre”. Así que cuando llegó mi turno, antes de entrar, imitando para mis adentros la voz grave de mi padre, me dije “Compórtate como un hombre”.

Cuando medio desperté de la anestesia, Lola me estaba mirando. Su sonrisa era forzada, como si intentara reprimir las lágrimas. “Lola, mujer, si sólo es la vesícula”, le quise decir, pero las palabras parecían apelmazarse en mi lengua de trapo. El cirujano jefe se encontraba a su lado. Quizás fuera el efecto de la anestesia, pero juraría que su ojo derecho se mostraba compasivo, en sintonía con la expresión de Lola, no así el ojo izquierdo, severo y profesional, acentuado por una ceja altiva.

—¿To io bie? —creo que logré decir.

A Lola le empezaron a temblar los labios. El cirujano le puso la mano en el hombro para tranquilizarla y por un momento pensé que era él quien iba a hablar, pero no le dio tiempo. Lola se arrojó sobre mi pecho, deshecha en lágrimas.

—Ha habido un error —dijo por fin, sin dejar de llorar.

 La agarré por los hombros apartándola de mí, y luego levanté su barbilla para mirarle los ojos.

—¿E ase e eor? —pregunté.

Ella me miró como si yo necesitara un exorcismo.

—La… la pi… la pierna —pudo decir entre sollozos.

—¿E asa erna? —dije mientras apartaba las sábanas y empezaba ya a mirar de cintura para abajo.

Su respuesta no me llegó. No fue necesaria. Descubrí que mi pierna derecha terminaba a la altura de la rodilla, vendada de tal forma que parecía una pieza de jamón empaquetada, y después el vacío ¿Dónde estaban mi pantorrilla y mi pie? Pensé que todo era un sueño, un efecto de la anestesia. Comencé a palparme con la mano por encima de la pierna, por su límite y alrededores, no fuera a ser que yo hubiera adoptado una mala postura y lo que faltaba de pierna estuviera escondido, oculto en algún pliegue de la cama, entre el barullo de las sábanas. Y mientras buscaba miré a Lola y al doctor, y por la forma en que me observaban, tuve que rendirme a la evidencia: me habían amputado la pierna. “Un error fatal” dijo el doctor, ” la pierna amputada tenía que haber sido la del diabético de su habitación, que tiene el pie gangrenado”.

Continuará

HERNIA DE DISCO (I)

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Todo empezó con un dolor agudo en la parte superior del vientre, seguido de vómitos. Al principio no le di mucha importancia, pues pensé que se trataba de la astenia primaveral —a la que soy propenso—, que, aburrida de presentarse siempre con la misma cara, flaca y descolorida, me sorprendía esta vez con una entrada espectacular, pero que muy pronto el dolor cedería. Estaba equivocado. Tomé poleos y manzanillas de todas las clases y pastillas para los gases, e incluso recurrí a prácticas vergonzosas que carecían de rigor científico, como restregarme una especie de champiñón asiático por el abdomen, según recomendación de una prima de una amiga de una vecina del quinto piso. Solo cuando el padecimiento me resultó insoportable por su intensidad y frecuencia, y después de una gran bronca con Lola, mi mujer, que aludió con mucho retintín al valor del “sexo fuerte”, acepté ir al médico del ambulatorio.

Me recibió una doctora sentada a una mesa, enfrascada en la contemplación de la pantalla de un ordenador. Era una mujer menuda, de expresión triste, aunque quizás solo era cansancio. Después de pedirme que me sentara, se aseguró de que mi nombre coincidía con el que aparecía en pantalla, y me miró por un instante, el tiempo justo para preguntarme por el motivo de mi visita. Luego, mientras describía mis síntomas, ella asentía con la cabeza tan pronto mirándome a los ojos como a la pantalla. Y como yo dejaba de hablar cada vez que ella dejaba de mirarme, me dijo por fin: “Continúe, continúe, que le escucho”.  Y seguí de mala gana, pues no me gusta hablar cuando no me miran a los ojos.

De pronto, me interrumpió en mitad de mi discurso, levantando la mano y frunciendo el morro como un ratón que venteara el aire.

—Un momento… —dijo—, aquí pone que a usted le amputaron la pierna derecha en el 98 —y se quedó esperando mi respuesta, con el gesto en vilo, como si hubiera encontrado por fin el rastro del queso.

—¿Una pierna? … ¿amputada?… Es un error.

—Pues aquí está escrito —dijo mirándome como si realmente yo le hubiera robado su queso.

No me gustó ese gesto de desconfianza, pero preferí tomarlo a broma.

—Pues estará escrito, pero mire… —y me levanté para marcarme un zapateao flamenco—. ¿Lo ve? Dos piernas.

Ella se incorporó sobre la mesa para observar mejor mis evoluciones, pero sin borrar esa expresión de incredulidad. Entonces ejecuté unos pasos de claqué a través de la consulta, remangándome los pantalones con las dos manos, como una folclórica su traje de faralaes, para mostrar mis pantorrillas blancas y peludas, sin trampa ni cartón, ni prótesis. La tensión de la duda se reflejaba en su rostro: ¿a quién había de creer?, se estaría preguntando, ¿a este tipo con el pantalón remangado y jadeando por el bailecito o al imperturbable y objetivo ordenador? Opté por quitarme los pantalones, pero, cuando ya estaba desabrochándome el cinturón, me dijo, con un gesto displicente de su mano, que no era necesario llegar a ese extremo.

—Le creo, le creo —gritó, aunque aún siguió durante unos segundos con la mirada fija en la pantalla, mordiéndose el dedo índice de la mano derecha, las cejas hacia arriba— Está bien, siéntese y volvamos a sus síntomas —dijo por fin.

—Sí, pero antes borre ese dato —le dije con firmeza. No quería, en el futuro, volver a pasar por ese ridículo trance.

—Lo borraré, no se preocupe, pero todo a su tiempo. Primero he de averiguar por qué aparece esta información aquí. Los ordenadores — soltó un risita —todavía no escriben solos, alguien ha tenido que hacerlo. Lo más probable es que al pasar su expediente al archivo en el disco duro, se haya cometido el error, aunque es extraño… ¿Seguro que usted no ha sufrido algún percance en esa pierna, por leve que haya sido?, porque no es lo mismo inventarse un dato que tergiversarlo.

Lancé un largo y profundo suspiro para que mi impaciencia se diluyera en él.

—Está bien, no se enfade, ya le he dicho que lo borraré. Pero no ahora. Requiere un proceso. Algunos datos están bajo clave. Y es bueno que así sea, para protegerlos de nuestra impericia, o para evitar que cualquiera los pueda manipular. ¿Comprende?

—Comprendo, pero no parece que dé buenos resultados, ¿no? Además, ustedes les prestan más atención a estos cacharros que a los propios pacientes.

—Tengo que reconocer que a veces tienen sus fallos, y que ahora que estamos sin enfermeras nos complican un tanto la vida. También es cierto, como usted dice, que pueden actuar de barrera entre el médico y el enfermo. Pero todo es acostumbrarse, y las ventajas son innumerables. Piense en cómo las bases de datos facilitan las estadísticas para luego realizar estudios que ayuden al Ministerio de Sanidad a tomar decisiones.

—Pues en las estadísticas de piernas amputadas ya hay un error, que yo sepa. Aunque usted me dirá que ese error es despreciable y en nada afecta a la media nacional de piernas amputadas.

 La doctora se rio francamente por primera vez.

—Le prometo que lo borraré, quédese tranquilo. Y ahora, por favor, siéntese y volvamos a al motivo de su consulta.

Repetí otra vez mis síntomas y respondí a sus preguntas: sí, tenía flatulencias, y a veces fiebre, y el dolor me llegaba hasta el brazo o el hombro; la orina era negra y las heces blanquecinas. Luego la doctora miró a la pantalla, dubitativa, como si le pidiera disculpas, sonriendo, quizás dándole a entender que la separación apenas iba a durar unos segundos, que no se impacientara. Por fin, se levantó, me pidió que me abriera la camisa y que me tumbara en la camilla. Mientras palpaba mi abdomen asentía con la cabeza. Después me miró el blanco de los ojos. “Puede vestirse”, dijo, y volvió a su silla. Yo juraría que al sentarse dio una palmadita de afecto al ordenador por haberle hecho esperar,

—Todo parece indicar que es la vesícula. Vamos a hacerle una ecografía para asegurarnos. Probablemente baste con una litotricia.

¿Litotricia? No soy un hombre muy culto pero sé que “litos” significa piedra. A poco que hubiera pensado, me habría sido fácil descifrar el sentido de aquella palabra, pero cuando uno va al médico, y más si se es aprensivo como yo, retorna a un estado de infantilismo supremo y concede al médico la categoría de padre todopoderoso.

—Lito… ¿qué? —dije.

—Es una técnica que, utilizando ondas de choque, rompe las piedras de la vesícula. Nada, muy sencilla.

Sí, muy sencilla, pero aquellas palabras: ondas, choque, rompe, piedras, me recordaban las obras en un edificio. En este caso, era mi edificio, tal vez ya con goteras y grietas, pero mío al fin, mi morada desde que vine al mundo. Y ya se sabe, se empieza por un tabique de nada y se acaba con la demolición del edificio entero. Empecé a sudar copiosamente, y ya no quise preguntar más. Tomé sin rechistar el volante para la ecografía —que había escupido la impresora conectada al ordenador—, una hoja con recomendaciones dietéticas, y salí de la consulta farfullando un “buenas tardes” lastimero que la doctora me devolvió mirando fijamente a los ojos extraplanos y cristalíquidos de su ordenador.

De vuelta a casa, a pesar de las explicaciones de la doctora, fui pensando en un tumor maligno devorando ya todo el cuerpo, apenas unos días de vida, ¡qué digo días!: horas, minutos, segundos.

—Ni que hubieras visto un fantasma —me dijo Lola cuando me vio aparecer por la puerta, pálido y encorvado.

—Como que tengo una litotricia —dije.

CONTINUARÁ…