Ausencias

 

silla vacia

“La bicicleta ha encogido”, decía Paquito. Su madre y yo le explicábamos que era él quien había dado un estirón y que por eso la bici le parecía más pequeña. Pero no había manera de convencerlo, seguía en sus trece: “La bicicleta ha encogido, la bicicleta ha encogido…”.

Un día ―compartíamos clase―, el profesor le mandó salir a la pizarra para preguntarle la lección. “En mi libro no viene esa lección”, aseguró Paquito, sin inmutarse. El profesor le pidió el libro y pudo comprobar que las hojas del libro habían sido arrancadas.

Otro día, en que su madre había calentado la placa de la cocina para hacer unas chuletas, se le ocurrió, en un descuido de ella y haciendo caso omiso de mi advertencia, poner a cabalgar al séptimo de caballería sobre la ardiente placa. Al instante soldados y caballos empezaron a retorcerse sobre sí mismos. La madre entró corriendo en la cocina, al olor de la goma quemada, y los indios apaches, desde la encimera, miraban atónitos los montoncitos de masa informe que salpicaban lo que se suponía iba a ser el campo de batalla.

Le conté a mi padre las cosas raras que Paquito hacía y decía, y me explicó que Paquito tenía retraso mental, pero a mí me pareció raro que un niño tan guapo (las madres decían qué guapo es Paquito, qué bonitos ojos negros y qué largas pestañas) tuviera retraso mental.

Un verano el padre de Paquito se fue de casa. Los abandonó a él y a su madre. No se hablaba de otra cosa en el barrio. Y desde entonces Paquito empezó a hablar solo.

Extrañados y preocupados por esos crecientes soliloquios, los amigos le preguntamos:

―¿Por qué hablas solo, Paquito?

―No hablo solo. Hablo con mi padre.

―Tu padre se fue, ya no está aquí, es imposible que hables con él.

Y Paquito, con gesto de quien se impone tener paciencia con aquellos que no logran entender, nos dijo:

―Mi padre sí que está, pero tiene poderes y se ha vuelto invisible.

Entonces pensé que Paquito se estaba volviendo loco, y quizá fuera así, aunque ahora también sé que realmente hay personas que nunca se van de tu lado, es solo que se vuelven invisibles.

Inspiración

cucaracha-hombre

Es de madrugada y Gregorio intenta escribir un relato de terror. Vive solo y el silencio es absoluto. De momento, frente al escritorio solo se le ocurren situaciones que, más que producir terror, provocan la risa. Quizá no se halla en el estado de ánimo adecuado después de haberse comido unos deliciosos spaghettis a la marinera y bebido media botella de Chardonnay. De hecho, la primera idea que se le ha ocurrido es la de un spaguetti que cobra vida y se enrosca en el cuello del protagonista con intención de asfixiarle. Las otras ideas no han sido mejores.

Gregorio, que cree firmemente en la relación cuerpo-mente, piensa que si va al frigorífico a tomarse un bombón helado, le ayudará a borrar el recuerdo de los spaghettis en su paladar y a refrescarle las ideas. Así que sale del despacho y enciende la luz del largo pasillo que le separa de la cocina. Incrustados y en hilera a lo largo del techo, ocho focos, separados entre sí por un metro de distancia, producen una luminosidad como no hay en ningún otro lugar de la casa. En los otros espacios hay luces tenues y de ambiente que invitan al recogimiento y a la reflexión. Gregorio, además de creer firmemente en la relación cuerpo-mente, cree también firmemente en la relación cuerpo-mente-espacio. Y una particular teoría suya es la de que el largo pasillo es la mejor vía para acceder al inconsciente, y que solo con la adecuada luminosidad pueden revelarse sus contenidos. Por tanto, cuando se encuentra atascado en su creatividad, se da paseos por el pasillo arriba y abajo en busca de los dictados de su inconsciente. Y eso es lo que hará después de tomarse el bombón helado.

No deberíamos ser muy críticos con las teorías de Gregorio. Si a él le sirven, pues le sirven, y si no, ¿qué daño hace, el pobre?

En fin, Gregorio camina rumbo a la cocina cuando al final del pasillo ve una manchita negra sobre el suelo del barnizado y limpio parqué. ¿Será un post-it del inconsciente? Sigue andando, y aunque es difícil asegurarlo desde la distancia a la que está, le parece que es una cucaracha. Gregorio se va acercando, pero lo que le parece una cucaracha no se mueve. Recuerda que leyó en algún sitio que las cucarachas occidentales huyen de la luz; en cambio las orientales se sienten atraídas por ella. Entonces, si finalmente lo que parece una cucaracha es una cucaracha, ¿será aquello el cadáver de una cucaracha occidental o una cucaracha que ha escapado de la tienda de los chinos del barrio y ahí está, extasiada con la luz? Y sobre todo: ¿qué hace una cucaracha en su casa? Es la primera vez que se encuentra con una. La teoría de la cucaracha china cobra fuerza, y aunque puede darse el caso de ser una cucaracha china y estar muerta, a Gregorio le parece muy improbable esta circunstancia ya que, fiel a la extravagancia en sus ideas, piensa que lo chino tiende a lo imperecedero. Tendrá entonces que matarla y comprar insecticida para rociar por todos los rincones de la casa, incluidos los de esta luminosa vía al inconsciente, aunque luego tenga efectos colaterales y el inconsciente quede maltrecho o inaccesible.

Gregorio decide al fin quitarse una zapatilla, y si lo que parece ser una cucaracha huye, podrá seguirla, zapatilla en mano, hasta asestarle un golpe mortal. Pero… agggg, solo de pensarlo le da repelús: el crujido de su cuerpo, el líquido viscoso manchando el parqué. Aun así sigue avanzando con sigilo y cara de asco, agachándose con la zapatilla en alto, diciéndose que ojalá esté muerta y solo tenga que barrerla y tirarla a la basura con el recogedor. Y si no, ¿hacia dónde escapara? Tiene que tener reflejos, ser más rápido que ella.

Gregorio está ya a un metro, y sí, es una cucaracha, ya no hay duda, pero nada sucede como pensaba. Ni la cucaracha está muerta ni sale huyendo, sino que empieza a andar en su dirección. A Gregorio le desconcierta esta reacción de la cucaracha y hace amago de ir a asestarle un golpe con la zapatilla, pero la cucaracha sigue imperturbable en su progresión, ahora más rápida si cabe. Cuando la cucaracha roza su pie desnudo, Gregorio da un respingo y empieza a recular sin dejar de mirar al animal. La osada determinación de la cucaracha le aterroriza, le produce escalofríos. Ha dejado de ser un animal, ahora es un punto negro, fatal, en el que se han comprimido todos sus temores y ansiedades. En su precipitada marcha hacia atrás, Gregorio se cae de espaldas y empieza a recular apoyándose en pies y manos, como si él fuera también una cucaracha, una cucaracha cobarde, hasta que finalmente consigue entrar en su despacho y cerrar la puerta, soltando un grito que le resulta ajeno, como si le llegara de un lugar remoto.

A resguardo en su despacho, lo primero que hace Gregorio es abalanzarse sobre unos libros de la estantería cercana a la puerta para con manos nerviosas colocarlos de cualquier manera a lo largo de la rendija que queda entre la puerta y el suelo, y ahí se queda de pie, en silencio detrás de la puerta, atento a cualquier sonido que pudiera llegar desde el otro lado, jadeando y temblando. A través de los cuarterones de cristal esmerilado que componen la puerta en las tres cuartas partes superiores, puede ver al trasluz los perfiles borrosos del pasillo, y sabe que oculta por la madera está la cucaracha, a unos cuantos centímetros de él, y siente la humillación de verse acorralado, aterrorizado por una animal del tamaño de uno de sus pulgares. Al rato oye un ruido, como el crujir de una bola de papel descomprimiéndose, un crujir que se va amplificando por momentos. Intuye lo que está ocurriendo, y no se equivoca. La cabeza de la cucaracha no tarda en asomar por el cristal, así que tendrá ahora la altura de un niño de tres años. Gregorio se pega al cristal para ver con mayor nitidez, y cuando contempla la cabeza, horrorosa, como vista al microscopio, siente que todo se mueve a su alrededor,­ y se desploma.

A la mañana, cuando empieza a clarear el cielo, Gregorio se despierta. Se encuentra sobre el suelo, convertido en un monstruoso insecto. Está tumbado sobre su espalda dura y en forma de caparazón, y al levantar un poco la cabeza ve un vientre abombado y parduzco, dividido por partes duras en forma de arco. Piensa en ponerse a escribir, pero no tiene manos: sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibran desamparadas.

Mi bicicleta estática

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Cuando la familia me regaló una bicicleta estática por mi cumpleaños, yo ya tenía noticia de que el destino último de estos artilugios es el de servir de rop­ero. Por eso, lo primero que pensé al verla en un rincón de la habitación, en perfecta simetría con el ficus benjamina del rincón opuesto, fue que el tipo que inventó la bicicleta estática debía de estar dotado de un gran poder de persuasión, pues no es moco de pavo convencer a alguien de que compre una bicicleta sin ruedas.

Me imagino al tipo delante de su bicicleta inútil (ahora no viene al caso saber por qué a su bicicleta le faltaban las ruedas), preguntándose qué hacer con ella, y como es un hombre práctico, lo primero que se le ocurre es vendérsela al vecino. Es entonces cuando astutamente decide quitarle importancia a las ruedas para dársela a los pedales, y señalar los beneficios de viajar con la imaginación, sin moverse de casa: “No tienes riesgo de accidentes, y al mover los pedales mueves las piernas, que a su vez mueven el corazón. ¡¿Quién quiere ruedas?!”, algo así le diría al vecino, palabras que con ligeras variantes utilizaría posteriormente la publicidad. Y después de venderle la bicicleta, ya puesto, le vendería un cuchillo sin filo, argumentando que era lo mejor para hacer ejercicios de brazos y muñecas.

He de reconocer que la bicicleta estática, con ese movimiento circular que describen las piernas y que no te lleva a ninguna parte, ayuda a pensar. Pero, a veces, ese mismo movimiento se proyecta en el cerebro con pensamientos redundantes, obsesivos, que son bienvenidos cuando tus ideas son alegres o quieres profundizar en un tema, pero que en los días sombríos te llevan a pensar que allí subido, dando pedales sin ton ni son, eres como un hámster corriendo en su rueda giratoria, la metáfora de una vida estancada.

Para evitar estos lúgubres pensamientos, empecé a ponerme retos de tiempo, distancia y velocidad, cuyas mediciones aparecían en la pantallita de la bicicleta. Así, por ejemplo, me decía: “¿A ver cuánto tardo en hacer los 38 Kilómetros que me separan de Chinchón?”, y hasta Chinchón que me iba dando pedaladas reales con desplazamientos imaginarios. O bien: “¿A ver cuánta distancia recorro si pedaleo como un poseso durante cinco minutos?”. Pero pronto tuve que dejar estas prácticas, pues me estaba convirtiendo en una especie de científico loco con las estadísticas y sus gráficos, cuyo objeto de estudio era yo mismo, ahora definitivamente convertido en una cobaya de laboratorio.

Entonces, como último intento, trasladé la bicicleta al otro lado de la habitación, cerca del ficus benjamina y de la ventana, que dejaba abierta de par en par para respirar el aire de la calle y recibir las clemencias o inclemencias del tiempo. Previamente había anclado una televisión de pantalla panorámica de 70 pulgadas en la pared, justo enfrente de la bicicleta. Mientras pedaleaba veía documentales que me conducían por los bellos parajes del planeta, con la ilusión de que me hallaba en medio de la naturaleza. Y tal fue el gusto que le tomé a esa experiencia que, llegado el verano, me propuse correr el Tour de Francia.

Me compré un maillot amarillo, un culotte negro y un casco fucsia para dar mayor veracidad a mi aventura, y de esa guisa vestido, a la hora en que TVE conectaba con el Tour, yo estaba allí, al lado de la ventana, frente al televisor y pedaleando, intentando seguir el ritmo de los escapados, o del pelotón, si la carrera discurría sin sobresaltos. El ficus benjamina movía sus hojas para darme ánimos. Me gustaban especialmente los días de montaña. En las subidas, aumentaba el nivel de resistencia de los pedales, y me ponía de pie sobre la bicicleta en mi ascensión a la cima; y en las bajadas, reduciendo al mínimo esa resistencia, pedaleaba frenéticamente con el cuerpo vencido sobre el manillar, como había visto que hacían los ciclistas: “A tumba abierta”, lo llaman.

Realmente disfrutaba de mi personal Tour, pero un día, azares de la vida, empezó a llover sobre los cuerpos encorvados de los ciclistas, y también frente a la ventana de mi casa, por donde entraba el agua azotada por el viento. Fue grandioso seguir las ruedas de Contador y Schleck en su disputada ascensión al Tourmalet, golpeándome el agua en la cara, empapados el maillot, el culotte y el casco, hasta que pasados unos minutos dejó de llover y se dibujaron dos arcoíris: uno, en el cielo de la carrera; el otro, en el cielo que se veía desde mi ventana. Mágico momento, pero que apenas duró, pues de repente, creo que por el cruel contraste entre ese mundo virtual de la pantalla y el real en el interior de mi habitación, tomé plena conciencia del esperpéntico ciclista en que me había transformado. Así que dejé de pedalear y me bajé de la bicicleta con intención de no volver a subirme nunca más. Después consolé al ficus, que lloraba no sé si lágrimas amargas o dulces por mi deserción, y chorreando me fui a la cocina a prepararme una tila alpina, pues, según una muy optimista amiga, alivia todas las dolencias del espíritu.

Mañana me compraré una bicicleta de verdad, de las que te recuerdan que puedes caer si no mantienes el equilibrio. La estática se la he ofrecido a un vecino por una módica cantidad. Le he repetido el argumento de que es muy buena para la salud, y de que quien mueve las piernas, mueve el corazón, sin el riesgo de que le atropellen. Del resto no le voy a decir nada, lo descubrirá por sí mismo. Y mientras decide si me la compra o no, mi ropa se va acumulando sobre el manillar y el sillín de la bicicleta estática, más estática que nunca, que ahora parece un espantapájaros doméstico y gordo que ha acabado de espantar mi escaso interés por pedalear a lo tonto.

Los nuevo bárbaros

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Son jóvenes. Se desprenden de sus uniformes de proletarios, de sus jerséis y faldas escolares, de sus corbatas… en fin, de todo aquello que les recuerda quienes son, o quienes no son, y se embarcan en aviones rumbo a las costas, donde se emborrachan, se drogan, se arrojan desde los balcones para esparcir sus vísceras por los noticiarios, se hacen selfies arriesgados, o estúpidos, o estúpidamente arriesgados, copulan en las avenidas, muestran el culo a las cámaras, defecan en las aceras, se ríen por todo, o lloran por todo, se abrazan, se pelean, se abracipelean… Los comerciantes y las autoridades se llevan una mano a la cabeza, no sé adónde vamos a llegar, dicen; con la otra mano contabilizan las ganancias: no es la invasión que deseamos, pero da riqueza a nuestras ciudades, y, qué caray, son jóvenes, tienen que divertirse, solo se vive una vez…

Toboganes

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Durante años he huido de los parques de atracciones. La atracción tiene más que ver con la fuerza de la gravedad, que tira de ti para descoyuntarte, que con cualquier tipo de diversión. Es lo que pienso. Así que no sé si es la abuelidad (permíteme la expresión) o la demencia senil, que ya empieza a asomar, pero el caso es que ayer, a esa hora torera de las cinco de la tarde, yo estaba con Álvaro, mi nieto de seis años, en la cima de un tobogán de un parque acuático, dispuestos a lanzarnos amorosamente unidos, yo por primera vez, él con la experiencia de un chino resabiado.

Echando mano de tópicos, puedo decir que el sol era de justicia, implacablemente achicharrante, y que el marco habría sido incomparable si la numerosa población de bañistas allí reunidos no recordara a la congregación de pingüinos en la Antártida. Y aunque la hora era torera, yo no iba vestido de grana y oro, sino con un solo bañador de esos que se inflan en el agua como medusas con bolsillos.

Y allí estamos, Álvaro encajado entre mis piernas, dispuestos los dos a dejarnos caer por el largo tentáculo del tobogán que se retuerce en el aire en giros bruscos hasta el final de un largo y empinado trayecto, donde te escupe a una pequeña piscina de 1,20 metros de profundidad. Sentados en el borde del tobogán esperamos la orden de un joven empleado del parque que se coordina con algún compañero suyo que le avisa de que la piscina donde vamos a ir a parar se halla despejada. Y llega la orden, y nieto y abuelo nos dejamos caer con un golpe de culo. Descendemos tumbados, la cabeza de Álvaro sobre mi vientre. Empezamos a coger velocidad y muy pronto mi cuerpo deja de pertenecerme, soy un pelele zarandeado por la fuerza de la gravedad y por el retorcido y traicionero tobogán. Mis ojos no saben dónde mirar, dónde posarse, y cometo el error de cerrarlos (“si tengo que morir, mejor no ver al asesino”, me decía de niño, temblando de miedo en la cama), porque entonces mi yo y mi cuerpo parecen a punto de separarse para siempre, de salir volando en direcciones opuestas. Y así, en ese descenso loco, continúo unos segundos interminables, tensando mi cuerpo para no desmembrarme, mientras oigo los gritos de jolgorio de Álvaro, un cowboy que va domando el ímpetu del tobogán, hasta que nos zambullimos en el agua y siento que Álvaro se separa de mí (soy una parturienta naturista dando a luz en el agua), y mi desorientación es tal que, en lugar de ponerme de pie, sigo nadando, ahora con los ojos abiertos, pero sin ver nada porque estoy rodeado por las burbujas que ha provocado la zambullida, y nado y nado como si fuera en busca de Álvaro al fondo de las fosas Marianas… Entonces unos brazos me sujetan por la espalda y me ayudan a ponerme de pie. Me giro y me encuentro… no con un hercúleo socorrista, sino con una joven socorrista con cara de niña y de apenas un metro cincuenta. La pobre intenta no reírse pero no puede evitarlo (tranquila, te comprendo). Me explica que me he desorientado y me pregunta si me encuentro bien. Un montón de gente me mira desde el borde de la piscina. Suerte que no llevo mis gafas de miope y no veo la expresión de sus caras, sino rostros borrosos. Mi hijo, que junto con mi nieta Alba también está entre los mirones de alrededor de la piscina, me explicaría luego que, cuando caí desde el tobogán al agua, empecé a patalear, que mis piernas asomaban por el agua al igual que asoman las piernas de las chicas de natación sincronizada, solo que las mías se movían frenéticas como manos que espantaran un ataque de avispas.

Cuando ya salgo de la piscina se me acerca una mujer con una camiseta de la cruz roja para comprobar que realmente mis neuronas están en su sitio. Me pregunta por mi nombre y por mi edad. Como no me conoce, cualquier respuesta hubiera sido buena, pero es la rapidez y seguridad con que respondo lo que la tranquiliza, y me deja marchar. La gente me hace un pasillo y me sigue con la mirada. Me siento torero en una tarde fracasada, pero satisfecho porque yo y mi cuerpo volvemos a formar una unidad y mi bañador medusa sigue en su sitio, uno de sus bolsillos colgando por efecto del revolcón, aunque mi ruborizada dignidad quedará un buen rato aún sumergida en las aguas de la exigua piscina, sin atreverse a salir.

EPÍLOGO. Álvaro y Alba no dejan de preguntarme qué es lo que me pasó. Quieren que lo cuente una y otra vez. Vamos añadiendo detalles. En la última de las versiones aparecen tiburones. Ellos están muy felices (mis nietos, no los tiburones), porque están deseando que empiece el colegio para contarles a la seño y a la clase cómo su abuelo, a punto de morir ahogado, fue rescatado por unos buceadores con aletas supersónicas y un helicóptero que sobrevolaba la piscina.

La delicadeza

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El anciano actor entra en el salón comedor del Hotel Excelsior. Va en calzoncillos, el cuerpo flácido, la mirada perdida. Es muy temprano y el comedor se encuentra vacío. El anciano se acerca a una de las cortinas, se agarra e ella y trepa apenas unos centímetros. “Ankawa, yo Tarzán”, dice. Y allí permanece colgado, como un camaleón flaco y descolorido. Intenta su grito de guerra, pero solo logra una tos persistente. Por el extremo del salón aparece el maitre, y con mucha delicadeza y como si la situación no le resultara extraña, toma al anciano por el brazo y le invita a descolgarse: “Señor Tarzán, la selva está cerrada”.

 

Novelas rosas

Novela rosa 2

Se llama Azucena, pero quiere que la llamen Azu. Ahora Azu va sentada en el metro leyendo “Mi amado extraño”, una de esas novelas rosas que tanto le gustan. Algunas de sus amigas se burlan de esta afición suya a lo que ellas llaman literatura basura y sentimentaloide. Pero Azu sabe que ellas leen las mismas novelas en secreto, forrándolas para encubrir su contenido, incluso las disfrazan con cubiertas de otros libros que consideran de más enjundia. Un día sorprendió a una de ellas leyendo “Abnegadamente tuya” bajo el disfraz de “Crítica de la Razón Pura”. Así pues, Azu se siente muy orgullosa de mostrarse tal cual es, de no esconder sus verdaderos gustos. “Soy auténtica, no como otras”, les dice a las amigas. Y es que para Azu la autenticidad es esencial. Una vez tuvo un novio que era un grandísimo hijoputa. Lo tuvo que dejar porque le hacía la vida imposible, pero lo admiraba porque fue un auténtico hijoputa desde el principio de la relación hasta el final, sin simulacros.

Normalmente, en el trayecto habitual, desde que entra al vagón, al principio de la línea, hasta que se baja, diez paradas después, Azu va leyendo sin levantar la cabeza del libro. Pero hoy, no sabe muy bien por qué, ha dejado de leer cuando se han abierto las puertas del vagón y han entrado nuevos pasajeros, uno de los cuales es un joven cuya presencia deja a Azu con la boca abierta, pues su físico se corresponde con el físico que ella se ha forjado con la descripción que en la novela se ofrece de Richard, el protagonista de “Mi amado extraño”

Ya no hay asientos libres y el joven se sitúa de pie, apoyado en la pared del vagón, enfrente de Azu, e inmediatamente saca su móvil y empieza a teclear. Azu no puede dejar de mirar al joven: pelo negro y abundante, potente mandíbula, ojos también negros que destacan en su rostro lívido como el de los personajes de esas novelas de vampiros que también tanto le gustan. Sí, es idéntico al Richard de su imaginación, igualito.

Los ojos de Azu van del libro al joven, y del joven al libro. Espera que en algún momento sus miradas se crucen, pero el joven, ajeno a la presencia de Azu –en realidad ajeno a todo cuanto lo rodea-, sigue sin levantar los ojos del móvil. Y en ese mirar y no mirar, pasan dos estaciones, tiempo en el que Azu solo ha podido leer tres líneas de la novela. Y es entonces cuando oye unos golpecitos y luego una voz que parecen provenir del libro, y que, a juzgar por la nula reacción de los otros pasajeros, deduce que solo ella puede oír. Se acerca el libro al oído y oye lo que la voz le dice: “Azu, tienes que decidirte: él o yo. Estás advertida”. Esa voz… No puede ser… Es Richard. Cierra el libro, de golpe, y con sonrisa nerviosa y las manos crispadas sobre el libro, se queda mirando al joven, intensamente y sin disimulo, convencida de que los celos de Richard son la señal de que ha encontrado a su alma gemela, y comprende ahora por qué antes sintió la necesidad de levantar los ojos del libro cuando se abrieron las puertas del vagón. No hay duda, es obra del destino. Y en cuanto él fije su mirada en ella, entenderá sin explicaciones que la línea 1 del metro de Madrid va a unir sus vidas, aunque él ahora teclee con un frenesí y una expresión que hacen sospechar a Azu de que es con su novia con quien intercambia mensajes, pues no hay nada que la terquedad del destino no pueda remediar.

El tren avanza y “Mi amado extraño” reposa ahora, ya definitivamente cerrado, sobre el regazo de Azu, quien ha dejado de leer para proyectarse en sesión privada la película de su vida futura con el Richard de carne y hueso que, por el momento, no deja de teclear. Se ve viajando con él a la selva amazónica, desprovistos de todo equipaje, con las solas maletas de su amor y un bote de repelente para los mosquitos. “Oh, Richard, qué felices seremos”, se dice mientras sus manos ejercen presión sobre la cubierta del libro, que pugna por abrirse para que lleguen nítidas las palabras que ahora son apenas un susurro y que Azu se niega a escuchar.

Y justo cuando el Richard amazónico está destrozando las fauces de una anaconda que quiere engullir a Azu, el tren se detiene. Ya sin anaconda, el joven sigue tecleando. Azu lo mira igual que si estuviera poseída por una fuerza sobrenatural, y dice para sí: “Por favor, deja el puto móvil y mírame”, una y otra vez, las manos ahora suplicantes, hasta que el joven, como si el mantra de Azu hubiera surtido efecto, levanta los ojos del móvil. Pero no se detienen en el rostro de Azu, sino que parecen escalar por su cabeza para, a través de la ventana que hay detrás de ella, mirar bajo las enarcadas cejas los rótulos de la estación, apenas unas milésimas de segundo, tras las cuales el joven se gira bruscamente y con una gran zancada salta al andén cuando las puertas del vagón ya se están cerrando. “Hostias, casi me la paso”, grita el joven. Pero es “Nos vemos al ocaso” lo que oyen los oídos enamorados de Azu, que para algo lee novelas rosas y tiene certificado de autenticidad.

El tren arranca. Azu se levanta de su asiento para seguir con la mirada al Richard que teclea y teclea por el andén, hasta que el tren entra en el túnel. Se siente feliz, muy feliz. Confía en que en el trayecto de vuelta, en el ocaso, volverán a encontrase, y entonces ya se encargará ella de que el jodido móvil no sea un obstáculo. Se lleva el libro al pecho, a la altura del corazón, lo abraza y suspira. Ahora es una mujer enamorada dispuesta a continuar con la lectura. Abre el libro al tiempo que oye la voz: “Te lo advertí, Azu, o él o yo”. No puede leer: las hojas de la novela están en blanco.