Redención

La piel

1994. Zaragoza capital. Sergio es un joven de quince años enamorado —aunque quizá la palabra “enamorado” no sea la más adecuada— de una joven punki de dieciséis (nunca sabremos su nombre). Estudian en distintos institutos y viven en distintos barrios: Sergio en el humilde extrarradio, la joven en una urbanización de chalés de lujo. Se conocieron en el antro que frecuentaban los viernes, un garito cuya puerta de entrada imitaba la boca de un demonio. Sergio lleva el pelo largo y camisetas de Iron Maiden. La joven viste zamarra vaquera y mallas ajustadas, no tiene amigas, no se maquilla, no disfruta con la ropa, no se peina sus rizos negros que crecen enredados, no se depila, tiene cicatrices en el brazo izquierdo.

No es que a Sergio le entusiasme la chica, pero se fija en ella porque sonríe mucho, y los punkis no sonreían casi nunca, siempre estaban enfadados. Guiados por la inercia que, casi sin quererlo, lleva a dos seres solitarios a unir sus destinos, Sergio y la joven punki inician una relación. Sergio experimenta las sensaciones del primer beso, ese beso que activó la piel dormida desde la última vez que mi madre me embadurno el pecho de Vicks VapoRub, e ira descubriendo el territorio de la sexualidad, con una torpe mezcla de timidez y ansia.

El romance, o lo que fuere, continúa hasta que ella le explica que las cicatrices en su brazo izquierdo se las hizo al intentar grabarse con una navaja suiza el nombre de Sid Vicious, el cantante suicida (o algo así) de los Sex Pistols. En ese momento, aunque intenta imitar la compostura de quien está por encima del bien y del mal, Sergio huye del alma de la chica —si es que alguna vez estuvo allí— para quedarse en la fría superficie, y, después de transformarse en un señor inquisidor, imagina cómo han de sentirse los padres de ella, quienes no dejarán de preguntarse qué ha fallado en la educación de la hija si le dieron todos los caprichos. Y de pronto, a la mirada censora de Sergio todo en la joven le parece desagradable: poco femenina, antipática antes que tímida. Y así, un día, con una miserable sugerencia de Sergio, la historia llega a su fin.

2020. Sergio tiene cuarenta y un años. Sigue viviendo en Zaragoza, en un edificio de la plaza donde tuvo lugar el primer beso. Ahora anda enfrascado en la escritura de un libro sobre el tema de la piel (Sergio padece de psoriasis), y en el capítulo que titula “La Edad Media de la piel” decide recordar aquel período de su adolescencia, para dejar constancia –y de alguna manera redimirse— del desprecio que siente por aquel imbécil de quince años que no supo apreciar la maravillosa individualidad de su joven princesa punk.

Estas son unas conmovedoras líneas de ese capítulo:

“Tal vez fuera mucho pedirle a un pedazo de imbécil de quince años atontado por el cine y la televisión que apreciase la belleza de lo singular y salvaje, ese pequeño triunfo de la voluntad que era ella, tan morbosamente chicazo, tan libre de cualquier manada y tan despectiva de cualquier modelo de conducta o plan de futuro. Tuve en mis manos una flor silvestre y la desprecié porque quería un rosal como los que había visto en los escaparates de las floristerías (…) Fui con mi princesa punk tan zafio, violento e ignorante (…) Ciego por las cicatrices de Sid Vicious, no entendí ni intuí la enorme delicadeza de una chica solitaria, dolorosamente consciente de su individualidad, separada del grupo como un ñu rojo. Ese simulacro suicida de escribirse en el brazo el nombre de alguien tan desgraciado como ella misma, que había alcanzado con la muerte la forma más sublime de singularidad. Esa valentía de no parecerse a las series de la televisión, pero tampoco a los nietos de los que perdieron la guerra civil, con quienes tal vez se compartía una estética, pero rara vez una ética, porque la suya era corporal y silenciosa. Una mujer ya libre en una edad en la que todos, yo el primero, vivíamos prisioneros de las morales de las teleseries y de las revistas juveniles. También me asustaba esa libertad, la forma en que me animaba a descubrirla, cómo guiaba mis manos por los pliegues que no me atrevía a tocar y la delicadeza con que escarbaba en los míos. No eran esos movimientos los de alguien acomplejado por su peinado o el vello de su cara. Hasta la manera en que me enseñó y me explicó las cicatrices del brazo denotaba una seguridad impropia de lo que éramos y de lo que hacíamos. Yo he tardado muchos años en aceptar mi cuerpo enfermo y dolorido con la misma alegría con que ella aceptaba ya entonces el suyo, por lo demás perfecto y bellísimo.

Si la recuerdo ahora es porque no puedo volver atrás para darme una paliza o escupirme a mí mismo en la cara. Se cuentan estas cosas como sucedáneo del látigo, para que quede constancia, al menos, de lo mucho que desprecio a ese pedazo de imbécil, quince años juncales, bueno para nada. Me avergoncé de mi princesa punk, a la que ya ni siquiera llamaba así (simplemente, la tía esa con la que me enrollo hasta que salga algo mejor), cuando era ella la que debía sentir una vergüenza enorme de mí.

Todo acabó la tarde en que me atreví —dios mío, cómo fui capaz de decirlo en voz alta— a sugerirle que había métodos —cera, maquinilla— para eliminar esa sombrita que afeaba su labio superior, y que a Sed Vicious, allá en el cielo de los punkis, no le importaría que peinase, un poco de vez en cuando. Me miró sin rabia. No respondió. Había en sus ojos una tristeza resignada e infinita. Tal vez había visto en mi algo que ni yo mismo veía y creyó en algún momento que podía entenderla. Algo hice o dije que le había dado esperanzas de encontrar en mí a esa persona que no juzga, que acompaña, que no quiere transformar a los demás en lo que no son y que disfruta paseando por jardines esteparios de piedra y cactus sin sentir jamás complejo de jardín inglés y sin empuñar nunca las tijeras de podar. No dijo nada y me miró unos segundos que bastaron para darme cuenta de la barbaridad que acababa de cometer. No lo confieso con ánimo de exculparme, pero me arrepentí nada más decirlo. Ni siquiera me atreví a suplicar un perdón.

Silencio, por favor

Perro escribiendo

Hola. ¿Hay alguien ahí? Soy Sócrates, el perro-narrador de la anterior entrada de este blog: VICEVERSA. Y escribo ahora en señal de protesta porque el cretino del blog se empeñó en darme voz, cuando él sabe que odio los relatos —con excepción de los relatos infantiles— en que los animales hablan, y no digamos cuando son los objetos los que hablan. ¿Has visto esos coches que, estacionados en la calle, llevan un cartelito que dice “Me venden”? ¿No te parece el colmo de la estupidez? “Me venden, llevo 20.000 kilómetros de vida”. Hay que fastidiarse.

Pensarás que me estoy pasando, que me he levantado con mala pata y que por eso digo lo que digo, porque hay buenos relatos en los que el narrador es un animal, o una cafetera italiana, por ejemplo. Sí, no lo dudo. Yo mismo te podría citar algunos buenos relatos o novelas en que el narrador es un colega perro, o una cama que cuenta secretos de alcoba. Pero no pretendo escribir con el rigor del científico, sino con la máxima subjetividad posible: la subjetividad maniática del desahogo; si no, ¿para qué escribir? Y añadiré que, de esos relatos con narrador animal o narrador cosa, odio especialmente aquellos que a la peculiaridad del narrador le añaden un plus de gazmoñería. Así, por ejemplo, el collar de perlas que nos va contando las vicisitudes por las que pasan sus sucesivas dueñas—mortales ellas; eterno el collar— con frases del tipo: “A través de mis cuentas sentía en la yugular de Alfonsina el flujo de la pasión que la embargaba, quedando yo encendido por los celos de no ser el destinatario de tan acendrado amor, pues no era realmente a mí a quien ahora sus delicados y soñadores dedos acariciaban, sino a aquel que vivía en su pensamiento, ese ser de lejanías que era Rodolfo, marqués de Habastiernas”. Sin comentarios.

Un amigo me dijo que no me enfadara, que mejor ser narrador protagonista que víctima en la narración. Lo dijo pensando en esos relatos en los que a nuestros hermanos perros les aguarda un triste destino, como en “El gallinazo sin plumas, de Ribeyro, o en Tobías Mindernickel, de Thomas Mann. O el de la pobre mosca, masacrada, del relato La mosca, de Katherine Mansfield. O el de la vaca de “¡Adiós “Cordera!, de Clarín (no te lleves las manos a la cabeza, no hay error: la vaca se llama “Cordera”; cosas de nuestro Leopoldo, que se nos viene arriba en cuanto le dan alas). Y tiene razón mi amigo, porque si bien ambas posibilidades no son excluyentes —la de ser narrador protagonista y víctima—, yo tuve la suerte de salir bien parado en la entrada del imbécil del blog, pues soy allí un perro perspicaz que con ironía se compadece de su angustiado amo y le da una lección.

Todo esto es verdad, pero no me consuela, porque lo que yo quiero realmente es no hablar, aunque ahora, paradójicamente, necesite hablar para reafirmarme en que no quiero hablar. No deseo formar parte de esta sociedad verborreica que habéis creado, donde la palabra se devalúa y hasta el discurso más tonto tiene sus acólitos, cuanto más tonto o disparatado, mejor. Vuestras palabras os distancian de la realidad, entre lo que decís y hacéis hay un gran trecho. Con las palabras engañáis y os engañáis. Yo no quiero palabras. Que el tonto del blog se busque a otro. Resistiré sus coacciones.

Antes muerto que parlante.

GUAU

Viceversa

HOMBRE CON MASCARILLA Y PERRO

Cuando el Gobierno fijó las normas para poder salir en la cuarentena, era mi amigo quien me urgía para escapar a la calle, aunque yo no tuviera ganas o prefiriera quedarme amodorrado. Entonces él me necesitaba, sin mí era un recluso y yo era la llave que le permitía salir de su cárcel. Me divertía verlo moverse inquieto por la casa, acercarse con zalamerías y arrumacos para convencerme. Podía haber utilizado la fuerza, pero no lo hizo: es un amigo noble y pacífico. Cuando ya no aguantaba más, cuando la casa se le venía encima y estaba a punto de darse cabezazos contra las paredes, se ponía el extraño bozal y arrimaba su cara a la mía para darme pena, porque se habían invertido los papeles y era yo quien lo sacaba a pasear a él. No hay nada como ponerse en el lugar del otro para comprender. Por eso, ahora que hemos vuelto a la normalidad de los horarios y yo le espero junto a la puerta de la calle con la lengua fuera y la cola juguetona, a mi amigo ya no se le ocurre llamarme puñetero perro impaciente.

 

Racismo

MASCARA BLANQUINEGRA

Los buenos libros nos obligan a reflexionar, nos zarandean para que abandonemos, aunque sea por un momento, nuestros acomodados puntos de vista. Dicho de otra manera: los buenos libros nos abren múltiples ventanas desde donde contemplar el paisaje, el cual sería muy pobre si solo lo divisáramos desde nuestro egocénctrico ventanuco.

Dejo aquí, en el alféizar de esta exigua ventana bloguera, unas líneas del libro “El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince.

Pese a todas sus luchas intelectuales, y a la deliberada búsqueda de un liberalismo ilustrado y tolerante, mi papá se sabía víctima y representante involuntario de los prejuicios de la triste y añosa y anquilosada educación que había recibido en los pueblos remotos donde creció (…). Aunque racionalmente rechazaba el racismo con una argumentación furibunda (con ese exagerado apasionamiento de quien le teme al fantasma de lo contrario y en ese exceso demuestra que más que con su interlocutor, está discutiendo consigo mismo, convenciéndose por dentro, luchando contra un fantasma interior que lo atormenta), en la vida real le costaba aceptar con ánimo sereno si alguna de mis hermanas se relacionaba con una persona un poco más cargada de melanina que nosotros…”

Días de confinamiento V: los libros

HAI EXCOMUNION

Mi verdadero refugio en estos días en clausura son los libros. Los libros siempre me salvaron y me salvan de muchas cosas: ahora, de este tedio que el confinamiento nos impone; del ruido obsceno de los charlatanes con sus comentarios demagogos y simplistas; de los periodistas hipócritas que llaman a la concordia a la vez que encienden la mecha de la provocación, o que rescatan agravios pasados para azuzar a los contendientes. Y, por supuesto y principalmente, los libros me protegen de mí mismo, que también puedo ser hipócrita, y demagogo, y charlatán.

Un día, uno de esos cuñaos que van a todas partes con la máquina de calcular y un manual de eficacia me dijo que todos estos libros que tapizan varias paredes de mi casa suponen un derroche de espacio, que un libro digital de altas capacidades (un superdotado, vamos) podría contenerlos a todos, y así, además de ahorrarme mucho espacio, podría transportarlos a donde quisiera, llevarlos conmigo al mar, a la playa, a la montaña…

Al oír sus argumentos, imaginé que todos mis libros daban un brinco y escapaban de las estanterías, como si el mago Merlín, con un golpe de su varita mágica, los convocara hacia el centro de la habitación para luego, en un feroz remolino, hacerlos desaparecer por el agujero negro que es el libro digital: PLAAAFFF y nada en las estanterías, todo escondido en un pozo oscuro de alta densidad de contenido. Y como yo me encogiera de hombros, el cuñao, que es listo y sabe dónde pincharme, recurrió después a su archivo de frases hechas: que lo importante es el fondo y no el formato; que la verdadera belleza es la interior; que la cultura se vive, no se exhibe.

No le quito la razón, y reconozco las virtudes del libro digital, pero los que nos hemos educado emocional e intelectualmente con los libros, no podemos prescindir de ellos. Me gusta tenerlos a la vista, rodearme de su presencia para que formen parte de mi vida, trabajar en su compañía. No quiero tenerlos escondidos, indiferenciados, en ese zulo comunitario que es el libro digital. Me gusta verlos en las estanterías, en su individualidad. Mirar sus lomos es como mirarles el rostro y reconocerlos. Viejos amigos siempre dispuestos a hablar conmigo. Desde allí me recuerdan mi historia de lecturas, mi evolución como persona. Y al abrirlos, me gusta encontrarme con las notas y subrayados sobre aquello que algún día llamó mi atención en las conversaciones que mantuve y mantengo con ellos, con la letra del que entonces fui en los márgenes. Me gusta encontrarme las dedicatorias en los libros regalados, y los dibujos infantiles de mis hijos, muñecos cabezones de ojos grandes y sin cuerpo, los dibujos, no mis hijos, que hicieron de marcapáginas y allí se quedaron, o los billetes de bus y metro de tiempos remotos. Y hasta las manchas de café me gustan, o de chorizo, sí, de chorizo, que no todo va a ser pétalos de rosas. O esas otras manchas que va dejando el paso del tiempo en los libros ancianos, algunos con artrosis, descuajeringados, que necesitarían sesiones de rehabilitación, y que a poco que los toques se desvanecen entre tus dedos como alas de mariposas muertas.

No, no me gusta la falta de entrañas y de historia de los libros digitales, ni que un mismo cuerpo sirva para múltiples personalidades, y parezca que siempre lees el mismo libro. Descargarme un libro me produce muy poca emoción, pero cuando compro un libro, se me hace la boca agua, literalmente. Me gusta sopesarlo, acariciarlo, olerlo, hacerle cosquillas en el índice con mi índice, deslizar el pulgar por el grueso de las hojas para recibir su primer aliento. Porque siento que el libro es un ser vivo que durante unos días me seguirá como un perrito cariñoso por todos los rincones de la casa. Por eso, cuando a veces me pongo tremendo y nostálgico, me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté: “La vida de mis libros sin mí” (gracias, Coixet). Porque quisiera dejarlos con la vida resuelta, buscarles unos buenos lectores que sepan cuidarlos con el afecto que se merecen.

Bueno, amigo lector, o lectora, espero que este discurso sirva para que entiendas el cabreo que tengo porque han desaparecido dos de los libros que quería releer en estos días. Uno es “Bomarzo”, de Mújica Laínez. El otro, “El jinete polaco”, de Antonio Muñoz Molina. Mi familia y amigos son gente de bien, no van por las casas robando libros. Y aunque este verano unos cacos me desvalijaron la casa cuando me encontraba de vacaciones —lo intentaron, mejor dicho, pues había poco que desvalijar—, no creo que estuvieran muy interesados en llevarse unos libros. De “Bomarzo” tengo otra edición muy posterior a la que yo leí (Seix Barral 1981), pero no es lo mismo, ahora ya lo sabes: NO-ES-LO-MISMO.

Supongo que estos libros desaparecidos se los dejé a alguien, no recuerdo a quién, y no me los ha devuelto. Y es que los libros no tienen esa querencia que tienen los perros hacia sus amos. Los libros tienden a quedarse en las casas que los acogen, les basta con la caricia de la mirada. Pero los perdono. Los quiero igualmente.

Aun así, dando por hecho que no ha sido un robo, he recordado la “Cédula Papal de Excomunión” contra los ladrones de libros y similares, cuyo original se custodia en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca (ver foto de esta entrada), y también las maldiciones de las que nos habla Irene Vallejo en su magnífico libro, de bello y certero título, “El infinito en un junco”, maldiciones que lanzaron en las antiguas bibliotecas del Próximo Oriente contra los ladrones y destructores de textos, mucho siglos antes de la invención de la imprenta. Una de ellas decía así:

“A aquel que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua”.

Como las amenazas de la Cédula Papal me parecen un tanto tibias, será esta inscripción, sustituyendo “tablilla” por “libro”, la que presida la entrada a mi casa cuando acabe el confinamiento. Espero que los nombres de los dioses y diosa mesopotámicos, y la advertencia de tan destructivas acciones, tengan un efecto intimidante y acojonen a todo aquel que venga a mi casa con la intención de apropiarse de alguno de mis libros.

 

Días de confinamiento IV: 50 días d.C.

Coronavirus

50 días d.C.

Durante estas semanas de confinamiento he oído las voces y he visto las caras de mis hijos y nietos más veces que en todo el año pasado, pero no me gustan las videoconferencias. Parecemos peces pegados al cristal de una pecera, boqueando. Además, por el desgaste que supone estar en cuarentena, cada día nos parecemos más a los retratos de los delincuentes que cuelgan en las comisarías, solo nos falta ponernos de perfil. El peor retrato, el mío. Se me descuelgan los párpados, se columpian las ojeras, los pómulos desescalan. No puedo engañar a la cámara: lo que veo es lo que es, lo que soy. Pero no me rindo: hay que defender la Alegría.

Harto de comer solo, he recuperado mi antigua afición a hacer teatro desdoblándome en distintas personalidades. Uno de mis yoes es el comensal; otro, el camarero que me sirve la comida. Hoy, como cada día, he entrado en la cocina-restaurante y he preguntado qué hay de comer. Me respondo que macarrones o arroz a la cubana. Me decido por el arroz a la cubana y a la media hora vengo con el arroz y los huevos fritos, todo frío, y kétchup en lugar de tomate. Me quejo y pido que venga el maitre. Viene el maitre, que también soy yo. Me pido disculpas —al chef (yo) se le va el santo al cielo— y rehúso darme la cuenta. Para compensarme me regalo una tableta de chocolate, guiñándome un ojo porque el médico me lo tiene prohibido. Cuando voy a pedir el postre, llaman a la puerta.

Es el vecino. Me trae torrijas en un plato. Viste con un chándal-pijama, babuchas moriscas, mascarilla y guantes. Me entra la risa, y para que no se ofenda le digo que estaba acordándome de un chiste. Pero luego, como soy un bocazas, le pregunto si no cree que las torrijas también deberían llevar mascarillas, o turbante. Se da media vuelta dejándome a solas con las torrijas desenmascaradas. Es un buen tipo —es él quien me hace la compra—, se le pasará el enfado.

Las torrijas están buenísimas, pero descubro que una mosca se ha colado en casa y merodea en torno al almíbar. A mí, antes del coronavirus (a.C.), la llegada de una mosca era solo un leve incordio que espantaba con la mano. Pero ahora, esa presencia negra y aleteante me supone un reto intelectual: ¿Será portadora del virus? ¿Tengo que protegerme de ella? ¿Qué hace una mosca sola en mi casa? ¿Es una mosca antisocial o viene en avanzadilla para inspeccionar el terreno? Y entonces ella, para ilustrar el dicho de “tener la mosca detrás de la oreja”, se me pone a zumbar alrededor del sonotone, como para dar respuesta a mis preguntas. Una pena no conocer su idioma. Aun así, me deja intranquilo. Algo va a pasar.

Y lo que pasa es que vuelven a llamar a la puerta. Son unos tipos con ojos alucinados y sonrisa bobalicona que no sé a qué coño viene. Les pregunto qué hacen sin mascarillas. Me dicen que, como está próximo el fin del mundo, lo de las mascarillas es inútil y que, como soy persona de alto riesgo por mi edad, vienen para ayudarme a reflexionar acerca del verdadero sentido de la vida y de la muerte. Les digo que esa cantinela del fin del mundo ya se la he oído muchas veces a otros tipos como ellos, clones suyos, y que a la vista de los hechos está claro que nunca aciertan. Y que prefiero morir antes que oír uno de sus sermones. Les doy dos de las torrijas que me ha traído el vecino. “Donde esté una torrija que se quite el Más Allá”, les digo antes de cerrar la puerta. Me froto las manos, divertido, pues seguro que les he creado un conflicto de conciencia y bajarán en el ascensor con la duda en forma de torrija.

A los pocos segundos ya no sé si lo que acabo de contar fue real o una alucinación. Voy a la cocina y compruebo que solo faltan las torrijas que yo me he comido. Luego ha sido una alucinación. Últimamente confundo la realidad con la ficción. No me preocupa. Así debe de estar todo el mundo, preguntándose si lo que están viviendo no es un sueño del que esperan despertar.

Lo de las ocho de la tarde parece real. Me sumo a los merecidos aplausos a los sanitarios desde los balcones y ventanas. Suenan al unísono el “Himno de España” y “Resistiré”. Algunos despistados hacen sonar cacerolas, no sé si se han adelantado o retrasado, pues en las agendas hay caceroladas de protesta a las siete y a las nueve, de momento. En algún balcón ya ha empezado a oírse Dale a tu cuerpo alegría Macarena, ayyyy…, y supongo que muy pronto sonará “El rock de la cárcel”, ¿o era del manicomio? Somos muy divertidos. La fauna humana. Cuando abran las jaulas del zoo, saldremos en estampida. El que pueda, porque yo, con mi artrosis y mi bastón, estoy para pocas estampidas.

A propósito de los aplausos, ahora que me he vuelto más reflexivo, me da por imaginar que esta costumbre de aplaudir a las ocho de la tarde se mantiene en el tiempo, pero olvidado ya el motivo que la originó, y que las generaciones futuras dirán: “No sé de dónde viene esto de aplaudir a las ocho, pero forma parte de nuestra tradición”, ese falaz argumento para defender lo indefendible (“¿Que por qué tiramos una cabra desde el campanario? Pues porque es nuestra tradición, y las tradiciones hay que mantenerlas. ¡Vaya pregunta!, no te jode el progre”. Sea como sea, no estaría mal aplaudir a las ocho de la tarde, eternamente. Mucho mejor eso que arrojar cabras desde el balcón.

Os cuento todo esto porque a la familia no podría contárselo. Me tomarían por loco. Ahora tengo que dejaros. Me esperan en la pecera. Es la hora.

Días de confinamiento III: ventanas

 

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VENTANAS

Entra en el cuarto de baño y frente al espejo se pone la dentadura y se acicala primorosamente aunque sin excesos: un poco de rímel, algo de colorete, un ligero repaso en los labios, los juveniles pendientes que le regaló su nieta. Luego va hasta el armario de su dormitorio y coge una blusa verde musgo y una falda gris. Todo esto por si acaso, porque es así como quiere que la recuerden.

Y es que hoy Julia ha empezado a tener fiebre y a respirar con dificultad, mala señal en estos tiempos en que la Parca anda obsesionada con la gente de su edad. Pero no es ella una mujer pasiva, decide actuar antes de que venga a buscarla la ambulancia.

Después de mirarse en el espejo de cuerpo entero y darse el visto bueno, se dirige al salón y allí abre la ventana que da al norte, de par en par. Vive en un décimo y puede ver la sierra de Madrid con una nitidez antes imposible, cuando la ciudad se hallaba bajo el sucio y grasiento velo de la polución. Ahora, con la ciudad vacía y paralizada, es como si los restauradores de cuadros hubieran aplicado todas sus artes al lienzo de Madrid y esa neblina gris que uniformaba el paisaje se hubiera esfumado para descubrir los exactos perfiles de las cosas, los colores que la fea pátina ocultaba. Julia se pone de puntillas y con esfuerzo se incorpora sobre el alféizar para asomarse a la calle y aspirar hondo, muy hondo: el aire y toda la belleza que hay allí fuera. Luego cierra la ventana y da media vuelta: es el momento de grabar.

La tabla de la plancha le viene de perlas. La regula hasta alcanzar la altura que le permitirá enfocarse sentada en el sillón donde acostumbra a leer. Y sobre la tabla coloca el móvil, apoyado en una taza. Es algo rudimentario pero puede valer. Solo le queda llamar al periquito, que vuela libre por la casa. A una señal suya, el animalito vuela desde la lámpara donde se halla encaramado hasta su hombro. Y ya en el sillón Julia mira hacia la pantalla del móvil y pulsa en el icono de grabar: “Querida familia…”, así empieza el mensaje, y por el amoroso picoteo del periquito en el lóbulo de su oreja, se diría que es él quien se lo va dictando.

Días de confinamiento II: lecturas

 

PLAZA DE ESPAÑA

Fue la novela “Retrato de una madre de joven”, del escritor Friedrich Christian Delius, el último libro que leímos en el Club de Lectura, antes de que se cerraran las bibliotecas al decretarse el estado de alarma. Y ahora, mirando hacia atrás en el tiempo, la lectura de la novela se nos revela —sin que lo supiéramos entonces— como un homenaje a la primera capital europea que días más tarde habría de vaciarse de personas para protegerse del coronavirus, pues es Roma —junto con Margarita, joven alemana embarazada de ocho meses— la gran protagonista de la novela.

Me gustan y no dejan de sorprenderme estas casualidades en las que vida y literatura se entrecruzan.

El sábado 16 de enero de 1943, a las tres de la tarde, Margarita sale del edificio donde vive, en vía Alexander Farnesse, para dirigirse a la Iglesia de Cristo (iglesia luterana) en vía Sicilia, porque allí se va a celebrar un concierto de música sacra. Por recomendación de su médico, Margarita recorrerá andando el trayecto de tres cuartos de hora que la separa de la iglesia. Su marido, un soldado alemán herido en combate y aún convaleciente, se halla bastante más lejos: en Túnez, realizando trabajos administrativos en su regimiento. “Mira a tu alrededor, en Roma se puede descubrir algo hermoso cada día”, le dijo él antes de marcharse. Y aunque Roma es una ciudad en tiempo de guerra, Margarita puede seguir el consejo de su marido y pasear por las calles, contemplar y admirar la belleza de la Ciudad Eterna: la Piazza del Popolo, el Monte Pincio, Villa Medicis, Villa Borghese, la Piazza di Spagna… Y es también lo que hace el lector cuando camina al lado de la joven, al tiempo que escucha sus pensamientos: la añoranza del marido, la fortaleza de su fe, sus reflexiones, los sueños de un futuro mejor para cuando nazca su hijo.

Ahora, setenta y siete años después, los romanos viven —vivimos— confinados y toda esa belleza de la ciudad no encuentra ojos que sepan apreciarla. Es triste, pero los que estuvimos paseando por la Roma de 1943 a través de las páginas del libro confiamos en que pronto volveremos a las calles, con más ganas, y conscientes de esos momentos que la vida nos regala y no sabemos valorar hasta que los perdemos. Es lo que nos decimos unos a otros para darnos ánimos. Y ojalá que luego no nos olvidemos de no olvidar.

Días de confinamiento I: animalario

.tigres Dalí

Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto sé que es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura invención de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre. ¡Oh, incompetencia! Nunca mis sueños saben engendrar la apetecida fiera
                                                                         Jorge Luis Borges

 

A las pocas semanas de iniciarse el confinamiento decretado por las autoridades para frenar el avance del virus, los animales empezaron a invadir las calles libres de personas para reclamar los espacios que en otro tiempo fueron suyos. Los imaginaba sobreexcitados, riéndose a carcajadas a su manera animal. Y fue desde ese momento en que vi por la televisión correr a jabalíes, pavos, ciervos…, cuando mis sueños empezaron a poblarse de animales.

Al principio solo fue eso, animales soñados que desaparecían al despertar. Pero un día en que soñaba con el tigre, un arañazo de intuición me obligó a despertarme, y allí a mí lado, al borde de la cama, había un tigre. No la imagen de un tigre, sino un tigre, rotundo en su rayada felinidad. Parecía desorientado, y me pedía afecto golpeando mi brazo con el hocico zalamero.

Desde entonces, cada noche, un nuevo animal se incorpora al viejo caserón donde vivo. Hay algo en sus ojos, un brillo húmedo que me conmueve. No todos tienen la majestuosidad del tigre, ni mucho menos. Ahí está el cerdo, por ejemplo. Pero me agrada que mis sueños no sean elitistas y produzcan toda clase de anímales. Una mañana, al despertar, me encontré con un extravagante animal, desconocido incluso en las más sofisticadas mitologías. Una jirafa con cabeza de león. De lo cual deduzco que esa noche mis sueños horadaron las capas más profundas de mi subconsciente.

Cada día, a las ocho en punto de la tarde, cuando los ciudadanos salimos a aplaudir a los sanitarios por cuidar abnegadamente de nuestra salud, me llevo a uno de los animales conmigo hasta la verja que da a la calle. Los vecinos de los bloques de enfrente, desde que cuentan con ese zoo inesperado frente a sus casas, prolongan los minutos de aplauso, y como la distancia que nos separa no es mucha, disparan sus cámaras y sus móviles. Todos quieren tener un recuerdo. Especial fue el día en que llevé al koala. No sé qué es lo que tendrá este animalito, si es su tierna mirada, o su piel como de peluche, o su nariz de payaso, pero el caso es que ese día los adultos saltaban y reían como si de pronto hubieran recuperado la infancia perdida.

Una de las peculiaridades de los animales que vienen de los sueños es que no necesitan alimentarse. Así que en la casa no hay ni depredadores ni víctimas, vivimos en paz y armonía. Se respetan unos a otros y celebran las diferencias, nadie se siente superior a nadie. Aunque no todos los días ha sido así. Una mañana, después de una noche de horribles pesadillas, desperté rodeada de cuatro especímenes humanos, dos hombres y dos mujeres. Muy ufanos se presentaron como líderes de opinión y tertulianos. Acostumbrada a la naturalidad de los animales, reconocí inmediatamente en ellos la falsedad de sus sonrisas, el espeso maquillaje que cubría sus rostros, la estudiada teatralidad de los gestos, la voz impostada y la retórica vana de quien solo se escucha a sí mismo. Con la agresiva e injuriosa verborrea de sabelotodo ofrecían su versión de los hechos, señalando culpables, a diestro y siniestro, de la catastrófica situación que estábamos viviendo. Los animales, incapaces de descifrar sus palabras, pero dotados de ese sexto sentido que les permite desenmascarar a los embaucadores, empezaron a soliviantarse y a gritar su descontento, cada uno a su manera. Y muy pronto la casa fue —permítanme tan reductora expresión para el pandemonio general de tamaña fauna— un gallinero.

A las tres horas de soportar sus peroratas, no pude más. Vi que si no le ponía remedio, mi particular arca de Noé se iba a pique. Así que les expulsé de la casa. “Si hemos de morir, moriremos, pero será en silencio”, les dije, dotándoles de guantes y mascarillas, antes de la partida. Los cuatro, con ese tono arrogante que exhiben en los platós de televisión, quisieron hacerme frente, pero finalmente cedieron al escuchar el lacónico pero firme mensaje de mi aliado, el tigre