CARPE DIEM

Las fotos son en sepia y en blanco y negro. Grupos de jóvenes miran a la cámara. En unas aparecen con atuendo deportivo, en otras con traje, camisa blanca y corbata de lazo. Tienen caras de niños antiguos, y lo son, de un tiempo ya muy lejano en la prestigiosa y elitista academia Welton, lugar adonde el profesor Keating, también alumno de Welton, ha llegado recientemente para dar clases de Literatura. Todos esos muchachos que veis en la fotos ya murieron, están criando malvas, es lo que les dice el profesor a sus nuevos alumnos. “Coged las rosas mientras podáis, veloz el tiempo vuela, la misma flor que ahora admiráis mañana estará muerta”, acaba de leer uno de los alumnos en un libro de poemas a petición de Keating, que ahora les pide a todos que se acerquen a la vitrina donde se exponen las fotos, que se acerquen y escuchen atentamente, y con gesto teatral empieza a susurrar: carpe diem, carpe diem…, como si fueran los muertos los que hablaran desde el más allá advirtiéndoles, advirtiéndonos, de la fugacidad de la vida y de la obligación de no desperdiciarla.

Todo esto sucede en la pantalla del aula de audiovisuales. Allí nos ha llevado don Darío, nuestro profesor de Filosofía, para ver la película “El club de los poetas muertos. Y nos preguntamos qué poetas son esos, y por qué muertos, ¿será la película un tostón sensiblero sin nada de acción? Luego nos tocará diseccionarla con nuestros bisturís intelectuales, como le gusta decir a don Darío. Hacerle la autopsia inversa, explica con sarcasmo, porque lo que quiere ver es cuánta vida despierta en nosotros la película. Y es que a don Darío le gusta jugar con las palabras, retorcerlas, y sobre todo exprimirnos el cerebro para que no demos nada por sentado, para que dudemos de los tópicos y frases hechas, de nuestros prejuicios y emociones, con los que manipulamos la realidad para acomodarla a nuestras ideas. Insiste en ello machaconamente, una y otra vez. No todos los alumnos defienden su forma de proceder, hay quienes quieren certezas, no especulaciones, y nada de esas preguntas extrañas a las que don Darío es tan aficionado, como cuando nos preguntó si Dios (como concepto) era un buen filósofo, y algunos protestaron porque esa pregunta no venía en el temario.

Avanza la película y entusiasmados, o dubitativos, o reticentes, pero todos perplejos, los alumnos de Keating van cediendo a las extravagantes ocurrencias de su nuevo profesor, que ahora les pide que arranquen las hojas de la introducción al libro de Poética que van a estudiar, pues qué barbaridad es esa de querer medir, como propone el autor, el valor de un poema con un frío y rígido modelo matemático, y luego, subido encima de su mesa, de pie, invita a los alumnos a imitarlo para que observen la realidad desde un punto de vista distinto del habitual. Y los alumnos, desfilando de uno en uno por encima de la mesa de Keating, van oteando la clase como pavos al acecho.

La película no nos defrauda. Tiene todos los ingredientes para conmovernos: efervescencia juvenil; conflictos con la autoridad y la tradición; profesor enrollado e histriónico; primeros amores; escenarios secretos en la penumbra de una cueva; un alumno desprendiéndose del caparazón de su timidez; otro emulando a los héroes románticos en un estético ritual suicida que finaliza con tiro en la sien en el silencio de la noche; y, finalmente, el profesor enrollado expulsado de su paraíso. ¡Qué más se puede pedir!

Aparecen los títulos de crédito y en el aula aún quedan los ecos del disparo mortal y de los ¡Oh capitán, mi capitán!, invocación tomada de un poema de Walt Whitman y con la que los alumnos se dirigen a Keating. Todos estamos eufóricos, deseosos de participar en los comentarios, de ser los primeros en dar nuestra opinión, aunque de pronto tengo la extraña sensación de que la imagen que tenía de don Darío ha menguado, porque lo que realmente quiero ahora es tener un profesor que nos diga carpe diem con voz del más allá mientras miramos fotos de alumnos muertos, y que nos deje arrancarles las hojas a los libros que no nos gustan, y subirnos encima de los pupitres para conseguir otra forma de mirar y así dejar el aburrido asiento que día a día nos tiene atrapados como galeotes en un barco varado… Por eso, cuando ya todos hemos opinado, con la vehemencia propia de nuestros años, quitándonos la palabra unos a otros, y llega el turno de don Darío, aún espero algún milagro que iguale las fuerzas de los dos profesores, pero don Darío solo nos dice que muy bien, que la película ha dado mucho juego, que excelentes nuestras intervenciones, que mañana continuaremos y que vayamos pensando si eso de subirse a las mesas, aunque sea como imagen para ilustrar el cambio de punto de vista, no es una gran gilipollez —rara vez don Darío decía un taco— y si lo de romper los libros que no nos gustan no lo hicieron ya la Santa Inquisición y los nazis, y que si nosotros éramos inquisidores o nazis.

Ya en casa, seguía debatiéndome entre Keating y don Darío, entre el profesor virtual y el real, hasta que comprendí que los dos, en lo esencial, eran lo mismo, y que el astuto don Darío, ¡Oh capitán, mi capitán!, lo había vuelto a hacer: provocarnos, sembrar la duda, hacernos reflexionar sobre si no nos habríamos dejado deslumbrar por los golpes de efecto de la película. Y decidí que tenía que volver a verla, con todas las miradas de que yo fuera capaz. Además, después de todo, estaba visto que al señor Keating se le suicidaban los alumnos, y por muy romántico que fuera el ritual, al final del mismo ya no hay más rosas que cortar, se acabaron para siempre todos los carpe diem. Todos.

Jugando al escondite

Mientras Mateo cuenta hasta veinte, Pablo va alumbrando con su linterna los rincones de la casa, buscando de nuevo un sitio donde esconderse. Solo las luces del árbol de Navidad y del belén están encendidas en el salón, el resto de la casa permanece a oscuras. La idea ha sido de Mateo, que ha venido a hacer compañía a Pablo hasta que los padres vuelvan del cine. Nunca antes, cuando se han quedado solos, había tenido Mateo esta ocurrencia de jugar al escondite en la casa. Lo de dejarla a oscuras es para darle más emoción, dice.

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Los peces de la memoria

Hay palabras que nacen ya con un prestigio, y aunque siempre se corre el riesgo de usarlas sin ton ni son y desgastarlas, es posible, con esfuerzo, devolverles su brillo, su grandeza. Palabras tales como libertad, amor, amistad, tolerancia… Mas hay otras que nacen anodinas, simples etiquetas que se les pone a las cosas del mundo en el que vivimos para distinguir las unas de las otras, pero que al ligarse a nuestras más emotivas vivencias, su sola evocación hace estallar toda su poesía escondida.  

La historia que voy a contar tiene que ver con una de esas palabras en principio “pequeñas”, que ponen nombre a lo aparentemente trivial. Aunque en realidad es más una anécdota que una historia, una anécdota mínima, nada épica, pero que dado el carácter legendario que adquirió para mi familia, me atrevo a llamarla «historia».

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Cuando la musa araña

El joven aspirante a poeta se enamoró con un amor que anulaba su voluntad. “Como debe ser”, se decía a sí mismo recordando la cita de Pascal que sentenciaba que cuando no se ama demasiado es porque no se ama lo suficiente. Y en los poemarios de sus poetas preferidos buscaba ver su amor reflejado y encontrar palabras que dieran forma a sus anhelos y sentimientos, a su pasión. Y así, en “Joyas de la poesía” subrayó aquellos versos: Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo, / quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente, con la esperanza de que se hicieran realidad. Y sucedió que le fue concedido su deseo, y al instante él fue ella, su amada, con su sangre, su corazón, su mirada… Apenas un fulgor, como una leve vibración en el aire, lo justo para sentir que ella no le quería. Y fue entonces cuando el joven aspirante a poeta escribió su mejor poema.

Capirotes

Reunida la familia en torno a la mesa, el padre da las gracias a Dios por los alimentos que van a tomar. “Amén”, replican la madre y los dos hijos, de cinco y ocho años, a la vez que se santiguan. Acabada la cena, marido y mujer acompañan a los niños hasta el dormitorio, y ya en la cama es la madre quien los guía en las oraciones: “Señor, protege a…”. Después, cogidos de la mano, la pareja se dirige al recibidor, donde el hombre descuelga una túnica y un capirote blancos del perchero. Se pone la túnica y la mujer acaricia el círculo rojo que ella le bordó a la altura del pecho: una cruz sobre un fondo rojo y una pequeña llama en el centro de la cruz. Una joya de hilo de la que se siente muy orgullosa, tanto como de su caballero blanco. Le abraza y él la aparta delicadamente: un deber ineludible le espera. Del paragüero coge una tea, se cubre con el capirote y sale a la noche dispuesto a incendiarla. La cacería va a empezar.

Verde que te quiero verde

Se llamaba Artemisa y me decía que yo le gustaba mucho porque sabía escuchar, y que lo que más necesitaba una mujer sensible como ella era que la escucharan. Pero pasado el tiempo cambió de opinión. “Eres una oreja sin sentimientos”, fue su sentencia final. Así, como suena. Todo empezó a torcerse cuando conoció a aquella gente que dedicaba los fines de semana a abrazar árboles en los parques o en la sierra de Madrid.

—¿Abrazar a los árboles? ¿Por qué esta nueva ocurrencia? —pregunté cuando me propuso que nos uniéramos al grupo.

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Visionarios

1 de julio de 1566

Ahora que el final de mi vida está próximo, quiero redimirme escribiendo estas líneas, y quizá así mi alma alcance la paz que anhelo, al preveniros de los poderes que se me atribuyen y que no son tales, confusión que yo mismo provoqué con mis crípticos mensajes y la ayuda de la imaginación popular.

Soy Michel de Notre-Dame, aunque poco o nada os dirá este nombre. Pero si os digo que aquel por el que realmente se me conoce es el de Nostradamus, ya puedo imaginar cómo con su sola mención un sinuoso escalofrío recorre vuestro cuerpo, porque el nombre de Nostradamus está fatalmente unido a lo esotérico, a ese saber que no halla fundamento en la razón y produce temor y admiración a partes iguales.

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Adrenalina

Desde el banco donde estoy sentado veo la zona de juegos donde padres e hijos pasan parte de la mañana del sábado. Me fijo en el tobogán. La mayoría de los niños que se sube a él ha superado la primera fase, aquella en que subían ordenadamente por las escaleras y se deslizaban con precaución apoyándose en los pasamanos. Aburridos del trato convencional al tobogán, ahora experimentan nuevos usos, más creativos. Es decir, hacen el bestia de todas las formas posibles: se pelean por alcanzar las escaleras, suben de pie por la rampa, se tiran de cabeza, utilizan a otro niño de alfombra deslizante… “Os vais a hacer daño”, les advierten algunos padres mientras miran en el móvil.

Me llama la atención un niño de unos tres años. A diferencia de los otros de su edad, que esperan a que la manada se desfogue o se mate para subirse ellos al tobogán, este niño se empecina en imitar a sus compañeros grandullones. Es admirable la voluntad que le pone, el esfuerzo que hace por estar a la altura de quienes sin duda son sus ídolos. Y a ellos parece gustarles la actitud del niño, pues no solo no le apartan sino que le animan en su aventura. Entonces, una de las veces en que el niño intenta bajar de rodillas por la rampa, agitando las manos como si festejara su hazaña, está a punto de darse de bruces con el suelo.

Es uno de los chavales mayores quien informa al padre del niño, también absorto en la pantalla de su móvil, de que su hijo se ha caído. El padre mira hacia el punto que el chico está señalando, picotea aún unas cuantas veces con el dedo en el móvil, se lo guarda en el bolsillo y corre en ayuda de su hijo. Lo levanta del suelo y empieza a limpiarle el polvo con más ímpetu del que es necesario. El niño no llora, parece feliz. Hasta que su padre dice: “Se acabó, ya no hay más tobogán”. Entonces el niño se pone a berrear. Quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán, quiere subirse al tobogán. El padre tira del niño para alejarlo de allí, pero el niño tiene uno de esos llantos irritantes, que taladra los oídos y que cual sirena de ambulancia nos advierte de que para él es una cuestión de supervivencia volver al tobogán, a la vida. Al final, para satisfacción de todos los habitantes del parque, el padre cede: “Vale, pero tírate con cuidado”. Y el niño, que ya ha experimentado la atracción del miedo, protesta con un llanto ahora entrecortado: “Con cuidado no, con cuidado no…”.

Panza de burro

Mi madre era de Tenerife, de La Matanza de Acentejo (de La Matansa, pronunciaba Ella, claro). Mi madre era una mujer casi analfabeta porque de niña apenas fue a la escuela. Se quedó huérfana de madre y el lugar de la madre ausente lo ocupó una madrastra mala de cuento que la puso a barrer y a cocinar privándola de tantas cosas. Supongo que su padre, mi abuelo, al que no llegué a conocer, debía de ser un príncipe ensimismado en sus tareas de príncipe y no reparó en las carencias de aquella niña. Mi madre nunca se quejó, o se quejó muy poco, entrenada en la resignación de las mujeres de aquel tiempo.

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TIC TAC

No es de oro, ni de plata. Era el reloj de mi padre. Tiene números romanos y agujas labradas, y la esfera es blanca con irisaciones. Me gustaba el gesto orgulloso con que él se lo sacaba del bolsillo del chaleco o del pantalón, y cómo luego quitaba la tapa con un golpecito del pulgar y lo miraba satisfecho alzando la ceja izquierda, sobre todo cuando comprobaba que su hora coincidía con la que daban en Radio Nacional. “Clavao”, decía entonces, y, sosteniéndolo por la cadena, lo dejaba balanceando delante de mis ojos como si fuera un péndulo para hipnotizarme. Me dejaba darle cuerda, y yo me lo acercaba al oído para oír su latido. Mi padre siempre lo llevaba consigo, incluso cuando bajaba a la mina. Prometió regalármelo cuando cumpliera los dieciocho. Pero seré yo quien se lo regale a mi hijo, aunque antes habrá que cambiarle el cristal, restaurar la caja llena de arañazos y recomponer el mecanismo, porque lleva años parado en la fatídica hora de las doce y veinte, y ya es tiempo de que vuelva a latir.