Arañazos

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Al hombre que le han pedido una historia para una antología de relatos de aventuras, le vienen imágenes de batallas, de búsquedas de tesoros, de supervivencia extrema, de personajes heroicos que no se rinden ante la adversidad. Y así, envuelto en ese torbellino de clichés aventureros, entra al concesionario para recoger su nuevo coche.

Ya sentado al volante, fija la inclinación del asiento y la distancia óptima, pero no se decide a arrancar. ¿Algún problema?, le pregunta el comercial que le entregó las llaves. El hombre no puede decir que le paraliza el miedo a rayar el coche, que desde que arranque hasta que llegue a su casa irá con el corazón en vilo, temiendo que otro coche lo roce, o él mismo cometa alguna imprudencia.

La verdad es que no entiende esta preocupación suya. Es solo un puto coche, y sabe que en poco tiempo estará cubierto de polvo y de cagadas secas de palomas, y que no se obsesionará por remediarlo. Tampoco es porque sea un BMW. Ya le pasó con otros coches, aunque no recuerda cuánto tiempo tuvo que pasar para que cediera la obsesión. Tendrá que ir experimentando, y en algún momento, como quien aprieta un interruptor, clik, le importará una mierda que se raye. Pero, hasta que ese momento llegue, conducirá con aprensión. Es lo que piensa. También piensa que dentro del coche, desde donde no ve la carrocería, le será más fácil olvidarse de que conduce un coche nuevo mientras circula, pero son los materiales impolutos del interior y el olor a nuevo, sobre todo el olor, lo que le impide olvidarlo.

¿Quiere que lo saque yo?, sugiere el comercial. El hombre niega con la cabeza, se remueve en el asiento, se ajusta el cinturón de seguridad y enciende el motor. La vibración que le transmite a su cuerpo, apenas perceptible, le angustia. Debe decidirse y conducir por las atestadas calles del polígono industrial, con coches aparcados en doble fila y numerosos vados amenazantes.

Por fin arranca, aferrado al volante igual que un conductor primerizo. Ya en la calle le parece que los otros coches pasan demasiado cerca, como si supieran que acaba de estrenar el suyo y quisieran amedrentarle. Son imaginaciones, claro. Deberá adaptarse a los nuevos ritmos y dimensiones del vehículo, así como a los múltiples botones y pantallas del salpicadero, que, comparado con el de su antiguo y rudimentario coche, parece el panel de mandos de un avión, panel que, para evitar distracciones, le obliga a mantener la mirada al frente, mirando de reojo a los retrovisores, con el cuello rígido y basculante como el de un pavo al acecho.

Llega a un semáforo y frena bruscamente para no chocar con el vehículo que se ha parado delante. El coche se ha calado, y en un acto reflejo lleva su mano a donde se supone que debe de estar la llave de contacto, pero no hay llave, la llave la guarda en el bolsillo, el coche arranca pulsando un botón. El hombre toma conciencia de la importancia de los automatismos adquiridos. Ha bastado una simple alteración de sus rutinas para que ahora se sienta paralizado, sin saber qué hacer, solo mover los brazos como una marioneta sin control. Para colmo el semáforo se abre y los coches de atrás empiezan a pitar. Y en esos movimientos descontrolados, como un ratón de laboratorio que al azar acertara con la tecla de la comida, es cuando pulsa el botón de arranque.

Superado el obstáculo, y después de habérselas con una rotonda infestada de agresivos vehículos que se obstinaban en no dejarle entrar, se dispone a incorporarse a la vorágine de la autopista. Lo primero que pasa silbando a su izquierda es un camión de veinte toneladas, y por extraño que parezca —difícil de comprender para una mente racional—, le preocupa menos recibir un buen golpe que unos arañazos. Supone que tiene que ver con la épica del golpe frente a lo anecdótico, casi ridículo, del arañazo. Sin dejar el carril derecho, circula agarrotado, atento a las salidas. Salida 13, salida 13, salida 13… Se va repitiendo hasta que ve el cartel de salida y enciende el intermitente.

Sorteado el escollo de la autopista, entra en la ciudad. Allí la circulación es caótica, imprevisible. El riesgo de que le rayen o raye el coche se multiplica por diez. Elige el trayecto más largo pero más seguro, y después de veinte semáforos, cinco rotondas y un túnel de dos kilómetros llega a su barrio. Al hombre ha empezado a dolerle la espalda, y suda copiosamente. Como vendió la plaza de garaje para poderse comprar el BMW, tiene que aparcar en la calle. A la media hora de dar vueltas, con un ojo en la carretera y el otro en las posibles plazas libres, y el riesgo de volverse estrábico, encuentra un hueco. Está a setecientos metros de su casa, pero ya no aguanta más, el agotamiento le puede. El BMW tiene cámaras que le ayudarán a aparcar, pero él aún no sabe interpretar el galimatías de líneas que ve en la pantalla y tiene que recurrir al método tradicional de mirar por los retrovisores y girar su dolorido cuello. Después de siete intentos consigue aparcar.

El hombre se baja, desencajado el rostro, y se queda pensando, apenas unos segundos. Resopla, mete la mano en el bolsillo, saca la llave del coche y con un rápido movimiento ¡rasss! hace un larga raya en la puerta del conductor.

Esta es la historia que al hombre le gustaría escribir, la de su viaje desde el concesionario hasta su casa, pero le tomarían por un neurótico pusilánime: ¿qué mierda de aventura nos cuenta? Así que transformará el BMW en una nave espacial; la autopista, en una ruta cósmica hacia un lejano planeta; los otros coches, en enemigas naves alienígenas. Y, como no puede ser de otra forma, el héroe de su historia será un tipo con temple: no claudicará, no se rendirá ante su incierto destino.

 

La tensión narrativa

tensión

Una de las definiciones que de TENSION ofrece el diccionario es la siguiente: “Estado de un cuerpo sometido a la acción de fuerzas opuestas que lo atraen”. A nosotros, el “cuerpo” que ahora nos interesa es el del relato, también sometido a la acción de dos fuerzas que, desde el punto de vista del lector, son la fuerza de lo que ya sabe de la historia que se le está contando y la fuerza de lo que aún no conoce pero desea conocer. Y es que el procedimiento para generar interés en el lector es el de ir formulando preguntas y demorando las respuestas. Aunque tan importante o más que las preguntas y respuestas, es la forma en que se van desplegando en la historia.

Leamos este inicio de novela. ¿Lo reconoces?:

El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste…”.

Estas líneas son claramente descriptivas. Y así sigue durante unas decenas de líneas más. Y si no fuera por la magnífica prosa del autor, dejaríamos de leer, porque no hay expectativas que generen tensión, ni personajes a los que seguir. Al narrador solo le importa en este momento ofrecer una visión panorámica del escenario donde se van a producir los hechos. Pero luego, de pronto, nos dice: “Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos –en realidad pocos habitantes de Kansas- había oído hablar de Holcomb…”. Y más adelante: “Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb…, con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido…, cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas”.

De repente se ha acabado la tranquilidad para los habitantes de Holcomb. Y para el lector, que pedirá respuestas a todos los interrogantes que el crimen suscita. Pero no son unas respuestas meramente informativas las que solicita el lector de novelas, como quien lee las noticias, sino respuestas implícitas en una historia con personajes y escenarios bien construidos, respuestas dramatizadas a través de una forma que produzca un goce estético, emocional e intelectual. Por eso es importante el manejo de la tensión narrativa, dosificando adecuadamente la información, ofreciéndola en el momento oportuno, sin apresurarse ni demorarse en exceso, sino en el momento justo, de manera que el lector se mantenga en vilo y sin aburrirse. Esta es la razón de que sea tan importante planificar los momentos en que aparecerán las preguntas y las respuestas, así como la cantidad de información que vamos a aportar, pues tan malo es un exceso de información, que priva al lector de su capacidad para aventurar respuestas, como demasiada ocultación, que dificulta la comprensión. Y si en algún momento el escritor quiere sorprender al lector, esas sorpresas argumentales deberán estar motivadas, en respuesta a la lógica interna de la historia y no por el único afán de sorprender.

Si al leer el texto que es inicio de una novela, has reconocido la obra, no habrá provocado en ti ninguna tensión, pero si no la has reconocido, quizá hayas seguido leyendo con la expectativa de que en algún momento te diera a conocer el título, porque, como ya hemos dicho, es esta tensión entre lo que se sabe y lo que se desconoce lo que anima a seguir leyendo. Así que, para que no pases el día en tensión ni te veas obligado a buscar en google, ya te digo que es el inicio de “A sangre fría”, la novela de Truman Capote, una obra maestra de la tensión narrativa.

Y hay otra tensión de la que me gustaría hablarte. Es la tensión que no depende tanto de ese juego de preguntas y respuestas en la línea argumental, sino de la habilidad de escritor para sugerir y trabajar por omisión en cada latido del relato. Veamos un ejemplo:

La casa de reposo, de Fernando Iwasaki

La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.
-¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
-Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
-No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
-Sí, reverenda.
-Hermana…
-¿Sí, reverenda?
-Que parezca un accidente.

Fíjate ya en la ironía del título, y luego en ese cliché de madre superiora, definida con una frase edulcorada de señales divinas y cristalinas y reverberantes lágrimas, en fuerte contraste-tensión con la conducta criminal que luego propone. Y fíjate en la tensión que producen los huecos del diálogo entre la madre superiora y la hermana, y que el lector tiene que rellenar.

Ahora imagina que el relato lo termináramos de esta otra manera:
(…)
-No importa, hermana. Llévelo al huerto y mátelo. Que parezca un accidente.

¿Qué hemos conseguido? Destensar el relato, arruinarlo.

Fantasmas

pagina_blanco

Probablemente es Guillermo Samperio quien ha escrito el microrrelato más breve de la historia. Su título es EL FANTASMA, y el cuerpo del relato la página en blanco. No lo ves, pero el fantasma está ahí, mimetizándose con la blancura; si te esfuerzas, puedas llegar a visualizarlo. Tu fantasma, no el de Samperio. Cada lector el suyo.

Quizás el miedo a la página en blanco es el miedo a esas presencias invisibles que rondan por los alrededores de nuestro ser, y escribir sea la manera de darles forma, con la esperanza de poder controlarlas

El concurso

niño escribiendo

Este año quiero escribir un cuento para presentarme al concurso de Navidad del cole. Mi compañero y enemigo, Paco, me dice que yo nunca podré ganar porque tengo un cerebro de mosquito. No sé de dónde habrá sacado eso. Y ¡qué sabrá él del cerebro de los mosquitos! A lo mejor son muy inteligentes pero prefieren vivir su vida de mosquitos.  Sigue leyendo

Razones para escribir

 

escribir, razones

En una entrada anterior (DESAHÓGATE ESCRIBIENDO), se pueden leer las motivaciones para escribir de algunos escritores. Hoy traigo un texto que encontré por casualidad viajando por internet. Es del escritor peruano Frank Otero Luque. Me parece un magnífico compendio de razones para ponerse a escribir.

Escribo por el placer de tejer las ideas en la urdimbre de mi mente y adornarlas, de repente, así, sin querer, con orlas y pompones que los más simplones llaman rima. Escribo porque me gusta escribir y por una imperiosa necesidad de liberación interior, porque a través de lo que escribo puedo plasmar y recrear lo que anhelo y lo que temo, lo que odio y lo que adoro; tallar letras en oro o enfangar una frase. Escribir me ayuda a sobrellevar mis frustraciones y a comprender mejor el mundo de afuera y de adentro; escribiendo alcanzo una catarsis espiritual. Pero también escribo porque tengo mucho sentido del humor y porque me gusta hacer gala de la sátira, del sarcasmo y del doble sentido. Sigue leyendo

El sueño del escritor

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Relato que obtuvo el segundo puesto en el “II PREMIO DE PLAGIO CREATIVO” de la Escuela de Escritores

 

Por los campos de La Mancha cabalgan don Quijote y Sancho, enhiesto y solemne cual ciprés el caballero sobre el escuálido Rocinante, y a su lado el escudero, al trote de un burro sin nombre, mirando de soslayo a su señor, no muy convencido de las promesas de ínsulas y reinos que éste le hiciera.

―Dígame, vuestra merced, ¿qué es ese ruido que se oye, como de gorrino? –pregunta Sancho.

―Cuida tus palabras, majadero. Es don Miguel, que duerme como un bendito ― responde don Quijote ―Y déjalo estar, que cuanto más profundo duerme, mejor ha de soñarnos.

―Perdonadme, mi señor, pero fue esta mañana cuando me nombrasteis escudero y todavía no entiendo yo el lenguaje de los caballeros andantes. ¿Qué queréis decir?―pregunta Sancho.

Y don Quijote, después de dar un largo suspiro, responde: Sigue leyendo

Desahógate escribiendo

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© Arno Rafael Minkkinen

Otras razones para escribir:

Kafka (la literatura como posesión “diabólica”)

“Dios no quiere que sea escritor. Pero no tengo otra elección (…) Mi vida consiste, como de hecho siempre ha consistido, en intentar escribir (…) Odio todo lo que no esté relacionado con la literatura. Las conversaciones me aburren soberanamente. La literatura me posee como un demonio. No tengo intereses literarios: la literatura es de lo que estoy hecho”.

Mario Vargas Llosa (insatisfacción ante la realidad)

“Creo que el novelista es ante todo aquel que no está satisfecho con la realidad, aquel hombre que tiene con el mundo una relación viciada, un hombre que por alguna razón, en determinado momento de su vida, ha sentido que surgía entre él y la realidad una especie de desacuerdo, de incompatibilidad. Si estuviera satisfecho, si se sintiera reconciliado con el mundo, si la realidad lo colmara, es evidente que no intentaría esa empresa de crear nuevas realidades, de crear realidades imaginarias y ficticias (…) Ese hombre es un rebelde, es un hombre en desacuerdo con su sociedad, con su tiempo, o con su clase, un hombre que no está satisfecho con el mundo”. Sigue leyendo