Rascacielos

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Desde que empecé a trabajar de ascensorista tengo la capacidad de leer los pensamientos. Solo en el ascensor, fuera de él soy un tipo corriente. No me pregunten por qué, simplemente sucedió. Puedo ver todo lo que ronda por las cabezas de sus ocupantes. Algunos pensamientos dan pena; otros, miedo. Entonces se me ocurrió lo del rótulo: “ELEVAMOS SUEÑOS”, que fijé a la inevitable altura de los botones.  Desde aquel día, no voy a decir que la gente sea más feliz, pero, en esa suerte de burbuja que veo formarse en torno a sus cabezas, hay una luz nueva, un temblor: ahora se esfuerzan, no se rinden.

 

Te estaré esperando

anciana al telefono

El viernes pasado, a la hora del té, llamó por teléfono un pervertido para dejar un discurso de obscenidades. La abuela, que es sorda como una tapia, cogió el teléfono supletorio de la cocina. La oímos contestar, llorar y reír, lejos de su habitual mutismo. Y esa noche nos habló de su infancia, de sus amores, del abuelo, con una locuacidad que creíamos perdida. Hoy, viernes, la abuela se ha perfumado y dado coloretes, y desde muy temprano está sentada al lado del teléfono, con una taza entre las manos, esperando con impaciencia a que llegue la hora del té.