La obra

obras en casa (2)

Tanto Lola como yo éramos reacios a meternos en obras. ¿Quién no había oído hablar de casas empantanadas durante meses y meses, de chapuzas al por mayor, de secuelas psicológicas de los propietarios? Un amigo nos contó que pidió que le cambiaran un enchufe de sitio, y al final le construyeron una piscina en la parcela de al lado, que no era de su propiedad. Ahora, visto lo visto, no estoy tan seguro de que fuera una broma. Aun así, después de mucho pensarlo, decidimos contratar a una cuadrilla de obreros para unir un pequeño despacho con nuestra habitación de matrimonio. Acordamos romper con esa convención social que parece exigir que la habitación más grande de la casa se reserve para dormitorio de la pareja. Siempre nos pareció un desperdicio de espacio. Ahora tendríamos una gran habitación para los dos, para nuestras cosas.

Lo primero que aprendes de una obra es que es como un cáncer: empieza en un lugar concreto de la casa, y cuando te descuidas, ya lo ha ocupado todo. No sabes cómo, pero ocurre. Y no se puede decir que sea con engaños, no, que tú das el consentimiento para tamaña metástasis, como si tu voluntad ya no fuera tuya sino de la obra, que te va dominando. No puedes dar marcha atrás, y mucho menos pedir que paren. Así que la única solución es seguir adelante con todas las consecuencias.

Antes de que la cuadrilla empezara a taladrar la casa, trasladamos al salón todos los muebles de las dos habitaciones que iban a unirse, a excepción de la cama y dos mesillas que fueron a parar a nuestro nuevo y pequeño dormitorio, una exigua habitación utilizada hasta entonces como trastero, y cuyos muebles, a su vez, trasladamos también al salón. Como se suponía que la obra no iba a durar más de una semana, según la estimación del Alcayata (este es el apodo del jefe de la obra), decidimos que era la mejor solución, pues así nos ahorrábamos el dinero de un guardamuebles y su traslado. Y como creímos cabalmente en la previsión del Alcayata, elegimos la primera semana de agosto para llevarla a cabo. En un principio pensamos en irnos todo el mes de vacaciones y dejar a los obreros trabajando, pero, ya digo, las leyendas que corren respecto a los obreros cuando no se hallan bajo la atenta mirada de los dueños, nos hizo desistir. Total, solo sería una semana. Advertirá el amable lector que nuestra ingenuidad no tenía límites.

Muy pronto la obra empezó a alterar nuestra percepción del espacio-tiempo. Otros muebles de la casa emigraron al salón para convivir en confusión con los que ya se apilaban allí, además de con los sacos de cemento, ladrillos, cables, enchufes, herramientas…, y para desplazarnos por tal caos teníamos que contorsionarnos, andar de puntillas, adoptar el perfil egipcio, gatear, arrastrarnos como guerrilleros, escalar muebles… La abuela no dejaba de protestar: “Me queréis matar”. “Con mi cadera operada no puedo andar por esta zona en guerra”. Un día se presentaron unos Testigos de Jehová para hablarnos del fin del mundo. “Aquí ya ha empezado”, les dijo la abuela después de soltar un gruñido.

Al principio fue muy duro, porque acabábamos con moratones, agujetas, esguinces…. Y olvidamos que la decisión de la obra la habíamos tomado los dos, así que Lola y yo empezamos a culparnos mutuamente. “Dichosa obra, para qué se te ocurriría…”.  “Ocurrírseme a mí, si fuiste tú quien…”. A Pablo, nuestro hijo, que había suspendido dos asignaturas,  le sirvió de excusa: “En este cachondeo de casa no hay quien se concentre para estudiar”.

Entonces ocurrió algo que no teníamos previsto. Y tengo que confesarlo. Al igual que hay personas a quienes la enfermedad les convierte en grandes luchadores y les obliga a desarrollar energías que creían no tener, así nos ha ocurrido a nuestra familia con la obra, que ha liberado no sé si lo mejor, pero sí lo más genuino de cada uno de nosotros. Estar en obras es para nosotros una revolución, una nueva forma de estar en el mundo. Aunque, ya digo, al principio no fue fácil, pues toda crisis, todo cambio verdadero necesita de sus dosis de sufrimiento.

Y es que poco a poco empezamos a dominar el espacio, a adquirir habilidades insospechadas para sortear los obstáculos y para adaptarnos al barullo de la nueva vida. Y por la noche caíamos rendidos en la cama, agotados, sin importarnos que la niebla de polvo, cada día más espesa, nos envolviera e invadiera bocas y narices. Tanto fue el beneficio que, superadas las agujetas, esguinces y demás, Lola y yo decidimos borrarnos del gimnasio al que acudíamos dos días a la semana, y la abuela se ha olvidado de su cuerpo y ya no habla de enfermedades. Es cierto que a veces se pierde en los laberintos que se van formando, y tenemos que ir a buscarla, pero esa circunstancia, lejos de asustarla, la propulsa a la infancia, al entender que estamos jugando con ella al escondite.

También la obra nos está sirviendo para reconocer a los verdaderos amigos, aquellos a quienes cuando vienen de visita no les importa ayudarnos a buscar las pastas o el café, que en algún sitio tendrán que estar y ya aparecerán, tal vez en el cajón de aquel mueble que está debajo de ese otro que está delante de… Que sí, que aparecerá y podremos tomar el café, aunque sea pasadas dos horas y siempre que encontremos también el molinillo, porque últimamente está muy rebelde y no hace más que esconderse, el muy tonto.

Claro, el muy tonto, porque de pronto las cosas se van llenando de vida, no como antes, siempre en el mismo sitio, tan como enfermas y tristes. Es cierto que hemos dejado de tener su control, pero eso es bueno, porque tenemos que desarrollar la memoria, ejercitarla para recordar dónde vimos esto o aquello por última vez. Y es verdad que a veces es desesperante, sobre todo cuando necesitamos un documento importante que suponemos duerme en los estratos más profundos de nuestra arqueología doméstica, porque es como jugar con uno de esos puzzles de fichas en el que sólo hay un hueco libre y con infinita paciencia tienes que ir moviendo cada una de las piezas. Y todo para que, después de conseguirlo, el documento haya emigrado a saber dónde.

También nuestro hijo, superada la fase de las quejas, ha empezado a mirarnos con otros ojos, yo diría que de admiración. Y todo porque sus amigos flipan con nuestra casa. Les parece, en contraste con las suyas, tan de escaparate, una casa muy enrollada. Uno de ellos dijo que, después de ver en la televisión un documental sobre el arte del Feng Shui, pensó que en nuestra casa las energías circulantes se lo montan de puta madre. Reflexión esta que a todos nos hizo reír, incluido Pablo, que no cabía en sí de gozo.

Un día importante fue aquel en que perdimos la televisión. Como cada vez la veíamos menos (el mando era uno de los objetos más rebeldes al control), no pusimos mucho empeño en buscarla. Desde ese día adquirimos el hábito de contarnos historias inventadas por nosotros. Lo hacemos por turnos, y hasta la abuela nos sorprende con el derroche de una imaginación que creíamos perdida. Para ello buscamos el rincón más oscuro entre la balumba de muebles y demás, un lugar donde apenas entre la luz. Allí, en ese simulacro de cueva primitiva, sentados en círculo, las historias parecen surgir solas, casi sin esfuerzo por nuestra parte. Pero si a alguien le ha beneficiado esta práctica es a Pablo. Un día se perdió por los vericuetos de la obra y no regresó hasta pasados dos días. Estábamos muy preocupados, dispuestos a reprenderle severamente cuando por fin apareció. Había viajado hasta la isla de Robinson, el náufrago, y en el Himalaya se había hecho amigo del hombre de las nieves. Por primera vez la luz de sus ojos no era el reflejo de la de las maquinitas con que jugaba. En lugar de castigarle, le animamos a seguir viajando.

Este aire de provisionalidad en que vivimos, donde los objetos desaparecen y aparecen, propiciando sentimientos primero de añoranza y luego de alegría, al recuperarlos, nos va transformando profundamente. Algo parecido a lo que dicen que ocurre en las guerras, que, al ser tan incierto el futuro, no te queda más remedio que exprimir los segundos del presente.

Han pasado cuatro meses y los obreros siguen en casa. Ya son como de la familia. Utilizan nuestras duchas, y le han hecho una lista a mi mujer para que compre los geles y champús más acordes con su piel y pelambrera, y es que los obreros se han vuelto muy finos, han dejado atrás ese prejuicio de tener que mostrarse como machos rudos a toda costa. Lo que no se les va es la manía de llamarnos “jefe” o “jefa” para todo. Que si jefe esto, que si jefa lo otro. Uno de ellos, el Hércules, que así le llaman por ser bajito y esmirriado, da de comer a la abuela cuando nosotros no llegamos a tiempo de nuestros trabajos, y se da tanta maña y tiene tanta paciencia que la abuela se traga lo que le eche sin remilgos; y el Pocaspenas, que se pasa el día desafinando coplas de la Piquer, de vez en cuando se mete en la cocina para hacernos unas migas o un pollo al chilindrón.

Somos tan felices que, en el improbable caso de que la obra finalice, hemos pensado en pedirle al Alcayata  que nos alicate un cuarto de baño, y luego el otro, y la cocina…

En fin, es maravilloso despertarse cada mañana y ver que la obra continúa.

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La aritmética del amor

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Lola siempre decía que en la vida de uno hay personas que suman y personas que restan, y que a su lado ella no quería personas que restasen.

―No creo que existan personas que solo sumen o que solo resten ―le decía yo―. Todos sumamos y restamos.

Y Lola, poniendo cara de ecuación, respondía:

―Por supuesto que sumamos y restamos, tontín, pero lo importante es el saldo. Las personas con saldo negativo… no las quiero en mi vida… ¡fuera de mi vida!

―Ya ―insistía yo―, pero incluso aquellas con saldo negativo también suman de alguna manera. ¿Acaso no te sirven de aprendizaje?

―Sí, muy agudo, pero una vez que he aprendido… ¡Fuera de mi vida!

―¿Y qué me dices de esas personas que pasan por nuestro lado sin dejar huella, que ni suman ni restan? En ese caso no se puede hablar de saldo.

―Yo las llamo personas CERO, aunque en realidad son tendentes a CERO, pues el cero en las relaciones humanas es imposible. Siempre hay un tono emocional, por insignificante que sea, a veces escondido en el inconsciente.

―Joderrr… ―decía yo.

Conversaciones de esta índole, que me dejaban extenuado, teníamos Lola y yo con cierta frecuencia. Pero ayer me citó en un banco del Parque de El Retiro de Madrid, justo delante del Palacio de Cristal, y después de advertirme de que la cúpula del Palacio alcanza los 22,60 metros de altura, y 14,61 metros las naves laterales, pasó al meollo de la cuestión por la que me había citado en ese parque cuyas coordenadas, según Lola, son:

Latitud & longitud: 40.4152606, -3.6844995 Minutos de arco: 242491563, -22106997 DDD.MM.SS: 40.24.55,-3.41.4 NMEA (DDDMM.MMMM): 4024.9156,N,00341.0700,W ELEVACIÓN: 664.97 metros.

―Al principio de nuestra relación, tú ―empezó Lola―, más que sumar multiplicabas. ¡Qué digo multiplicar!, tenías efectos exponenciales en mi vida. Pero ahora restas y restas, y creo que ya no hay quien te pare, hijo mío, ¡qué forma de restar!

No me esperaba estas palabras de Lola, pues no era yo consciente de que mi saldo en su cuenta emocional se hallara en números rojos. Y si hubiera tenido algo de orgullo, en ese mismo momento me habría largado por las tangentes del banco, de El Retiro y de la vida de Lola. En lugar de eso, le dije:

―Y ¿podrías decirme cuál es la cuantía de mi saldo negativo y si estoy aún a tiempo de que me concedas un crédito?

―No seas bobo, no es cuestión de números, son sensaciones que tengo y que no sabría muy bien explicar―dijo con hiperbólica sonrisa.

Siempre he sido un negado para las matemáticas, pero la sonoridad de algunos de sus conceptos me resulta interesante, y aunque no tenga ni puñetera idea de sus significados, me pareció que usarlos sería una buena forma de tocarle a Lola las narices (narices, por cierto, con forma de precioso triángulo rectángulo).

―Me parece una respuesta de muy poco rigor, Lola, para una mente científica como la tuya, porque yo sigo siendo el mismo. Así que habrás cambiado de contable interior, o tu vida ha tomado una derivada hacia una fase logarítmica, o quizás es que, en realidad, los que a ti te gustan son los numeritos irracionales. Vamos que…

―Nada, no me aturulles ―me interrumpió―. Restas y restas. Ahora mismo estás restando, y mucho. Fuera de mi vida. Tenemos que cortar ya mismo esta operación… relación, quiero decir.

Se levantó, y creo que por esa afición suya a la aritmética y a la geometría, se fue caminando en dirección a la escultura de Agustín Ibarrola, unos cubos grisáceos de hormigón ya en franco deterioro. Tentado estuve de preguntarle a gritos si sabía cuánto sumaban las áreas de aquellos tres cubos, pero apenas me salía la voz. Me quedé en silencio para decirle al centro de mi Yo, en ese punto equidistante de mis límites y limitaciones: “Así, amigo mío, es como deben de sentirse los números primos”.

 

Manos de mantequilla

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Fue uno de esos partidos raros en los que de tanto dominar le pierdes el respeto al equipo contrario y en un descuido te la cuelan. No estuvimos afortunados, y ellos, que se sabían inferiores, se encerraron atrás desde el principio. Fue un juego rácano, pero estaban en su derecho, usaban sus armas. Y vaya si les salió bien. Así que puede decirse que yo fui un mero espectador durante todo el partido, haciendo ejercicios de calentamiento bajo mi portería para no enfriarme, hasta ese fatídico minuto, ya en el descuento, sin apenas tiempo para darle la vuelta al marcador.

“Manos de mantequilla”, me llaman ahora. Tres palabras que, juntas, son el peor insulto para un portero, pues aunque oigas mi nombre, el verdadero, seguro que ya no puedes dejar de imaginar mis manos blandas, tal vez derretidas al contacto con el balón. Como me imaginarán aquellos que en las redes sociales comparten memes (estúpida palabreja de moda) para burlarse de mí, algunas muy crueles; o aquellos que, amparándose en el cobarde anonimato, me amenazan de muerte, a mí y a mi familia, porque por mi “cagada” dicen haber perdido el trozo de felicidad que les correspondía. Y mi hijo no quiere ir al colegio: algunos niños ponen las manos frente a su cara y las hacen temblar, y le dicen que por su papá perdieron la copa, por su papá “manos de mantequilla”.

Y qué decir de ese gremio hipócrita de los periodistas deportivos, que en sus periódicos practican la doble moral tan rentable de polis buenos y polis malos. Unos piden juego limpio, respeto en las gradas, mientras los otros hurgan en las heridas del pasado (el día en que fulanito lesionó a menganito, o cuando zutanito se tocó los cojones mirando al público rival) y dejan titulares cabrones, de tendenciosos que son, para calentar los partidos, para enfrentar a las aficiones, que es lo que vende: el espectáculo de la violencia, el morbo. Y ahora, además, con esa manía que les ha entrado por las jodidas y simplistas encuestas, preguntan a sus lectores si soy el culpable o no de la derrota, si tengo futuro o estoy acabado… Son las nuevas formas de los pulgares arriba o pulgares abajo, para que el pueblo decida si debo ser arrojado a los leones de este repugnante circo mediático.

Sé que la decepción ha sido grande: era la final. Pero uno no elige el momento de sus fallos, no es cuestión de mala voluntad, ni de poco esfuerzo o falta de motivación. El azar también juega, a veces el que más. Fue la única jugada de peligro que ellos hicieron, un pelota perdida que cayó a los pies del Tanque, su delantero centro, justo en la línea de mitad de campo, salvando el fuera de juego. Le vi venir en galopada. En mi cabeza podía oír su trotar, el bufido de sus pulmones. Me puse en tensión, atento a sus movimientos, a la evolución de sus pies, intentado adivinar en qué momento iba a patear la pelota. Para él la portería sería diminuta, en la misma medida en que para mí era inmensa. Y entonces pasó lo que pasó. La pegó mordida y la pelota hizo un extraño. No me estoy justificando. Incluso así pude haberla parado, si hubiera colocado bien la pierna de apoyo al arrodillarme. Fue la mala posición, el torpe giro de mi cuerpo lo que hizo que por un momento la pelota se me escapara de las manos justo sobre la línea de puerta. El fallo del delantero propicio el mío, y ese fallo mío anuló el suyo. Aunque en ese momento no lo sabíamos, pues el árbitro no concedió el gol.

Entonces el dios VAR, ese dios que ahora habita en las alturas de los campos de fútbol y todo lo ve con sus múltiples ojos, le habló al árbitro a través del pinganillo-conciencia que llevaba incrustado en la oreja, para sugerirle la revisión de sus pecados. Y el árbitro, dibujando con sus manos una pantalla en el aire, se fue muy decidido hacia la banda para comprobar si debía o no redimirse. Segundos de incertidumbre, raro lapso de tiempo en el que tienes que congelar las emociones porque aún no sabes si alegrarte o morirte allí mismo, con el árbitro convertido en protagonista, como si él fuera el verdadero artífice de lo que va a ser: gol o parada.

Ahora ya puedes ver las imágenes de la jugada en internet, tantas veces como quieras y cuando quieras, desde todos los ángulos posibles. Imágenes que me perseguirán toda la vida, a mí y a mis descendientes, los descendientes de “manos de mantequilla”. Es lo más parecido a la inmortalidad. Fíjate sobre todo en ese plano cenital que no deja lugar a dudas, ese plano que sin palabras nos dice que un puto centímetro es la distancia que hay entre el éxito y el fracaso.

 

 

 

 

 

La perfecta pareja

Buenas maneras

Conozco a una pareja que en lugar de hijos tiene obsesiones. Las alimentan y cuidan con el mismo amor que pondrían en sus vástagos, y a cada visita que les hago, las encuentro más crecidas. Así se lo hago saber, y ellos sonríen satisfechos cogiéndose de la mano, y las ponen en fila para que me den las gracias. La mayor de ellas es el ORDEN, que abusa de los demás imponiendo su tiranía. Es estirada y presume de perfecta, pero yo percibo su envaramiento triste, y que sus ojos delatan deseos de anarquía. La segunda es la LIMPIEZA. Tiene la cara pulida y sin arrugas de las personas sin vida, y su mirada es tan limpia que parece que no mira, o que va más allá de todo lo que mira. Su olor es puro artificio, una mezcla de aromas de laboratorio. Cuando sonríe muestra una mueca blanca y reluciente de hastío. La tercera es la APARIENCIA, si bien ellos la llaman EDUCACIÓN. APARIENCIA nunca pierde la compostura aunque la humillen y le recorra un deseo de venganza. APARIENCIA recibe a las visitas con ademán versallesco y les habla como un manual del saber estar.

Orgullosa de sus tres obsesiones, la pareja solo vive para ellas, y no duda en renunciar a sus verdaderos deseos para que las tres crezcan sanas y prósperas.

Días de fútbol

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UNO. Mi cuna, pintada en azul y con dibujos de Disney, está a seiscientos metros del Santiago Bernabéu. Los días de fútbol, a través del aire, llegan a mis oídos infantiles los gritos de euforia. Y a saber qué es lo que ya se va fraguando en mi cerebro bebé. Me gusta imaginar que en esos momentos es la mano de mi padre la que mece la cuna, pero no puede ser: uno de los gritos que me llegan desde el estadio es el suyo.

DOS. Tengo nueve años. Ya soy socio del Real Madrid. Ya puedo mostrar a los amigos mi carné: una carterita de plástico marrón que a mí me parece de auténtica piel y que abro con la parsimonia con que se abren los tesoros para que los otros niños vean con envidia mi foto, el número de socio y los recibos embutidos en una pestaña transparente.

TRES. Llegamos al estadio en el seiscientos. Ahora mi padre está en las gradas del fondo sur, con esa peña que se ha ido formando domingo tras domingo, discutiendo las alineaciones, las jugadas, las decisiones del árbitro y gritando a coro “Hala Madrid”, abrazándose en una piña cuando nuestro equipo marca un gol. Yo estoy abajo, detrás de la portería, agarrado a la barandilla donde nos ponemos los niños. Todavía no hay alambradas y el césped está a un paso. Me gusta el olor fresco de la hierba y el sonido del balón al golpear en la red. En el descanso y mientras anochece, me tomo el pan con chocolate que mi madre me ha preparado de merienda, y, cuando al empezar el segundo tiempo encienden las luces, el campo parece otro, un espectáculo distinto. Todo resplandece y los jugadores son los habitantes de un mundo mágico, soñado. De un videojuego, diríamos hoy.

CUATRO. Siete amigos del barrio formamos un disminuido equipo de fútbol. La camiseta que hemos elegido es a rayas rojas y blancas como la del Atlético de Madrid. La del Madrid nos parece sosa, ropa interior, a juego con los blancos calzoncillos. Mi padre, descontento con nuestra elección (es lo que pienso entonces, y no que el presupuesto familiar era escaso), me compra unas botas de goma, no las de cuero que yo le he pedido. Son blandengues al tacto y con olor a neumático. Largos tacos de madera atraviesan las suelas, como en las botas antiguas, de cuando los balones tenían una especie de boca cosida que mordía la frente de los futbolistas al rematar. Cuando corro, las botas tiran de mis pies hacia abajo. Me siento como un pato que no puede emprender el vuelo. Miradas de burla y compasión. Me pongo de portero, y es peor. Soy un muñeco tentetieso. Al desplazarme lateralmente a lo largo de la línea de la portería, formada por dos grandes piedras que hacen de postes, mis pies chocan entre sí, y cuando me impulso para saltar y alcanzar el balón que llega por los aires, las punteras se vencen y entonces parezco una especie de bailarín anémico. Vuelvo a casa como un combatiente que regresa de una guerra perdida, los pies en carne viva. Ese día odio a mi padre, no quiero verlo.

CINCO. Tengo trece años. El Madrid se disputa la sexta copa de Europa con el Partizan. Mi padre y yo estamos frente al televisor. Decía Gila, el humorista, que un jersey es una prenda que se ponen los niños cuando sus madres tienen frío. Yo, ese día, me pongo los nervios de mi padre y nos vamos los dos a la calle. Allí nos encontramos con un alma gemela, un tipo flaco y pálido que se aproxima mordiéndose las uñas. Solidariamente unidos los tres decimos frases banales que nos ayudan a matar el tiempo, pero al rato ya vamos caminando en silencio como animales al acecho de algún ruido delator, y a través de las ventanas oímos los ¡uys! y, sobre todo, los silencios, esas largas pausas que llenamos con los goles del equipo contrario, el Partízan, y que el comentarista narra en nuestra imaginación con voz apagada y lúgubre. Luego, en diferido, mi padre y yo vemos el resumen de la victoria del Madrid.

SEIS. Juego en el equipo del colegio. Nos enfrentamos a los juveniles del Real Madrid. Parecen de otra raza: más altos y más fuertes, y relucen igual que caballeros medievales. A su lado somos famélicos niños de posguerra. Mientras nosotros corremos como pollos sin cabeza, ellos parecen no moverse. Nos ganan por once a cero. Descubrimos que no basta con la pasión, que también cuenta la estrategia. La cara de mi padre se ha dividido en dos; una está triste, la otra sonríe.

SIETE. Después de treinta y dos años de sequía, el Madrid gana la séptima copa de Europa. El gol de Mitjatovic a la Juve alcanza dimensiones de leyenda. Oigo otros gritos que se unen al mío y que parece venir de un planeta remoto, y tiemblan las paredes y el techo de la casa. Lloro de alegría y decido que es el momento de llamar por teléfono a mi padre para celebrar la victoria. Cuando por fin descuelgan, oigo ruidos, como si al otro lado un niño manipulara un objeto que no sabe para qué sirve. “La séptima, papá”. “Sí, la séptima, Di Stéfano, Puskas, Gento…”, dice mi padre al fin. Y luego mi madre, como si dictara sentencia: “Ya no se acuerda de que ha visto el partido. De nada”.

OCHO. Día soleado y triste. Estoy haciendo cola en las oficinas del Bernabéu. Cuando llega mi turno le entrego al hombre de la ventanilla el certificado de defunción. Luego camino deprisa por el Paseo de la Castellana, escapando de la tristeza. Quiero llegar pronto a casa para ponerme a escribir y atrapar los recuerdos: “Mi cuna, pintada de azul y con dibujos de Disney, está a seiscientos metros del Santiago Bernabéu…”

 

De ida

cajones abiertos

Lola nunca cierra las puertas ni los cajones ni las cajas que abre. Tampoco apaga las luces que enciende ni enrosca los tapones que desenrosca. Los cedés y sus estuches viven para siempre vidas separadas una vez que caen en manos de Lola. En ocasiones, parece que por la casa han pasado unos ladrones o la policía en una operación de registro. Pero lo que peor llevo son sus falsos cerramientos: cuando los cajones parecen cerrados, pero no lo están, pues sobresalen apenas unos milímetros y no puedes cerrar la puerta corredera, o bien asoman por sus bordes un sujetador, una camiseta…, o el extremo de algún cubierto en los cajones de la cocina. Es entonces cuando parece que los cajones se están burlando de mí, que me sacan la lengua.

Me intriga esta conducta de Lola. Y, cuando le pregunto, se encoge de hombros porque no sabe darme una explicación. Tampoco está dispuesta, como le sugiero, a ir al psicólogo. “Eres una mujer de ida, pero no de vuelta”, le digo para provocarla. “Y tú, un gilipollas maniático que debería cerraaarrrr la boca”, me responde ella.

Hoy, Lola ha hecho la maleta (la pernera de un pijama asomaba por entre la cremallera parcialmente cerrada) y se ha ido de casa. Se fue sin cerrar la puerta de la calle, y conociéndola, no creo que vuelva.

El alguacil del agua

Museo Thyssen- Bornemisza

Texto inspirado en el relato “La popa de una gallina anglicana”, de Juan Gómez-Jurado, del libro “Bajo dos banderas”

 

Cádiz, 20 de noviembre de 1806

Se llamaba Gabriel, y si recuerdo su nombre es por los acontecimientos que siguieron a nuestro encuentro. Era uno de tantos marineros que entraban en la taberna para adornarse de un prestigio del que normalmente carecían, dispuestos a competir en hazañas, en el número de ingleses que habían abatido. Yo les esperaba en un rincón, sentado a una mesa, que era el último recurso, el lugar al que acudir cuando no había otro disponible, porque ¿quién desea hablar con un viejo?, que es lo que soy, una vieja araña esperando a su presa, la forma que he elegido para beber y comer gratis.

Después de mirar a un lado y a otro, de titubear entre el humo de las velas y las bravuconadas de los otros marineros, se sentó frente a mí. Era un crío, aún lampiño. Me miraba de soslayo, con una mezcla de asco y compasión, Al rato apareció el tabernero. ¿Qué va a ser? Una de vino de Toro, pan y queso, respondió Gabriel. Y dos vasos, añadí yo. Él me miró, sorprendido, pero antes de que tuviera tiempo de reaccionar empecé con mi habitual estrategia: le pregunté cómo te llamas y dónde recalas.

Gabriel se irguió en su asiento, me dijo su nombre y el del barco en el que navegaba: el Santísima Trinidad, con la voz quebrada por la emoción. Le miré fijamente a los ojos, asentí varias veces con la cabeza para subrayar la importancia de la revelación que acababa de hacer. Él se irguió aún más.

Otro que estaba a punto de caer en mi tela de araña, una tela tejida con los diferentes relatos que yo cogía al vuelo de los marineros que frecuentaban la taberna, pues de poco habría servido el relato verídico de mi vida pasada como alguacil del agua en navíos de poca monta, un cargo de ridículo nombre, nada heroico, aunque de vital importancia, ya que era el encargado de repartir el agua y de evitar que se pudriera, tarea nada fácil porque de la sentina, donde se acumulan todas las inmundicias del barco, llegan putrefactas filtraciones que contaminan el agua. Y aunque de mi trabajo dependía, en gran parte, la salud de la tripulación, comprenderán que un relato así no es el más apropiado para encandilar a marineros ávidos de leyendas ni para compartirlo durante el transcurso de una comida. ¿Qué clase de hombre estaría dispuesto a pagar una cena por tan hedionda historia?

Y era por esos relatos que cogía al vuelo, en realidad biografías prestadas, que yo conocía el Santísima Trinidad: navío en línea, doscientos trece pies de eslora, ciento cuarenta cañones, mil ciento sesenta hombres a bordo, construido con maderas nobles…

―Buen navío, el Santísima Trinidad, y sé muy bien de lo que hablo ―dije, guiñando un ojo, guardando silencio para alimentar su interés, al tiempo que el tabernero depositaba sobre la mesa una botella de vino, un plato de madera con las lonchas de queso y dos vasos.

―Fui cañonero en ese barco ―mentí después de servirme y echarme al coleto un buen trago de vino―. Y navegué con Luis de Córdova.

Gabriel abrió los ojos como si delante de él estuviera el mismísimo Don Luis, el héroe en el bloqueo de Gibraltar. A partir de ahí, todo fue como remar en apacibles aguas. Tengo la habilidad de los contadores de cuentos: sé crear expectativas, variar el ritmo, construir vívidas escenas… Y así le fui hablando, en primera persona, de cómo nos unimos a los gabachos para ayudar a las colonias americanas rebeldes contra los jodidos ingleses. De cómo salí indemne de la peste que aquellos nos pegaron. Del valor y astucia de don Luis, a quien los burócratas de la Corte lo consideraban viejo para tamaña empresa contra la armada inglesa, y a los que luego él dejaría en ridículo haciendo dos mil novecientos cuarenta y tres prisioneros, además del botín de trescientos cañones, tres mil barriles de pólvora, ochenta mil mosquetes…. Y todo ello sin disparar un solo cañonazo.

Gabriel me escuchaba sin pestañear, y tan entusiasmado me mantenía con mis propias fantasías que tentado estuve de añadir que meses atrás me había infiltrado en las líneas enemigas, en uno de los navíos ingleses, como alguacil del agua, y que con artes contrarias de las que se esperan en ese oficio, había envenenado a toda la tripulación, es decir, que yo solo, también sin derramamiento de sangre y sin gasto de munición, me había cargado a cientos de ingleses. Pero intuí que esa desmesurada fantasía podía echar por tierra la credibilidad del relato entero y, en consecuencia, acabar con el ir y venir del tabernero, que, a petición de Gabriel, seguía sirviéndome bebida y comida.

Cuando ya saciado concluí la historia ―la historia de otros―, Gabriel permaneció en silencio. Su mirada no era la mirada de asco y compasión con que me había mirado al sentarse a mi mesa; en sus ojos había un destello de admiración, admiración que me conmovía, pues, como ocurre con los grandes mentirosos, he llegado si no a creerme mis propias mentiras, sí a sentirlas como reales, como si de tanto repetirlas, mi cuerpo, que no mi cabeza, las diera por verdaderas.

―¿Cuál es tu próximo destino? ―le pregunté antes de despedirnos.

―Frente a la costa del cabo de Trafalgar ―dijo antes de salir y perderse en el aire húmedo y salobre de la bahía de Cádiz.

Han pasado trece meses y sigo yendo a la taberna. Espero en mi rincón a que alguien se siente a la mesa conmigo y me invite a comer. En mis relatos recreo ahora el heroico y fatal destino de Gabriel, el hundimiento del Santísima Trinidad, y aquellos que me escuchan e invitan son más generosos, no solo para rendir con sus dádivas tributo al marinero, sino también para que yo mantenga viva esta historia y no se pudra en las aguas del olvido.