EL PALO

Voy con Daniel caminando por el parque, entre las ramas que han caído de los árboles. Daniel tiene dos años y lleva una temporada en la que una de sus principales ocupaciones consiste en buscar un palo, pero no cualquier palo, sino el palo ideal. Esto lo pienso porque, por el momento, ningún palo le satisface. Se agacha, coge uno, lo mira y dice “Ete no, oto”, y sigue con su búsqueda. Yo a veces colaboro. Si veo alguno que pienso que podría gustarle, lo cojo y se lo muestro. Él lo agarra con su pequeña mano regordeta, lo observa como si fuera un doctor en palos y vuelve a decir “Ete no, oto”. Algunos de los palos que coge le duran algún tiempo en la mano, pero finalmente termina por arrojarlos al suelo.

Me gustaría saber qué criterios sigue en la elección del palo. He ido descartando posibilidades para el rechazo: que el palo estuviera astillado, que los extremos fueran afilados, que la textura raspara o pinchara…

Hoy he encontrado un palo de aproximadamente treinta centímetros que bien podría ser el palo ideal: completamente recto, de tres centímetros de diámetro y del color del café con leche cuando lo he liberado de la seca corteza que lo cubría, con una textura lisa, como pulida. “Mira, Daniel, la varita mágica de Harry Potter”, le digo blandiendo el palo en el aire. Daniel se ríe, me lo quita de la mano con urgencia y lo agita como si fuera una espada y no una varita mágica. Luego me dice: “Ete pampoco”.

Recuerdo un relato de Lydia Davis en el que una madre habla así de su bebé: “Mira la ventana con interés, serio. Mira un cuadro y sonríe. Es difícil saber qué significa esa sonrisa. ¿Le gusta el cuadro? ¿Le divierte? No, comprendes enseguida que sonríe al cuadro por la misma razón que te sonríe a ti: porque el cuadro lo está mirando”.

Y me pregunto si Daniel no estará esperando que alguno de esos palos que coge del suelo lo mire de una forma especial para poder decir “Ete sí”, un amor a primera vista entre el niño y el palo.

HERNIA DE DISCO (III)

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(…)

Ahora, pasado el tiempo, ni puedo ni quiero escribir sobre la desesperación de entonces. Solo decir que durante unos días me dejé morir, sin comer ni beber, con los ojos cerrados para aislarme del mundo, hasta que una mañana el sol fue de nuevo el sol, coincidiendo con un dolor en el pie que me faltaba. “Es el miembro fantasma”, dijo el doctor, y me explicó que cada parte de nuestro cuerpo tiene una réplica en el cerebro y que era allí donde me dolía. Vamos, que una delegación de mi pierna, a modo de idea platónica, iba a hacer de las suyas en el cerebro, que no en la realidad, y así, en mis sueños y fantasías yo podría correr y brincar y, dado el caso, hasta rascarme si me picaba la pierna que no tengo.

Abandoné la habitación 1126 por mi propio y único pie, sin pierna derecha y sin vesícula, apoyándome torpemente en las muletas. Y para darme ánimos me decía que mi YO, ese reducto de la personalidad que da unidad a nuestro ser, seguía siendo el mismo, aunque no pude evitar la sensación de que yo era un hombre venido a menos, un hombre menguado. Y una vez más tuve que imitar la voz grave de mi padre: “Compórtate como un hombre”, para abandonar el hospital y salir a la vida.

Dejé mi trabajo de representante de comercio y me esforcé en adaptarme a mi nueva condición de lisiado. Con la indemnización que me dio el hospital, Lola y yo podemos vivir sin agobios y hasta permitirnos ciertos lujos que antes no podíamos, aunque yo preferiría seguir con mi pierna de verdad y no con esta pierna virtual que aún añora patear con rabia las piedras de la calle y, para que nos vamos a engañar, alguna que otra cabeza.

Pero no es de mi vida de minusválido de lo que quiero hablarles, sino de lo que me ocurrió a los tres meses de la operación, cuando tuve que volver, por un motivo que ya ni siquiera recuerdo, a la consulta de mi doctora en el ambulatorio. Allí seguía ella, detrás del ordenador, como si no hubiera pasado el tiempo, con la misma expresión triste de la primera consulta. Hasta que empezó con el ritual acostumbrado, también esta vez sin mirarme apenas a los ojos, también interrumpiéndome en mi exposición.

—Veo en su historial que le amputaron la pierna derecha, y que fue todo un éxito, que no hubo complicaciones —lo dijo sonriendo, como si me invitara a celebrar mi suerte.

Me la quedé mirando para dar tiempo a que su memoria empezara a actuar, pero por su expresión deduje que pensaba que yo era una especie de tarado al que habría que repetirle las cosas. Aquella mujer no recordaba nada de nuestra conversación de hacía  un año. Entonces imaginé que me lanzaba a por ella y la estrangulaba y le metía la cabeza en el ordenador, mientras le gritaba un ominoso y fracasado pareado “Hija puta, al final te saliste con la tuya”. Pero no hice nada de eso, sino que levanté las muletas y claudiqué con un movimiento de aceptación. Ella parecía muy satisfecha de que los datos concordasen con la realidad. Pero al instante, al mirar de nuevo al ordenador, la sonrisa se borró de su boca.

—Aquí dice que también un brazo —dijo con gesto de extrañeza, mirándome mis dos extremidades superiores, que aún seguían con las muletas en vilo.

—¡¿Un brazo amputado?! —grité.

—Efectivamente —afirmó la doctora dando un respingo, asustada por mis gritos.

—¡Ahora un brazo! —volví a gritar mientras me levantaba del asiento y empuñaba amenazante la muleta de la mano derecha.

La doctora se parapetó detrás de su ordenador, abrazada a él, encogiéndose, como si temiera que yo fuera a descargar finalmente un golpe sobre ella. Y aunque ganas me dieron de liarme a muletazos con la doctora y su cómplice, bajé la muleta que tenía alzada y, afianzando luego las dos bajo mis axilas, salí de la consulta como alma que lleva el diablo, despertando el asombro de cuantas personas encontraba a mi paso, y por un momento deseé que mi única pierna no dejara de correr y me transportara, como aquella pata de palo del cuento de Espronceda, con furibunda velocidad en un viaje sin fin.

Aquella misma tarde me apunté a la sociedad médica privada VITALUZ. Y no lo hice porque todos sus empleados, desde los médicos hasta los celadores, derrochen una amabilidad meliflua y exhiban una sonrisa de anuncio de dentífrico con fondo de hilo musical, ni porque aspire a una habitación privada en caso de tener que volver a ingresar en el hospital, ni porque crea en la excelencia de su medicina. No, nada de eso. Es solo que tengo la esperanza de que en el disco duro de sus ordenadores no esté aún escrito mi destino.

FIN

                                                

HERNIA DE DISCO (II)

 

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(…)

Entré en el hospital por mi propio pie. Al final no me iban a practicar la litotricia, sino que me extirparían la vesícula. La “puta Vesi”, dije en algún momento, y me dio un retortijón. Quizás fuera una coincidencia pero interpreté que “La Vesi” se había enfadado, y desde entonces me cuidé de no insultarla, por si acaso.

Me llevaron a la habitación 1126, es decir planta 11, habitación 26, y me asignaron la tercera cama, la única que quedaba vacía, al lado de la ventana. Las otras dos estaban ocupadas por un diabético y por un enfermo de riñón, y los acompañaban su mujer y una hija respectivamente. Al ponerme el pijama con el anagrama del hospital, me convertí en un paciente oficial. Mis ropas quedaron arrebujadas en una bolsa de plástico que guardamos en mi taquilla. La operación que me iban a realizar era una operación menor, dijeron. Y al día siguiente, si todo marchaba bien, podría irme a casa. Era una suerte que todo fuera tan rápido, pues tenía una larga experiencia de cuando mis padres estuvieron ingresados en los últimos días de su vida, y conocía la rutina marcada por las comidas, los controles de temperatura, orina y sangre, por el goteo incesante de pastillas de todas las formas y colores. Sí, el tiempo detenido, y la vida circulando afuera en la calle, vienen las visitas, preguntan qué tal, te cuentan y se van, y tú, paciente, nunca sabes si fue ayer o hace dos días la última vez que vinieron a verte, y suerte la de aquel que puede andar y aventurarse como alma en pena arrastrando el artilugio del suero por el laberinto del hospital, aunque es como ir a ningún sitio, porque allí todo parece lo mismo, la misma planta, las mismas habitaciones.

Como la operación estaba prevista para las ocho de la mañana, y tenía que estar en ayunas, aquella noche cené bien y luego, cuando Lola y las otras dos mujeres se pusieron a hablar, me coloqué los tapones en los oídos. Las veía mover la boca y, con gestos que simulaban dolor, llevarse las manos a distintas partes del cuerpo. Yo sabía que estaban compitiendo por establecer la gravedad de las dolencias o de las operaciones que habían padecido ellas o sus familiares cercanos y no tan cercanos. Pero el tranquilizante que me dieron en la cena debió de hacer pronto su efecto, pues no recuerdo más.

Me despertó muy temprano un auxiliar, quien, después de rasurarme el vientre, me pidió que pasara a ducharme. Luego, en la misma cama me llevaron hasta el quirófano. No me gustan los hospitales, desde ninguna perspectiva, pero mucho menos desde la camilla, mientras me paseaban por los pasillos y me bajaban en el ascensor de camino a una sala donde aguardaban mi llegada unos individuos enmascarados, con artilugios de descuartizar en las manos. Recordé aquel día de mi infancia en que me quitaron las amígdalas y las vi en el fondo de un cubo embadurnadas de sangre como si fueran los ojos enormes de un pescado, y las palabras de mi padre antes de entrar: “Compórtate como un hombre”. Así que cuando llegó mi turno, antes de entrar, imitando para mis adentros la voz grave de mi padre, me dije “Compórtate como un hombre”.

Cuando medio desperté de la anestesia, Lola me estaba mirando. Su sonrisa era forzada, como si intentara reprimir las lágrimas. “Lola, mujer, si sólo es la vesícula”, le quise decir, pero las palabras parecían apelmazarse en mi lengua de trapo. El cirujano jefe se encontraba a su lado. Quizás fuera el efecto de la anestesia, pero juraría que su ojo derecho se mostraba compasivo, en sintonía con la expresión de Lola, no así el ojo izquierdo, severo y profesional, acentuado por una ceja altiva.

—¿To io bie? —creo que logré decir.

A Lola le empezaron a temblar los labios. El cirujano le puso la mano en el hombro para tranquilizarla y por un momento pensé que era él quien iba a hablar, pero no le dio tiempo. Lola se arrojó sobre mi pecho, deshecha en lágrimas.

—Ha habido un error —dijo por fin, sin dejar de llorar.

 La agarré por los hombros apartándola de mí, y luego levanté su barbilla para mirarle los ojos.

—¿E ase e eor? —pregunté.

Ella me miró como si yo necesitara un exorcismo.

—La… la pi… la pierna —pudo decir entre sollozos.

—¿E asa erna? —dije mientras apartaba las sábanas y empezaba ya a mirar de cintura para abajo.

Su respuesta no me llegó. No fue necesaria. Descubrí que mi pierna derecha terminaba a la altura de la rodilla, vendada de tal forma que parecía una pieza de jamón empaquetada, y después el vacío ¿Dónde estaban mi pantorrilla y mi pie? Pensé que todo era un sueño, un efecto de la anestesia. Comencé a palparme con la mano por encima de la pierna, por su límite y alrededores, no fuera a ser que yo hubiera adoptado una mala postura y lo que faltaba de pierna estuviera escondido, oculto en algún pliegue de la cama, entre el barullo de las sábanas. Y mientras buscaba miré a Lola y al doctor, y por la forma en que me observaban, tuve que rendirme a la evidencia: me habían amputado la pierna. “Un error fatal” dijo el doctor, ” la pierna amputada tenía que haber sido la del diabético de su habitación, que tiene el pie gangrenado”.

Continuará

HERNIA DE DISCO (I)

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Todo empezó con un dolor agudo en la parte superior del vientre, seguido de vómitos. Al principio no le di mucha importancia, pues pensé que se trataba de la astenia primaveral —a la que soy propenso—, que, aburrida de presentarse siempre con la misma cara, flaca y descolorida, me sorprendía esta vez con una entrada espectacular, pero que muy pronto el dolor cedería. Estaba equivocado. Tomé poleos y manzanillas de todas las clases y pastillas para los gases, e incluso recurrí a prácticas vergonzosas que carecían de rigor científico, como restregarme una especie de champiñón asiático por el abdomen, según recomendación de una prima de una amiga de una vecina del quinto piso. Solo cuando el padecimiento me resultó insoportable por su intensidad y frecuencia, y después de una gran bronca con Lola, mi mujer, que aludió con mucho retintín al valor del “sexo fuerte”, acepté ir al médico del ambulatorio.

Me recibió una doctora sentada a una mesa, enfrascada en la contemplación de la pantalla de un ordenador. Era una mujer menuda, de expresión triste, aunque quizás solo era cansancio. Después de pedirme que me sentara, se aseguró de que mi nombre coincidía con el que aparecía en pantalla, y me miró por un instante, el tiempo justo para preguntarme por el motivo de mi visita. Luego, mientras describía mis síntomas, ella asentía con la cabeza tan pronto mirándome a los ojos como a la pantalla. Y como yo dejaba de hablar cada vez que ella dejaba de mirarme, me dijo por fin: “Continúe, continúe, que le escucho”.  Y seguí de mala gana, pues no me gusta hablar cuando no me miran a los ojos.

De pronto, me interrumpió en mitad de mi discurso, levantando la mano y frunciendo el morro como un ratón que venteara el aire.

—Un momento… —dijo—, aquí pone que a usted le amputaron la pierna derecha en el 98 —y se quedó esperando mi respuesta, con el gesto en vilo, como si hubiera encontrado por fin el rastro del queso.

—¿Una pierna? … ¿amputada?… Es un error.

—Pues aquí está escrito —dijo mirándome como si realmente yo le hubiera robado su queso.

No me gustó ese gesto de desconfianza, pero preferí tomarlo a broma.

—Pues estará escrito, pero mire… —y me levanté para marcarme un zapateao flamenco—. ¿Lo ve? Dos piernas.

Ella se incorporó sobre la mesa para observar mejor mis evoluciones, pero sin borrar esa expresión de incredulidad. Entonces ejecuté unos pasos de claqué a través de la consulta, remangándome los pantalones con las dos manos, como una folclórica su traje de faralaes, para mostrar mis pantorrillas blancas y peludas, sin trampa ni cartón, ni prótesis. La tensión de la duda se reflejaba en su rostro: ¿a quién había de creer?, se estaría preguntando, ¿a este tipo con el pantalón remangado y jadeando por el bailecito o al imperturbable y objetivo ordenador? Opté por quitarme los pantalones, pero, cuando ya estaba desabrochándome el cinturón, me dijo, con un gesto displicente de su mano, que no era necesario llegar a ese extremo.

—Le creo, le creo —gritó, aunque aún siguió durante unos segundos con la mirada fija en la pantalla, mordiéndose el dedo índice de la mano derecha, las cejas hacia arriba— Está bien, siéntese y volvamos a sus síntomas —dijo por fin.

—Sí, pero antes borre ese dato —le dije con firmeza. No quería, en el futuro, volver a pasar por ese ridículo trance.

—Lo borraré, no se preocupe, pero todo a su tiempo. Primero he de averiguar por qué aparece esta información aquí. Los ordenadores — soltó un risita —todavía no escriben solos, alguien ha tenido que hacerlo. Lo más probable es que al pasar su expediente al archivo en el disco duro, se haya cometido el error, aunque es extraño… ¿Seguro que usted no ha sufrido algún percance en esa pierna, por leve que haya sido?, porque no es lo mismo inventarse un dato que tergiversarlo.

Lancé un largo y profundo suspiro para que mi impaciencia se diluyera en él.

—Está bien, no se enfade, ya le he dicho que lo borraré. Pero no ahora. Requiere un proceso. Algunos datos están bajo clave. Y es bueno que así sea, para protegerlos de nuestra impericia, o para evitar que cualquiera los pueda manipular. ¿Comprende?

—Comprendo, pero no parece que dé buenos resultados, ¿no? Además, ustedes les prestan más atención a estos cacharros que a los propios pacientes.

—Tengo que reconocer que a veces tienen sus fallos, y que ahora que estamos sin enfermeras nos complican un tanto la vida. También es cierto, como usted dice, que pueden actuar de barrera entre el médico y el enfermo. Pero todo es acostumbrarse, y las ventajas son innumerables. Piense en cómo las bases de datos facilitan las estadísticas para luego realizar estudios que ayuden al Ministerio de Sanidad a tomar decisiones.

—Pues en las estadísticas de piernas amputadas ya hay un error, que yo sepa. Aunque usted me dirá que ese error es despreciable y en nada afecta a la media nacional de piernas amputadas.

 La doctora se rio francamente por primera vez.

—Le prometo que lo borraré, quédese tranquilo. Y ahora, por favor, siéntese y volvamos a al motivo de su consulta.

Repetí otra vez mis síntomas y respondí a sus preguntas: sí, tenía flatulencias, y a veces fiebre, y el dolor me llegaba hasta el brazo o el hombro; la orina era negra y las heces blanquecinas. Luego la doctora miró a la pantalla, dubitativa, como si le pidiera disculpas, sonriendo, quizás dándole a entender que la separación apenas iba a durar unos segundos, que no se impacientara. Por fin, se levantó, me pidió que me abriera la camisa y que me tumbara en la camilla. Mientras palpaba mi abdomen asentía con la cabeza. Después me miró el blanco de los ojos. “Puede vestirse”, dijo, y volvió a su silla. Yo juraría que al sentarse dio una palmadita de afecto al ordenador por haberle hecho esperar,

—Todo parece indicar que es la vesícula. Vamos a hacerle una ecografía para asegurarnos. Probablemente baste con una litotricia.

¿Litotricia? No soy un hombre muy culto pero sé que “litos” significa piedra. A poco que hubiera pensado, me habría sido fácil descifrar el sentido de aquella palabra, pero cuando uno va al médico, y más si se es aprensivo como yo, retorna a un estado de infantilismo supremo y concede al médico la categoría de padre todopoderoso.

—Lito… ¿qué? —dije.

—Es una técnica que, utilizando ondas de choque, rompe las piedras de la vesícula. Nada, muy sencilla.

Sí, muy sencilla, pero aquellas palabras: ondas, choque, rompe, piedras, me recordaban las obras en un edificio. En este caso, era mi edificio, tal vez ya con goteras y grietas, pero mío al fin, mi morada desde que vine al mundo. Y ya se sabe, se empieza por un tabique de nada y se acaba con la demolición del edificio entero. Empecé a sudar copiosamente, y ya no quise preguntar más. Tomé sin rechistar el volante para la ecografía —que había escupido la impresora conectada al ordenador—, una hoja con recomendaciones dietéticas, y salí de la consulta farfullando un “buenas tardes” lastimero que la doctora me devolvió mirando fijamente a los ojos extraplanos y cristalíquidos de su ordenador.

De vuelta a casa, a pesar de las explicaciones de la doctora, fui pensando en un tumor maligno devorando ya todo el cuerpo, apenas unos días de vida, ¡qué digo días!: horas, minutos, segundos.

—Ni que hubieras visto un fantasma —me dijo Lola cuando me vio aparecer por la puerta, pálido y encorvado.

—Como que tengo una litotricia —dije.

CONTINUARÁ…

Turismo rural en los tiempos del coronavirus

CASA RÚSTICA

—¿Por qué esta casa en este pueblo abandonado? ¿La encontraste en casasenruinas.com? Desde luego, aquí no va a venir el virus a buscarte.

—Es justo lo que quería, un lugar fuera del mundo. Una casa que se parezca a nosotros. A lo que somos ahora. Pero nada tiene que ver con el virus. El virus fue la excusa, la oportunidad.

—Vamos, no te pongas melodramática.

—Así que el señor no tendrá wifi, ni agua caliente, ni aire acondicionado… Nada de nada, el saco para dormir, y este infiernillo de gas que me he traído, y una linterna y velas para cuando oscurezca, y esa pequeña nevera. La tienda más cercana está a veinte kilómetros. Es desde allí desde donde te llamé.

—Supongo que al menos habrá un espíritu vengativo que ronda por el pueblo y que en cualquier momento se nos va a aparecer para hacernos compañía.

—Quién sabe. A lo mejor hay uno, y me posee y luego te corto la cabeza con un hacha, porque seguro que habrá un hacha por algún lugar, y después me cuelgo de una viga en el cobertizo.

—Joder, ya salió la escritora. Así que has venido a escribir un relato de terror. Para eso no me necesitas a mí.

—No vas muy descaminado. De niña mis mejores amigos tenían un pueblo donde pasar las vacaciones y luego venían contando aventuras con palabras extrañas y mágicas para mí, como alberca, tordo, azada…; amigos que corrían libres sin la vigilancia de los padres. Y de mayor siempre he querido escribir un relato rural, quizá para librarme de esa falsa añoranza, pero me di cuenta de que no tenía ni puta idea de ese mundo sobre el que pretendía escribir. Puedo reconocer algunos árboles: el pino, el sauce, el olivo y… para de contar, los demás son simplemente “árboles”. Y así con todo. ¿Qué es un otero, qué una majada? En fin, que no siempre la imaginación puede sustituir a la experiencia.

—Ahora, con internet, el mundo entero está a tu disposición. No necesitabas venir a este pueblo fantasma.

—El mundo de internet no es el mundo. Aun así, lo intenté, pero resultó un relato artificioso, como si hiciera bricolaje con las palabras siguiendo las instrucciones de un manual. Un relato sin alma. Yo quería un relato que oliera a estiércol y a gorrino, que los vientos lo azotaran, que latiera el instinto animal, la salvaje naturaleza. Por eso vine aquí.

—Pero yo no veo ni gorrinos ni estiércol.

—Tú siempre tan literal. Y siempre escondiéndote detrás de tus chistecitos. Que no los veas no quiere decir que no estén de alguna forma. Lo importante es la atmosfera… Pero más que rural me estaba saliendo un relato brutal, violento, donde los personajes se liaban a tiros por unas lindes de mierda, aunque lo importante no eran las lindes sino el honor que había en juego, la dignidad. Mi dignidad, cabrón, porque me hiciste daño y quería convertirte en personaje y hacerte sufrir, y quizás matarte.

—¿Y entonces?

—Entonces me di cuenta de que el relato también era una excusa, una forma de huida, y ya no quiero engañarme ni huir. Ni quiero que tú huyas, que te conformes. Por eso te llamé. Para que estemos solos los dos, sin comodidades ni pantallas que nos distraigan, sin noticias del exterior. A ver cómo salimos de esta.

—Estupendo plan: un verano de okupas.

—En esta casa no nos va a quedar más remedio que matarnos o querernos. Bueno, también puedes dar media vuelta y largarte. ¿Qué me dices?

—¿Solos y sin mascarillas?

—Eso es, sin mascarillas.

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—Buenos días. Lo sentimos mucho pero no pueden quedarse aquí.

—¿Qué daño hacemos, señor agente? Mi novio y yo no molestamos a nadie. Y la casa está abandonada.

—Y mi compañero y yo, señorita, solo cumplimos con nuestro deber. Mañana vendrá gente de la tele a grabar. Y antes de que me pregunten que por qué ellos sí, les diré que tienen autorización.

—¿Algún documental sobre la España vacía?

—No, señor. Es una película de terror. Va de una pareja que se refugia en una casa abandonada huyendo de una pandemia y con el fin de reconciliarse. Así matan dos pájaros de un tiro. El guionista debe de ser más gilipollas que la pareja. El caso es que en el pueblo habita un espíritu lascivo que se tira…

—¡Cojones, Marcelo, no te metas donde no te llaman y no hagas spoiler!

—Bueno, lo dicho: que tienen que irse. Esta tarde nos daremos otra vueltecita y no les queremos ver por aquí. Que tengan un buen día.

La rebelión de los personajes

Sherlock Holmes foto Eloy

Los escritores, que son muy dados a hacer literatura de la propia literatura, dicen que en ocasiones sus personajes se les “rebelan”, que se oponen al destino que ellos como creadores les quieren trazar. Dicho así parece que tal afirmación esconde un asunto de brujería, que por un acto de magia los personajes cobran vida y la viven a su antojo. En realidad el asunto no tiene mucha enjundia, pues el escritor no puede desdecirse de ese personaje que ha ido creando desde el momento en que la página en blanco dejó de serlo. Palabra a palabra, línea a línea, el escritor va construyendo su personaje, dotándole de una determinada personalidad, con todo lo que ello supone: emociones, sentimientos, actitudes, motivaciones… De tal forma que el escritor, para que su obra resulte coherente y verosímil (no confundir verdad con verosimilitud, ni lo verosímil en la realidad con lo verosímil en una obra de ficción), deberá adecuarse a esa personalidad a la que ha ido dando forma.

Así, por ejemplo, si un día el escritor se levanta profundamente deprimido porque su equipo de fútbol ha perdido la final de copa contra el eterno rival por tercera vez consecutiva, por un penalti injusto, y no puede evitar que este estado de ánimo suyo contamine la escritura y decide que su personaje, un tipo de temperamento luchador, optimista y sin razón aparente para no querer vivir, se arroje a la calle desde el balcón, no será de extrañar que este se aferre a la barandilla cual simio en rama y le pida al escritor que sea él quien o bien se lance al vacío o cambie de equipo. Y si pese a los ruegos del personaje el escritor sigue emperrado en rematarlo, debería volver atrás en la escritura y reescribir el texto para que su comportamiento no resulte tan arbitrario como el penalti que causó la depresión del escritor. De no hacerlo así, además de matar al personaje, matará al lector.

Un caso ejemplar de a dónde puede llegar la rebeldía de un personaje, lo tenemos en Sigue leyendo

Cenizas

EL TEIDE

Las cenizas de la abuela viajan con nosotros dentro de una urna. Papá quiso meterlas en una bolsa del Hipercor. Decía que era más cómodo para llevarlas en el avión y que a la abuela no le importaría porque la abuela siempre fue muy bromista y nada solemne. Pero mamá dijo que no le parecía medio normal. Mamá nunca dice “normal”, siempre dice “medio normal”. Es una manía que tiene. Al final mamá se salió con la suya y la abuela viene en la urna. La abuela nació en Tenerife y pidió a papá que cuando muriera esparciéramos sus cenizas por la isla, con vistas al Teide, cuando fuéramos de vacaciones, y que no estuviéramos tristes. La abuela siempre estaba riéndose, y habría vivido mucho más tiempo si no hubiera sido por el cabrón del coronavirus.

Es la primera vez que voy a cruzar el océano en avión y me molesta tener que llevar todo el rato la mascarilla puesta porque el bicho del coronavirus también puede estar dentro y viajar con nosotros hasta Tenerife. Papá me dice que soy un quejica, y que me imagine que soy un piloto de combate que lleva puesta la máscara de oxígeno. Se cree que sigo siendo un niño y que cualquier bobada vale para convencerme.

Alquilamos un coche en el mismo aeropuerto de Los Rodeos. Papá le pide a mamá que conduzca ella, porque él va a hacer de guía turístico. Cuando dice “turístico” se ríe y ya sabemos lo que nos espera. Durante la cuarentena papá leyó mucho y ahora estoy seguro de que se va a hacer el listillo.

Ya estamos los cuatro en el coche, al fin sin mascarillas, y circulamos por la carretera que nos llevará al Teide. Papá sacó a la abuela de la maleta y la lleva ahora sobre sus piernas en el asiento del copiloto. Quiere que también ella escuche lo que va a explicarnos. Pobre abuela. Papá va señalando con un dedo el paisaje que nos rodea y dice que el pino canario es un ejemplo de resistencia porque aguanta altísimas temperaturas, y que después de los incendios vuelve a crecer, y que yo debo intentar ser como el pino canario, resistente ante las dificultades de la vida. Dice que la abuela fue un pino canario. Ya te digo, un plasta. Recuerdo que durante la cuarentena, cuando me daba clases de matemáticas y yo me equivocaba en las operaciones porque me distraía todo el rato, me llamaba alcornoque. Me dan ganas de decirle que no puedo ser un pino canario porque soy un alcornoque.

Vaya matraca la de papá. No puedo retener tanta fauna ni tanta flora, ni tanta geología, pero algunos nombres se me quedan: lagarto pinzón, violeta del Teide, bosques de laurisilva, tajinaste rojo… Me gusta cómo suena ta-ji-nas-te, es una planta alargada que se parece al gorro del mago Merlín. También dice que en esta isla no hay animales dañinos, y que hasta los escorpiones han perdido su veneno. Por el tono en que dice “veneno” sé que es una indirecta que me lanza. Esta vez no me callo, le digo que no mola nada que los escorpiones hayan perdido su arma mortífera porque entonces dónde está la gracia, parecerán simples cangrejos y no orgullosos escorpiones.

Seguimos subiendo por la carretera y de pronto las nubes están por debajo de nosotros. En ese mar de nubes es donde se forma la lluvia horizontal, explica papá, y yo me imagino a la gente con los paraguas estirados a la altura del pecho, como escudos. Papá se ríe de la ocurrencia y entiendo que la lluvia horizontal es otra cosa, pero no pregunto porque ya sé cómo terminan sus explicaciones. Se las apañará para compararme con la lluvia, y yo saldré perdiendo.

Llegamos al Parque Nacional de las Cañadas del Teide y es como caer en otro planeta. Mamá, para reírse de papá, se adelanta a lo que supone que él va a decir y comenta, con voz de vendedora telefónica, que nos hallamos en terreno volcánico y que el Teide es un volcán dormido. “Pero que puede despertar en cualquier momento”, dice papá, y lo dice de una manera que parece que nos está amenazando. Es de risa cuando se pone así. Mamá le dice entonces que parece más crío que yo. Si la abuela pudiera hablar, también le daría caña.

Desde el Parador, la vista del Teide es impresionante. “La morada de los dioses para los guanches, antiguos pobladores”, dice papá, y aunque la mascarilla le tapa la boca, sé que sigue con el morro ofendido. Mientras esperamos en recepción, continúa con su rollo. Mamá me dice por lo bajo que son los nervios. Nos cuenta que Nëil Amstrong, el primer hombre que pisó la Luna, estuvo en este lugar, y que aquí trabajaba entonces una recepcionista a quien pusieron de nombre Luna porque había nacido el mismo día en que el astronauta pisó el suelo de nuestro satélite, y que recepcionista y astronauta se abrazaron emocionados. Como papá está muy ñoño últimamente, pienso que es una fantasía cursi que se acaba de inventar inspirado por este paisaje lunar que nos rodea, pero luego me entero de que es verdad.

Hemos dejado las maletas en la habitación y salimos del Parador. Nos ponemos a andar de cara al Teide. Por fin papá guarda silencio. Está serio y lleva a la abuela agarrada con las dos manos, apoyada sobre su pecho, mamá y yo lo seguimos. Cuando decide que nos hemos alejado lo suficiente, se detiene, nos mira a mamá y a mí, abre la urna y, después de besarla, la vuelca para ir esparciendo las cenizas. Ya está la abuela donde quería, y en primera fila. Papá, mamá y yo nos abrazamos, y pienso que a lo mejor un día el volcán despierta y las cenizas que la lava va dejando a su paso se funden con las cenizas de la abuela.

Redención

La piel

1994. Zaragoza capital. Sergio es un joven de quince años enamorado —aunque quizá la palabra “enamorado” no sea la más adecuada— de una joven punki de dieciséis (nunca sabremos su nombre). Estudian en distintos institutos y viven en distintos barrios: Sergio en el humilde extrarradio, la joven en una urbanización de chalés de lujo. Se conocieron en el antro que frecuentaban los viernes, un garito cuya puerta de entrada imitaba la boca de un demonio. Sergio lleva el pelo largo y camisetas de Iron Maiden. La joven viste zamarra vaquera y mallas ajustadas, no tiene amigas, no se maquilla, no disfruta con la ropa, no se peina sus rizos negros que crecen enredados, no se depila, tiene cicatrices en el brazo izquierdo.

No es que a Sergio le entusiasme la chica, pero se fija en ella porque sonríe mucho, y los punkis no sonreían casi nunca, siempre estaban enfadados. Guiados por la inercia que, casi sin quererlo, lleva a dos seres solitarios a unir sus destinos, Sergio y la joven punki inician una relación. Sergio experimenta las sensaciones del primer beso, ese beso que activó la piel dormida desde la última vez que mi madre me embadurno el pecho de Vicks VapoRub, e ira descubriendo el territorio de la sexualidad, con una torpe mezcla de timidez y ansia.

El romance, o lo que fuere, continúa hasta que ella le explica que las cicatrices en su brazo izquierdo se las hizo al intentar grabarse con una navaja suiza el nombre de Sid Vicious, el cantante suicida (o algo así) de los Sex Pistols. En ese momento, aunque intenta imitar la compostura de quien está por encima del bien y del mal, Sergio huye del alma de la chica —si es que alguna vez estuvo allí— para quedarse en la fría superficie, y, después de transformarse en un señor inquisidor, imagina cómo han de sentirse los padres de ella, quienes no dejarán de preguntarse qué ha fallado en la educación de la hija si le dieron todos los caprichos. Y de pronto, a la mirada censora de Sergio todo en la joven le parece desagradable: poco femenina, antipática antes que tímida. Y así, un día, con una miserable sugerencia de Sergio, la historia llega a su fin.

2020. Sergio tiene cuarenta y un años. Sigue viviendo en Zaragoza, en un edificio de la plaza donde tuvo lugar el primer beso. Ahora anda enfrascado en la escritura de un libro sobre el tema de la piel (Sergio padece de psoriasis), y en el capítulo que titula “La Edad Media de la piel” decide recordar aquel período de su adolescencia, para dejar constancia –y de alguna manera redimirse— del desprecio que siente por aquel imbécil de quince años que no supo apreciar la maravillosa individualidad de su joven princesa punk.

Estas son unas conmovedoras líneas de ese capítulo:

“Tal vez fuera mucho pedirle a un pedazo de imbécil de quince años atontado por el cine y la televisión que apreciase la belleza de lo singular y salvaje, ese pequeño triunfo de la voluntad que era ella, tan morbosamente chicazo, tan libre de cualquier manada y tan despectiva de cualquier modelo de conducta o plan de futuro. Tuve en mis manos una flor silvestre y la desprecié porque quería un rosal como los que había visto en los escaparates de las floristerías (…) Fui con mi princesa punk tan zafio, violento e ignorante (…) Ciego por las cicatrices de Sid Vicious, no entendí ni intuí la enorme delicadeza de una chica solitaria, dolorosamente consciente de su individualidad, separada del grupo como un ñu rojo. Ese simulacro suicida de escribirse en el brazo el nombre de alguien tan desgraciado como ella misma, que había alcanzado con la muerte la forma más sublime de singularidad. Esa valentía de no parecerse a las series de la televisión, pero tampoco a los nietos de los que perdieron la guerra civil, con quienes tal vez se compartía una estética, pero rara vez una ética, porque la suya era corporal y silenciosa. Una mujer ya libre en una edad en la que todos, yo el primero, vivíamos prisioneros de las morales de las teleseries y de las revistas juveniles. También me asustaba esa libertad, la forma en que me animaba a descubrirla, cómo guiaba mis manos por los pliegues que no me atrevía a tocar y la delicadeza con que escarbaba en los míos. No eran esos movimientos los de alguien acomplejado por su peinado o el vello de su cara. Hasta la manera en que me enseñó y me explicó las cicatrices del brazo denotaba una seguridad impropia de lo que éramos y de lo que hacíamos. Yo he tardado muchos años en aceptar mi cuerpo enfermo y dolorido con la misma alegría con que ella aceptaba ya entonces el suyo, por lo demás perfecto y bellísimo.

Si la recuerdo ahora es porque no puedo volver atrás para darme una paliza o escupirme a mí mismo en la cara. Se cuentan estas cosas como sucedáneo del látigo, para que quede constancia, al menos, de lo mucho que desprecio a ese pedazo de imbécil, quince años juncales, bueno para nada. Me avergoncé de mi princesa punk, a la que ya ni siquiera llamaba así (simplemente, la tía esa con la que me enrollo hasta que salga algo mejor), cuando era ella la que debía sentir una vergüenza enorme de mí.

Todo acabó la tarde en que me atreví —dios mío, cómo fui capaz de decirlo en voz alta— a sugerirle que había métodos —cera, maquinilla— para eliminar esa sombrita que afeaba su labio superior, y que a Sed Vicious, allá en el cielo de los punkis, no le importaría que peinase, un poco de vez en cuando. Me miró sin rabia. No respondió. Había en sus ojos una tristeza resignada e infinita. Tal vez había visto en mi algo que ni yo mismo veía y creyó en algún momento que podía entenderla. Algo hice o dije que le había dado esperanzas de encontrar en mí a esa persona que no juzga, que acompaña, que no quiere transformar a los demás en lo que no son y que disfruta paseando por jardines esteparios de piedra y cactus sin sentir jamás complejo de jardín inglés y sin empuñar nunca las tijeras de podar. No dijo nada y me miró unos segundos que bastaron para darme cuenta de la barbaridad que acababa de cometer. No lo confieso con ánimo de exculparme, pero me arrepentí nada más decirlo. Ni siquiera me atreví a suplicar un perdón.

Silencio, por favor

Perro escribiendo

Hola. ¿Hay alguien ahí? Soy Sócrates, el perro-narrador de la anterior entrada de este blog: VICEVERSA. Y escribo ahora en señal de protesta porque el cretino del blog se empeñó en darme voz, cuando él sabe que odio los relatos —con excepción de los relatos infantiles— en que los animales hablan, y no digamos cuando son los objetos los que hablan. ¿Has visto esos coches que, estacionados en la calle, llevan un cartelito que dice “Me venden”? ¿No te parece el colmo de la estupidez? “Me venden, llevo 20.000 kilómetros de vida”. Hay que fastidiarse.

Pensarás que me estoy pasando, que me he levantado con mala pata y que por eso digo lo que digo, porque hay buenos relatos en los que el narrador es un animal, o una cafetera italiana, por ejemplo. Sí, no lo dudo. Yo mismo te podría citar algunos buenos relatos o novelas en que el narrador es un colega perro, o una cama que cuenta secretos de alcoba. Pero no pretendo escribir con el rigor del científico, sino con la máxima subjetividad posible: la subjetividad maniática del desahogo; si no, ¿para qué escribir? Y añadiré que, de esos relatos con narrador animal o narrador cosa, odio especialmente aquellos que a la peculiaridad del narrador le añaden un plus de gazmoñería. Así, por ejemplo, el collar de perlas que nos va contando las vicisitudes por las que pasan sus sucesivas dueñas—mortales ellas; eterno el collar— con frases del tipo: “A través de mis cuentas sentía en la yugular de Alfonsina el flujo de la pasión que la embargaba, quedando yo encendido por los celos de no ser el destinatario de tan acendrado amor, pues no era realmente a mí a quien ahora sus delicados y soñadores dedos acariciaban, sino a aquel que vivía en su pensamiento, ese ser de lejanías que era Rodolfo, marqués de Habastiernas”. Sin comentarios.

Un amigo me dijo que no me enfadara, que mejor ser narrador protagonista que víctima en la narración. Lo dijo pensando en esos relatos en los que a nuestros hermanos perros les aguarda un triste destino, como en “El gallinazo sin plumas, de Ribeyro, o en Tobías Mindernickel, de Thomas Mann. O el de la pobre mosca, masacrada, del relato La mosca, de Katherine Mansfield. O el de la vaca de “¡Adiós “Cordera!, de Clarín (no te lleves las manos a la cabeza, no hay error: la vaca se llama “Cordera”; cosas de nuestro Leopoldo, que se nos viene arriba en cuanto le dan alas). Y tiene razón mi amigo, porque si bien ambas posibilidades no son excluyentes —la de ser narrador protagonista y víctima—, yo tuve la suerte de salir bien parado en la entrada del imbécil del blog, pues soy allí un perro perspicaz que con ironía se compadece de su angustiado amo y le da una lección.

Todo esto es verdad, pero no me consuela, porque lo que yo quiero realmente es no hablar, aunque ahora, paradójicamente, necesite hablar para reafirmarme en que no quiero hablar. No deseo formar parte de esta sociedad verborreica que habéis creado, donde la palabra se devalúa y hasta el discurso más tonto tiene sus acólitos, cuanto más tonto o disparatado, mejor. Vuestras palabras os distancian de la realidad, entre lo que decís y hacéis hay un gran trecho. Con las palabras engañáis y os engañáis. Yo no quiero palabras. Que el tonto del blog se busque a otro. Resistiré sus coacciones.

Antes muerto que parlante.

GUAU