Jugando a las casitas

Kent y Barbie

Alba me pide que juguemos a las casitas. Me lo pide “porfi porfi” y no puedo negarme.

Ella va a ser Barbie y yo seré Kent. “Toma”, me dice, y me da un muñeco guaperas con una camisa sin mangas pero con pajarita rosa en el cuello. No sé por dónde andará la chaqueta. A veces también pierde los zapatos. El tal Kent sería un desastre si no fuera por Barbie, que lo lleva como un pincel. Aunque no deja de parecer un macarra con cierto estilo.

Lo primero que le dice Barbie a Kent es que fría unas patatas para cuando venga Cuca del colegio, y que cuando termine de freír las patatas vaya a la compra y después friegue los suelos. El orden de las tareas me parece un tanto aleatorio, pero es que la lógica de los muñecos no se corresponde con la de los humanos. Lo que si le dice Kent a Barbie es que le parece mucho morro que tenga que hacer todas esas tareas mientras ella no hace otra cosa que cambiarse de vestido, probarse zapatos y cepillarse el pelo. Barbie dice que hay que ser fenimista. “Dirás fe-mi-nis-ta”, corrige Kent. “Pues eso: fe-ni-mis-ta”, replica Barbie. Sigue leyendo

Aquella noche de verano con Elvis

Elvis

Tengo quince años y es verano y la noche está estrellada y los pajaritos no pían porque duermen rechonchos y esponjosos en las ramas de los árboles y todavía no existen los ordenadores ni los móviles y Amaranta me ha dejado con la excusa de “te mereces algo mejor”, la muy…, y estoy en la cama escuchando “In the ghetto”, de Elvis, la que era nuestra canción, para macerar mi dolor y a ver si de puro sentimiento se me viene un poema que pueda yo enviarle por carta y golpear en su conciencia, quizá con una velada amenaza de suicidio, unas gotas de sangre como rúbrica, y es entonces cuando me giro en la cama en posición fetal, tal vez para protegerme simbólicamente de la realidad de mierda, en esa cama mueble que es como un libro que se abre por la noches para mí, su personaje, y me voy ahora tan adentro del libro, tan hacía su lomo que el libro se cierra conmigo en su interior, no del todo, claro, porque aunque delgado aún no soy el espíritu que quisiera ofrecer a Amaranta para castigarla con una culpa eterna, tengo un cuerpo, escuchimizado, pero cuerpo al fin, e intento deshacer el giro y volver a abrir mi libro cama, pero no es fácil y mientras tanto sigue sonando “In the ghetto” y dice ahora “el niño necesita que le ayuden o el crecerá algún día para convertirse en un adolescente enojado”, o me parece que dice, pues me ha quedado el inglés para septiembre, y pienso qué cabrón el Elvis, si tiene dotes premonitorias, y sigo con mi intento de girarme, ay, si me viera así Amaranta, tan estrujado como un marcapáginas, y hago presión con todo mi cuerpo, el pie derecho empujando la parte de la cama que apoya en la pared, hasta que lo consigo pasado un rato tan largo como mi pena, agotado, sudando, con dolores en los abdominales y en el gemelo derecho, y de golpe empiezo a llorar y el cabrón de Elvis, otra vez en plan premonitorio, se pone a cantar “Crying in the chapel”, que esta si me la sé aunque no vaya a entrar en el examen de septiembre, llorando en la capilla quiere decir y entonces, como un reflejo que llegara desde algún recóndito lugar de mí mismo, me veo desde arriba, desde lejos, igual que si yo fuera un águila que planeara sobre su víctima: YO, una víctima que ha estado a punto de ser engullida por su cama, adolorida de abdominales y de amores, con una punzada en el gemelo derecho y sudando la gota gorda y Amaranta en fuga, y de pronto ese Crying in the chapel, cabronazo el Elvis, y el llanto que se va transformando en risa, una risa que empieza lenta, como un motor que comenzara a arrancar, y termina en estallidos, en carcajadas, y me llega amortiguada la voz de mi madre desde el otro lado del tabique, que si estoy bien, que si me pasa algo, y yo que no, que estoy estupendamente, y contengo la risa que empuja por salir y los abdominales me duelen más y más y me parece que un perro me muerde con saña en el gemelo y pienso que después de todo la noche ha sido cojonuda, fructífera como diría mi padre, porque esta noche estoy aprendiendo a reírme de mí.

In the ghetto 

Crying in the chapel

 

Una nueva dimensión

Alargapenes

Estoy a punto de jubilarme, y como no quiero formar parte de los grupos del IMSERSO para bailar la lambada en los hoteles de la Costa del Sol, he decidido hacerme actor porno. Así que me he comprado un alargapenes por correspondencia. Se lo dije a mi mejor amigo en el momento en que se  ponía la dentadura postiza, y casi se atraganta. Él me dijo que no solo es cuestión de tamaño, que también hacen falta potencia y resistencia, y un cuerpo medianamente decente y no esta mierda de cuerpo que yo tengo (mi amigo es obscenamente sincero). Creo que tiene razón, pero por algún punto hay que empezar, y afilar y afinar el instrumento es lo primero, le dije. Además, igual pongo de moda el porno senil, pues ya se sabe que todo es cuestión de marketing, de abrir un porno-nicho (así hablan los tipos del marketing, aunque en este caso suene fatal) para la tercera edad. Ya me imagino los títulos: “Macizorras en el geriátrico”. “Míster Viagra con tres nenitas muy calientes”. Sigue leyendo

Esperando al enemigo

Barco pirata famobil

El barco pirata flotaba en las aguas de un mar trasparente, los cañones estaban preparados y los tripulantes en sus puestos, ojo avizor, a la espera del enemigo, cuando de pronto el agua se cubrió de una espuma blanquecina con olor a limones que crecía por momentos, y un trasatlántico, como caído del cielo, avanzaba hacia ellos: no era el buque de guerra que temían, pero supieron que estaban fatalmente perdidos en el instante en que el niño se zambulló en la bañera.

Ulises y yo

Velero

Navegando en un pequeño velero sobre un mar en calma, Ulises y yo, tal vez estimulados por la dorada luminosidad del atardecer y la lejanía del horizonte, comenzamos a fantasear. “Quiero viajar, surcar mares y océanos,  explorar lugares vírgenes”, dije yo.

Ahora, pasados los años, acudo puntualmente a mi trabajo, donde ficho en una máquina que con su cli-cli parece contabilizar las horas que me restan de vida, para luego dejar el táper en la taquilla, vestirme con un remendado traje de explorador y actuar para los visitantes del parque de atracciones, entre leones autómatas, ríos de mentira y castillos de cartón piedra.

El destino de Ulises fue diferente. “El mejor viaje es el viaje interior”, había dicho él aquel atardecer en el mar, segundos antes de ensimismarse. Desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas.

Un poema de Sam Shepard

Sam Shepard

El pasado 30 de julio Sam Shepard, actor, director y uno de los más importantes dramaturgos estadounidenses, murió a los 73 años como consecuencia de la ELA que padecía.

Hoy, en su homenaje y para que te desprendas de los efectos sedantes que quizá provocara el aleteo de la mariposita sobre tu piel tras leer la anterior entrada del blog, ESA TIERNA RIVALIDAD, te traigo un poema suyo, este de brutal ternura. Y, por favor, no le acuses, no nos acuses de violentos, deja a un lado la corrección política y ábrete a la literatura.

La traducción es de Juan Carlos Villavicencio

 

“Si todavía anduvieras por aquí”, de Sam Shepard

Si todavía anduvieras por aquí

Te agarraría

Te sacudiría las rodillas

Te soplaría en ambas orejas aire caliente

Tú, que podrías escribir como una Pantera

Todo lo que se te metiera en las venas

Qué tipo de sangre verde

Hizo que te deslizaras a tu destino aciago

Si todavía anduvieras por aquí

Te destrozaría el miedo

Lo dejaría colgando fuera de ti

Como largas serpentinas

Como jirones de temor

Te daría vuelta

Para encarar al viento

Curvaría tu espalda sobre mi rodilla

Mordería tu cuello por atrás

Hasta que abrieras tu boca a esta vida