Animalitos

zoo

“Me lo ha dicho un pajarito”

Es una frase que acostumbramos a decir cuando no queremos revelar nuestra fuente de información. Esto lo hacemos sobre todo con los niños para crear en ellos la conciencia de que, hagan lo que hagan y digan lo que digan, habrá siempre un pajarito chivato que nos mantendrá informados. Una versión light de un dios omnisciente.

Suerte para el pájaro que es un pájaro genérico, sin identidad, pues de lo contrario todo el mundo querría dar caza a ese pájaro cotilla que no deja de intimidarnos con su piar delator.

Pero lo que hoy me pregunto es el porqué de esa práctica de escondernos detrás de los animales:

“El ratón Pérez te dejó el regalo debajo de la almohada mientras dormías”.

 “Viniste al mundo un 18 de mayo a las tres de la madrugada en el pico de una cigüeña”.

 “ ¿Te ha comido la lengua el gato?”.

 “No fui yo, señor juez, quien mató a mi señora. Le juro que fue el animal que llevo dentro”.

El bufón

Bufón

 El niño de Vallecas (Velázquez, Museo del Prado)

 

FELIZ NAVIDAD A LOS DISCAPACITADOS, QUE SOMOS TODOS

No esperes más, no hay ningún rezagado, esa pareja de japoneses que contempla al histriónico Pablo de Valladolid, a mi izquierda, no son de tu grupo. Los tuyos ya están a tu alrededor, con la mirada fija en mí, esperando que les digas quién soy y por qué estoy en este lienzo de 107×83 cms.

Me miráis y yo también os miro. Mis ojos te seguirán si te mueves. Pero lo que realmente quiero saber es con qué clase de mirada vienes a mí; si es una mirada limpia o es una mirada contaminada por esa información manida que circula de boca en boca, de escrito en escrito, y que dice que soy Francisco Lezcano, un niño de doce años afectado de “cretinismo con oligofrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna”, según textual informe médico realizado con más de dos siglos de distancia desde mi muerte en 1649, y que tal vez te has grabado palabra a palabra en tu mente; es decir, que soy un ser de pocas luces que vivía para divertir al Rey y su Corte, y que gracias tendría que dar, pues así me libraba de una vida de indigente, que es a lo que estábamos condenados los de mi constitución si no fuera por ese papel de bufón que algunos podíamos realizar.

¿Va a ser esa tu mirada? Una mirada que, sin conocerme, te dice que soy un lelo deforme, con una cabeza gorda que apenas puedo sujetar y una pierna de tullido; un enano mental que, gracias a la humanidad de don Diego, fui rescatado de los pozos de la ignominia para que os compadezcáis de mi tara y así sentiros vosotros también más humanos y caritativos; un enano al que el arte del pintor ha puesto a la altura ―disculpa el fácil juego de palabras― de reyes y nobles. Sigue leyendo

Virus

Ordenador pantalla

Ten cuidado, amigo, los virus que circulan por las redes pasan del ordenador a tu cerebro. Allí instalados infectan todo tu comportamiento: repetirás frases triviales, tristes tópicos, embustes, calumnias; comprarás compulsivamente las ofertas que destellan en la pantalla; rendirás culto a la estupidez, a la broma cruel;  insultarás desde el anonimato a todo aquel que piense distinto que tú; alimentarás la ordinariez con tus “me gusta” a discursos-cloaca; tu cara será un permanente emoticón de ridícula felicidad porque el tontovirus quiere desterrar la tristeza pero no lo triste, el sentimiento y no la causa; intentarás hasta la extenuación seguir los consejos de innumerables listas avaladas por expertos de toda índole para que seas el mejor padre y el mejor amante; para que hagas el mejor cocido y el mejor negocio inmobiliario; para que ahorres en la factura de la luz y en las relaciones tóxicas; para mantener a raya tus niveles de azúcar, colesterol, ácido úrico y demás sustancias, y que no te olvides de que eres un laboratorio ambulante con riesgo de explotar… Listas y más listas, manuales simplistas, la caótica y banal enciclopedia de un mundo loco.

Pero yo tengo el remedio para escapar de estos virus que van vaciándote de ti y te convierten en una marioneta, en un bobo ilustrado, es muy fácil, solo tienes que… solo tienes que… tienes que… tienes que…

electro plano

Plastilina

plastilina

En las vacaciones castigué a mi hijo sin ver la televisión por insultar a su hermana. No rechistó y se fue a jugar con la plastilina. Me enterneció verlo tan concentrado, con la lengua asomando por la comisura de los labios, ya mirándome a mí ya a la figura que iba dando forma, intentando una réplica de mi persona: la nariz prominente y la cicatriz que tengo en la barbilla. Cuando terminó, vino sonriente a ofrecérmela, pero al ir yo a cogerla, su sonrisa se tornó siniestra y con rabia hundió un dedo en el pecho de la figura.

Ahora estoy en el hospital. Los médicos dicen que ha sido un infarto, y no les voy a llevar la contraria: no me creerían, y, al fin y al cabo, se trata de mi hijo.

Lógica… ¿infantil?

lógica

―¡Quiero que venga mi mamá a buscarme! ―dice el niño, llorando, a sus profesoras en la guardería.

―Es pronto aún ―le responde una de ellas.

―Tu mamá vendrá después de la comida ―le explica la otra.

Y entonces el niño, con la lógica aplastante de los deseos, grita entre llantos:

―Quiero comer, quiero comer…

ooo

El señor Z está en casa esperando una llamada importante. Se muerde las uñas, va y viene por el pasillo, y cuando ya no aguanta más, deja el móvil en la repisa del cuarto de baño, se desnuda y se mete en la ducha, pues tiene la seguridad de que cuando se halle completamente enjabonado, cegado por el gel y con el vaho escalando azulejos y espejos, empezará a sonar la jovial musiquilla de su móvil.

 

Deshojando la margarita

margarita

El hombre va por la calle pensando en la mujer. De pronto se dice: “Si llego a la parada antes que el autobús es que todavía me quiere”. El hombre y el autobús llegan al mismo tiempo. En rigor, si acepta las reglas que él mismo ha puesto, la mujer no le quiere. Pero decide que esa coincidencia en el tiempo entre él y el autobús se presta a la ambigüedad, así que lanza una moneda al aire. Sale cruz, aunque ahora mismo no recuerda qué significado le ha dado a que salga cruz: ¿significa que le quiere o que no le quiere? El hombre llega a su destino y se baja del autobús. Y cuando ya en la acera se dispone a contar si es par el número de baldosas que lo separan del portal a donde va, lo que supondría, en caso afirmativo, que la mujer le quiere, le suena el móvil en el bolsillo. Lo coge. Es la mujer. “Tenemos que hablar”, dice ella.

 

Ritual

Altar dia de los muertos

Dejé atrás las calles: rostros arrasados por cicatrices, intestinos al aire, cuerpos esqueléticos, deformes, descabezados, desmembrados… Era Halloween y quería llegar pronto a casa para llevar a cabo el ritual. “El que sobreviva al otro… Me lo tienes que prometer”, me había pedido Julia una noche del verano pasado, frente al mar de Acapulco.

Ya en casa, quité del aparador todo adorno y lo cubrí con un mantel blanco para improvisar un altar: cuatro velas encendidas formando una cruz; un cuenco con el incienso; un vaso con sal; las calaveritas de azúcar; y a falta de flores de cempasúchil, un camino de pétalos de rosas amarillas, el amarillo evocador del sol en la tradición azteca; una botella de vino y dos copas, tal y como había pedido Julia; y su foto presidiendo el altar: Julia en la playa, la melancolía en la mirada y un rictus de tristeza en los labios que entonces no acerté a ver. Luego, del baúl de los recuerdos, rescaté a La Catrina, la muñeca que compramos en México, con una calavera por cabeza y cubierta con un emperifollado sombrero de flores y plumas; vestida como dama de la alta sociedad para recordarnos que la muerte nos llega a todos, ricos y pobres.

Fue Julia quien eligió México como destino para nuestra luna de miel. Yo prefería la seguridad de Europa, y ella se burlaba de mis miedos, de mi cerebro racional y prejuicioso, porque le atraía lo desconocido, la incertidumbre, el batiburrillo de creencias que, en su opinión, era señal de apertura mental. Julia creía en los viajes astrales y en la transmigración de las almas. Yo no creía en nada.

Desde la calle me llegaba la algarabía de los siniestros paseantes, y por las escaleras se oía el galopar de la chiquillería pedigüeña que iba de piso en piso,  de casa en casa. Sentado en el sofá, a la sola luz de las velas, con el incienso ya prendido y Catrina a mi lado, solo quedaba esperar delante del altar. Pero esperar ¿qué? Nada en realidad. ¿Quién en su sano juicio puede creer que las almas de los muertos vienen a visitarnos siguiendo el rastro de las ofrendas? Yo no, desde luego, y si cedí a esa superstición fue por la promesa hecha a Julia, un ritual como otro cualquiera para honrar su memoria, aunque mi recuerdo no estaba exento de rabia y resentimiento.

En esa espera sin esperanza, en ese estar allí sentado como un pasmarote, sin saber qué hacer, oficiante de un rito que carecía de todo sentido, recordé los días en México, la pasión con que Julia se sumergía en la vida de aquellos pueblitos del interior antes de ir a Acapulco, no como yo, con un pie en el agua y el otro en la orilla; y el recuerdo del día aciago en que palpé su vacío en la cama al despertar, y luego el aullido de las sirenas a lo lejos, el revuelo en el hotel, el gesto compungido del policía cuando me confirmó la noticia que los agoreros rumores ya habían traído: “… sí, en el fondo del acantilado, ya sin vida”.

Empecé a servirme de la botella de vino, una copa tras otra, hasta que las paredes y el suelo del salón empezaron a desplazarse, junto con el sofá, el aparador… La casa toda parecía andar en fuga, y cuando miré a Catrina, en el intento de enfocar lo que se hallaba más cerca de mí, ella, en una suerte de acto de prestidigitación, dejó de ser Catrina para ser de pronto Julia, quien ahora me miraba con esos ojos luminosos con que me miró aquella noche, antes de desaparecer para siempre de mi vida. Y al instante supe a qué había venido: a dar respuesta a la pregunta que, desde hacía más de un año, me arañaba las entrañas.

―Lo hice porque, después de esos días, ya era imposible ser más feliz ―dijo, deslizando sus dedos largos y pálidos por mis mejillas

Con rabia me deshice de sus caricias para gritarle que había sido una egoísta, que había destrozado mi vida, pero, adivinando quizá mis pensamientos, selló mis labios con un beso y luego me abrazó para acunarme como a un niño necesitado de consuelo, y así, entre sus brazos, poco a poco me fui calmando, en medio del olor a incienso y del juego de sombras que el ondular de las llamas de las velas producía, hasta que el impertinente timbre de la puerta me taladró los oídos y la ensoñación se esfumó.

Tambaleándome en la penumbra, aún obnubilado, fui a abrir. El corazón me latía con fuerza porque temía lo que pudiera encontrar al otro lado de la puerta. Pero allí no había nada temible: frente a mí, dos tiernas criaturas, un Frankestein y una Vampirina, que me miraban desde su pequeña altura con ojos cándidos, enmarcados por la pintura de sus disfraces; azul la de Vampirina; blanco sanguinoliento la de Frankestein.

¿Truco o trato? ―dijeron a coro. Les di un puñado de caramelos y se fueron tan contentos cogidos de la mano.

Tras cerrar la puerta, sentí el alivio de haber vuelto a la realidad, y la tristeza por haber perdido tan de golpe el abrazo de Julia, que aun fantaseado parecía tan real que todavía me temblaba el cuerpo entero. Pero cuando entré en el salón y encendí la luz, no hallé rastro ni de Catrina ni de las calaveritas de azúcar, y en la foto del altar Julia sonreía, una sonrisa leve, apenas una pincelada en su melancolía, pero sonrisa al fin.