Un viejo amigo

 libro abierto

 Hoy, en uno de los arcones del desván, he encontrado un libro que durante muchos años creí perdido. De momento, como si esto que escribo fuera un relato de intriga en el que solo al final se descubre al culpable, no te revelaré su título, porque ciertamente él es el culpable de mi iniciación en la lectura. Y desearía, con solo poner mis manos sobre tus hombros, poder transmitirte la emoción que he sentido al recuperarlo. Porque a veces las palabras no alcanzan. Al menos las mías, mis palabras.

De niño solo me gustaban los tebeos, me resistía a las historias en letra impresa. Mi madre decía “este crío no se aburre nunca de los machanguitos”. Para los canarios (mi madre lo era: canaria), la palabra “machango” es de uso común, y tiene tres acepciones: 1) Persona de poco seso 2) Despectivamente, niño 3) Figura humana o de animal hecha de cualquier materia, o pintada o dibujada, realizada sin esmero. Aunque mi madre usaba la palabra en su tercera acepción, parece que durante un buen tramo de mi vida concurrían en mí las tres acepciones, de forma que se podría decir que yo era un machango (1 y 2) al que le gustaban los machanguitos (3).

Así que imagínate lo que suponía para mí la lectura de El Quijote en el colegio. Me gustaban los dibujos de don Quijote y Sancho, y los de Rocinante y el rucio. Parecían personajes de tebeo: don Quijote larguirucho y flaco, con cara de sabio despistado, y Sancho con figura de zampabollos. Llegué a cogerles cariño a esos machangos manchegos, eran entrañables. Pero cuando don Siro, el maestro, me pedía que siguiera leyendo en voz alta la lectura que todos habíamos empezado, o bien estaba yo en la parra, o luego, cuando me pedía explicaciones, no sabía decirle qué era una adarga, qué un hidalgo, qué un yelmo, porque casi nada de lo que leía tenía sentido para mí, solo las ilustraciones. Don Siro me obligaba a copiar veinte veces aquellas palabras. “No te castigo por no saber, sino por no preguntar. El peor ignorante es quien no quiere aprender” sentenciaba el maestro.

Y así fue como empecé a buscar las palabras en el diccionario. Al principio solo para evitar el castigo, luego atraído por las palabras mismas. Y también descubrí que, como las personas, las palabras tenían su personalidad: duras, irritantes, tristes, dulces, repugnantes… Pero, por extraño que pueda parecerte, no me gustaba la lectura, sino las palabras solas, pequeños cofres que había que abrir para extraer el tesoro de su significado.

Quizá por ello me atrajo antes la poesía. Paladeaba las palabras, me emocionaba con las imágenes, no necesitaba argumentos, tramas. Eran escarceos literarios para mis sentimientos. Fue la época en que me disfracé de romántico, o lo que yo creía que era ser romántico. Vagaba por los parques con una gabardina larga y el gesto melancólico. En un bolsillo un poemario de Becquer, en el otro una libreta donde apuntar mis arrebatos de inspiración. El mundo no me entendía y yo no entendía al mundo. Alimentaba ese desencuentro. Incluso me buscaba amores contrariados para luego sufrir en soledad y escribir poemas tristes, casi suicidas.

Así estaban las cosas cuando, en uno de esos vagabundeos en los que debía estar en el colegio, me encontré con mi padre. De pronto, todo el romanticismo se me escurrió por las piernas y me quedé tal cual era: un adolescente ensimismado y perdido. Fui castigado a estar varias semanas sin salir de casa y sin ver la televisión. Eran otros tiempos y no tuvieron que quitarme ni la tablet ni el móvil para desconectarme del mundo: bastaba con cerrar la puerta de la calle

Al principio volví a ponerme el disfraz de romántico. La situación venía que ni pintada: yo sería el Conde de Montecristo (lo conocía por la tele)  encerrado en las mazmorras de la incomprensión. Pero pronto me cansé de mis gestos tristes, a los que nadie hacia caso; y mis soporíferas poesías eran tan difíciles de paladear, incluso para mí, que se me atragantaban en la boca. En resumen, pasé de ser un romántico a aburrirme como un mono, tan aburrido que me dio por buscar algún libro en la biblioteca de mis padres. Allí estaban los que ya había intentado leer, pues se suponía que eran apropiados para mi edad: La isla del tesoro. Robinson Crusoe. Los tres mosqueteros…, pero que, quizás por ese amachangamiento (perdón) mío y mi fijación poética, yo era incapaz de acabar.

Y entonces sucedió: el giro en la trama de mi vida, el momento álgido, la epifanía. Desde un oscuro rincón, en la doble fila de una de las baldas superiores de la estantería, un libro, Crimen y castigo, de Dostoyewski, me pedía que lo escogiera a él.

Dirás que fue el título, en el que yo vi una clara alusión a mi crimen de faltar a clase y el consecuente castigo impuesto por mi padre, lo que llamó mi atención. Una señal del destino, que elegía caminos extraños. Y quizá tengas razón, pero cuando en el primer párrafo leí: “Nuestro joven (…) no es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la vida. Por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado…”, comprendí que tenía que saber quién era aquel personaje con el que ya empezaba a identificarme; un personaje con el magnífico y rotundo nombre de Raskolnikov: Rodion Romanovich Raskolnikov.

Este es el libro que he encontrado en el arcón. Lo di por perdido en una de las primeras mudanzas de la vida, y hoy, que ya peino canas y calvicie, vuelvo a recuperarlo, con las hojas ajadas y amarillentas, y por un momento he sentido el fulgor que sintió aquel chaval ensimismado y perdido cuando descubrió el placer de la lectura.

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