El aprendiz de Neruda

odas_elementales

Adán y Eva ya están sentados a la mesa. El café que Adán ha elegido tiene el olor de lo antiguo, con espejos de maltrecho azogue, columnas forradas de madera carcomida y fotos de escritores fallecidos. Su alma es de poeta y quiere que Eva así lo sienta. En un bolsillo del pantalón guarda el manoseado libro de Neruda, una antología. Es su primera cita con una chica, pero sabe que ellas se derriten con las poesías. Las dejará caer en la conversación y seguro que a Eva se le pone la mirada lánguida de las niñas enamoradas. Solo de pensarlo tiene que tirarse de los calcetines, un tic que le brota inevitable cuando está nervioso. Los calcetines que se me escurren suaves como liebres, se dice recordando la oda que Neruda les dedicó.

La luz del atardecer entra por el ventanal y envuelve el rostro de Eva,  absorta, pálida, así situada contra las viejas hélices del crepúsculo que en torno a ti da vueltas. Para acercarse más a ella, Adán apoya los codos sobre la mesa, pero la mesa empieza a cojear. Mal empezamos. Coge unas cuantas servilletas, que dobla para formar una calza, y se pone a cuatro patas en el suelo, nada poético, lo sabe, cruzando los dedos para acertar a la primera. Los pies desnudos de Eva, dentro de unas sandalias blancas, le observan; un pie en el suelo, el otro balanceándose. El pie acróbata parece sonreírle, y ganas le dan de acariciarlo, pero resiste la tentación. Cuando se asegura de que la operación ha sido un éxito, se levanta y resopla satisfecho. Pero no le dura mucho tiempo, pues ahora que tiene a Eva tan cerca, las palabras se atascan en la boca, y tiene que esforzase para que los ojos no vayan a su escote, a su rodilla perfecta, hasta que encuentra refugio en sus rizos negros, en sus ojos verdes.

—Estás muy guapa —es todo cuanto se le ocurre decir. ¡Mierda, para esto tanta antología poética!

Eva parece acostumbrada a los piropos, sonríe.

—¿Sabes qué? —dice―. Este sitio es un poco chungo, las fotos son de gente muerta. Mal rollo ese de la nostalgia.

Decepcionado, Adán invoca a Neruda, y Neruda acude tímidamente.

Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.

Eva, que sigue mirando las fotos, no ha prestado atención a las palabras de Adán.

―Bueno, no importa. Además, no tengo mucho tiempo, hoy trabajo de canguro.

Adán desearía ser ahora uno de esos tipos muertos de las fotos, porque ¿sabes lo que es realmente jodido, Eva? —quisiera decirle, pero calla—, este dolor que me ciñe, esta tristeza que me tumba, todo yo un naufragio.

Entonces, como salido de la nada, ¡lo que faltaba!, aparece el camarero con las dos horchatas y un cuenco de patatas fritas.

—Uy, patatitas fritas, con lo que a mí me gustan —aplaude Eva con unos aplausos rápidos, sin ruido ―. Pero mejor no, que engordan

—Si tú no estás gorda ―dice Adán iluminando el cuerpo de Eva con la mirada.

—Porque me controlo, que si no… Se me pondrían las cartucheras aquí (plaf) —dice mientras se golpea con las manos en las caderas.

—Qué obsesión, la de las mujeres—se queja Adán.

Eva se yergue en el borde de la silla.

―¿Habrías quedado conmigo si fuera gorda? —pregunta elevando la barbilla.

Adán se agarra al vaso de horchata como si fuera el borde de un precipicio. Segundos angustiosos, eternos.

—Sí… sí saldría contigo.

—¡Ves cómo no saldrías conmigo!

—Pero si te he dicho que sí.

—Menudo sí.

Eva bebe. Adán resopla. La cita se está yendo a la mierda y el jodido Neruda sigue medio escondido. Se enchufa a la pajita. Y mientras la horchata fría se desliza por su garganta, se pregunta en qué parte de su estúpido cerebro se encuentran los versos que encandilan a las mujeres. Y de pronto se ve con los ojos verdes de ella: ridículo, chupando de la pajita, bizqueando, con los carrillos hundidos. ¡Vaya poeta que está hecho!

Como no tiene nada que perder, deja el vaso sobre la mesa y decide arriesgarse:

Eva, me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Eva abre exageradamente los ojos, el rubor le tiñe las mejillas. El corazón de Adán se acelera: la impresioné. A Eva le tiemblan los labios.

—Oye, rico, si no quieres que hable, me lo dices, pero no te andes con bobadas. Y sí que te escucho.

Pobre Adán, pobre poeta. Ahora su corazón navega dentro de una lata oxidada por un río de aguas inmundas; y cuando vuelve a mirar a Eva, sus rodillas le parecen menos perfectas y sus ojos verdes, un pelín descoloridos.

—Es una broma —dice, y vuelve a enchufarse la pajita. A la mierda el ridículo. Sopla en el interior del vaso y la horchata parece entrar en ebullición.

—No te vayas a enfadar tú ahora —dice Eva, conciliadora.

—No, pero mejor nos vamos y quedamos otro día que tengas más tiempo.

Adán se levanta con dignidad, se acerca a la barra y paga la consumición. Ya en la calle Eva le besa en la mejilla y le dice nos llamamos y adiós. Adán comienza a andar, saca del bolsillo el libro de Neruda y lo tira en la primera papelera que encuentra. A ratos se detiene para mirar atrás y ver los rizos negros de Eva alejarse entre los transeúntes. Luego empieza a correr, levantando las rodillas con rabia, observando a la gente, ajena a su dolor, mientras va repitiendo puedo escribir los versos más tristes esta noche, pensar que no la tengo, sentir que la he perdido.

Llega exhausto al portal de su casa. Antes de entrar mira al cielo: la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos. Luego empieza a subir las escaleras, muy despacio, tirándose de los calcetines, que también se le escapan suaves como liebres.

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