La tregua

la muerte

Estaba en casa leyendo Las mil y una noches cuando llamaron a la puerta. Abrí y era la Muerte. Supe de inmediato que no era una farsa, no tanto por la guadaña y la túnica negra (accesorios al alcance de cualquier bromista) como por esos ojos lechosos con que me miraba; por las fosas nasales a la vista en la nariz mutilada; por su piel de pergamino bajo la cual se insinuaba la calavera.

—Ha llegado tu hora —dijo Ella, la Flaca, con voz asexuada y profunda mientras cruzaba el umbral, sin darme tiempo a cerrar la puerta.

Avanzó levitando hacia el centro del salón, llenándolo del aliento rancio y frío de los panteones. Parecía no tener pies; y las manos y la cara, únicas partes visibles, se desdibujaban por momentos, como si estuvieran hechas de fina niebla. Se detuvo junto a la mesa donde yo había dejado abierto el libro que estaba leyendo. Lo miró de refilón, yo diría que con desprecio, y luego me miró a mí, con esos ojos sin vida, gelatinosos como larvas, y sentí que me estaba leyendo la vida entera.

―¿Mi hora? No puede ser ―protesté, mostrándole luego los resultados de mi reciente chequeo médico, que reflejaban una salud que ya quisieran para sí los astronautas de la NASA.

La Muerte, displicente, rechazó el informe, su cuerpo ondulando como la llama de una vela.

―A veces llego por sorpresa. ¿Acaso no lo sabes? Y no me hagas perder el tiempo. No me vengas con que no mereces morir, no me hables de tus virtudes, de tus sacrificios. ¿Sabes que me llaman la Allanadora, la Igualadora y que nada de lo que hayas hecho en este mundo importa? Sobre todo, no intentes negociar conmigo, acepta mi llegada con resignación y no pierdas la dignidad, no me ofrezcas el alma a cambio de la vida. Ese pacto es con el Diablo.

Ante la rotundidad de su discurso, ¿qué podía hacer? Nada, aceptar el papel de condenado y pedir una última voluntad que quizá pudiera salvarme la vida.

―Antes déjame terminar el libro que estoy leyendo. Déjame que lea para ti –imploré.

Por primera vez la vi dudar, la niebla de su cara hacerse jirones.

―Es el libro de Las mil y una noches.

Creí que con la sola mención del título sería suficiente, pero la Muerte se encogió arqueando la espalda, y la palidez cadavérica de su rostro se fue cubriendo de un tibio rubor. Comprendí que no conocía el libro y que se avergonzaba por ello. Quizá la Muerte carecía de memoria para todo atisbo de vida, aunque fuera literaria, y lo que leía acababa perdiéndose en el olvido. Es lo que pensé entonces, pero no queriendo hacer sangre de su ignorancia, le lancé el anzuelo de la curiosidad:

―En su origen está la Muerte ―dije dando énfasis a mis palabras.

La Flaca se estiró hacia el techo como un signo de admiración. ¡Había mordido el anzuelo!

Entonces fui osado, porque si uno no lo es en la hora de su muerte, no sé cuándo lo va a ser. Decidí  mostrarle mi juego. Le hablé de cómo Sherezade se salvó de morir encadenando historias para mantener en vilo, noche tras noche, la curiosidad del  sultán que podía ordenar su ejecución.

Los ojos de la Muerte, como velados por tinieblas, se cerraron y sus labios, finos y evanescentes, se tensaron. Supuse que era también su forma de concentrarse y pensar. Pasados unos segundos abrió los ojos y soltó una sonora carcajada, que sonó como lápidas cerrándose, una detrás de otra.

―¿Tanto confías en el poder de la literatura?

―Confío, salvo que tú carezcas de imaginación ―yo mismo me asombraba de mi atrevimiento.

Entonces algo parecido a una lengua comenzó a deslizarse por los labios de la Flaca, mientras una baba blanquecina le caía por la barbilla, como si ya se relamiera con mi fracaso.

―Empieza y veamos si funciona tu estrategia.

Eso hice: comencé a leer. Y poco a poco la Muerte, la Igualadora fue pasando del escepticismo al entusiasmo, todo su cuerpo transformándose con el fluir de la lectura, como una nube a la que vientos contrarios fueran moldeando; su túnica tornándose luminiscente para proyectar paisajes, rostros, aventuras…; imágenes que se hacían más y más nítidas a medida que yo, contagiado por su frenesí, me perfeccionaba en la entonación, en los ritmos. Y vi lágrimas en sus enjutas mejillas, y sus labios sonreír, palpitar su pecho. La Muerte frente a mí, de repente tan humana, tan no Ella que ganas me dieron de fundirme en un largo abrazo, eterno.

♦♦♦

Hace ya cinco meses que terminamos Las mil y una noches, y hemos seguido con los otros libros de mi biblioteca. Cada noche, puntualmente, la Muerte viene a casa a que le lea. No se cansa nunca, quiere más y más, hasta que llego a la extenuación, casi al amanecer. “Tranquilo, que de esta no te mueres”, me dice con una ironía que solo en las lecturas ha podido aprender.

Hoy empezamos un nuevo libro. Lo sopeso en mi mano, la miro a Ella, percibo un anhelo especial en sus ojos, siempre le ocurre a la espera de los primeros párrafos: una puerta que se abre a lo desconocido. Me gusta demorarme, tenerla en ascuas, dominar su deseo hasta que lentamente abro el libro y empiezo a leer:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevo a conocer el hielo…

Me interrumpe, siempre lo hace. Creo que es el sentimiento de culpa, su forma de justificarse por no estar cumpliendo con su obligación.

―Sabes que esto no puede durar eternamente, que algún día tendremos que poner el punto final ―me dice con una voz que pretende ser firme, convincente.

―Lo sé ―digo.

Y sigo leyendo.

 

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