Una nueva dimensión

Alargapenes

Estoy a punto de jubilarme, y como no quiero formar parte de los grupos del IMSERSO para bailar la lambada en los hoteles de la Costa del Sol, he decidido hacerme actor porno. Así que me he comprado un alargapenes por correspondencia. Se lo dije a mi mejor amigo en el momento en que se  ponía la dentadura postiza, y casi se atraganta. Él me dijo que no solo es cuestión de tamaño, que también hacen falta potencia y resistencia, y un cuerpo medianamente decente y no esta mierda de cuerpo que yo tengo (mi amigo es obscenamente sincero). Creo que tiene razón, pero por algún punto hay que empezar, y afilar y afinar el instrumento es lo primero, le dije. Además, igual pongo de moda el porno senil, pues ya se sabe que todo es cuestión de marketing, de abrir un porno-nicho (así hablan los tipos del marketing, aunque en este caso suene fatal) para la tercera edad. Ya me imagino los títulos: “Macizorras en el geriátrico”. “Míster Viagra con tres nenitas muy calientes”. Sigue leyendo

Amor de madre

Adán y Eva

“¿Por qué tú y padre no tenéis ombligo como tenemos Abel y yo?”, le preguntó Caín a Eva. Eva, desconcertada, miró a la serpiente que reptaba por el árbol. El animal de lengua bífida susurró algo al oído de Eva, quien al punto se encendió de rubor, inventando la vergüenza. Luego, sin atreverse a alzar la mirada, se dirigió a Caín y le comunicó al pie de la letra aquello que la serpiente le había dicho. Esa noche Caín, que acababa de inventar los celos, reprimió su furia contra Adán y fue en busca de Abel para darle muerte con una quijada de burro. “¡Pero qué burro eres, hijo mío!”, le dijo Eva a Caín (inventando la metáfora) cuando se enteró de que había matado a su hermano. Luego guardó silencio, y Caín supo que su madre estaba inventando el perdón.

Bajo el volcán

bajo la mesa

Un pie descalzo acaricia la pierna del perito calígrafo por debajo de la mesa. No le sorprende: las señales de la infidelidad en la letra de la mujer no admitían dudas. Es por eso que les invitó a cenar, a ella y al gordo fiscal que tiene por marido. Ahora, tras comerse las verduras afrodisíacas, la mujer deja el rastro de su lengua en un helado de chocolate y se relame con delectación, como si remedara el placer paralelo que el pie ascendente fragua bajo la mesa. Al perito le excitan tanto su osadía delante del marido como los esfuerzos del pie por bajarle la cremallera del pantalón. De pronto ella se marcha al lavabo, pero el perito tarda unos segundos en advertir que el pie sigue acariciando su sexo erecto y desnudo, mientras el fiscal le mira a los ojos, frunce los labios y le lanza un beso.