En el probador

probadores

“Le sienta de maravilla”, le ha dicho la dependienta antes de dejarla sola en el probador. Se mira en el espejo, mordiéndose el labio inferior, girándose a derecha e izquierda, pasándose las manos extendidas por el contorno de la cintura. Cree en la sinceridad de la dependienta, no es la frase hecha de la vendedora que quiere halagar a la clienta. El vestido le sienta estupendamente, sensual y elegante a la vez. Pero no acaba de decidirse. A ratos se le apaga la sonrisa y se queda frente al espejo con los brazos caídos. Piensa que ella no se merece ese vestido. Y bien sabe de dónde le viene ese pensamiento, no es nuevo. En entonces cuando casi puede sentir la cara pegada a la suya, la mirada turbia reflejada en el espejo y esa voz hostil, socarrona con que le dice “adónde vas, pareces un adefesio”, y  se obliga a cerrar los ojos apenas unos segundos, para que al abrirlos, si hay suerte, la imagen y la voz se hayan borrado. Lo consigue, pero sabe que no es una victoria definitiva, que él está agazapado en los rincones de su memoria, siempre al acecho de sus momentos de debilidad, y que volverá a aparecer. ¡Qué difícil esta decisión tan trivial de comprarse un vestido!, se dice. Si alguien la viera pensaría que está loca, que es una desequilibrada, pero ¡qué sabrán ellos!, aunque alguno lo sabrá, alguno que haya vivido pegado a la conciencia enferma de otro, una vida escrutada por ojos mezquinos y sucios, en un ladrido permanente. Vuelve a mirarse en el espejo, se reta a sí misma, sabe que es un momento importante, que la palabra “probador” alcanza una dimensión nueva y que no debe claudicar, que no va a claudicar. Llama a la dependienta. “Me lo llevo puesto”, le dice, y sale del probador sonriendo, abandonando en la percha el otro vestido, piel vieja e inútil.

El amor difícil

corazon roto

Traigo al blog un microrrelato de Mario Benedetti:

Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.

Me gusta este micro, pero no el verbo “fornicar” (mejor “amar”), y no por pudor o puritanismo, sino porque la palabra fornicar me suena a algo industrial, metalúrgico, a sexo en cadena de montaje. Además, al decir que los detuvieron por atentado al pudor, entenderíamos que su amor no era solo un amor fraternal, amistoso.

Y lo que no cuenta Benedetti es lo que sucedió después: Sigue leyendo

Te estaré esperando

anciana al telefono

El viernes pasado, a la hora del té, llamó por teléfono un pervertido para dejar un discurso de obscenidades. La abuela, que es sorda como una tapia, cogió el teléfono supletorio de la cocina. La oímos contestar, llorar y reír, lejos de su habitual mutismo. Y esa noche nos habló de su infancia, de sus amores, del abuelo, con una locuacidad que creíamos perdida. Hoy, viernes, la abuela se ha perfumado y dado coloretes, y desde muy temprano está sentada al lado del teléfono, con una taza entre las manos, esperando con impaciencia a que llegue la hora del té.

La metamorfosis

la metamorfosis

Termine ya, se lo ruego, le dijo el personaje al escritor, que son ya muchas las páginas que lleva torturándome con esta horrible transformación. ¿Para qué están los resúmenes? ¿Para qué las elipsis? Y elija otro final para el libro, no deje que los lectores me vean vivir la muerte indigna del monstruoso insecto en que me ha convertido.

Liderazgo empresarial

jefe

Todos en la oficina aplaudimos la iniciativa de nuestro jefe de apuntarse a un seminario de liderazgo democrático. Fue todo un éxito: consiguió transformar su lenguaje corporal, antes amenazador e intimidante, en gestos acogedores y, según Mari Pili, su enamorada secretaria, en gestos muy pero que muy guays, o sea, súper mega empáticos. No obstante, para corregir el rictus de mala leche, ya petrificado en su cara a causa de tanto entrenamiento, no fue suficiente con el seminario, sino que tuvo que ponerse en manos de un cirujano plástico de fama, y ahora parece que el jefe sonríe todo el tiempo como el Joker de Batman, pero sin ese punto de perversión del payaso.

Esta mañana me ha recibido en su despacho. Con voz meliflua me ha invitado a sentarme, no frente a él y separados por la mesa que le sirve de escritorio, sino en el sofá que tiene para recibir a las visitas de cierto rango. Me ha tratado con tanta amabilidad, con palabras tan medidas y conciliadoras que, al salir del despacho, he tardado unos minutos en darme cuenta de que me había despedido.

Las niñas ya no quieren príncipes azules

sapo princesa

Al despertar, la princesa encontró a los pies de su cama una gran vasija llena de sapos, tal y como había pedido. Se frotó las manos, loca de contenta, y luego los fue sacando uno a uno para de un mordisco arrancarles la cabeza. Solo se detuvo cuando vio que en el suelo, bañado en sangre, yacía un príncipe sin vida, decapitado.

Amuleto

frasco de cristal

Mi madre conservaba en alcohol el cordón umbilical de todos sus hijos. Decía que esa era la mejor forma de prevenir “el mal de ojo”. Los guardaba en botes de cristal, con una etiqueta identificativa pegada en la tapa, y parecían lombrices muertas y retorcidas, absolutamente repugnantes. Yo siempre me había reído de esa superstición, pero cuando tuvimos que liquidar la herencia familiar y nos encontramos los botes cubiertos de polvo junto a esos otros cachivaches que la vida va arrumbando, yo no pude, como fue mi primera intención, deshacerme del mío. Y desde entonces me acompaña en los largos viajes y en las mudanzas porque, por irracional que parezca, siento que es esa piltrafa lo que me mantiene unido al mundo. (Publicado en colectivo M.J. Peláez)

Últimas preguntas

Encefalograma plano

“Dios existe: lo creamos entre todos”, sentenció en el 2084 un Premio Nobel. Hay dudas en cuanto a la autoría de la frase. Unos se la adjudican al Premio Nobel de Física, otros al de Literatura. Lo cierto es que en el 2100 la Ciencia estuvo en condiciones de comprobar dicha hipótesis, y millones de cerebros de todo el mundo, de todas las religiones, fueron conectados mediante electrodos a pequeños ordenadores que enlazaban con un gran ordenador central. La resultante de todos los impulsos eléctricos se traduciría a imágenes en los millones de pantallas repartidas por el planeta. El día señalado, a la hora H, los representantes de la Humanidad pensaron en su Dios. Al instante, en las pantallas surgió un torbellino de imágenes: ancianos venerables de largas barbas, animales imposibles, hombres prodigiosos, rayos y centellas, esferas luminosas, luces informes… Durante unos minutos fue evolucionando toda la imaginería que la mente humana es capaz de producir, hasta que apareció una línea quebrada, de crestas desquiciadas y palpitantes, y luego la monótona línea recta que certifica la muerte. (Publicado en el diario El Mundo).