Días de fútbol

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UNO. Mi cuna, pintada en azul y con dibujos de Disney, está a seiscientos metros del Santiago Bernabéu. Los días de fútbol, a través del aire, llegan a mis oídos infantiles los gritos de euforia. Y a saber qué es lo que ya se va fraguando en mi cerebro bebé. Me gusta imaginar que en esos momentos es la mano de mi padre la que mece la cuna, pero no puede ser: uno de los gritos que me llegan desde el estadio es el suyo. Sigue leyendo

Miradas

ANA Y ELOY (2)

Miras la foto ya desvaída en la que estás con tu hija. Ella tiene apenas seis meses, la tienes en brazos y os miráis fijamente a los ojos. ¿Quién es éste?, parece preguntarse ¿Qué clase de mujer será?, te preguntas. Si te esfuerzas puedes aspirar su olor limpio y tierno de bebé, sentir el tacto mullido de su cuerpecillo, ver estallar las pequeñas pompas que de un momento a otro hará con la boca. Ahora ella es una mujer y vive en otro país. Te parece imposible que sea la niña que está en tus brazos. No puedes apartar los ojos de la foto. Es algo misterioso, te sobrecoge.

 

Cambio de piel

Cambio de piel

 

Un día él se fue. Ha pasado el tiempo y ahora viene a visitarnos. Aunque nos abandonara, me esfuerzo en demostrarle mi amor, pues tenía sus motivos. Y poco a poco voy acostumbrándome a su nueva imagen: al grosor de sus labios, al rostro lampiño y terso, al volumen de sus pechos, al estampado de sus vestidos; pero de momento no puedo, aunque lo intento, mirarla a los ojos y decirle “papá”.

Su majestad, mi padre

 

Rey Mago

 

Con mayúsculas escribí “UNAS BOTAS DE FÚTBOL”. Era un ritual, el de la carta, que repetíamos desde que aprendí a escribir. Pero esa Navidad yo había descubierto el secreto de que los padres eran los Reyes y representaba el papel de niño todavía en la inopia, porque me gustaba ser el dueño del secreto ahora que los papeles se habían invertido y eran mis padres los ignorantes. Ni siquiera a mi hermana, cinco años mayor y que escribía su propia carta para dar credibilidad al simulacro, se lo había confesado. Sigue leyendo

Plastilina

plastilina

En las vacaciones castigué a mi hijo sin ver la televisión por insultar a su hermana. No rechistó y se fue a jugar con la plastilina. Me enterneció verlo tan concentrado, con la lengua asomando por la comisura de los labios, ya mirándome a mí ya a la figura que iba dando forma, intentando una réplica de mi persona: la nariz prominente y la cicatriz que tengo en la barbilla. Cuando terminó, vino sonriente a ofrecérmela, pero al ir yo a cogerla, su sonrisa se tornó siniestra y con rabia hundió un dedo en el pecho de la figura.

Ahora estoy en el hospital. Los médicos dicen que ha sido un infarto, y no les voy a llevar la contraria: no me creerían, y, al fin y al cabo, se trata de mi hijo.