Silencio, por favor

Perro escribiendo

Hola. ¿Hay alguien ahí? Soy Sócrates, el perro-narrador de la anterior entrada de este blog: VICEVERSA. Y escribo ahora en señal de protesta porque el cretino del blog se empeñó en darme voz, cuando él sabe que odio los relatos —con excepción de los relatos infantiles— en que los animales hablan, y no digamos cuando son los objetos los que hablan. ¿Has visto esos coches que, estacionados en la calle, llevan un cartelito que dice “Me venden”? ¿No te parece el colmo de la estupidez? “Me venden, llevo 20.000 kilómetros de vida”. Hay que fastidiarse.

Pensarás que me estoy pasando, que me he levantado con mala pata y que por eso digo lo que digo, porque hay buenos relatos en los que el narrador es un animal, o una cafetera italiana, por ejemplo. Sí, no lo dudo. Yo mismo te podría citar algunos buenos relatos o novelas en que el narrador es un colega perro, o una cama que cuenta secretos de alcoba. Pero no pretendo escribir con el rigor del científico, sino con la máxima subjetividad posible: la subjetividad maniática del desahogo; si no, ¿para qué escribir? Y añadiré que, de esos relatos con narrador animal o narrador cosa, odio especialmente aquellos que a la peculiaridad del narrador le añaden un plus de gazmoñería. Así, por ejemplo, el collar de perlas que nos va contando las vicisitudes por las que pasan sus sucesivas dueñas—mortales ellas; eterno el collar— con frases del tipo: “A través de mis cuentas sentía en la yugular de Alfonsina el flujo de la pasión que la embargaba, quedando yo encendido por los celos de no ser el destinatario de tan acendrado amor, pues no era realmente a mí a quien ahora sus delicados y soñadores dedos acariciaban, sino a aquel que vivía en su pensamiento, ese ser de lejanías que era Rodolfo, marqués de Habastiernas”. Sin comentarios.

Un amigo me dijo que no me enfadara, que mejor ser narrador protagonista que víctima en la narración. Lo dijo pensando en esos relatos en los que a nuestros hermanos perros les aguarda un triste destino, como en “El gallinazo sin plumas, de Ribeyro, o en Tobías Mindernickel, de Thomas Mann. O el de la pobre mosca, masacrada, del relato La mosca, de Katherine Mansfield. O el de la vaca de “¡Adiós “Cordera!, de Clarín (no te lleves las manos a la cabeza, no hay error: la vaca se llama “Cordera”; cosas de nuestro Leopoldo, que se nos viene arriba en cuanto le dan alas). Y tiene razón mi amigo, porque si bien ambas posibilidades no son excluyentes —la de ser narrador protagonista y víctima—, yo tuve la suerte de salir bien parado en la entrada del imbécil del blog, pues soy allí un perro perspicaz que con ironía se compadece de su angustiado amo y le da una lección.

Todo esto es verdad, pero no me consuela, porque lo que yo quiero realmente es no hablar, aunque ahora, paradójicamente, necesite hablar para reafirmarme en que no quiero hablar. No deseo formar parte de esta sociedad verborreica que habéis creado, donde la palabra se devalúa y hasta el discurso más tonto tiene sus acólitos, cuanto más tonto o disparatado, mejor. Vuestras palabras os distancian de la realidad, entre lo que decís y hacéis hay un gran trecho. Con las palabras engañáis y os engañáis. Yo no quiero palabras. Que el tonto del blog se busque a otro. Resistiré sus coacciones.

Antes muerto que parlante.

GUAU

El alguacil del agua

Museo Thyssen- Bornemisza

Texto inspirado en el relato “La popa de una gallina anglicana”, de Juan Gómez-Jurado, del libro “Bajo dos banderas”

 

Cádiz, 20 de noviembre de 1806

Se llamaba Gabriel, y si recuerdo su nombre es por los acontecimientos que siguieron a nuestro encuentro. Era uno de tantos marineros que entraban en la taberna para adornarse de un prestigio del que normalmente carecían, dispuestos a competir en hazañas, en el número de ingleses que habían abatido. Yo les esperaba en un rincón, sentado a una mesa, que era el último recurso, el lugar al que acudir cuando no había otro disponible, porque ¿quién desea hablar con un viejo?, que es lo que soy, una vieja araña esperando a su presa, la forma que he elegido para beber y comer gratis. Sigue leyendo

La tregua

la muerte

Estaba en casa leyendo Las mil y una noches cuando llamaron a la puerta. Abrí y era la Muerte. Supe de inmediato que no era una farsa, no tanto por la guadaña y la túnica negra (accesorios al alcance de cualquier bromista) como por esos ojos lechosos con que me miraba; por las fosas nasales a la vista en la nariz mutilada; por su piel de pergamino bajo la cual se insinuaba la calavera.

—Ha llegado tu hora —dijo Ella, la Flaca, con voz asexuada y profunda mientras cruzaba el umbral, sin darme tiempo a cerrar la puerta. Sigue leyendo