Turismo rural en los tiempos del coronavirus

CASA RÚSTICA

—¿Por qué esta casa en este pueblo abandonado? ¿La encontraste en casasenruinas.com? Desde luego, aquí no va a venir el virus a buscarte.

—Es justo lo que quería, un lugar fuera del mundo. Una casa que se parezca a nosotros. A lo que somos ahora. Pero nada tiene que ver con el virus. El virus fue la excusa, la oportunidad.

—Vamos, no te pongas melodramática.

—Así que el señor no tendrá wifi, ni agua caliente, ni aire acondicionado… Nada de nada, el saco para dormir, y este infiernillo de gas que me he traído, y una linterna y velas para cuando oscurezca, y esa pequeña nevera. La tienda más cercana está a veinte kilómetros. Es desde allí desde donde te llamé.

—Supongo que al menos habrá un espíritu vengativo que ronda por el pueblo y que en cualquier momento se nos va a aparecer para hacernos compañía.

—Quién sabe. A lo mejor hay uno, y me posee y luego te corto la cabeza con un hacha, porque seguro que habrá un hacha por algún lugar, y después me cuelgo de una viga en el cobertizo.

—Joder, ya salió la escritora. Así que has venido a escribir un relato de terror. Para eso no me necesitas a mí.

—No vas muy descaminado. De niña mis mejores amigos tenían un pueblo donde pasar las vacaciones y luego venían contando aventuras con palabras extrañas y mágicas para mí, como alberca, tordo, azada…; amigos que corrían libres sin la vigilancia de los padres. Y de mayor siempre he querido escribir un relato rural, quizá para librarme de esa falsa añoranza, pero me di cuenta de que no tenía ni puta idea de ese mundo sobre el que pretendía escribir. Puedo reconocer algunos árboles: el pino, el sauce, el olivo y… para de contar, los demás son simplemente “árboles”. Y así con todo. ¿Qué es un otero, qué una majada? En fin, que no siempre la imaginación puede sustituir a la experiencia.

—Ahora, con internet, el mundo entero está a tu disposición. No necesitabas venir a este pueblo fantasma.

—El mundo de internet no es el mundo. Aun así, lo intenté, pero resultó un relato artificioso, como si hiciera bricolaje con las palabras siguiendo las instrucciones de un manual. Un relato sin alma. Yo quería un relato que oliera a estiércol y a gorrino, que los vientos lo azotaran, que latiera el instinto animal, la salvaje naturaleza. Por eso vine aquí.

—Pero yo no veo ni gorrinos ni estiércol.

—Tú siempre tan literal. Y siempre escondiéndote detrás de tus chistecitos. Que no los veas no quiere decir que no estén de alguna forma. Lo importante es la atmosfera… Pero más que rural me estaba saliendo un relato brutal, violento, donde los personajes se liaban a tiros por unas lindes de mierda, aunque lo importante no eran las lindes sino el honor que había en juego, la dignidad. Mi dignidad, cabrón, porque me hiciste daño y quería convertirte en personaje y hacerte sufrir, y quizás matarte.

—¿Y entonces?

—Entonces me di cuenta de que el relato también era una excusa, una forma de huida, y ya no quiero engañarme ni huir. Ni quiero que tú huyas, que te conformes. Por eso te llamé. Para que estemos solos los dos, sin comodidades ni pantallas que nos distraigan, sin noticias del exterior. A ver cómo salimos de esta.

—Estupendo plan: un verano de okupas.

—En esta casa no nos va a quedar más remedio que matarnos o querernos. Bueno, también puedes dar media vuelta y largarte. ¿Qué me dices?

—¿Solos y sin mascarillas?

—Eso es, sin mascarillas.

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—Buenos días. Lo sentimos mucho pero no pueden quedarse aquí.

—¿Qué daño hacemos, señor agente? Mi novio y yo no molestamos a nadie. Y la casa está abandonada.

—Y mi compañero y yo, señorita, solo cumplimos con nuestro deber. Mañana vendrá gente de la tele a grabar. Y antes de que me pregunten que por qué ellos sí, les diré que tienen autorización.

—¿Algún documental sobre la España vacía?

—No, señor. Es una película de terror. Va de una pareja que se refugia en una casa abandonada huyendo de una pandemia y con el fin de reconciliarse. Así matan dos pájaros de un tiro. El guionista debe de ser más gilipollas que la pareja. El caso es que en el pueblo habita un espíritu lascivo que se tira…

—¡Cojones, Marcelo, no te metas donde no te llaman y no hagas spoiler!

—Bueno, lo dicho: que tienen que irse. Esta tarde nos daremos otra vueltecita y no les queremos ver por aquí. Que tengan un buen día.

Silencio, por favor

Perro escribiendo

Hola. ¿Hay alguien ahí? Soy Sócrates, el perro-narrador de la anterior entrada de este blog: VICEVERSA. Y escribo ahora en señal de protesta porque el cretino del blog se empeñó en darme voz, cuando él sabe que odio los relatos —con excepción de los relatos infantiles— en que los animales hablan, y no digamos cuando son los objetos los que hablan. ¿Has visto esos coches que, estacionados en la calle, llevan un cartelito que dice “Me venden”? ¿No te parece el colmo de la estupidez? “Me venden, llevo 20.000 kilómetros de vida”. Hay que fastidiarse.

Pensarás que me estoy pasando, que me he levantado con mala pata y que por eso digo lo que digo, porque hay buenos relatos en los que el narrador es un animal, o una cafetera italiana, por ejemplo. Sí, no lo dudo. Yo mismo te podría citar algunos buenos relatos o novelas en que el narrador es un colega perro, o una cama que cuenta secretos de alcoba. Pero no pretendo escribir con el rigor del científico, sino con la máxima subjetividad posible: la subjetividad maniática del desahogo; si no, ¿para qué escribir? Y añadiré que, de esos relatos con narrador animal o narrador cosa, odio especialmente aquellos que a la peculiaridad del narrador le añaden un plus de gazmoñería. Así, por ejemplo, el collar de perlas que nos va contando las vicisitudes por las que pasan sus sucesivas dueñas—mortales ellas; eterno el collar— con frases del tipo: “A través de mis cuentas sentía en la yugular de Alfonsina el flujo de la pasión que la embargaba, quedando yo encendido por los celos de no ser el destinatario de tan acendrado amor, pues no era realmente a mí a quien ahora sus delicados y soñadores dedos acariciaban, sino a aquel que vivía en su pensamiento, ese ser de lejanías que era Rodolfo, marqués de Habastiernas”. Sin comentarios.

Un amigo me dijo que no me enfadara, que mejor ser narrador protagonista que víctima en la narración. Lo dijo pensando en esos relatos en los que a nuestros hermanos perros les aguarda un triste destino, como en “El gallinazo sin plumas, de Ribeyro, o en Tobías Mindernickel, de Thomas Mann. O el de la pobre mosca, masacrada, del relato La mosca, de Katherine Mansfield. O el de la vaca de “¡Adiós “Cordera!, de Clarín (no te lleves las manos a la cabeza, no hay error: la vaca se llama “Cordera”; cosas de nuestro Leopoldo, que se nos viene arriba en cuanto le dan alas). Y tiene razón mi amigo, porque si bien ambas posibilidades no son excluyentes —la de ser narrador protagonista y víctima—, yo tuve la suerte de salir bien parado en la entrada del imbécil del blog, pues soy allí un perro perspicaz que con ironía se compadece de su angustiado amo y le da una lección.

Todo esto es verdad, pero no me consuela, porque lo que yo quiero realmente es no hablar, aunque ahora, paradójicamente, necesite hablar para reafirmarme en que no quiero hablar. No deseo formar parte de esta sociedad verborreica que habéis creado, donde la palabra se devalúa y hasta el discurso más tonto tiene sus acólitos, cuanto más tonto o disparatado, mejor. Vuestras palabras os distancian de la realidad, entre lo que decís y hacéis hay un gran trecho. Con las palabras engañáis y os engañáis. Yo no quiero palabras. Que el tonto del blog se busque a otro. Resistiré sus coacciones.

Antes muerto que parlante.

GUAU

El alguacil del agua

Museo Thyssen- Bornemisza

Texto inspirado en el relato “La popa de una gallina anglicana”, de Juan Gómez-Jurado, del libro “Bajo dos banderas”

 

Cádiz, 20 de noviembre de 1806

Se llamaba Gabriel, y si recuerdo su nombre es por los acontecimientos que siguieron a nuestro encuentro. Era uno de tantos marineros que entraban en la taberna para adornarse de un prestigio del que normalmente carecían, dispuestos a competir en hazañas, en el número de ingleses que habían abatido. Yo les esperaba en un rincón, sentado a una mesa, que era el último recurso, el lugar al que acudir cuando no había otro disponible, porque ¿quién desea hablar con un viejo?, que es lo que soy, una vieja araña esperando a su presa, la forma que he elegido para beber y comer gratis. Sigue leyendo

La tregua

la muerte

Estaba en casa leyendo Las mil y una noches cuando llamaron a la puerta. Abrí y era la Muerte. Supe de inmediato que no era una farsa, no tanto por la guadaña y la túnica negra (accesorios al alcance de cualquier bromista) como por esos ojos lechosos con que me miraba; por las fosas nasales a la vista en la nariz mutilada; por su piel de pergamino bajo la cual se insinuaba la calavera.

—Ha llegado tu hora —dijo Ella, la Flaca, con voz asexuada y profunda mientras cruzaba el umbral, sin darme tiempo a cerrar la puerta. Sigue leyendo