El corrector

 

teclado

 

Mi nuevo ordenador dispone de un corrector de sinceridad: según pulso las teclas, unos microscópicos sensores van descubriendo mis pensamientos más ocultos, incluso para mí. Así que en la pantalla aparece escrito no lo que mi cerebro consciente propone, sino lo que esos sofisticados sensores desvelan. He empezado con algo fácil: “Me encanta mi trabajo”, tecleé. En la pantalla apareció: “Así se hunda la Empresa”.

En dos horas de escritura he aprendido más de mí mismo que en el resto de mi vida. Pero ahora tengo un dilema: no sé qué hacer con el farsante que soy.

El primer viaje

 

EVA

Pasado el tiempo, Eva llegó a odiar la soporífera tranquilidad del Paraíso. De naturaleza inquieta, quizá por haber nacido torticeramente de una costilla de Adán, sus sueños se poblaron de lugares que sus ojos nunca habían visto. Y decidió escapar con la complicidad del hombre: “Huyamos de este aburrido Edén, pues El Creador no nos dejará marchar por las buenas”. Mas como la única respuesta de Adán era esa sonrisa tonta que a ella tanto enervaba, fue Eva a entrevistarse con la inteligente y sabia serpiente que sigilosa reptaba por las cercanías de un arroyuelo de aguas incontaminadas, cristalinas, como no podía ser de otra forma, dadas las condiciones atmosféricas de ese prístino mundo que ellos habían estrenado, sobrevolado por pajaritos multicolores de armonioso piar. «Cansino y cursi paisaje», se dijo para sí Eva, sin saber de dónde le venían aquellas palabras que a ella misma le resultaban desconocidas, como si dentro de su ser habitara otra Eva pugnando por salir.

En fin, concluida la entrevista humano-ofídica, Eva se apresuró a seguir el consejo lanzado por la bífida lengua de la ondulante serpiente: comer del fruto prohibido que colgaba de ese árbol con el extrañísimo nombre de “Del Bien y del Mal”.

A la mañana siguiente, los padres de la Humanidad, cubiertos ya sus genitales con hojas de parra y la línea de la muerte dibujada en las palmas de las manos, se alejaron del Paraíso en dirección a un destino incierto, y Eva, aun regocijándose con el resultado de su artimaña, se lamentaba: “… pero apañada estoy contigo, Adán, y con este simple que tenemos por Dios».

 

Cicatrices

 

corazón de cerámica

Ilustración de Diego Mir

Estás en casa leyendo el periódico cuando encuentras un artículo sobre el KINTSUGI.  Se trata de una técnica centenaria de Japón que consiste en reparar las piezas de cerámica rota. Lees: “Mediante el encaje y la unión de los fragmentos con un barniz espolvoreado de oro, la cerámica recupera su forma original, si bien las cicatrices doradas y visibles transforman su esencia estética, evocando el desgaste que el tiempo obra sobre las cosas físicas, la mutabilidad de la identidad y el valor de la imperfección. Así que, en lugar de disimular las líneas de rotura, las piezas tratadas con este método exhiben las heridas de su pasado, con lo que adquieren una nueva vida. Se vuelven únicas y, por lo tanto, ganan en belleza y hondura. Así que esta técnica se ha convertido en una potente metáfora de la importancia de la resistencia y del amor propio frente a las frustraciones, desengaños y pérdidas, de que somos seres rotos, únicos, irremplazables, en permanente cambio, y de que no hay recomposición ni resurgimiento sin paciencia”.

No eres consciente, pero mientras lees, tus manos recorren tu cuerpo, buscan las invisibles cicatrices que te han ido construyendo, imperfecto, único, en permanente cambio. Cuando terminas de leer, tiendes un mantel sobre la amplia mesa del salón y sobre él vas depositando, en cuadrantes imaginarios, todas las piezas de cerámica que encuentras por la casa. Luego buscas la caja de herramientas, coges el martillo y con un golpe seco, PLAF, vas rompiendo cada una de las piezas.

Su majestad, mi padre

 

Rey Mago

 

Con mayúsculas escribí “UNAS BOTAS DE FÚTBOL”. Era un ritual, el de la carta, que repetíamos desde que aprendí a escribir. Pero esa Navidad yo había descubierto el secreto de que los padres eran los Reyes y representaba el papel de niño todavía en la inopia, porque me gustaba ser el dueño del secreto ahora que los papeles se habían invertido y eran mis padres los ignorantes. Ni siquiera a mi hermana, cinco años mayor y que escribía su propia carta para dar credibilidad al simulacro, se lo había confesado. Sigue leyendo

El concurso

niño escribiendo

Este año quiero escribir un cuento para presentarme al concurso de Navidad del cole. Mi compañero y enemigo, Paco, me dice que yo nunca podré ganar porque tengo un cerebro de mosquito. No sé de dónde habrá sacado eso. Y ¡qué sabrá él del cerebro de los mosquitos! A lo mejor son muy inteligentes pero prefieren vivir su vida de mosquitos.  Sigue leyendo

Menudo belén

Belén plastilina

Fue una madre quien me informó de que en el belén de primaria se encontraba la figura de plastilina de Herodes decapitando a un niño. La figura, salvando el siniestro contenido, es cómica: Herodes, una especie de Homer Simpson, con ojos saltones y tripa voluminosa, agarra con la mano izquierda, por los pelos, a un bebé desnudo, y con la derecha empuña un cuchillo a punto de rebanarle el cuello. La cabeza del niño está muy lograda, con ojos aterrorizados y la boca abierta, pero el cuerpo es más de pollo que de niño. Sigue leyendo

Baltasar

 

Reyes Magos

El día de Reyes me disfracé de rey Baltasar para darle una sorpresa a mi nieta Ana, de tres años. Me puse peluca y barba blancas para ocultarme mejor, y una corona de cartulina forrada con papel de oro. La cara me la embadurné de betún, y me vestí con una colcha roja a modo de túnica. Por último, me cubrí los hombros con una capa de fieltro blanco al que pegué unos pequeños pompones de lana negra para simular la piel del armiño. Estaba perfecto: ni yo mismo me reconocía en el espejo.

De esta guisa, con un saco lleno de regalos, me presenté en casa de mi hija. Ella y mi yerno me recibieron con aspavientos de alegría, una copita de anís y un plato con turrón, tal y como habíamos acordado. Pero Ana, en brazos de su madre, se hizo pis, no sé si de la emoción o de miedo, pues, aún recelosa, dudaba entre venir conmigo o quedarse con su madre, que la animaba a pasar de sus brazos a los míos.

Pasados unos minutos, ya más tranquila y liberada de humedades, Ana empezó a hablarme, sentada sobre mis rodillas, y me preguntó por mi país y por los otros Reyes, por los camellos y los pajes, por el niño Jesús y la Estrella de Belén. Y me hizo un dibujo de un rey Mago montado en un camello. Uno de esos dibujos infantiles donde una pierna del rey se veía a través del cuerpo exageradamente giboso de un camello de dos patas y larguísima lengua.

Cuando me fui, Ana se quedó jugando con sus nuevos regalos. “¿Sabes, Ana, quién era, cómo se llama el rey que te ha traído los regalos?”, me contó mi hija que le preguntó, y la niña, concentrada en el juego y sin mirar a su madre, dijo: “Sí, el abuelo rey”.

Las cosas del azar

loteria navidad

Quería ser juez, tener potestad para juzgar los actos libres de los hombres. Pero una noche soñé con un boleto de lotería: el 5423. Supe que era el boleto ganador porque un potente haz de luz lo rescataba de una envolvente oscuridad. Nada más despertar, me fui a la administración de lotería más próxima, y mientras esperaba mi turno, me imaginé con el dinero en mi poder, sin voluntad para preparar las duras oposiciones, rodeado de falsos amigos que me proponían “rápidos y rentables” negocios, casado con una mujer que en el lujo se volvía caprichosa y ridículamente sofisticada, y con unos hijos que, sin oficio, esperaban como buitres el bocado de mi herencia. Cuando volví a la realidad, el empleado de la administración tamborileaba con impaciencia sobre el mostrador. Me sequé el sudor frío que empapaba mi frente y, arrepentido, balbuceé un nuevo número: el 15917, número con el que, semanas más tarde, gané el primer premio de la lotería nacional.

La decadencia de los gestos

GESTOS

Me entusiasmaba ese gesto de Eva de encogerse de hombros, uno más alto que el otro, mientras se mordía el labio inferior y giraba la rodilla izquierda. Ahora lo detesto. Es evidente que el gesto de Eva sigue siendo el mismo; supongo entonces que es mi percepción del gesto la que ha cambiado. Pero ¿ha cambiado porque yo he cambiado, o es Eva la que ha cambiado, y yo, a la luz de esos cambios, percibo de otra manera ese gesto que antes me entusiasmaba?

Y en estas disquisiciones estaba cuando se me ha acercado Eva.

Mira, Adán ―me dice, tirando de una maleta―, hay un gesto tuyo… Cuando te pones a reflexionar con la ceja izquierda hacía arriba como un signo de admiración, y el índice de la mano derecha apuntalando tu sien… Ese gesto, digo, antes me tenía enamorada, me parecías tan interesante, intuía tan profundos pensamientos… Pero ahora lo detesto. No sé si es porque yo he cambiado o porque tú has cambiado. Me da lo mismo, el caso es que ahora ese gesto tuyo me parece de lelo, de lelo de campeonato.

Luego, desde el umbral de la puerta, se ha encogido de hombros mordiéndose el labio inferior, se ha dado media vuelta y se ha ido haciendo rodar la maleta.

Animalitos

zoo

“Me lo ha dicho un pajarito”

Es una frase que acostumbramos a decir cuando no queremos revelar nuestra fuente de información. Esto lo hacemos sobre todo con los niños para crear en ellos la conciencia de que, hagan lo que hagan y digan lo que digan, habrá siempre un pajarito chivato que nos mantendrá informados. Una versión light de un dios omnisciente.

Suerte para el pájaro que es un pájaro genérico, sin identidad, pues de lo contrario todo el mundo querría dar caza a ese pájaro cotilla que no deja de intimidarnos con su piar delator.

Pero lo que hoy me pregunto es el porqué de esa práctica de escondernos detrás de los animales:

“El ratón Pérez te dejó el regalo debajo de la almohada mientras dormías”.

 “Viniste al mundo un 18 de mayo a las tres de la madrugada en el pico de una cigüeña”.

 “ ¿Te ha comido la lengua el gato?”.

 “No fui yo, señor juez, quien mató a mi señora. Le juro que fue el animal que llevo dentro”.