CARPE DIEM

Las fotos son en sepia y en blanco y negro. Grupos de jóvenes miran a la cámara. En unas aparecen con atuendo deportivo, en otras con traje, camisa blanca y corbata de lazo. Tienen caras de niños antiguos, y lo son, de un tiempo ya muy lejano en la prestigiosa y elitista academia Welton, lugar adonde el profesor Keating, también alumno de Welton, ha llegado recientemente para dar clases de Literatura. Todos esos muchachos que veis en la fotos ya murieron, están criando malvas, es lo que les dice el profesor a sus nuevos alumnos. “Coged las rosas mientras podáis, veloz el tiempo vuela, la misma flor que ahora admiráis mañana estará muerta”, acaba de leer uno de los alumnos en un libro de poemas a petición de Keating, que ahora les pide a todos que se acerquen a la vitrina donde se exponen las fotos, que se acerquen y escuchen atentamente, y con gesto teatral empieza a susurrar: carpe diem, carpe diem…, como si fueran los muertos los que hablaran desde el más allá advirtiéndoles, advirtiéndonos, de la fugacidad de la vida y de la obligación de no desperdiciarla.

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El niño patata

Patata niñoTuve una infancia difícil. Mientras los otros niños jugaban al corro de la patata en el patio de recreo, yo era la patata. Me pelaban y me hacían rodar dando puntapiés. Yo me mondaba, pero no de la risa, naturalmente. Se burlaban de mí y me dejaban maltrecho en un rincón del patio, en ese rincón donde se acumulan los desechos infantiles: cromos repetidos, balones rajados, peonzas sin punta, suelas de zapatos, y también el preservativo que algún desaprensivo lanzaba desde el otro lado de la tapia (eran otros tiempos; hoy los preservativos los llevan los propios niños).

Los niños del corro eran afortunados y soñaban futuros de fábula: astronautas, bomberos, futbolistas… Yo, en cambio, identificándome siempre con los desposeídos, me imaginaba ministro sin cartera, que es algo que había oído en la tele y que suponía el colmo de la desposesión, pues no era raro el día en que mi cartera volara por los aires o despareciera para regresar luego, también ella desposeída de libros, cuadernos y lápices.

Yo, simple niño patata, me aislaba en mi mundo de tubérculo (o pubérculo) y me resignaba a mi condición patatil. Y envidiaba especialmente a aquellos niños que se soñaban escritores. Allí estaba Sánchez Dragó mirando ensimismado el canalón por donde caía el agua de la lluvia, y, como tenía un cerebro florido y ya medio oriental, empezó a escribir un libro que, con el tiempo, acabaría llamándose “Las fuentes del Nilo”. “Joder, lo que da de sí un canalón”, me decía yo. Y es que eso es lo que tienen los genios. Yo miro una piedra y veo una piedra. Un genio mira una piedra y ve un iglú, o una geisha, o un elefante. Para los genios no existen los límites geográficos; o mejor, para los genios no existen los límites. Los niños patata, en cambio, nos vemos abocados a un destino de felices patatas al montón.

El concurso

niño escribiendo

Este año quiero escribir un cuento para presentarme al concurso de Navidad del cole. Mi compañero y enemigo, Paco, me dice que yo nunca podré ganar porque tengo un cerebro de mosquito. No sé de dónde habrá sacado eso. Y ¡qué sabrá él del cerebro de los mosquitos! A lo mejor son muy inteligentes pero prefieren vivir su vida de mosquitos.  Sigue leyendo