El bufón

Bufón

 El niño de Vallecas (Velázquez, Museo del Prado)

 

FELIZ NAVIDAD A LOS DISCAPACITADOS, QUE SOMOS TODOS

No esperes más, no hay ningún rezagado, esa pareja de japoneses que contempla al histriónico Pablo de Valladolid, a mi izquierda, no son de tu grupo. Los tuyos ya están a tu alrededor, con la mirada fija en mí, esperando que les digas quién soy y por qué estoy en este lienzo de 107×83 cms.

Me miráis y yo también os miro. Mis ojos te seguirán si te mueves. Pero lo que realmente quiero saber es con qué clase de mirada vienes a mí; si es una mirada limpia o es una mirada contaminada por esa información manida que circula de boca en boca, de escrito en escrito, y que dice que soy Francisco Lezcano, un niño de doce años afectado de “cretinismo con oligofrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna”, según textual informe médico realizado con más de dos siglos de distancia desde mi muerte en 1649, y que tal vez te has grabado palabra a palabra en tu mente; es decir, que soy un ser de pocas luces que vivía para divertir al Rey y su Corte, y que gracias tendría que dar, pues así me libraba de una vida de indigente, que es a lo que estábamos condenados los de mi constitución si no fuera por ese papel de bufón que algunos podíamos realizar.

¿Va a ser esa tu mirada? Una mirada que, sin conocerme, te dice que soy un lelo deforme, con una cabeza gorda que apenas puedo sujetar y una pierna de tullido; un enano mental que, gracias a la humanidad de don Diego, fui rescatado de los pozos de la ignominia para que os compadezcáis de mi tara y así sentiros vosotros también más humanos y caritativos; un enano al que el arte del pintor ha puesto a la altura ―disculpa el fácil juego de palabras― de reyes y nobles. Sigue leyendo

Virus

Ordenador pantalla

Ten cuidado, amigo, los virus que circulan por las redes pasan del ordenador a tu cerebro. Allí instalados infectan todo tu comportamiento: repetirás frases triviales, tristes tópicos, embustes, calumnias; comprarás compulsivamente las ofertas que destellan en la pantalla; rendirás culto a la estupidez, a la broma cruel;  insultarás desde el anonimato a todo aquel que piense distinto que tú; alimentarás la ordinariez con tus “me gusta” a discursos-cloaca; tu cara será un permanente emoticón de ridícula felicidad porque el tontovirus quiere desterrar la tristeza pero no lo triste, el sentimiento y no la causa; intentarás hasta la extenuación seguir los consejos de innumerables listas avaladas por expertos de toda índole para que seas el mejor padre y el mejor amante; para que hagas el mejor cocido y el mejor negocio inmobiliario; para que ahorres en la factura de la luz y en las relaciones tóxicas; para mantener a raya tus niveles de azúcar, colesterol, ácido úrico y demás sustancias, y que no te olvides de que eres un laboratorio ambulante con riesgo de explotar… Listas y más listas, manuales simplistas, la caótica y banal enciclopedia de un mundo loco.

Pero yo tengo el remedio para escapar de estos virus que van vaciándote de ti y te convierten en una marioneta, en un bobo ilustrado, es muy fácil, solo tienes que… solo tienes que… tienes que… tienes que…

electro plano

Plastilina

plastilina

En las vacaciones castigué a mi hijo sin ver la televisión por insultar a su hermana. No rechistó y se fue a jugar con la plastilina. Me enterneció verlo tan concentrado, con la lengua asomando por la comisura de los labios, ya mirándome a mí ya a la figura que iba dando forma, intentando una réplica de mi persona: la nariz prominente y la cicatriz que tengo en la barbilla. Cuando terminó, vino sonriente a ofrecérmela, pero al ir yo a cogerla, su sonrisa se tornó siniestra y con rabia hundió un dedo en el pecho de la figura.

Ahora estoy en el hospital. Los médicos dicen que ha sido un infarto, y no les voy a llevar la contraria: no me creerían, y, al fin y al cabo, se trata de mi hijo.

Lógica… ¿infantil?

lógica

―¡Quiero que venga mi mamá a buscarme! ―dice el niño, llorando, a sus profesoras en la guardería.

―Es pronto aún ―le responde una de ellas.

―Tu mamá vendrá después de la comida ―le explica la otra.

Y entonces el niño, con la lógica aplastante de los deseos, grita entre llantos:

―Quiero comer, quiero comer…

ooo

El señor Z está en casa esperando una llamada importante. Se muerde las uñas, va y viene por el pasillo, y cuando ya no aguanta más, deja el móvil en la repisa del cuarto de baño, se desnuda y se mete en la ducha, pues tiene la seguridad de que cuando se halle completamente enjabonado, cegado por el gel y con el vaho escalando azulejos y espejos, empezará a sonar la jovial musiquilla de su móvil.

 

Deshojando la margarita

margarita

El hombre va por la calle pensando en la mujer. De pronto se dice: “Si llego a la parada antes que el autobús es que todavía me quiere”. El hombre y el autobús llegan al mismo tiempo. En rigor, si acepta las reglas que él mismo ha puesto, la mujer no le quiere. Pero decide que esa coincidencia en el tiempo entre él y el autobús se presta a la ambigüedad, así que lanza una moneda al aire. Sale cruz, aunque ahora mismo no recuerda qué significado le ha dado a que salga cruz: ¿significa que le quiere o que no le quiere? El hombre llega a su destino y se baja del autobús. Y cuando ya en la acera se dispone a contar si es par el número de baldosas que lo separan del portal a donde va, lo que supondría, en caso afirmativo, que la mujer le quiere, le suena el móvil en el bolsillo. Lo coge. Es la mujer. «Tenemos que hablar», dice ella.

 

Ritual

Altar dia de los muertos

Dejé atrás las calles: rostros arrasados por cicatrices, intestinos al aire, cuerpos esqueléticos, deformes, descabezados, desmembrados… Era Halloween y quería llegar pronto a casa para llevar a cabo el ritual. “El que sobreviva al otro… Me lo tienes que prometer”, me había pedido Julia una noche del verano pasado, frente al mar de Acapulco. Sigue leyendo

Autómata

 

automata

Cansado de trabajar como juez, encargué una réplica de mí mismo al Instituto de Robótica. El diseño resultó perfecto: mi misma voz, y hasta la señal de nacimiento que tengo en la mejilla. Con la asistencia de expertos en leyes, los ingenieros crearon programas con múltiples vínculos entre los supuestos de hecho y las normas del Derecho, que luego grabaron en los circuitos del autómata. Así, mientras yo vivía “la dolce vita”, mi doble trabajaba por mí y con más eficacia. Todo iba bien hasta que un día, al entrar en casa, oí mi voz en el salón. Me asomé por la rendija que dejaba la puerta entornada y vi a mi doble en compañía de mi mujer y mis hijos. Parecían muy felices, como nunca lo habían sido conmigo. Di media vuelta y me fui para no volver a verlos. Fue mi última sentencia, la más justa.

 

 

La vida boba

 

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El señor Z está comiendo solo en su restaurante habitual. Sobre la mesa, a la izquierda del plato, tiene un móvil en el que picotea constantemente con su mano izquierda mientras con la derecha, sin mirar al plato, va tomando cucharadas de la sopa de ajo que ha pedido. El señor Z prefiere pedir platos que pueda comer con una sola mano; de esta forma tiene la otra libre para manipular el móvil a su antojo. Como el segundo plato es un filete de ternera ―hoy no tenía mejores opciones de adaptabilidad―, el señor Z corta primero el filete en pequeños y definitivos trozos, y aunque así le queda el plato un tanto infantil, como si fuera para un niño que aún no domina el uso del cuchillo y el tenedor, es de esta forma como mejor puede usar el móvil sin interrupciones mientras uno a uno va engullendo los trozos de ternera.

ooo

El señor Z se ha comprado unos zapatos nuevos y con el video del móvil va grabando sus pasos sobre la acera. Cuando lleva un rato andando, se encuentra con dos jóvenes que se están peleando a saber por qué. El señor Z deja de enfocar sus zapatos y se pone a grabar a los chicos. Gira en torno a ellos para buscar distintas perspectivas. De pronto el señor Z deja de enfocarlos y les pide a voz en grito que se peleen con mayor vigor, que parecen unas nenazas; incluso se atreve a darles algunas instrucciones sobre la mejor forma de atizarse para componer una imagen más viril. Los jóvenes deben de pensar que están ante un loco porque, aunque esa no era la intención del señor Z, dejan de pegarse y cada uno se va por un lado. El señor Z sigue andando, ya sin ganas de grabar sus zapatos y protestando por la poca colaboración de estos chicos que ya no respetan a sus mayores, mierda de mundo, adónde vamos a llegar.

ooo

El señor Z ha tenido un hijo. Pasa un mes y en su móvil se acumulan mil fotos del niño y medio centenar de videos. Su mujer le dice que menos fotos y videos y más abrazar al niño, jugar con él, darle de comer… En definitiva, que deje el puto móvil y se ocupe de su hijo. El señor Z sigue las “recomendaciones” de su mujer, pero tendrías que haberle visto haciendo malabarismos con el móvil, del que no puede desprenderse, mientras está con el bebé, cuyo único objetivo es apoderarse del móvil y llevárselo a la boca pringada de la papilla tres frutas para luego, con esos movimientos frenéticos de los bebés, golpearlo una y otra vez contra la trona.

ooo

Cuando ya en el metro el señor Z descubre que se ha dejado el móvil en casa y su cuerpo empieza a experimentar los síntomas del pánico, sin pensárselo dos voces, se levanta del asiento en que ha logrado sentarse y tira de la palanca de emergencia. El tren se detiene, se abren las puertas y el señor Z sale pitando. Lo que más le duele no son las consecuencias que tendrá este acto impulsivo de tirar de la palanca de emergencia y que con seguridad las cámaras habrán grabado, sino el haberse olvidado del móvil por un momento, la primera vez que le pasa, pues hasta hoy siempre ha aparecido ese gesto instintivo de llevarse la mano al bolsillo para comprobar que allí estaba, como quien se palpa el corazón para asegurarse de que late y de que puede seguir viviendo.

ooo

El señor Z ha alquilado una habitación en el piso más alto del hotel de mayor altura de la ciudad. La habitación da a la azotea, y es en la azotea donde el señor Z tiene la intención de hacerse una selfie subido a la barandilla, medio vencido al vacío, con el fondo lejano de la calle y los coches como hormigas. No sabe por qué quiere hacer esto; solo sabe que lo va a hacer. Pero, entonces, un fuerte dolor parece comprimir su brazo y escalar hasta el pecho. Encogido, atenazado por el dolor, vuelve a entrar en la habitación y se echa en la cama. Precipitadamente coge el móvil y se hace una selfie. No era lo que tenía pensado pero hay que adaptarse a las circunstancias, piensa; y, bien mirado, será algo espontáneo, guiado por los imprevisibles avatares de la vida. Cuando mira la foto que ha obtenido, ve qué detrás de él aparece una figura siniestra, con los ojos hundidos y la marca de la calavera bajo la piel, y que, con los dedos esqueléticos de su mano derecha, está haciendo el signo de la victoria. Emocionado, retorciéndose en la cama, el señor Z envía la foto a todos sus contactos, y al rato le empiezan a llegar los mensajes de respuesta: caritas sonrientes, dedos pulgares hacia arriba, corazoncitos… Pero el señor Z, con los ojos fijos en el techo de la habitación y una sonrisa en los labios, ya no podrá verlos.

 

 

 

Rascacielos

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Desde que empecé a trabajar de ascensorista tengo la capacidad de leer los pensamientos. Solo en el ascensor, fuera de él soy un tipo corriente. No me pregunten por qué, simplemente sucedió. Puedo ver todo lo que ronda por las cabezas de sus ocupantes. Algunos pensamientos dan pena; otros, miedo. Entonces se me ocurrió lo del rótulo: “ELEVAMOS SUEÑOS”, que fijé a la inevitable altura de los botones.  Desde aquel día, no voy a decir que la gente sea más feliz, pero, en esa suerte de burbuja que veo formarse en torno a sus cabezas, hay una luz nueva, un temblor: ahora se esfuerzan, no se rinden.

 

Regreso al pasado

reloj al pasado

Era nuestro particular Everest. Desde la cima, sentados en grandes cartones, nos deslizábamos por la inclinada y larga pendiente. Cada niño, un cartón. A veces bajábamos en fila, sin apenas espacio entre nosotros, porque era divertido chocar con el amigo que iba delante y ver cómo en ocasiones niño y cartón seguíamos diferentes y alocadas trayectorias, o llegar abajo sin tiempo de apartarte, y quedar todos apelotonados en alegre barullo de piernas, brazos y cartones. Otras veces, más competitivos, bajábamos de dos en dos o de tres en tres, a lo ancho de la ladera, al mismo tiempo y a la orden de un, dos, tres, para ver quién bajaba más rápido.

Una vez abajo, sin apenas respiro, empezábamos a subir por aquel lateral de la montaña que tenía menos pendiente y que disponía de apoyos que hacían las veces de escaleras. De nuevo en la cima y vuelta a empezar: bajar y subir, bajar y subir, cada vez más cansados, alegremente cansados, y así se nos iban pasando las horas, hasta que la montaña, a la que no llegaban las luces de las farolas, se quedaba a oscuras y ya solo éramos sombras, sombras de niños felices.

Pasaron los años y volví al barrio. De mi montaña apenas quedaban restos, y lo poco que quedaba estaba dentro de una jaula de alambre con el cartel de SE VENDE TERRENO, rodeada de pisos nuevos. Me fue imposible imaginarme a la pandilla deslizándonos sobre los cartones por aquel ridículo montículo, por aquel grano de arena de mierda en que se había convertido. Supuse que fueron las excavadoras las que a mordiscos habían acabado con mi montaña para alimentar a los nuevos pisos que se habían construido.

Le pregunté a un hombre mayor que pasaba por allí. Era en realidad una pregunta retórica, un querer confirmar lo que ya sabía, o creía que sabía. Pero el hombre se encogió de hombros, como si no entendiera muy bien lo que le preguntaba, y me dijo que en breve quitarían el cartel de SE VENDE, pues una cadena de supermercados ya había comprado el terreno, y que, en lo referente a mi pregunta, nadie se había llevado arena de ese lugar, que él llevaba cuarenta años viviendo en el barrio y no tenía noticias de que allí hubiera habido una montaña.

En mi cara debió de ver un gesto de burla o de incredulidad, porque un poco molesto añadió: “Espere un momento, por favor. No se vaya”, atravesó la calle y se metió en uno de los portales del bloque que teníamos en frente.

A los pocos minutos le vi cruzar la calle, blandiendo ya desde la distancia un papel en la mano. “Mire”, me dijo cuando estuvo a mi altura ―era una fotografía―. “Aquí estoy yo con mi mujer, entonces mi novia. De esto hace ya treinta y cinco años. Como puede ver, nada ha cambiado, solo nosotros, mucho más viejos”, y soltó una risita.

Estuvimos unos minutos hablando de lugares comunes: la fugacidad de la vida, los pros y contras del progreso, de que no somos nada, apenas un suspiro en el cosmos… En fin, todas esas cosas que sirven para llenar los huecos del tiempo.  Le di las gracias por su amabilidad, estreché su mano y me fui sin mirar atrás, huyendo a paso rápido de aquel lugar, porque hay paisajes a los que es mejor no volver: paisajes que solo brillan en la memoria.