Melchor, “el profeta”

 

Reyes Magos

Aquí estoy, junto a Gaspar y Baltasar. Somos reyes y como reyes vestimos. Durante el viaje, las figuras de los tres montados en sendos camellos, recortadas sobre el fondo del cielo en el horizonte, debían de ofrecer una magnífica composición para los ojos con sensibilidad artística. Y no es falta de modestia, pero nadie que nos haya visto podrá deducir que personajes tan imponentes fuéramos camino de un humilde establo para adorar a un recién nacido.

La ocurrencia fue de Gaspar y Baltasar. Al principio pensé que se habían pasado con la bebida, pero estaba equivocado, solo son dos locos que creen en las profecías. Yo no creo en nada, y no debería haber emprendido este absurdo viaje, pero hay algo en mí que tiende a lo extravagante, por eso he venido con ellos, siguiendo el rumbo de una estrella que nos ha guiado para llegar a Belén, donde ahora nos hallamos, frente a este pesebre en el que, según esas profecías, el Mesías, el hijo de Dios, ha nacido.

Los tres ponemos los pies en tierra y nos acercamos al improvisado lecho de paja donde el niño reposa. Felicitamos a los padres por el nacimiento de su hijo y depositamos tres cofres como ofrenda. En uno hay oro; en otro, incienso; y mirra en el tercero. Yo no le veo el sentido a estos regalos. Si acaso al oro, porque se puede vender a los mercaderes, pero ¿incienso y mirra? ¿Qué clase de regalos son? Fue idea de Gaspar, experto en rituales y simbolismos. Dice que el oro se lo ofrecemos por ser el rey de los judíos; el incienso, por su naturaleza divina; y la mirra, que es el cofre que me ha tocado en suerte, por su condición de mortal, pues esta resina se usa en el embalsamamiento de los cadáveres. Tonterías, un niño no se alimenta de símbolos. Mucho mejor hubiera sido surtirles a él y a sus padres de ropa y alimentos. Pero no digo nada, no quiero estropear este instante de arrobamiento en que Gaspar y Baltasar se encuentran, con la estrella presidiendo la escena desde el cielo.

He observado al niño con mucha atención y no percibo en él nada fuera de lo común. No hay un aura alrededor de su cabeza, sí en cambio tiene el colgajo del ombligo y el rostro enrojecido por el esfuerzo del parto, y una mula y un buey que le dan calor con sus alientos. Todo demasiado terrenal. Me cuesta creer que en este cuerpecito esté contenida la Divinidad, que este niño sea la encarnación de Aquel que creó el Mundo en seis días, de Aquel que envió al ángel exterminador para matar a los primogénitos de los egipcios (por cierto, ¡¿qué clase de dios haría eso?!). ¡Tanto poder ahora reducido a la indefensión de un niño!

Todas estas historias me parecen un gran disparate, pero reconozco su poder de sugestión, porque son el reflejo de nuestros miedos y deseos, y pueden llegar a ser tan consoladoras como un oasis en el bello pero inhóspito desierto. Incluso a mí, el incrédulo, me conmueve esa vida que las profecías ya han escrito para el niño: le perseguirán por sus ideas, será traicionado y vendido por treinta monedas de plata, y condenado a muerte en la cruz, resucitará y subirá al cielo. Aun así, y aunque no soy profeta, puedo predecir sin temor a equivocarme que en el futuro nadie celebrará este nacimiento: en un par de meses, el recuerdo del Mesías habrá caído en el olvido.

Yo me remendaba, yo me remendé

cantando villancicos

Rin Rin

Caminas con tu hija cogidos de la mano. Al final del camino os espera un Rey Mago sentando en su trono. En la mano libre la niña lleva la carta que durante un mes ha estado escribiendo. Es la carta definitiva, la última versión después de mucho escribir y borrar, escribir y borrar, tantas veces que el resultado te recuerda a un yacimiento arqueológico en el que los distintos niveles, si pudieras excavar, te revelarían los cambiantes deseos de la niña a lo largo de ese mes. Cuando os ponéis a la cola, te pregunta: “Papá, ¿por qué llegan antes los regalos de Papá Noel que los de los Reyes Magos, si Papá Noel es uno y los Reyes son tres?”. Te frenas en seco, como si la palma de una mano gigante te hubiera dado el alto. La pregunta es peliaguda, no puedes andar y pensar a la vez. La niña te mira, se rasca la rodilla, espera. “Esto… ummm… verás… —miras al cielo buscando la inspiración, y parece que te llega—, pues porque los Reyes viajan en camellos, que son más lentos que el trineo tirado por renos de Papá Noel”, dices, y tu hija parece conformarse con la respuesta. Solo de momento. Sabes que volverá a la carga, que con sus preguntas irá día a día quitándole las capas a la cebolla de la inocencia.

Pasan los años, tu hija se ha independizado y acaba de estrenarse como maestra. Ha venido a ayudarte a montar el belén. Mientras estáis enfrascados en la tarea, te habla de la experiencia con sus niños en el colegio. Está indignada con el villancico “Rin Rin” que han cantado en la capilla. Ella no lo hubiera elegido. Es un villancico tendencioso y cargado de prejuicios, te dice. ¿Por qué tiene que ser una burra y no un burro quien lleve la carga de chocolate al portal? ¿Por qué María es simplemente María, y José es san José? ¿Qué ha hecho él para ser un santo, aparte de tocarse los güevos?, ya que es María la que tiene que correr para que los ratones no se le coman a él los calzones, es María la que tiene que volar para que no le roben los pañales al niño. No, José no es un santo, y los ratones, guiados por su instinto animal, han intuido que hay algo turbio en él, ¿por qué, si no, le roen los calzones, precisamente los calzones? Y lo peor: ¿por qué son gitanillos y no payos los que roban los pañales? Agggggg.

Ufff, tu hija está realmente enfadada, y tú te has quedado con una oveja en la mano, a medio camino de ponerla a pastar sobre el belén, como si estuvieras posando para una foto, sin saber qué decir. Intentas recordar la letra del villancico: “Hacia Belén va una burra, rin rin...”, ahora bajo la interpretación que tu hija ha hecho.

—Durante años —insiste tu maestra—, he estado repitiendo este villancico como un loro. Ahora es cuando me doy cuenta de la bomba machista y racista que esconde en su interior. Y justamente la parte que nunca entendí, la parte que me parecía más absurda, es la única que tiene valor.

—¿Qué parte es esa? —preguntas, sospechando una insólita respuesta.

—Su estribillo.

—¿Su estribillo?

Y tu hija se pone a cantar:

—“Yo me remendaba, yo me remendé, yo me eché un remiendo, yo me lo quité”, que si lo piensas bien, este estribillo no es otro que el estribillo de la vida misma, porque siempre andamos remendándonos y quitándonos los remiendos para volvernos a remendar. Y es que no nos queda otra.

Entonces recuerdas aquel remoto día en que fuiste con tu hija a dejar la carta al Rey Mago y piensas que, definitivamente, la niña le ha quitado todas las capas a la cebolla.

—Te parece que cantemos “Noche de paz”—es lo único que se te ocurre decir.
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Juego de tronos

trono

Quería ser Rey. Es lo que siempre respondía cuando de niño le preguntaban. Ahora -no le queda otra opción-, está frente al espejo mesándose la barba que hace meses se dejó crecer. Ya se ha puesto la túnica y la capa, y con sus propias manos se corona a sí mismo: una corona dorada adornada con falsos rubíes. Cuando al fin abre la puerta, oye el murmullo de la multitud que le aguarda, y camina lentamente imprimiendo dignidad a sus pasos, obligándose a sonreír, hasta que llega al improvisado trono donde se sienta, alza los brazos y saluda. Suenan vítores, pero le duele el alma y tiene que respirar hondo, contener las lágrimas antes de que el primer niño de la larga fila se siente en sus rodillas y le entregue la carta que lleva en la mano.

 

La comunidad

Portal comunidad navidad

Yo trabajaba de portero en una comunidad de vecinos, hasta que llegó la Navidad y decidieron adornar el portal con un gran belén.

Como es gente de dinero, recurrieron a un estudio de decoración, que les presentó tres proyectos: el A, el B y el C, cuyos bocetos fueron expuestos en la sala de reuniones. El proyecto A era un belén tradicional, de figuritas perfectamente reconocibles, muy artísticas y de calidad; el B era una cosa extraña, sin figuras, con juegos de luces y sombras y formas geométricas, y cargado de símbolos, como una ramita de olivo, o un ala, no sé si de ángel o paloma, que colgaría del techo con un hilo invisible. Lo llamaban belén conceptual. Y por último estaba el belén minimalista, que parecía obra del mismísimo Picasso. Así, por ejemplo, los Reyes Magos y sus camellos estaban fundidos en una sola figura, igual que la Sagrada Familia, de tal forma que, al tener las extremidades compartidas, no sabías dónde empezaban los unos y acababan los otros. Yo iba a casa y bromeaba. “Anda, Matilde, tengo cinco minutos, vamos a echar un minimalista” o “Matilde, hagamos un conceptual, tú en la cama y yo en el suelo, sin tocarnos”, y nos partíamos de la risa.

Fefé y sus amigas decían que, como demócratas que eran, aceptarían el proyecto más votado, pero yo las oía protestar: “No pienso cantarle un villancico a un puto belén conceptual, porque no sé a quién le canto”, decía Fefé, que cuando se enfada habla como un camionero. En realidad se llama María Fernanda, pero la llaman Fefé. Para mí que no le pega, porque es poco nombre para una señora que andará por los cien kilos, aunque quizá sí le pegue, porque va a todos los lados con Pocholito, que es su perro, y lo lleva con chalecos y gorritos con pompones, aunque entonces lo llevaba vestido de Papá Noel.

Finalmente ganó el proyecto minimalista, pese a las quejas iracundas, según me dijeron, del presidente de la comunidad, don Rodrigo Reigosa de los Monegros y Fernández de Siniestrilla-Seis Sicilias, que se lamentaba: “Una panda de rojos progres nos invade. La comunidad se erosiona”.

En una mañana, operarios del estudio de decoración montaron el belén, pero al día siguiente el belén había desaparecido. Lo descubrí yo, que era quien más madrugaba. No solo no estaba el belén, sino que no había ni cuadros, ni mesas, ni sofás, ni lámparas, ni alfombras… “Ahora sí que está minimalista”, me dije, riéndome para mis adentros. Pero ostras la que se armó. Acudió la policía. Preguntaron a los vecinos. A mí me marearon a preguntas. Y hasta registraron mi casa. Me quejé, pero ellos me aseguraron que era pura rutina. ¿Pura rutina? ¿Por qué, entonces, solo registraron mi casa? Y de pronto recordé que la noche del robo, muy de madrugada, había oído voces en el portal. Me asomé por la mirilla y vi al hijo del presidente y a otro chaval que no conocía. Entonces no di importancia a nada de esto. Pero luego, pensando en sus extraños movimientos, sombras que iban de acá para allá con la luz ya apagada, tuve la seguridad de que fueron ellos los ladrones. Además, todo el mundo sabe que el hijo del presidente se pone ciego de drogas. Necesitaría dinero para pagar sus vicios.

Así que me fui directamente a ver a don Rodrigo. Sólo le dije lo que acabo de contar, pero sin mencionarle a su hijo. Le dije que no me dio tiempo a reconocerlos, aunque uno de ellos llevaba toda una ferretería sobre su zamarra (que así es como viste su hijo). Esperaba que él atara cabos. Y luego le juré que yo no tenía nada que ver con el robo, que era licenciado en Filosofía y, aunque pobre, honrado; y que eso de medio gitano era una mentira que don Borja, el farmacéutico del segundo piso, iba contando porque me tenía ojeriza desde que no quise lavarle el coche por pensar yo que esa tarea no entraba dentro de mis funciones. Y, además, ¿qué, si fuera gitano?, ¿qué?, ¿acaso no se puede ser gitano y honrado? Él me respondió que ser licenciado en Filosofía tampoco me eximía de sospechas pero que, no obstante, confiaba en mi inocencia.

Ahora sé -ingenuo de mí-, que hablar con el presidente fue lo peor que pude hacer, porque en los días siguientes todos los vecinos se fundieron en una única figura, y yo era el extraño en ese belén que todos formaban, la única figura que se erosionaba, porque mucho espíritu navideño, mucho amor y paz, pero empezaron a mirarme mal, aunque con el disfraz de una amabilidad untuosa, y me daban aguinaldos desproporcionados que apuntaban a sus problemas de conciencia y eran anticipo de lo que iba a ocurrir.

Y así fue. Pasada la edulcorada tregua navideña, me echaron con una ridícula indemnización, y solo dos semanas me dieron para abandonar la portería. Le dije a Matilde que íbamos a contratar a un abogado, y Matilde, siempre con los pies en el suelo, me dijo que qué abogado ni qué niño muerto, que esa gente tiene amigos hasta en el infierno y que quién me había creído yo que era, que al final nos gastaríamos los cuartos para nada. Me dio rabia, pero tuve que darle la razón.

Ahora trabajo de vigilante nocturno en una obra de pisos de lujo. Solo me acompaña Pezuñas, un perro la mar de bueno y dócil, que solo ladra cuando tiene que ladrar.  Allí, de noche, en la soledad de mi garita, sí que me siento como la figura de un portal minimalista, y mientras leo a Nietzsche me gusta ver cómo día a día va creciendo el edificio: una viga aquí, un muro allá, las ventanas, los balcones… Gano menos que de portero, pero no me importa porque lo mejor de todo es que, cuando vengan a vivir los vecinos, yo ya no estaré.

 

 

De vírgenes y pretorianos

.Virgen peregrina II

Aquel año pedí a los Reyes el traje de pretoriano que exhibían en la juguetería del barrio. La espada, el escudo y el casco eran magníficos, pero lo que más me gustaba era la coraza, que simulaba unos grandes pectorales. Así que esas Navidades yo iba cantando por la casa: “Olé, olé los pretorianos”, de pura alegría al imaginarme ya con el traje de guerrero, y quizá también porque asociaba el circo romano de las películas con las plazas de toros. Vete tú a saber, yo era un niño raro. Eso decían mis padres: “¡Qué niño tan raro!”.

Aunque más raros eran ellos. Un día oí que mi madre le decía a mi tía: “Ahora que Antonio está en paro, no sé si van a poder venir los Reyes”. Al día siguiente le pregunté a mi madre qué era estar en paro. Me lo explicó, pero no entendí que relación había entre que mi padre estuviera sin trabajo y la llegada de los Reyes. Con intuición infantil preferí no pedir más explicaciones, pero supe que tenía que pedirle ayuda a la Virgen Peregrina.

La Virgen Peregrina, así la llamaba mi madre, era una Virgen nómada que, dentro de una pequeña capilla de madera, iba de bloque en bloque, de piso en piso, siguiendo el itinerario que indicaba la lista de sus devotos pegada a la parte posterior de la capilla. Y era una suerte que fuera a quedarse en casa hasta el siete de enero. Después deberíamos pasársela al vecino de otro bloque que nos seguía en la lista. Por eso, hasta el cinco de enero, víspera de Reyes, tenía tiempo de convertirla en mi aliada.

La capilla estaba protegida por un cristal y llevaba incorporada una hucha para las limosnas. La Virgen vestía una túnica blanca y por encima un manto azul que le cubría también la cabeza. Mi madre le encendía lamparillas en una taza con aceite, y en silencio le pedía deseos. A mí también me animaba a que le pidiera algún deseo. “Pero que no sean cosas mundanas”, me decía. ¡¿Mundanas?!, lo dicho, mis padres sí que eran raritos. Mi madre me lo explicó: “Pide salud y felicidad para todos, que no haya hambre ni guerras”.

Eso fue lo que hice, saqué mis ahorros de mi hucha y los deposité en la hucha de la Virgen, y pedí que los Reyes me trajeran el traje de pretoriano, convencido de que no era necesario preguntar si era o no un deseo mundano. Y luego andaba pidiéndole a mi madre que me diera otras monedas para echar en la capilla, y ella buscaba en su monedero y me daba la calderilla, quizá emocionada por lo que suponía muestras de piedad en su hijo.

Cuando mi madre estaba presente, pedía salud para mi abuelo y trabajo para mi padre,  pero cuando me quedaba solo, me arrimaba a la capilla y rogaba: “Oh, Virgen Peregrina, que los Reyes me traigan el traje de pretoriano”, poniendo especial énfasis en aquel “Oh”, que consideraba indispensable para el logro de mi deseo. El ondular de las llamas de las lamparillas, agitadas por el aliento de mis palabras, me parecía la confirmación de que mis ruegos eran oídos.

Estaba equivocado. Unos guantes de lana, un estuche para el colegio y una pelota de goma fue todo lo que encontré bajo el árbol de Navidad en la mañana de Reyes. Mis padres me abrazaron y me dijeron que no siempre los Reyes traían lo que pedíamos. ¿Eso era todo? ¡Vaya mierda! Lo primero que pensé fue en prenderle fuego a la Virgen con las mismas lamparillas, o tirarla al suelo y hacerla añicos, pero eso habría tenido consecuencias para mí. Y entonces lo vi claro: robaría el dinero de la hucha. O mejor aún, sacaría la cantidad que había depositado, y entonces no sería un robo, sino un acto de justicia: ¿no había incumplido la Virgen con su parte del trato?

Al día siguiente, el último de las vacaciones, en un momento en que me quedé solo, llevé la Virgen a la mesa de la cocina, cogí un cuchillo de hoja fina, lo introduje en la ranura de la hucha y volqué la capilla para que la parte de la hucha sobresaliera de la mesa y así poder maniobrar mejor. También de esa forma evitaba enfrentarme a la mirada de decepción de la Virgen. A veces tenía suerte y caían sobre mi mano dos monedas juntas; otras, asomaban por la ranura negándose a salir como si quisieran advertirme de que desistiera, que estaba mal lo que estaba haciendo. Entonces, para que la rabia no cediera, me imaginaba a otros niños vistiendo el maravilloso traje de pretoriano.

Cuando tuve el dinero exacto, lo devolví a mi hucha. Luego cerré las puertas de la capilla, la cogí por el asa metálica y salí de casa. Había acordado con mi madre que la llevaría a su nuevo destino. Bajé lentamente por las escaleras, no quería caerme ni oír el golpeteo acusador de las monedas en el fondo de la capilla. Al salir del portal, una bocanada del aire frío de enero me dio en la cara. A medida que andaba, la capilla se me hacía más y más pesada, al igual que mi culpa. Entonces me la cambiaba de mano o descansaba un rato apoyándola en el suelo.

Me abrió la puerta una mujer con una bata floreada y una escoba en la mano. Me miró con extrañeza hasta que vio la capilla y sus facciones se relajaron. “Seguro que eres un buen chico y tu madre está orgullosa de ti”. Aquellas palabras me hicieron más daño que una bofetada. Luego, de regreso a casa, me pasé por la juguetería. En el escaparate estaba aún el traje de pretoriano, y aunque seguía sin entender nada, me alivió pensar que todos los padres del barrio debían de estar en el paro y que ningún otro niño iba a vestirse de pretoriano.

El concurso

niño escribiendo

Este año quiero escribir un cuento para presentarme al concurso de Navidad del cole. Mi compañero y enemigo, Paco, me dice que yo nunca podré ganar porque tengo un cerebro de mosquito. No sé de dónde habrá sacado eso. Y ¡qué sabrá él del cerebro de los mosquitos! A lo mejor son muy inteligentes pero prefieren vivir su vida de mosquitos.  Sigue leyendo

Menudo belén

 

Belén plastilina

Fue una madre quien me informó de que en el belén de primaria se encontraba la figura de plastilina de Herodes decapitando a un niño. La figura, salvando el siniestro contenido, es cómica: Herodes, una especie de Homer Simpson, con ojos saltones y tripa voluminosa, agarra con la mano izquierda, por los pelos, a un bebé desnudo, y con la derecha empuña un cuchillo a punto de rebanarle el cuello. La cabeza del niño está muy lograda, con ojos aterrorizados y la boca abierta, pero el cuerpo es más de pollo que de niño. Sigue leyendo