El concurso

niño escribiendo

Este año quiero escribir un cuento para presentarme al concurso de Navidad del cole. Mi compañero y enemigo, Paco, me dice que yo nunca podré ganar porque tengo un cerebro de mosquito. No sé de dónde habrá sacado eso. Y ¡qué sabrá él del cerebro de los mosquitos! A lo mejor son muy inteligentes pero prefieren vivir su vida de mosquitos.  Sigue leyendo

Baltasar

 

Reyes Magos

El día de Reyes me disfracé de rey Baltasar para darle una sorpresa a mi nieta Ana, de tres años. Me puse peluca y barba blancas para ocultarme mejor, y una corona de cartulina forrada con papel de oro. La cara me la embadurné de betún, y me vestí con una colcha roja a modo de túnica. Por último, me cubrí los hombros con una capa de fieltro blanco al que pegué unos pequeños pompones de lana negra para simular la piel del armiño. Estaba perfecto: ni yo mismo me reconocía en el espejo.

De esta guisa, con un saco lleno de regalos, me presenté en casa de mi hija. Ella y mi yerno me recibieron con aspavientos de alegría, una copita de anís y un plato con turrón, tal y como habíamos acordado. Pero Ana, en brazos de su madre, se hizo pis, no sé si de la emoción o de miedo, pues, aún recelosa, dudaba entre venir conmigo o quedarse con su madre, que la animaba a pasar de sus brazos a los míos.

Pasados unos minutos, ya más tranquila y liberada de humedades, Ana empezó a hablarme, sentada sobre mis rodillas, y me preguntó por mi país y por los otros Reyes, por los camellos y los pajes, por el niño Jesús y la Estrella de Belén. Y me hizo un dibujo de un rey Mago montado en un camello. Uno de esos dibujos infantiles donde una pierna del rey se veía a través del cuerpo exageradamente giboso de un camello de dos patas y larguísima lengua.

Cuando me fui, Ana se quedó jugando con sus nuevos regalos. “¿Sabes, Ana, quién era, cómo se llama el rey que te ha traído los regalos?”, me contó mi hija que le preguntó, y la niña, concentrada en el juego y sin mirar a su madre, dijo: “Sí, el abuelo rey”.

Esperando al enemigo

Barco pirata famobil

El barco pirata flotaba en las aguas de un mar trasparente, los cañones estaban preparados y los tripulantes en sus puestos, ojo avizor, a la espera del enemigo, cuando de pronto el agua se cubrió de una espuma blanquecina con olor a limones que crecía por momentos, y un trasatlántico, como caído del cielo, avanzaba hacia ellos: no era el buque de guerra que temían, pero supieron que estaban fatalmente perdidos en el instante en que el niño se zambulló en la bañera.

Esa tierna rivalidad

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Estoy en el agua y Álvaro me grita desde la orilla del mar: “Mira lo que hago, abuelo”, y se tira al agua haciendo la bomba; luego da unas cuantas brazadas y sale del agua para volverse a tirar: “Mira ahora hasta donde llego”, toma carrerilla y se lanza como un saltador de longitud, dando varios pasos en el aire. Así está un buen rato, mostrándome todas sus habilidades: “Cógeme por los pies y lánzame lo más alto que puedas”. “Abre las piernas, que voy a pasar por debajo buceando”…

Alba está a dos metros de la orilla, sentada en la arena, mirando a su primo con admiración. Pero se mueve inquieta, hundiendo las manos en la arena; parece dudar entre levantarse o quedarse sentada. Finalmente se levanta, camina hasta la orilla, muy cerca de donde estoy: “Pues yo, abuelo, me sé una poesía de una mariposita”, me dice con su voz menuda mientras cruza los pulgares en aspa para formar las alas de una mariposa con las manos. Y así, con la mariposa cerca de su pecho, se me queda mirando. Luego toma aire como para darse impulso y, mientras sus manos aletean en el aire, empieza a recitar:

A la mariposa Lita
le gusta pasear,
volar por aquí,
volar por allá.

Voló tanto tiempo
que se cansó,
le ofrecí mi mano
y se posó.

Le acaricié las alas
y se asustó
me miró enojada
y se escapó.

Autora del poema: Nilda Zamataro

Cociente Intelectual

dedo gordo

Le estoy pasando una prueba a un niño para medir su Cociente Intelectual (¡como si eso fuera posible!). En uno de los ejercicios le tengo que mostrar el dedo pulgar de una de mis manos y preguntarle cómo se llama ese dedo. Las respuestas que se dan por buenas son: pulgar o gordo.

El niño se queda mirando el dedo, luego me mira a mí y finalmente dice: “Llámale Pepe”.

No sé qué Cociente Intelectual tendrá este niño, ni falta que me hace. Dejamos la prueba y nos vamos a jugar con la plastilina: se lo ha ganado.

Más tarde, cuando escribo estas líneas, me alegra saber que no es un cualquiera, sino el Pepe de mi mano derecha quien, saltarín, va pulsando la barra espaciadora del teclado.