Su majestad, mi padre

 

Rey Mago

 

Con mayúsculas escribí “UNAS BOTAS DE FÚTBOL”. Era un ritual, el de la carta, que repetíamos desde que aprendí a escribir. Pero esa Navidad yo había descubierto el secreto de que los padres eran los Reyes y representaba el papel de niño todavía en la inopia, porque me gustaba ser el dueño del secreto ahora que los papeles se habían invertido y eran mis padres los ignorantes. Ni siquiera a mi hermana, cinco años mayor y que escribía su propia carta para dar credibilidad al simulacro, se lo había confesado.

En la noche de Reyes soñé con las botas. Resplandecían en mis pies, eran de piel negra muy brillante, con tres franjas amarillas en los laterales y los cordones también amarillos. Unos niños las miraban boquiabiertos. De pronto, un balón embarrado llegaba a mis pies, pero no me atrevía a chutar por temor a que las botas se ensuciaran. Un niño gritó: “¡Chuta!”, aunque no era una voz infantil, sino una voz de mujer que acabó fundiéndose con la voz real de mi madre, porque desperté y allí estaba: “Ya han venido los Reyes”.

Amanecía. Salí disparado de la cama. Solo las luces del belén y del árbol de Navidad iluminaban el salón. Mi nombre estaba escrito en dos de los paquetes, al pie del árbol. Abrí primero el que, sin lugar a dudas, envolvía el estuche escolar, y, sin detenerme en mirar su contenido, cogí el otro paquete. Venía envuelto en un papel con dibujos de estrellas que rasgué sin miramientos. La caja era gris y áspera al tacto, y cuando la estaba abriendo, alguien encendió la luz, como si quisiera otorgar al momento un significativo esplendor.

Pero mejor hubiera sido la oscuridad total, o retroceder en la película de la vida y desandar el camino y volver al sueño donde las botas no eran esa cosa horrible que tenía delante de mí. ¿Cómo llamar botas a aquellos engendros de goma negra sin lustre, con cicatrices que unían las piezas de que estaban hechas? Eran el Frankenstein de las botas, blandengues al tacto y con olor a neumático. Largos tacos de madera atravesaban las suelas, como en las botas antiguas, de cuando los balones tenían una especie de boca cosida que mordía la frente de los futbolistas al rematar.

Mi padre, con las manos a la espalda, sonreía. Pensé que era una broma, que las botas de verdad las escondía a su espalda y que en breve me las iba a mostrar y yo simularía la mayor de las sorpresas. Pero la sorpresa fue que no hubo sorpresa. Vi volar sus manos vacías hasta su vientre, y allí se posaron entrelazadas. “¿No te las pruebas?”. Ocultando la decepción, porque no podía rebelarme contra la voluntad de los Reyes, me las calcé. Luego, al borde de las lágrimas, di media vuelta y me fui. Aún pude oír la voz de mi padre: “Mira, tu hijo se ha emocionado”.

Nunca mis padres habían fallado con los regalos. Entonces, ¿nos habíamos vuelto pobres y solo podían comprarme esas miserables botas? No encontraba explicación. Pero sí tenía la certeza de que sería el hazmerreír entre mis amigos. Habíamos quedado esa misma mañana para estrenar las nuevas botas que todos habíamos pedido. Pensé en justificar mi ausencia con cualquier excusa, pero al final, llevado por la rabia, decidí jugar para que el ridículo alcanzara también a mi padre cuando alguien del barrio le dijera: “¿No te dio vergüenza comprarle a tu hijo esas botas de mamarracho? Porque era a él a quien culpaba. ¿Qué podría saber mi madre de botas de fútbol? Pero mi padre había jugado en segunda división, y fue él quien me explicó el reglamento y quien se reía de mí porque no llegaba a entender la escurridiza línea del fuera de juego, pues qué clase de línea era esa, pensaba yo, que dependía de la posición relativa de los jugadores contendientes y del balón en el momento de dar el pase; una línea imaginaria.

Regresé del partido, humillado y con dolores en los pies. Me encerré en el cuarto de baño y me quité las botas. Las medias estaban ensangrentadas y adheridas a la piel. Tiré de ellas con suavidad, primero de una, después de la otra, y mis pies me parecían ajenos: llenos de rozaduras y de heridas en carne viva.

No, a mi padre no podía perdonarlo.

ooo

Han pasado muchos años. De nuevo Navidad. Pero ahora en la casa no hay ni belenes ni árboles con luces, solo objetos y muebles aferrándose a la memoria, resistiéndose al desahucio, porque mis padres han muerto y mi hermana y yo hemos venido a la casa familiar a cumplir con el doloroso trámite de vaciarla, de decidir qué tirar y qué guardar.

En uno de los cajones del cuarto donde mi padre trabajaba en sus manualidades, hemos encontrado planos de lámparas, mesas, juguetes…, y en el fondo de uno de ellos, dentro de una bolsa de plástico, unos dibujos a lápiz de las botas de fútbol, junto a un montón de piezas de goma y de madera, modelos errados de lo que serían las botas definitivas; botas que luego fueron arrumbadas por los rincones hasta desaparecer.

Aunque hace tiempo que conozco la verdadera historia (y aún me pregunto cómo no la  adiviné antes, dada la obsesión de mi padre por los diseños insólitos), no conocía la existencia de esos dibujos ni de esos materiales de desecho. Me imagino a mi padre trabajando en las botas, a horas intempestivas para no ser sorprendido por su hijo. Y lamento no haberle dicho lo que hubiera debido decirle: “Gracias, papá, por el amor que pusiste en esas horribles botas que me avergonzaron y destrozaron los pies” Pero ya es tarde, hay una línea que nos separa, muy parecida a la invisible línea del fuera de juego que él me explicaba y yo odiaba, porque el espacio y el tiempo parecen estar en fuga y todo se mueve alrededor y me siento perdido.

 

 

 

Hormigas

Hormigas

Hoy no me he levantado bien. Con una tristeza que no sé de dónde me viene. Quizá de una mala digestión, o de un mal sueño que ahora no recuerdo, o de alguna de esas reacciones que se producen en el laboratorio clandestino de nuestro cuerpo y sobre las que no tenemos control, o quizá ha sido la luz pálida que se ha filtrado por las rendijas de la persiana y ha dejado en el aire un poso de nostalgia sin objeto, por todo y por nada.

Y qué extraño, me ha dado por pensar en las hormigas que pisoteé en mi infancia. Aquí están, han construido un hormiguero en mi conciencia; incansables y monótonas lo van llenando de remordimientos.

 

Lágrimas en la lluvia

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Me encuentro con dos extraterrestres en el parque. Sé que son extraterrestres no porque desciendan de una nave inverosímil, ni porque tengan una especie de dedo índice con un punto de luz en su extremo, ni por sus cabezas de fauno, ni por el pecho transparente bajo el cual tres verdes corazones bombean una especie de clorofila, pues nada de eso me asegura que sean extraterrestres, al fin y al cabo hay gente muy rarita por el mundo, extravagante en tuneados, tatuajes y cirugías. Sé que son extraterrestres porque no tienen ni puta idea de quienes son Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Esta supina ignorancia es lo que acaba por convencerme de que vienen de otro planeta. Sigue leyendo

Con mi traje de astronauta

astronauta

Este es un relato que me publicaron en la revista digital ARIADNA. Me sirve para esos días torcidos en que reniego del planeta Tierra y sus habitantes. 

Náufrago

Debe de ser una imagen extraña la que compongo flotando en el espacio con este pesado traje de quince capas que se suponía me iba a proteger de todo pero que finalmente será mi tumba… Una momia del siglo XX para los futuros arqueólogos del espacio. Sigue leyendo

Amuleto

frasco de cristal

Mi madre conservaba en alcohol el cordón umbilical de todos sus hijos. Decía que esa era la mejor forma de prevenir “el mal de ojo”. Los guardaba en botes de cristal, con una etiqueta identificativa pegada en la tapa, y parecían lombrices muertas y retorcidas, absolutamente repugnantes. Yo siempre me había reído de esa superstición, pero cuando tuvimos que liquidar la herencia familiar y nos encontramos los botes cubiertos de polvo junto a esos otros cachivaches que la vida va arrumbando, yo no pude, como fue mi primera intención, deshacerme del mío. Y desde entonces me acompaña en los largos viajes y en las mudanzas porque, por irracional que parezca, siento que es esa piltrafa lo que me mantiene unido al mundo. (Publicado en colectivo M.J. Peláez)