Hormigas

Hormigas

Hoy no me he levantado bien. Con una tristeza que no sé de dónde me viene. Quizá de una mala digestión, o de un mal sueño que ahora no recuerdo, o de alguna de esas reacciones que se producen en el laboratorio clandestino de nuestro cuerpo y sobre las que no tenemos control, o quizá ha sido la luz pálida que se ha filtrado por las rendijas de la persiana y ha dejado en el aire un poso de nostalgia sin objeto, por todo y por nada.

Y qué extraño, me ha dado por pensar en las hormigas que pisoteé en mi infancia. Aquí están, han construido un hormiguero en mi conciencia; incansables y monótonas lo van llenando de remordimientos.

 

Lágrimas en la lluvia

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Me encuentro con dos extraterrestres en el parque. Sé que son extraterrestres no porque desciendan de una nave inverosímil, ni porque tengan una especie de dedo índice con un punto de luz en su extremo, ni por sus cabezas de fauno, ni por el pecho transparente bajo el cual tres verdes corazones bombean una especie de clorofila, pues nada de eso me asegura que sean extraterrestres, al fin y al cabo hay gente muy rarita por el mundo, extravagante en tuneados, tatuajes y cirugías. Sé que son extraterrestres porque no tienen ni puta idea de quienes son Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Esta supina ignorancia es lo que acaba por convencerme de que vienen de otro planeta. Sigue leyendo

Con mi traje de astronauta

astronauta

Este es un relato que me publicaron en la revista digital ARIADNA. Me sirve para esos días torcidos en que reniego del planeta Tierra y sus habitantes. 

Náufrago

Debe de ser una imagen extraña la que compongo flotando en el espacio con este pesado traje de quince capas que se suponía me iba a proteger de todo pero que finalmente será mi tumba… Una momia del siglo XX para los futuros arqueólogos del espacio. Sigue leyendo

Amuleto

frasco de cristal

Mi madre conservaba en alcohol el cordón umbilical de todos sus hijos. Decía que esa era la mejor forma de prevenir “el mal de ojo”. Los guardaba en botes de cristal, con una etiqueta identificativa pegada en la tapa, y parecían lombrices muertas y retorcidas, absolutamente repugnantes. Yo siempre me había reído de esa superstición, pero cuando tuvimos que liquidar la herencia familiar y nos encontramos los botes cubiertos de polvo junto a esos otros cachivaches que la vida va arrumbando, yo no pude, como fue mi primera intención, deshacerme del mío. Y desde entonces me acompaña en los largos viajes y en las mudanzas porque, por irracional que parezca, siento que es esa piltrafa lo que me mantiene unido al mundo. (Publicado en colectivo M.J. Peláez)