Retratos

Ornate gold picture frame with white matting on beige wall

Imagina que vives en un siglo en que aún no se ha inventado la fotografía, y que tampoco puedes permitirte el lujo de encargar la pintura de un retrato tuyo o de tu familia, reservada a las clases pudientes y entornos artísticos. Imagina que, además de poder contemplar tu cara reflejada en un remanso de agua cristalina, ya se han inventado los espejos y puedes observarte con total nitidez, pero no te olvides de que ese reflejo es tu reflejo en el momento presente. Imagina que, en el instante en que te estás mirando al espejo, tienes sesenta años. ¿Crees que podrías recordar cómo eras con seis años, con quince, con veinte, con cuarenta…, las sucesivas imágenes que el paso del tiempo ha ido conformando sobre tu primer rostro? —recuerda que nunca has visto un retrato tuyo, ni en pintura ni en foto—.  Difícil, ¿no?, por no decir imposible, pues desconozco si existe un tipo de memoria capaz de tal proeza.

Con los hijos sería más fácil, el recordarles a las distintas edades. Tú solo te ves cuando te asomas al espejo, pero a ellos los ves en el día a día, y tus ojos son como el objetivo de esa cámara que aún no existe y tu memoria, el archivo donde se van guardando las imágenes, imágenes que van ligadas a sucesos emotivos que facilitarán el recuerdo: su cara al nacer, al dar los primeros pasos, la cara de susto cuando le picoteó una gallina, el miedo divertido en su primer columpio… Sí, la emoción y los sentimientos que provocaron en ti facilitan el recuerdo, pero, sin el apoyo de la fotografía, siempre estará presente el riesgo de perder las imágenes, de que tu memoria vaya borrando las más antiguas para quedarse con las más recientes. Y aunque no llegara a suceder, el que se borren, tus imágenes mentales nunca tendrán la fidelidad de una fotografía.

Piensa en cuánta tristeza hay en el testimonio de las personas que, en un incendio o en una inundación, perdieron todas sus fotografías, el relato visual de sus vidas.

Fue leyendo una escena de la novela “Hamnet”, de Maggie O’Farrell, lo que me llevo a escribir estas líneas. Estamos en el siglo XVI y Agnes, la mujer de William Shakespeare y auténtica protagonista de la historia, está amortajando a su hijo de once años, Hamnet, que acaba de fallecer por contagio de la peste —no estoy haciendo espóiler, pues desde el principio, antes incluso de empezar la novela, se nos informa de su fallecimiento—. Y es la muerte del niño el núcleo esencial de la historia, que abre la puerta al dolor por la pérdida, al duelo.

Parte del texto dice así:

Qué difícil envolverlo. Qué difícil levantar la sábana por las esquinas y cubrirlo, ahogarlo en su blancura. Qué difícil pensar, saber, que después de esto nunca volverá a ver esos brazos, esos nudillos, esas espinillas, esa uña del pulgar, ese callo, esa cara. Es incapaz de taparlo por primera vez. También la segunda. Coge la sábana, se la pone al niño, se la retira. Lo hace otra vez. Se la retira de nuevo. El niño yace desnudo, lavado, en el centro de la sábana, con las manos sobre el pecho, la barbilla ligeramente levantada los ojos cerrados… (página 252 de la novela, en Libros del Asteroide)

Estamos viendo a Agnes luchar consigo misma; sabe que tiene que hacerlo, que no hay otra opción, pero se resiste a cubrir a su hijo con la sábana que será el telón que cierre para siempre su presencia, su cuerpo, su rostro. No volverá a verlo, ahora las costillas como los barrotes de una jaula, los dedos entrelazados, los huesos redondeados de las rodillas, la cara inmóvil, el pelo del color del maíz, que ya se ha secado y se levanta desde la frente, como siempre. Su presencia física siempre ha sido fuerte, rotunda (…), sabía desde siempre cuándo entraba o salía de una habitación: ese ruido inconfundible de los pies, esa corriente de aire, ese golpe seco al sentarse en la silla…

Una vez que lo cubra con la sábana y, puntada a puntada, la haga sudario, ya nunca volverá Agnes a ver la cara de su hijo, nunca más, porque no tendrá pinturas ni fotografías del niño, será su memoria, y solo su memoria, la que se esforzará para que su rostro no empiece a desvanecerse en el olvido.

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