Cicatrices

 

corazón de cerámica

Ilustración de Diego Mir

Estás en casa leyendo el periódico cuando encuentras un artículo sobre el KINTSUGI.  Se trata de una técnica centenaria de Japón que consiste en reparar las piezas de cerámica rota. Lees: “Mediante el encaje y la unión de los fragmentos con un barniz espolvoreado de oro, la cerámica recupera su forma original, si bien las cicatrices doradas y visibles transforman su esencia estética, evocando el desgaste que el tiempo obra sobre las cosas físicas, la mutabilidad de la identidad y el valor de la imperfección. Así que, en lugar de disimular las líneas de rotura, las piezas tratadas con este método exhiben las heridas de su pasado, con lo que adquieren una nueva vida. Se vuelven únicas y, por lo tanto, ganan en belleza y hondura. Así que esta técnica se ha convertido en una potente metáfora de la importancia de la resistencia y del amor propio frente a las frustraciones, desengaños y pérdidas, de que somos seres rotos, únicos, irremplazables, en permanente cambio, y de que no hay recomposición ni resurgimiento sin paciencia”.

No eres consciente, pero mientras lees, tus manos recorren tu cuerpo, buscan las invisibles cicatrices que te han ido construyendo, imperfecto, único, en permanente cambio. Cuando terminas de leer, tiendes un mantel sobre la amplia mesa del salón y sobre él vas depositando, en cuadrantes imaginarios, todas las piezas de cerámica que encuentras por la casa. Luego buscas la caja de herramientas, coges el martillo y con un golpe seco, PLAF, vas rompiendo cada una de las piezas.

En el probador

probadores

“Le sienta de maravilla”, le ha dicho la dependienta antes de dejarla sola en el probador. Se mira en el espejo, mordiéndose el labio inferior, girándose a derecha e izquierda, pasándose las manos extendidas por el contorno de la cintura. Cree en la sinceridad de la dependienta, no es la frase hecha de la vendedora que quiere halagar a la clienta. El vestido le sienta estupendamente, sensual y elegante a la vez. Pero no acaba de decidirse. A ratos se le apaga la sonrisa y se queda frente al espejo con los brazos caídos. Piensa que ella no se merece ese vestido. Y bien sabe de dónde le viene ese pensamiento, no es nuevo. En entonces cuando casi puede sentir la cara pegada a la suya, la mirada turbia reflejada en el espejo y esa voz hostil, socarrona con que le dice “adónde vas, pareces un adefesio”, y  se obliga a cerrar los ojos apenas unos segundos, para que al abrirlos, si hay suerte, la imagen y la voz se hayan borrado. Lo consigue, pero sabe que no es una victoria definitiva, que él está agazapado en los rincones de su memoria, siempre al acecho de sus momentos de debilidad, y que volverá a aparecer. ¡Qué difícil esta decisión tan trivial de comprarse un vestido!, se dice. Si alguien la viera pensaría que está loca, que es una desequilibrada, pero ¡qué sabrán ellos!, aunque alguno lo sabrá, alguno que haya vivido pegado a la conciencia enferma de otro, una vida escrutada por ojos mezquinos y sucios, en un ladrido permanente. Vuelve a mirarse en el espejo, se reta a sí misma, sabe que es un momento importante, que la palabra “probador” alcanza una dimensión nueva y que no debe claudicar, que no va a claudicar. Llama a la dependienta. “Me lo llevo puesto”, le dice, y sale del probador sonriendo, abandonando en la percha el otro vestido, piel vieja e inútil.