Días de confinamiento I: animalario

.tigres Dalí

Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto sé que es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura invención de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre. ¡Oh, incompetencia! Nunca mis sueños saben engendrar la apetecida fiera
                                                                         Jorge Luis Borges

 

A las pocas semanas de iniciarse el confinamiento decretado por las autoridades para frenar el avance del virus, los animales empezaron a invadir las calles libres de personas para reclamar los espacios que en otro tiempo fueron suyos. Los imaginaba sobreexcitados, riéndose a carcajadas a su manera animal. Y fue desde ese momento en que vi por la televisión correr a jabalíes, pavos, ciervos…, cuando mis sueños empezaron a poblarse de animales.

Al principio solo fue eso, animales soñados que desaparecían al despertar. Pero un día en que soñaba con el tigre, un arañazo de intuición me obligó a despertarme, y allí a mí lado, al borde de la cama, había un tigre. No la imagen de un tigre, sino un tigre, rotundo en su rayada felinidad. Parecía desorientado, y me pedía afecto golpeando mi brazo con el hocico zalamero.

Desde entonces, cada noche, un nuevo animal se incorpora al viejo caserón donde vivo. Hay algo en sus ojos, un brillo húmedo que me conmueve. No todos tienen la majestuosidad del tigre, ni mucho menos. Ahí está el cerdo, por ejemplo. Pero me agrada que mis sueños no sean elitistas y produzcan toda clase de anímales. Una mañana, al despertar, me encontré con un extravagante animal, desconocido incluso en las más sofisticadas mitologías. Una jirafa con cabeza de león. De lo cual deduzco que esa noche mis sueños horadaron las capas más profundas de mi subconsciente.

Cada día, a las ocho en punto de la tarde, cuando los ciudadanos salimos a aplaudir a los sanitarios por cuidar abnegadamente de nuestra salud, me llevo a uno de los animales conmigo hasta la verja que da a la calle. Los vecinos de los bloques de enfrente, desde que cuentan con ese zoo inesperado frente a sus casas, prolongan los minutos de aplauso, y como la distancia que nos separa no es mucha, disparan sus cámaras y sus móviles. Todos quieren tener un recuerdo. Especial fue el día en que llevé al koala. No sé qué es lo que tendrá este animalito, si es su tierna mirada, o su piel como de peluche, o su nariz de payaso, pero el caso es que ese día los adultos saltaban y reían como si de pronto hubieran recuperado la infancia perdida.

Una de las peculiaridades de los animales que vienen de los sueños es que no necesitan alimentarse. Así que en la casa no hay ni depredadores ni víctimas, vivimos en paz y armonía. Se respetan unos a otros y celebran las diferencias, nadie se siente superior a nadie. Aunque no todos los días ha sido así. Una mañana, después de una noche de horribles pesadillas, desperté rodeada de cuatro especímenes humanos, dos hombres y dos mujeres. Muy ufanos se presentaron como líderes de opinión y tertulianos. Acostumbrada a la naturalidad de los animales, reconocí inmediatamente en ellos la falsedad de sus sonrisas, el espeso maquillaje que cubría sus rostros, la estudiada teatralidad de los gestos, la voz impostada y la retórica vana de quien solo se escucha a sí mismo. Con la agresiva e injuriosa verborrea de sabelotodo ofrecían su versión de los hechos, señalando culpables, a diestro y siniestro, de la catastrófica situación que estábamos viviendo. Los animales, incapaces de descifrar sus palabras, pero dotados de ese sexto sentido que les permite desenmascarar a los embaucadores, empezaron a soliviantarse y a gritar su descontento, cada uno a su manera. Y muy pronto la casa fue —permítanme tan reductora expresión para el pandemonio general de tamaña fauna— un gallinero.

A las tres horas de soportar sus peroratas, no pude más. Vi que si no le ponía remedio, mi particular arca de Noé se iba a pique. Así que les expulsé de la casa. “Si hemos de morir, moriremos, pero será en silencio”, les dije, dotándoles de guantes y mascarillas, antes de la partida. Los cuatro, con ese tono arrogante que exhiben en los platós de televisión, quisieron hacerme frente, pero finalmente cedieron al escuchar el lacónico pero firme mensaje de mi aliado, el tigre

Las cosas del azar

loteria navidad

Quería ser juez, tener potestad para juzgar los actos libres de los hombres. Pero una noche soñé con un boleto de lotería: el 5423. Supe que era el boleto ganador porque un potente haz de luz lo rescataba de una envolvente oscuridad. Nada más despertar, me fui a la administración de lotería más próxima, y mientras esperaba mi turno, me imaginé con el dinero en mi poder, sin voluntad para preparar las duras oposiciones, rodeado de falsos amigos que me proponían “rápidos y rentables” negocios, casado con una mujer que en el lujo se volvía caprichosa y ridículamente sofisticada, y con unos hijos que, sin oficio, esperaban como buitres el bocado de mi herencia. Cuando volví a la realidad, el empleado de la administración tamborileaba con impaciencia sobre el mostrador. Me sequé el sudor frío que empapaba mi frente y, arrepentido, balbuceé un nuevo número: el 15917, número con el que, semanas más tarde, gané el primer premio de la lotería nacional.

Rascacielos

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Desde que empecé a trabajar de ascensorista tengo la capacidad de leer los pensamientos. Solo en el ascensor, fuera de él soy un tipo corriente. No me pregunten por qué, simplemente sucedió. Puedo ver todo lo que ronda por las cabezas de sus ocupantes. Algunos pensamientos dan pena; otros, miedo. Entonces se me ocurrió lo del rótulo: “ELEVAMOS SUEÑOS”, que fijé a la inevitable altura de los botones.  Desde aquel día, no voy a decir que la gente sea más feliz, pero, en esa suerte de burbuja que veo formarse en torno a sus cabezas, hay una luz nueva, un temblor: ahora se esfuerzan, no se rinden.

 

El otro Robinson

Isla

Robinson tenía la facultad de elegir a voluntad el contenido de sus sueños. Antes de dormir programaba exóticos viajes rodeado de bellas mujeres. Se resarcía así de su aburrido trabajo en la oficina, sobre todo de la imperiosa y estridente voz de su jefe. Por las mañanas, su viejo gato Morfeo le despertaba con lametones de cachorro en su cara iluminada de felicidad.

Pero una noche algo se trastocó y Robinson se soñó agarrado a un flotador a la deriva por un furioso mar mientras la proa del barco en que viajara apuntaba agónicamente al cielo. Estuvo braceando durante horas y horas, al menos eso le pareció en el sueño, hasta que unos lengüetazos enérgicos le liberaron de la pesadilla.

Es lo que pensaba, pero al abrir los ojos se encontró tumbado sobre la arena de una playa donde un tigre le miraba amenazador. A su lado, sujetando la correa que gobernaba al animal, pudo reconocer, aun famélico y con barba de años, a su jefe susurrándole con demente sonrisa:  “Bienvenido a mi isla, queridísimo Robinson”

Contando delfines

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Todo hombre lleva un animal dentro. También algunos animales llevan un hombre malogrado en su interior. Esto es especialmente notorio en dos animales: la oveja y el delfín. La oveja oculta un hombre triste con jersey gris de lana, pasivo e indolente. Lo descubrí de niño cuando oía balar a las ovejas, con ese lamento casi humano que reniega de su cárcel. El delfín, al contrario, esconde un cachondo mental, risueño y saltimbanqui. No parece muy descontento a juzgar por los brincos que pega en el agua, como poniéndole acentos al océano.

Antes, para dormir, contaba ovejas y mis sueños eran planos, sin fisuras ni imágenes. Mi despertar era lento y pegajoso. Ahora cuento delfines. Los hago salir del agua y entrar en ella, y ese aparecer y desaparecer provoca una gran agitación en mis sueños, que se pueblan de historias. Cuando despierto tengo que escribirlas, para que no me persigan todo el día.