Rascacielos

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Desde que empecé a trabajar de ascensorista tengo la capacidad de leer los pensamientos. Solo en el ascensor, fuera de él soy un tipo corriente. No me pregunten por qué, simplemente sucedió. Puedo ver todo lo que ronda por las cabezas de sus ocupantes. Algunos pensamientos dan pena; otros, miedo. Entonces se me ocurrió lo del rótulo: “ELEVAMOS SUEÑOS”, que fijé a la inevitable altura de los botones.  Desde aquel día, no voy a decir que la gente sea más feliz, pero, en esa suerte de burbuja que veo formarse en torno a sus cabezas, hay una luz nueva, un temblor: ahora se esfuerzan, no se rinden.

 

El otro Robinson

Isla

Robinson tenía la facultad de elegir a voluntad el contenido de sus sueños. Antes de dormir programaba exóticos viajes rodeado de bellas mujeres. Se resarcía así de su aburrido trabajo en la oficina, sobre todo de la imperiosa y estridente voz de su jefe. Por las mañanas, su viejo gato Morfeo le despertaba con lametones de cachorro en su cara iluminada de felicidad.

Pero una noche algo se trastocó y Robinson se soñó agarrado a un flotador a la deriva por un furioso mar mientras la proa del barco en que viajara apuntaba agónicamente al cielo. Estuvo braceando durante horas y horas, al menos eso le pareció en el sueño, hasta que unos lengüetazos enérgicos le liberaron de la pesadilla.

Es lo que pensaba, pero al abrir los ojos se encontró tumbado sobre la arena de una playa donde un tigre le miraba amenazador. A su lado, sujetando la correa que gobernaba al animal, pudo reconocer, aun famélico y con barba de años, a su jefe susurrándole con demente sonrisa:  “Bienvenido a mi isla, queridísimo Robinson”

Contando delfines

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Todo hombre lleva un animal dentro. También algunos animales llevan un hombre malogrado en su interior. Esto es especialmente notorio en dos animales: la oveja y el delfín. La oveja oculta un hombre triste con jersey gris de lana, pasivo e indolente. Lo descubrí de niño cuando oía balar a las ovejas, con ese lamento casi humano que reniega de su cárcel. El delfín, al contrario, esconde un cachondo mental, risueño y saltimbanqui. No parece muy descontento a juzgar por los brincos que pega en el agua, como poniéndole acentos al océano.

Antes, para dormir, contaba ovejas y mis sueños eran planos, sin fisuras ni imágenes. Mi despertar era lento y pegajoso. Ahora cuento delfines. Los hago salir del agua y entrar en ella, y ese aparecer y desaparecer provoca una gran agitación en mis sueños, que se pueblan de historias. Cuando despierto tengo que escribirlas, para que no me persigan todo el día.