Del otro lado

Sótano

Siempre que me enfadaba bajaba al sótano y me metía debajo de la silla que se halla en uno de los rincones. Es una silla desvencijada y sin lustre, con parches de cinta adhesiva que restañan sus heridas. Algunas de las cintas se han despegado y cuelgan como algas, y la silla parece un organismo vivo, agonizante. A mí siempre me atrajo su desvalimiento, su soledad. Quizá por eso la elegí. Enfurruñado, me acurrucaba entre sus cuatro patas, como un animal herido en su guarida. Y luego mamá venía a buscarme y me convencía para que saliera de debajo de la silla y del sótano. Así era siempre hasta el día en que destrocé la bicicleta al intentar bajar con ella por las escaleras que conducen al sótano. Molesto por mi propia torpeza, y antes de oír los reproches de mi madre, fui a meterme debajo de la silla.

Pero ese día mamá no vendría a convencerme para que abandonara mi refugio. Ya nunca más volvió a convencerme de nada. Ni mamá ni nadie. Todos se fueron: mamá, papá, mi hermano, la abuela. Les entristecía seguir viviendo en la casa, les oí decir. Pero ni la vendieron ni la alquilaron. Mamá se negó en rotundo.

Cada primero de noviembre mamá regresa a la casa e improvisa un altar en el sótano, al final de las escaleras, en el último peldaño. Sé que viene a escondidas de mi padre, pues a él le enfurecen estos rituales; dice que son supersticiones estúpidas. Mi madre vivió en México hasta que se casó con mi padre, y allí la muerte es una señora que viste con elegancia y con quien se puede bromear. Por eso el altarcito que mi madre prepara es alegre, con flores de distintos colores y calaveras de azúcar y chocolate; también deposita una cruz, sin el Cristo sangrante, y alguna foto mía en la que estoy sonriendo. De rodillas frente al altar mamá enciende una constelación de velas y reza, y luego se va comiendo lentamente las calaveras de azúcar y chocolate mientras, mirando en dirección a la desvencijada silla y como si realmente pudiera verme, me dice: “Vamos, ratoncito, no te enfades, sal de ahí y ven a comer con mamá”. Sé que tampoco puede oírme, por eso no puedo decirle que deje de hablarme como a un niño, que aquí la edad no existe; así que me limito a soplar sobre las velas para que mi aliento agite las llamas y luego mamá cruce los brazos sobre su pecho, sonría y se vaya feliz de la casa.

Hoy, como cada primero de noviembre, mamá ha regresado. No la he oído abrir la puerta ni bajar las escaleras, pero está aquí conmigo. Ha venido sin velas ni calaveras de dulce; tampoco ha traído flores ni fotos. No ha traído nada porque ya no necesita el altar, ahora que los dos habitamos en el mismo lado.

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El primer viaje

 

EVA

Pasado el tiempo, Eva llegó a odiar la soporífera tranquilidad del Paraíso. De naturaleza inquieta, quizá por haber nacido torticeramente de una costilla de Adán, sus sueños se poblaron de lugares que sus ojos nunca habían visto. Y decidió escapar con la complicidad del hombre: “Huyamos de este aburrido Edén, pues El Creador no nos dejará marchar por las buenas”. Mas como la única respuesta de Adán era esa sonrisa tonta que a ella tanto enervaba, fue Eva a entrevistarse con la inteligente y sabia serpiente que sigilosa reptaba por las cercanías de un arroyuelo de aguas incontaminadas, cristalinas, como no podía ser de otra forma, dadas las condiciones atmosféricas de ese prístino mundo que ellos habían estrenado, sobrevolado por pajaritos multicolores de armonioso piar. “Cansino y cursi paisaje”, se dijo para sí Eva, sin saber de dónde le venían aquellas palabras que a ella misma le resultaban desconocidas, como si dentro de su ser habitara otra Eva pugnando por salir.

En fin, concluida la entrevista humano-ofídica, Eva se apresuró a seguir el consejo lanzado por la bífida lengua de la ondulante serpiente: comer del fruto prohibido que colgaba de ese árbol con el extrañísimo nombre de “Del Bien y del Mal”.

A la mañana siguiente, los padres de la Humanidad, cubiertos ya sus genitales con hojas de parra y la línea de la muerte dibujada en las palmas de las manos, se alejaron del Paraíso en dirección a un destino incierto, y Eva, aun regocijándose con el resultado de su artimaña, se lamentaba: “… pero apañada estoy contigo, Adán, y con este simple que tenemos por Dios”.

 

Hostias y Ostias

DRAE

No tenía noticias de que hubiese existido una ciudad romana con el nombre de OSTIA Antica, famosa por su puerto en la desembocadura del río Tíber. Tampoco sabía que OSTIA era sinónimo de “OSTRA”, el molusco, y por eso no me imaginaba pidiéndole al pescadero una docena de ricas ostias, y que por tal pedantería pudiera salir yo mal parado tanto en lo físico como en lo económico.

Por tanto, solo conocía dos tipos de hostias, a las cuales suponía con diferente ortografía. La HOSTIA que te atizan o te das y la OSTIA que te ofrecen en la comunión. Creo que gran parte de culpa la tenía el cura párroco don Cosme, quien, además de atemorizarnos con el fuego eterno del infierno, nos surtía de hostias de los dos tipos. Y, claro, yo pensaba que había que diferenciarlas para no confundir lo material con lo espiritual.

No sé por qué elegí OSTIA sin “h” para la “”hoja redonda y delgada de pan ácimo, que se consagra en la misa y con la que se comulga”, según definición del diccionario de la RAE. Quizá fue por la similitud entre la redonda “o” y la oblea, y también por la forma que adopta la boca para recibirla. En cambio, la “h” al principio de hostia, con esa forma que tiene de rodilla al frente en desfile prusiano, parece que va dando marciales puntapiés a la redonda “o”, hostigándola, hostiándola.

Cuando me enteré de que las dos hostias se escriben con “h”, me llevé una gran decepción: la ortografía no diferenciaba lo terrenal de lo celestial, como yo en un principio había creído. Pero luego recordé que la evangelización de las Américas se había realizado dando “ostias” a base de hostias, y pensé que tiene su lógica: no hay razón para diferenciarlas.

El lenguaje es la hostia.

 

Últimas preguntas

Encefalograma plano

“Dios existe: lo creamos entre todos”, sentenció en el 2084 un Premio Nobel. Hay dudas en cuanto a la autoría de la frase. Unos se la adjudican al Premio Nobel de Física, otros al de Literatura. Lo cierto es que en el 2100 la Ciencia estuvo en condiciones de comprobar dicha hipótesis, y millones de cerebros de todo el mundo, de todas las religiones, fueron conectados mediante electrodos a pequeños ordenadores que enlazaban con un gran ordenador central. La resultante de todos los impulsos eléctricos se traduciría a imágenes en los millones de pantallas repartidas por el planeta. El día señalado, a la hora H, los representantes de la Humanidad pensaron en su Dios. Al instante, en las pantallas surgió un torbellino de imágenes: ancianos venerables de largas barbas, animales imposibles, hombres prodigiosos, rayos y centellas, esferas luminosas, luces informes… Durante unos minutos fue evolucionando toda la imaginería que la mente humana es capaz de producir, hasta que apareció una línea quebrada, de crestas desquiciadas y palpitantes, y luego la monótona línea recta que certifica la muerte. (Publicado en el diario El Mundo).