
Renegando le ayudo a preparar el equipaje. SU equipaje, porque me niego a seguir participando en esta locura. Estoy harta. Cedí por amor —un amor mal entendido, ahora lo sé—, pero ya se acabó. No el amor —incomprensiblemente sigo enamorada de él—, sino el seguirle la corriente. Siempre es lo mismo, hace girar el globo terráqueo que tiene sobre su escritorio, y con los ojos cerrados deja caer un dedo sobre él. Si cae en mar u océano, vuelve a repetir la operación. Esta vez cayó en Kaatmandú. Durante semanas buscó información del lugar por Internet, consultó guías turísticas, fue a la embajada de Nepal, incorporó a su dieta lentejas con arroz, empanadillas del Himalaya y sopa tibetana, me dio la tabarra musical con una bansuri y un sarangi que no sé de dónde diablos los sacó, con una cartulina se hizo un Dhaka topi, el típico gorro, que solo se quitaba para ducharse y dormir… Y, cuando dijo sentirse “empapado de la cultura nepalí”, compró los billetes de avión (escala en Doha). Allá él si quiere malgastar su dinero. Hace ya una hora que se fue al aeropuerto con la pequeña maleta; yo me he quedado en casa, pues hasta aquí llega ahora mi colaboración, no más. Como antes lo acompañaba en esta majadería, me es fácil imaginarlo pasando el control y entrando por la puerta de embarque. Luego, desde allí, asomado a una de las grandes ventanas, verá despegar el avión e inmediatamente regresará a casa pensando ya en el próximo viaje, en el nuevo destino que, al azar, señale su dedo sobre el globo terráqueo.