Animalitos

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“Me lo ha dicho un pajarito”

Es una frase que acostumbramos a decir cuando no queremos revelar nuestra fuente de información. Esto lo hacemos sobre todo con los niños para crear en ellos la conciencia de que, hagan lo que hagan y digan lo que digan, habrá siempre un pajarito chivato que nos mantendrá informados. Una versión light de un dios omnisciente.

Suerte para el pájaro que es un pájaro genérico, sin identidad, pues de lo contrario todo el mundo querría dar caza a ese pájaro cotilla que no deja de intimidarnos con su piar delator.

Pero lo que hoy me pregunto es el porqué de esa práctica de escondernos detrás de los animales:

“El ratón Pérez te dejó el regalo debajo de la almohada mientras dormías”.

 “Viniste al mundo un 18 de mayo a las tres de la madrugada en el pico de una cigüeña”.

 “ ¿Te ha comido la lengua el gato?”.

 “No fui yo, señor juez, quien mató a mi señora. Le juro que fue el animal que llevo dentro”.

Reformas

 

Reformas casas

Me contó que su primera intención fue vender la casa, pero le gustaba mucho el lugar en el que se hallaba y, por otra parte, esa solución le parecía una debilidad, una forma de claudicar. Además, allí se habían criado sus hijos. Lo mejor sería reformarla de arriba a abajo. No dejar nada que le recordara a él. Nada que él hubiera visto, pisado o tocado. Así que eso es lo que hizo: mandó tirar tabiques para que “los espacios del infierno” solo estuvieran en su memoria, una memoria que poco a poco ―era su esperanza― se fuera desvaneciendo; y cambio la fachada, los suelos, las puertas, los muebles… Todo lo cambió. Sigue leyendo

En el probador

probadores

“Le sienta de maravilla”, le ha dicho la dependienta antes de dejarla sola en el probador. Se mira en el espejo, mordiéndose el labio inferior, girándose a derecha e izquierda, pasándose las manos extendidas por el contorno de la cintura. Cree en la sinceridad de la dependienta, no es la frase hecha de la vendedora que quiere halagar a la clienta. El vestido le sienta estupendamente, sensual y elegante a la vez. Pero no acaba de decidirse. A ratos se le apaga la sonrisa y se queda frente al espejo con los brazos caídos. Piensa que ella no se merece ese vestido. Y bien sabe de dónde le viene ese pensamiento, no es nuevo. En entonces cuando casi puede sentir la cara pegada a la suya, la mirada turbia reflejada en el espejo y esa voz hostil, socarrona con que le dice “adónde vas, pareces un adefesio”, y  se obliga a cerrar los ojos apenas unos segundos, para que al abrirlos, si hay suerte, la imagen y la voz se hayan borrado. Lo consigue, pero sabe que no es una victoria definitiva, que él está agazapado en los rincones de su memoria, siempre al acecho de sus momentos de debilidad, y que volverá a aparecer. ¡Qué difícil esta decisión tan trivial de comprarse un vestido!, se dice. Si alguien la viera pensaría que está loca, que es una desequilibrada, pero ¡qué sabrán ellos!, aunque alguno lo sabrá, alguno que haya vivido pegado a la conciencia enferma de otro, una vida escrutada por ojos mezquinos y sucios, en un ladrido permanente. Vuelve a mirarse en el espejo, se reta a sí misma, sabe que es un momento importante, que la palabra “probador” alcanza una dimensión nueva y que no debe claudicar, que no va a claudicar. Llama a la dependienta. “Me lo llevo puesto”, le dice, y sale del probador sonriendo, abandonando en la percha el otro vestido, piel vieja e inútil.