Con los ojos cerrados

 

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Me dice que a veces, cuando suena el despertador y abre los ojos, no encuentra razones para levantarse de la cama y seguir viviendo. Durante un tiempo probó con una radio despertador, pero aún fue peor, como si un coro de grillos le gritara al oído una cháchara estúpida, pura comedia, la farsa de este mundo nuestro, me dice. Ahora utiliza otra estrategia: cierra los ojos, y como si fuera un ciego reciente, tantea el suelo con los pies para ponerse las zapatillas e ir al cuarto de baño, donde torpemente se afeita, se lava los dientes y se ducha. Todo el rato con los ojos cerrados. Y luego va palpando las paredes hasta la cocina, y a tientas busca las cerillas y a tientas enciende el gas para prepararse el desayuno. Y así continua hasta que la angustia le obliga a abrir los ojos, con la misma desesperación de un náufrago que braceara en el agua para no ahogarse. Solo así, me dice, consigue aferrarse a la vida, que se le escapa día a día. Nunca sabe en qué momento va a ocurrir, pero hasta ahora siempre ha abierto los ojos. Aunque dice que ha empezado a tener miedo, mucho miedo, porque la última vez llegó hasta el aparcamiento con los ojos cerrados, y solo cuando estuvo dentro del coche y con el motor ya en marcha, solo entonces sintió la necesidad, una tibia necesidad de abrirlos

En el probador

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“Le sienta de maravilla”, le ha dicho la dependienta antes de dejarla sola en el probador. Se mira en el espejo, mordiéndose el labio inferior, girándose a derecha e izquierda, pasándose las manos extendidas por el contorno de la cintura. Cree en la sinceridad de la dependienta, no es la frase hecha de la vendedora que quiere halagar a la clienta. El vestido le sienta estupendamente, sensual y elegante a la vez. Pero no acaba de decidirse. A ratos se le apaga la sonrisa y se queda frente al espejo con los brazos caídos. Piensa que ella no se merece ese vestido. Y bien sabe de dónde le viene ese pensamiento, no es nuevo. En entonces cuando casi puede sentir la cara pegada a la suya, la mirada turbia reflejada en el espejo y esa voz hostil, socarrona con que le dice “adónde vas, pareces un adefesio”, y  se obliga a cerrar los ojos apenas unos segundos, para que al abrirlos, si hay suerte, la imagen y la voz se hayan borrado. Lo consigue, pero sabe que no es una victoria definitiva, que él está agazapado en los rincones de su memoria, siempre al acecho de sus momentos de debilidad, y que volverá a aparecer. ¡Qué difícil esta decisión tan trivial de comprarse un vestido!, se dice. Si alguien la viera pensaría que está loca, que es una desequilibrada, pero ¡qué sabrán ellos!, aunque alguno lo sabrá, alguno que haya vivido pegado a la conciencia enferma de otro, una vida escrutada por ojos mezquinos y sucios, en un ladrido permanente. Vuelve a mirarse en el espejo, se reta a sí misma, sabe que es un momento importante, que la palabra “probador” alcanza una dimensión nueva y que no debe claudicar, que no va a claudicar. Llama a la dependienta. “Me lo llevo puesto”, le dice, y sale del probador sonriendo, abandonando en la percha el otro vestido, piel vieja e inútil.

La abuela va de paseo

 

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Cuando mi padre compró la primera televisión, allá por los años sesenta, toda la familia participamos en la fiesta del desembalaje y aplaudimos el surgir como por ensalmo de las primeras imágenes. Todos excepto la abuela, que no dejaba de gruñir y preguntarnos a cada momento cómo diablos se habían metido aquellas personas en una caja tan chica. Cuando se creía sola, se acercaba al aparato e intentaba hablar con los locutores, pero aquel mínimo confesionario no le ofrecía respuestas a sus preguntas. Sigue leyendo

La maratón

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Me gusta apuntarme a las maratones populares para llegar el último.

Durante meses me preparo a conciencia siguiendo el plan trazado por un preparador físico y un nutricionista. Porque una cosa es llegar el último y otra muy distinta tener que arrastrarme en la carrera con la cara desencajada de cansancio, o pararme a cada momento llevándome las manos a los riñones,  jadeando lastimosamente. Sigue leyendo

El amor difícil

corazon roto

Traigo al blog un microrrelato de Mario Benedetti:

Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.

Me gusta este micro, pero no el verbo “fornicar” (mejor “amar”), y no por pudor o puritanismo, sino porque la palabra fornicar me suena a algo industrial, metalúrgico, a sexo en cadena de montaje. Además, al decir que los detuvieron por atentado al pudor, entenderíamos que su amor no era solo un amor fraternal, amistoso.

Y lo que no cuenta Benedetti es lo que sucedió después: Sigue leyendo

Mi gorda

hombre triste

Esta carta la escribí hace ya tiempo para un concurso de cartas de amor. A ratos me gusta y a ratos no. A veces reniego de su melodramático final; otras veces digo que se fastidien y lloren, o que rían (va en gustos) con este final de folletín. Bueno, da lo mismo, aquel día la escritura me brotó de golpe, y así, para bien o para mal, se va a quedar la criatura; modificar algo sería una traición. No sé tú, pero yo me entiendo.

La carta dice así: 

Qué pronto se ha hecho tarde, mi gorda. Pero te debo esta carta; decirte las cosas que no te dije, o decírmelas a mí. Así es como te llamaban cuando tú no les oías: LA GORDA, inflando la ‘o’ y la ‘a’. Nunca me gustaron las gordas. Ya de niño me daban repelús. Qué extraña palabra: arañas recorriendo la piel.  Sigue leyendo

Te estaré esperando

anciana al telefono

El viernes pasado, a la hora del té, llamó por teléfono un pervertido para dejar un discurso de obscenidades. La abuela, que es sorda como una tapia, cogió el teléfono supletorio de la cocina. La oímos contestar, llorar y reír, lejos de su habitual mutismo. Y esa noche nos habló de su infancia, de sus amores, del abuelo, con una locuacidad que creíamos perdida. Hoy, viernes, la abuela se ha perfumado y dado coloretes, y desde muy temprano está sentada al lado del teléfono, con una taza entre las manos, esperando con impaciencia a que llegue la hora del té.

Un viejo amigo

 libro abierto

 Hoy, en uno de los arcones del desván, he encontrado un libro que durante muchos años creí perdido. De momento, como si esto que escribo fuera un relato de intriga en el que solo al final se descubre al culpable, no te revelaré su título, porque ciertamente él es el culpable de mi iniciación en la lectura. Y desearía, con solo poner mis manos sobre tus hombros, poder transmitirte la emoción que he sentido al recuperarlo. Porque a veces las palabras no alcanzan. Al menos las mías, mis palabras. Sigue leyendo

Extraños

ramitas

Voy sentado en el autobús. Delante de mí dos mujeres conversan a tal volumen que parece que se dirigen a todos los pasajeros. Una viste un conjunto verde, el de la otra es azul. Hablan de las rebajas, de una receta de pollo que está para chuparse los dedos, de la cotilla vecina del 5º… En un momento dado, la mujer de verde se abre la blusa, hunde su mano en el pecho y saca su corazón. Sigue leyendo