Toboganes

toboganes

Durante años he huido de los parques de atracciones. La atracción tiene más que ver con la fuerza de la gravedad, que tira de ti para descoyuntarte, que con cualquier tipo de diversión. Es lo que pienso. Así que no sé si es la abuelidad (permíteme la expresión) o la demencia senil, que ya empieza a asomar, pero el caso es que ayer, a esa hora torera de las cinco de la tarde, yo estaba con Álvaro, mi nieto de seis años, en la cima de un tobogán de un parque acuático, dispuestos a lanzarnos amorosamente unidos, yo por primera vez, él con la experiencia de un chino resabiado.

Echando mano de tópicos, puedo decir que el sol era de justicia, implacablemente achicharrante, y que el marco habría sido incomparable si la numerosa población de bañistas allí reunidos no recordara a la congregación de pingüinos en la Antártida. Y aunque la hora era torera, yo no iba vestido de grana y oro, sino con un solo bañador de esos que se inflan en el agua como medusas con bolsillos.

Y allí estamos, Álvaro encajado entre mis piernas, dispuestos los dos a dejarnos caer por el largo tentáculo del tobogán que se retuerce en el aire en giros bruscos hasta el final de un largo y empinado trayecto, donde te escupe a una pequeña piscina de 1,20 metros de profundidad. Sentados en el borde del tobogán esperamos la orden de un joven empleado del parque que se coordina con algún compañero suyo que le avisa de que la piscina donde vamos a ir a parar se halla despejada. Y llega la orden, y nieto y abuelo nos dejamos caer con un golpe de culo. Descendemos tumbados, la cabeza de Álvaro sobre mi vientre. Empezamos a coger velocidad y muy pronto mi cuerpo deja de pertenecerme, soy un pelele zarandeado por la fuerza de la gravedad y por el retorcido y traicionero tobogán. Mis ojos no saben dónde mirar, dónde posarse, y cometo el error de cerrarlos (“si tengo que morir, mejor no ver al asesino”, me decía de niño, temblando de miedo en la cama), porque entonces mi yo y mi cuerpo parecen a punto de separarse para siempre, de salir volando en direcciones opuestas. Y así, en ese descenso loco, continúo unos segundos interminables, tensando mi cuerpo para no desmembrarme, mientras oigo los gritos de jolgorio de Álvaro, un cowboy que va domando el ímpetu del tobogán, hasta que nos zambullimos en el agua y siento que Álvaro se separa de mí (soy una parturienta naturista dando a luz en el agua), y mi desorientación es tal que, en lugar de ponerme de pie, sigo nadando, ahora con los ojos abiertos, pero sin ver nada porque estoy rodeado por las burbujas que ha provocado la zambullida, y nado y nado como si fuera en busca de Álvaro al fondo de las fosas Marianas… Entonces unos brazos me sujetan por la espalda y me ayudan a ponerme de pie. Me giro y me encuentro… no con un hercúleo socorrista, sino con una joven socorrista con cara de niña y de apenas un metro cincuenta. La pobre intenta no reírse pero no puede evitarlo (tranquila, te comprendo). Me explica que me he desorientado y me pregunta si me encuentro bien. Un montón de gente me mira desde el borde de la piscina. Suerte que no llevo mis gafas de miope y no veo la expresión de sus caras, sino rostros borrosos. Mi hijo, que junto con mi nieta Alba también está entre los mirones de alrededor de la piscina, me explicaría luego que, cuando caí desde el tobogán al agua, empecé a patalear, que mis piernas asomaban por el agua al igual que asoman las piernas de las chicas de natación sincronizada, solo que las mías se movían frenéticas como manos que espantaran un ataque de avispas.

Cuando ya salgo de la piscina se me acerca una mujer con una camiseta de la cruz roja para comprobar que realmente mis neuronas están en su sitio. Me pregunta por mi nombre y por mi edad. Como no me conoce, cualquier respuesta hubiera sido buena, pero es la rapidez y seguridad con que respondo lo que la tranquiliza, y me deja marchar. La gente me hace un pasillo y me sigue con la mirada. Me siento torero en una tarde fracasada, pero satisfecho porque yo y mi cuerpo volvemos a formar una unidad y mi bañador medusa sigue en su sitio, uno de sus bolsillos colgando por efecto del revolcón, aunque mi ruborizada dignidad quedará un buen rato aún sumergida en las aguas de la exigua piscina, sin atreverse a salir.

EPÍLOGO. Álvaro y Alba no dejan de preguntarme qué es lo que me pasó. Quieren que lo cuente una y otra vez. Vamos añadiendo detalles. En la última de las versiones aparecen tiburones. Ellos están muy felices (mis nietos, no los tiburones), porque están deseando que empiece el colegio para contarles a la seño y a la clase cómo su abuelo, a punto de morir ahogado, fue rescatado por unos buceadores con aletas supersónicas y un helicóptero que sobrevolaba la piscina.

Esa tierna rivalidad

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Estoy en el agua y Álvaro me grita desde la orilla del mar: “Mira lo que hago, abuelo”, y se tira al agua haciendo la bomba; luego da unas cuantas brazadas y sale del agua para volverse a tirar: “Mira ahora hasta donde llego”, toma carrerilla y se lanza como un saltador de longitud, dando varios pasos en el aire. Así está un buen rato, mostrándome todas sus habilidades: “Cógeme por los pies y lánzame lo más alto que puedas”. “Abre las piernas, que voy a pasar por debajo buceando”…

Alba está a dos metros de la orilla, sentada en la arena, mirando a su primo con admiración. Pero se mueve inquieta, hundiendo las manos en la arena; parece dudar entre levantarse o quedarse sentada. Finalmente se levanta, camina hasta la orilla, muy cerca de donde estoy: “Pues yo, abuelo, me sé una poesía de una mariposita”, me dice con su voz menuda mientras cruza los pulgares en aspa para formar las alas de una mariposa con las manos. Y así, con la mariposa cerca de su pecho, se me queda mirando. Luego toma aire como para darse impulso y, mientras sus manos aletean en el aire, empieza a recitar:

A la mariposa Lita
le gusta pasear,
volar por aquí,
volar por allá.

Voló tanto tiempo
que se cansó,
le ofrecí mi mano
y se posó.

Le acaricié las alas
y se asustó
me miró enojada
y se escapó.

Autora del poema: Nilda Zamataro

La abuela va de paseo

 

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Cuando mi padre compró la primera televisión, allá por los años sesenta, toda la familia participamos en la fiesta del desembalaje y aplaudimos el surgir como por ensalmo de las primeras imágenes. Todos excepto la abuela, que no dejaba de gruñir y preguntarnos a cada momento cómo diablos se habían metido aquellas personas en una caja tan chica. Cuando se creía sola, se acercaba al aparato e intentaba hablar con los locutores, pero aquel mínimo confesionario no le ofrecía respuestas a sus preguntas. Sigue leyendo