La abuela va de paseo

 

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Cuando mi padre compró la primera televisión, allá por los años sesenta, toda la familia participamos en la fiesta del desembalaje y aplaudimos el surgir como por ensalmo de las primeras imágenes. Todos excepto la abuela, que no dejaba de gruñir y preguntarnos a cada momento cómo diablos se habían metido aquellas personas en una caja tan chica. Cuando se creía sola, se acercaba al aparato e intentaba hablar con los locutores, pero aquel mínimo confesionario no le ofrecía respuestas a sus preguntas.

Por la noche, cuando la televisión ya estaba apagada e intentábamos dormir, la abuela aporreó la puerta del cuarto de mis padres. “Están ahí, los puedo oír”, repetía una y otra vez. Todos nos levantamos. La abuela señalaba con un dedo tembloroso en dirección al salón. En efecto, allí estaba el televisor, cubierto por un paño protector de ganchillo que había tejido mi madre, haciendo su propia digestión con un runrún de intestinos metálicos. Mi padre le explicó que aquellos ruidos los producían las piezas del televisor al enfriarse. “Ya, a mí me vas a venir tú con esas”, respondió la abuela con un mohín, dio media vuelta y salió de casa dando un portazo.

“Menudo carácter. Ya se le pasará”, dijo mi padre.

Pero transcurrió una hora y la abuela seguía sin aparecer. Mi padre y mi hermano mayor fueron a dar una batida por el barrio. Mi madre miró el reloj y mandó a mis hermanos, más pequeños, a la cama. Después, a modo de sortilegio, recalentó el vaso de leche que cada noche tomaba la abuela ante de irse a dormir y se puso a barrer el pasillo. Yo, para que el tiempo corriera más deprisa, encendí la televisión.

En la pantalla hablaba un sacerdote, sentado detrás de un escritorio, con las manos entrelazadas y la sonrisa fácil. Tenía una charla incomprensible para mis doce años, pero de propiedades somníferas. Cuando ya empezaba a dar cabezadas, una figurilla cruzó la pantalla de izquierda a derecha, en esa franja en que hoy aparecen los mensajes de los telespectadores. No me dio tiempo a ver lo que era, pero consiguió despabilarme. El cura seguía con su sermón mientras miraba a un cielo imaginario y elevaba las manos.

Al rato, otra vez la figurilla cruzaba la pantalla, esta vez de derecha a izquierda, haciendo aspavientos con las manos. Me acerqué al televisor: si aparecía otra vez, no me pillaría desprevenido. ¿Por dónde ahora? ¿Por la izquierda? ¿Por la derecha? ¿Por arriba?…

El sacerdote alzó una mano para dar la bendición, deseando buenas noches. Luego, sin interrupción, surgió la imagen del Generalísimo sobre el fondo de la bandera de España, a la vez que sonaba el himno nacional. Fue entonces cuando pude ver de nuevo la diminuta figura. Apareció por la derecha y parecía desfilar al son del himno mientras saludaba con las dos manos. Entonces, con los ojos casi pegados a la pantalla, pude reconocerla: ¡era la abuela!

De haber podido hablar, habría llamado a mi madre para que viera aquel prodigio, pero no me salían las palabras. Ahora la abuela no dejaba de mirarme mientras seguía agitando las manos. Parecía feliz. Al llegar a la mitad del camino, giró sobre sus pies y se dirigió hacia el centro de la pantalla. De vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás, como si quisiera asegurarse de que yo seguía frente al televisor, y por el lento movimiento de sus manos comprendí que se estaba despidiendo de mí. Luego la abuela fue solo un punto entre millones de puntos. La emisión había terminado.

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