La maratón

maratón

Me gusta apuntarme a las maratones populares para llegar el último.

Durante meses me preparo a conciencia siguiendo el plan trazado por un preparador físico y un nutricionista. Porque una cosa es llegar el último y otra muy distinta tener que arrastrarme en la carrera con la cara desencajada de cansancio, o pararme a cada momento llevándome las manos a los riñones,  jadeando lastimosamente.

No, lo que pretendo con el riguroso entrenamiento es tener la seguridad de que puedo conseguir un puesto más que digno en la meta. Porque es en esa posibilidad de éxito, que me tienta durante la carrera, donde encuentro sentido a mi elección de ser el último. Sólo así tiene valor mi renuncia.

Cuando por fin llega el día, mi deseo es ocupar los primeros puestos en la línea de salida y saber que detrás de mí, al compás del golpeteo de los pies, laten miles de corazones. Porque nada más deseable para la aventura de llegar el último que ver cómo todos los corredores me van adelantando. Pero no puede ser. Mi tiempo-marca en anteriores carreras me relega a los últimos puestos, a esa franja donde corren los advenedizos y los turistas de la maratón, gente sin pretensiones.

Me gustaría salir de los primeros, ya lo he dicho, pero tengo que resignarme, ¡qué remedio!, y cuando suena el pistoletazo de salida mi corazón brinca como un niño recién liberado. Aunque, si he de decir la verdad, ningún pistoletazo se oye allá donde yo espero. Mejor decir que empiezo a correr cuando se mueve la marea humana en la que estoy inmerso.

Los primeros kilómetros los corro con precaución, procurando no caer al suelo entre el bosque de piernas. Luego, cuando el cansancio comienza a hacer estragos entre los participantes y la carrera se va despejando, empiezo a ganar posiciones, más y más posiciones, y es entonces cuando surge la tentación. Porque hay una inercia del ganar, igual que la hay del perder. Esos kilómetros los corro con ansia, con precipitación, como si realmente hubiera abandonado la decisión de ser el último. Cuerpo y mente van disociados, o así me lo parece, como si yo fuera una marioneta y a mis piernas y brazos los movieran hilos dispares. Es en ese momento cuando tengo que relajarme y poner a prueba las horas de entrenamiento físico y mental y recordarme que perder es mi forma de ganar, la que yo he elegido. Poco a poco lo voy consiguiendo, hasta que soy uno con la carretera, que parece deslizarse bajo mis pies, y ya puedo acelerar y desacelerar sin esfuerzo y a mi antojo. Decido entonces acelerar para ir superando a los otros corredores, sin inquietud, con la seguridad de saber que en cualquier momento, un momento que no puedo precisar pero que llegará cierto, voy a reducir la velocidad para darme el placer, ahora sí, de ver cómo los que vienen detrás comienzan a pasarme. Es entonces cuando realmente disfruto. Siento que la humanidad entera corre conmigo, con sus siglos a cuestas, y hago mentalmente una taxonomía de los corredores y les imagino una biografía, sueños y deseos, todos corriendo, como diría el poeta, en soledad concurrida. Y aunque tal vez a mi lado corre un asesino, un pederasta, un dictador en ciernes, el mundo parece mejor, y siento que es nuestro correr el que hace girar al planeta y que si nosotros paramos, él se para. Un espejismo, lo sé.

Y ver que el circuito se va despoblando de gentes y tinglados, y llegar a la meta cuando ya no hay meta.

Texto publicado en ARIADNA

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