Plastilina

plastilina

En las vacaciones castigué a mi hijo sin ver la televisión por insultar a su hermana. No rechistó y se fue a jugar con la plastilina. Me enterneció verlo tan concentrado, con la lengua asomando por la comisura de los labios, ya mirándome a mí ya a la figura que iba dando forma, intentando una réplica de mi persona: la nariz prominente y la cicatriz que tengo en la barbilla. Cuando terminó, vino sonriente a ofrecérmela, pero al ir yo a cogerla, su sonrisa se tornó siniestra y con rabia hundió un dedo en el pecho de la figura.

Ahora estoy en el hospital. Los médicos dicen que ha sido un infarto, y no les voy a llevar la contraria: no me creerían, y, al fin y al cabo, se trata de mi hijo.

Lógica… ¿infantil?

lógica

―¡Quiero que venga mi mamá a buscarme! ―dice el niño, llorando, a sus profesoras en la guardería.

―Es pronto aún ―le responde una de ellas.

―Tu mamá vendrá después de la comida ―le explica la otra.

Y entonces el niño, con la lógica aplastante de los deseos, grita entre llantos:

―Quiero comer, quiero comer…

ooo

El señor Z está en casa esperando una llamada importante. Se muerde las uñas, va y viene por el pasillo, y cuando ya no aguanta más, deja el móvil en la repisa del cuarto de baño, se desnuda y se mete en la ducha, pues tiene la seguridad de que cuando se halle completamente enjabonado, cegado por el gel y con el vaho escalando azulejos y espejos, empezará a sonar la jovial musiquilla de su móvil.

 

Ritual

Altar dia de los muertos

Dejé atrás las calles: rostros arrasados por cicatrices, intestinos al aire, cuerpos esqueléticos, deformes, descabezados, desmembrados… Era Halloween y quería llegar pronto a casa para llevar a cabo el ritual. “El que sobreviva al otro… Me lo tienes que prometer”, me había pedido Julia una noche del verano pasado, frente al mar de Acapulco. Sigue leyendo

El designio de las palomas

Paloma leyendo cagadas

Hace semanas que las palomas se cagan en mi coche. Antes se cagaban en todos los coches de la calle donde a diario aparco. De alguna forma eso me consolaba. Los excrementos se repartían. Pero ahora es en mi coche donde cagan. Sólo en el mío. Y como no soy de esos que a toda costa quieren distinguirse, no es algo que me llene de orgullo. Además, que las palomas se caguen en mi coche es lo mismo que si se cagaran en mí. Así es como yo lo siento. Un día sí y otro también aparece mi coche cubierto de una pasta blanca y amarillenta. Y no es casualidad. He probado a cambiarlo de sitio, pero da lo mismo, ellas me siguen con su mierda, que dejan caer en aluviones, en cascadas, en torrentes. La fiesta de la mierda. Y aunque me da mucho asco, es peor la sensación que me invade, pues pienso que estas putas palomas, con esa capacidad que tienen los animales para anticipar los fenómenos de la naturaleza, ven en mí algo ignominioso y me señalan, me estigmatizan con sus heces. No le encuentro otra explicación. Ahora los vecinos de la zona están muy contentos de ver sus coches libres de mierda, pero han empezado a mirarme mal. Les comprendo. Por culpa de las palomas deben de pensar que hay en mí algo turbio, y que no soy de fiar.

Amuleto

frasco de cristal

Mi madre conservaba en alcohol el cordón umbilical de todos sus hijos. Decía que esa era la mejor forma de prevenir “el mal de ojo”. Los guardaba en botes de cristal, con una etiqueta identificativa pegada en la tapa, y parecían lombrices muertas y retorcidas, absolutamente repugnantes. Yo siempre me había reído de esa superstición, pero cuando tuvimos que liquidar la herencia familiar y nos encontramos los botes cubiertos de polvo junto a esos otros cachivaches que la vida va arrumbando, yo no pude, como fue mi primera intención, deshacerme del mío. Y desde entonces me acompaña en los largos viajes y en las mudanzas porque, por irracional que parezca, siento que es esa piltrafa lo que me mantiene unido al mundo. (Publicado en colectivo M.J. Peláez)