Trasplantes

Cerebro trasplante

Hace meses me trasplantaron el cerebro de otro hombre. Ya tenía experiencia en trasplantes. Primero fue el corazón, una lesión congénita me fue dejando sin aliento hasta que se hizo inevitable sustituirlo. Después, tras un accidente en carretera, fueron la mano y el ojo derechos. Entonces no me supuso un gran problema ver mi cuerpo colonizado por órganos ajenos, aunque me sentía un poco raro al principio. No con el corazón, escondido bajo la caja torácica, ni con el ojo, de un color muy parecido al de los míos, pero convivir de pronto con una mano que no es tuya se hace muy extraño. No te parece una mano sino un pequeño animal con tentáculos que tiene vida propia aunque seas tú quien gobierna sus movimientos. Al principio a Lola también le daba repelús que la acariciara con la mano intrusa, y aunque se esforzaba en sobreponerse, yo notaba un leve respingo cuando rozaba su piel, y luego la tensión en todo su cuerpo. Con el tiempo terminamos acostumbrándonos, ya no reparamos en ella, la mano se ha integrado en nuestra vida.

Pero el cerebro… El cerebro no es cualquier órgano… Es el centro de nuestra identidad, de lo que somos y de lo que seremos. Cuando hablamos de las tristezas y alegrías del corazón, o de las mariposas enamoradas que revolotean en el estómago sabemos que no son más que formas de hablar, metáforas gastadas, porque todo está en el cerebro, somos nuestro cerebro. Y eso es lo que temía, que con el cerebro de otro dejara de ser yo.

Los doctores procuraron tranquilizarme, sorprendidos de mi ignorancia. ¿Acaso no sabía que el trasplante de cerebro era una práctica habitual desde hacía años con un índice de fracaso prácticamente nulo? Me lo explicaron: la técnica es muy compleja pero sencilla la idea, imagínese un libro al que le borramos todas las letras para dejar sus páginas en blanco, y que luego lo reescribimos con una historia distinta, pues eso es lo que vamos a hacer con el cerebro donante, dejarlo en blanco y conectarlo con el suyo para transferir, como usted bien dice, todo su ser, aquello que le hace único. Distinto recipiente para el mismo contenido. ¿Comprende?

Sí, era fácil de comprender, pero no de asumir, asumir que las complejas estructuras que constituyen un cerebro no acabaran determinando el contenido, de tal manera que eso que yo había dado en llamar MI SER se fuera desdibujando entre los vericuetos del nuevo sistema límbico, del nuevo hipotálamo, del nuevo córtex prefrontal… hasta convertirse en algo completamente distinto de lo que yo era. Aun así, di mi conformidad al trasplante porque, al fin y al cabo, desaparecer en un cerebro extraño era una manera de morir no muy distinta de la que me esperaba si dejaba que mi tumor siguiera invadiéndome.

El trasplante fue un éxito, lo sigue siendo. Es lo que dicen todos a mi alrededor. Pero no estoy tan seguro, creo que mis temores estaban justificados. Es cierto que he recuperado la salud y que mi YO no se ha evaporado en el interior de este cerebro que ahora mi cráneo cubre, pero a veces me vienen recuerdos que no son míos, de experiencias que nunca tuve. Es muy desconcertante, y me obsesiono por hallar una ruta mental que me revele el significado de esas imágenes impuestas, por ejemplo, de una infancia que me es ajena pero que se mezcla con la mía: rostros extraños que me miran con ternura, una mano que agarra mi mano y me conduce a un colegio desconocido. Y luego están esos recuerdos que sí reconozco como propios pero a los que respondo con sentimientos que parecen recién estrenados: una nostalgia que creía no tener, o indignación con aquello que sucedió y antes me dejaba impasible… En fin, supongo que es a través de estas grietas por donde se ha ido filtrando una nueva personalidad. Yo antes era un hombre imperturbable, seguro en mis acciones. Mis deseos no encontraban grandes barreras morales para lograr sus objetivos. No quiero decir que yo fuera un ser depravado, pero ciertamente no me andaba con muchos escrúpulos, jamás tuve graves conflictos de conciencia, no me preocupaba por el destino de las personas que no me resultaban útiles en alguna medida. Ahora, en cambio, es como si llevara un censor conmigo a todos partes, hago constantes cábalas sobre el bien y el mal, y dudo, y me angustio. Soy un hombre frágil, extremadamente sensible, zarandeado por los sentimientos y opiniones de los demás.

Lola dice que transformaciones así, en las que la escala de valores da un vuelco, son habituales en personas que como yo han mirado cara a cara a la muerte, y que prefiere al hombre que ahora soy, generoso y noble, sin el temor a manifestar sentimientos de ternura. Sé que no lo dice para consolarme, que es así como piensa y siente, y yo también debería estar feliz, pero no puedo porque siento que no es a mí a quien ama, sino al otro que ahora vive en mí.

 

Una nueva dimensión

Alargapenes

Estoy a punto de jubilarme, y como no quiero formar parte de los grupos del IMSERSO para bailar la lambada en los hoteles de la Costa del Sol, he decidido hacerme actor porno. Así que me he comprado un alargapenes por correspondencia. Se lo dije a mi mejor amigo en el momento en que se  ponía la dentadura postiza, y casi se atraganta. Él me dijo que no solo es cuestión de tamaño, que también hacen falta potencia y resistencia, y un cuerpo medianamente decente y no esta mierda de cuerpo que yo tengo (mi amigo es obscenamente sincero). Creo que tiene razón, pero por algún punto hay que empezar, y afilar y afinar el instrumento es lo primero, le dije. Además, igual pongo de moda el porno senil, pues ya se sabe que todo es cuestión de marketing, de abrir un porno-nicho (así hablan los tipos del marketing, aunque en este caso suene fatal) para la tercera edad. Ya me imagino los títulos: “Macizorras en el geriátrico”. “Míster Viagra con tres nenitas muy calientes”. Sigue leyendo

Últimas preguntas

Encefalograma plano

“Dios existe: lo creamos entre todos”, sentenció en el 2084 un Premio Nobel. Hay dudas en cuanto a la autoría de la frase. Unos se la adjudican al Premio Nobel de Física, otros al de Literatura. Lo cierto es que en el 2100 la Ciencia estuvo en condiciones de comprobar dicha hipótesis, y millones de cerebros de todo el mundo, de todas las religiones, fueron conectados mediante electrodos a pequeños ordenadores que enlazaban con un gran ordenador central. La resultante de todos los impulsos eléctricos se traduciría a imágenes en los millones de pantallas repartidas por el planeta. El día señalado, a la hora H, los representantes de la Humanidad pensaron en su Dios. Al instante, en las pantallas surgió un torbellino de imágenes: ancianos venerables de largas barbas, animales imposibles, hombres prodigiosos, rayos y centellas, esferas luminosas, luces informes… Durante unos minutos fue evolucionando toda la imaginería que la mente humana es capaz de producir, hasta que apareció una línea quebrada, de crestas desquiciadas y palpitantes, y luego la monótona línea recta que certifica la muerte. (Publicado en el diario El Mundo).