El bufón

Bufón

 El niño de Vallecas (Velázquez, Museo del Prado)

 

FELIZ NAVIDAD A LOS DISCAPACITADOS, QUE SOMOS TODOS

No esperes más, no hay ningún rezagado, esa pareja de japoneses que contempla al histriónico Pablo de Valladolid, a mi izquierda, no son de tu grupo. Los tuyos ya están a tu alrededor, con la mirada fija en mí, esperando que les digas quién soy y por qué estoy en este lienzo de 107×83 cms.

Me miráis y yo también os miro. Mis ojos te seguirán si te mueves. Pero lo que realmente quiero saber es con qué clase de mirada vienes a mí; si es una mirada limpia o es una mirada contaminada por esa información manida que circula de boca en boca, de escrito en escrito, y que dice que soy Francisco Lezcano, un niño de doce años afectado de “cretinismo con oligofrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna”, según textual informe médico realizado con más de dos siglos de distancia desde mi muerte en 1649, y que tal vez te has grabado palabra a palabra en tu mente; es decir, que soy un ser de pocas luces que vivía para divertir al Rey y su Corte, y que gracias tendría que dar, pues así me libraba de una vida de indigente, que es a lo que estábamos condenados los de mi constitución si no fuera por ese papel de bufón que algunos podíamos realizar.

¿Va a ser esa tu mirada? Una mirada que, sin conocerme, te dice que soy un lelo deforme, con una cabeza gorda que apenas puedo sujetar y una pierna de tullido; un enano mental que, gracias a la humanidad de don Diego, fui rescatado de los pozos de la ignominia para que os compadezcáis de mi tara y así sentiros vosotros también más humanos y caritativos; un enano al que el arte del pintor ha puesto a la altura ―disculpa el fácil juego de palabras― de reyes y nobles.

¿Es lo que les vas a decir de mí? Seguro que te has aprendido bien la lección y has practicado delante de amigos y familiares, o de los compañeros de la academia a la que has asistido para prepararte en este oficio, y no es lo mismo, ¿verdad?, ensayar con los amigos que encontrarse de pronto en esta sala del Museo del Prado, delante de diez personas que esperan esas palabras que les ayuden a mirar este cuadro de un humilde bufón de la Corte, porque hay algo en ti que me hace pensar que eres novato, que es tu primera vez, por tu juventud y por el envaramiento con que te mueves, y porque en los ciento noventa y ocho años que llevo en este museo no te he visto nunca, lo sé, es un don que tengo, el de mi privilegiada memoria, no hay cara que se me olvide.

Y me pregunto si serás capaz, una vez que me hayas escuchado, querido guía primerizo, atenazado de nervios, esclavo de certidumbres impuestas, si serás capaz, digo, de romper con ese guion que has aprendido y decir que no soy ni un retrasado ni un niño, sino un hombre de corta y desproporcionada figura. Un hombre menguado pero muy lúcido ―odio la falsa modestia― que tuvo que fingirse bobo para no despertar las envidias ni los recelos de los llamados “normales”; fingir para no atemorizar a los que concluyen que un engendro ―eran sus palabras― no puede albergar elevados pensamientos, tampoco sentimientos nobles, porque o bien piensan que no están inscritos en nuestra deforme naturaleza, o porque deducen que, ante la crueldad con que nos ha tratado la vida ya desde el mismo nacimiento, solo podemos experimentar sentimientos de odio y rencor.

¿Te atreverás?

Estaría bien que les dijeras que en la Corte me presentaba con la máscara de bobo, y que ese simulacro me permitía decirles cosas que de otra forma nunca me hubiera atrevido, cosas que otra persona, no estigmatizada con la marca de la estupidez, habría pagado con la prisión, en el mejor de los casos. Y que a solas con algunos de esos personajes de alcurnia, con mi máscara les liberaba de la suya, pues creyendo estar ante una criatura sin cerebro se mostraban tal cual eran, en la mayor desnudez, que es la de los sentimientos. Y había veces que asustaba comprobar la enorme distancia que existía entre la persona que realmente eran y la que aparentaban ser. Y si algo he aprendido, tanto de aquella vida como de esta otra que vosotros llamáis de “inmortal” solo porque vivo en un lienzo que, de momento, resiste al paso del tiempo, ¡menuda inmortalidad!, y desde donde os veo envejecer en un lento goteo de generaciones y generaciones… Si algo he aprendido es que en nada hemos cambiado, solo en la apariencia, en el envoltorio: bajo distintos ropajes, enmascarados en progreso tecnológico y con una mayor longevidad, seguimos idénticos en lo esencial: en los vicios y virtudes, en las alegrías y las penas, como si un pintor hubiera dibujado un boceto único que el tiempo se encargara de actualizar.

Dirás que colgaban nuestros retratos monstruosos ―así nos describen algunos― en la paredes de sus mansiones y palacios para decorar las paredes. Pero, piensa un poco, ¿qué clase de decoración podríamos aportar nosotros con nuestros cuerpos paticortos y nuestros cabezones? Porque bien es cierto que hay una estética del alma, que atrae las miradas más allá de la superficie, pero son muy pocos los que la descubren y aprecian. No, amigo, estábamos allí para recordarles cada día que ellos habían nacido bien formados, que se habían librado de ser elegidos por el dedo retorcido del destino. Ahí tienes, en la sala de al lado, a Mari y a Nicolasito, la enana y el enano que acompañan a las Meninas, como contrapunto. Todos éramos juguetes para su divertimento y para su consuelo.

Claro que había y hay excepciones, siempre las hay, y eso nos salva, nos da esperanza. Don Diego fue una de esas excepciones. Y es por él que estoy aquí, hablando ahora contigo. Sucedió una luminosa mañana de otoño en que íbamos a salir de cacería. Es mi estación preferida, por la frescura del aire y las tonalidades de los árboles: cobrizas, doradas, rojas…, y por ese acortamiento de los días que te invita a apurarlos, a vivirlos con mayor intensidad. La noche anterior, desde mi lecho, en un cuartucho próximo a las caballerizas del palacio, pude ver las estrellas, y extasiado en su contemplación me quedé dormido sin cerrar la ventana, y a la mañana me levanté estornudando y moqueando, nada grave, pero decidieron prescindir de mis servicios, que no eran otros que componer una imagen graciosa montado en un caballo enano y en ayudarles en las batidas, pero créeme si te digo que me dejaron en el palacio no tanto por humanidad como por el estorbo que supondrían mis continuos estornudos.

Y fue esa mañana en que andaba yo zascandileando de acá para allá por los alrededores del palacio, al encontrarme a medio camino entre la salud y la enfermedad, sin ganas de acostarme ni de hacer nada de provecho, cuando oí que alguien chistaba. Miré a mi alrededor, y en una de las ventanas de la planta baja del palacio vi a don Diego, haciéndome señales con una mano para que me acercara. Allí, enmarcado en la ventana, con su melena negra con raya en medio, cayendo en cascada a los lados, habría parecido enteramente una de las Meninas si no hubiera sido por su rostro viril y los enhiestos bigotes. Era el pintor de cámara del Rey, y bien podría haber usado su autoridad, pero no lo hizo, sino que, con voz grave y bien modulada, me preguntó si quería posar para él, y lo dijo ayudándose de gestos, señalándome con el dedo de su mano izquierda mientras que con el de la derecha trazaba un garabato en el aire, pues seguramente que hasta él habían llegado noticias de mis pocas luces.

Que me llamaba Francisco Lezcano y que estaba al servicio del príncipe Baltasar Carlos, le dije cuando ya en el taller me preguntó por mi nombre. Después me condujo hasta un baúl que cubrió con una manta. “Siéntate aquí, Paquillo”, me pidió, y me tuvo ensayando diferentes posturas hasta que encontró la definitiva, esta que ahora ves. Yo procuraba no moverme, mantener la compostura que don Diego había elegido, pero a cada rato se me escapaba un estornudo, o los enhebraba uno detrás de otro, y yo me preguntaba qué clase de retrato podría hacerme con tanto ajetreo de mi cabeza, pero a él parecía no importarle, seguía a lo suyo, aunque en el momento en que empecé a moquear me ofreció un pañuelo para que me fuera sonando. Así que el objeto que tuve entre mis manos fue un pañuelo, que luego él se encargó de darle forma de imprecisa geometría, de tal manera que los estudiosos del arte no se ponen de acuerdo en si son unos naipes, símbolo de la ociosidad que se me suponía, una teja, un mendrugo de pan o un librito. La gruta o tronco de árbol donde me encuentro ―tampoco en esto se ponen de acuerdo los intérpretes― y el paisaje de la sierra de Madrid, al fondo, son también invenciones de don Diego, recursos de la imaginación y de la memoria.

El caballete sobre el que había dispuesto el bastidor tenía tal inclinación respecto a mí que me permitía ver parte de su figura en pleno acto creativo. De vez en cuando ponía el pincel en posición vertical entre sus ojos y mi imagen, y guiñaba ya un ojo ya el otro, y luego volvía a enfrascarse en la pintura. En ocasiones se ocultaba detrás del caballete, como si necesitara una mayor cercanía con el lienzo; otras lo veía alejarse, ensayando diferentes distancias y perspectivas. Me divertía esta suerte de danza que mantenía con el cuadro. Pero lo más sorprendente fue que empezó a hablarme mientras pintaba. Y con sus palabras parecía que me dibujaba como ser humano, que se olvidaba de mi supuesto retraso mental. Aunque no me hice ilusiones, pues si bien me utilizaba como interlocutor: “¿Sabes Paquillo? ¿Te voy a decir una cosa, Paquillo?”, comprendí que eran monólogos como los de quien habla a su perro o deja las palabras en el aire, sin esperar respuesta. Aun así, fue tal la alegría de verme elevado a la condición de persona, aunque fuera en esa suerte de simulacro, que ganas me dieron de responderle, de mostrarme tal cual soy y entablar diálogo con él. Pero me resistía, a sabiendas de que la mejor forma de guardar un secreto es manteniéndolo oculto dentro de uno mismo.

Eso es lo que yo temía, que mi secreto dejara de serlo. Pero entonces don Diego, mirando en mi dirección, pero a algún punto que estaba detrás de mí, dijo: “No hay que temer a la muerte, pues cuando nosotros estamos, la muerte no está, y cuando ella está, nosotros no estamos. Por tanto, si nunca coincidimos, ¿por qué temerla?”. Soy un hombre leído y sabía que esas ideas procedían de los epicúreos, pero sus palabras me dejaron intrigado: ¿por qué ahora y delante de mí? ¿Había visto en mi persona algún indicio de enfermedad? Es decir, ¿tenía yo aspecto de estar más en el otro mundo que en este? ¿Era el quien estaba enfermo y se iba preparando para el desenlace? No sabiendo a qué carta quedarme, pues la mente de los artistas es indescifrable y las trayectorias de sus pensamientos revolotean en zigzag como el vuelo de las mariposas, decidí responderle, tal vez alentado por la trascendencia de su mensaje, que me llevó a pensar que la vida es un asco si no hay nadie en quien confiar. Le dije que era la conciencia de la muerte la que nos hacía temerla; que vida y muerte se entrelazan; que solo en los niños y en los animales, que no tienen conciencia de ella, la muerte y la vida no se encuentran; que es el reconocernos seres mortales lo que nos asusta, el pensar que al segundo siguiente podemos estar muertos; y que los artistas como él quieren detener la vida en el lienzo, lo cual no deja de ser un engaño, una falsa inmortalidad. Esto es todo lo que me atreví a decirle, y vi como don Diego asomaba su cabeza por un lateral del caballete, sus ojos y boca componiendo un gesto de asombro.

Desde ese día empezamos a trabar una gran amistad, y mientras posaba para él hablábamos, como suele decirse, de lo divino y humano. Un verdadero diálogo de igual a igual. A veces paseábamos por los jardines del Palacio, y don Diego me agarraba del brazo, o ponía su mano sobre mi hombro, y así caminábamos un buen trecho. A mí me sorprendía que nadie recelara de esa extraña amistad entre el enano bufón y el pintor del Rey, tan dada como es la gente al chisme y a la calumnia. Pero comprendí que a los artistas, al igual que a los retrasados y a los locos, se les concede ciertas licencias que a otros no se les permitiría.

En fin, amigo, ahora ya sabes quién soy realmente. Nada que ver con el retrato oficial que de mí se hace. Pero entiendo que no puedas modificar tu discurso sin riesgo de que te tachen de loco. Porque ¿vas a decir, acaso, que el Niño de Vallecas ―nombre por el que también se me conoce, aunque ni yo mismo sé por qué― te ha hablado desde el cuadro para ofrecerte un verídico retrato de sí mismo? No, no lo dirás, no debes; ni yo te lo voy a pedir. Aunque ya me gustaría que pudieras ayudarme, que las cosas pudieran ser de otra forma, porque lo que echo realmente a faltar en esta otra vida es el afecto de don Diego, que fue como el padre y madre que nunca tuve, pues de nada me sirve este fraude de inmortalidad sin el calor de una mano amiga. Todos pasáis de largo, como si yo fuera un apestado. Por eso quisiera ―y sé que pido un imposible― que en una generosa interpretación de lo que debe ser disfrutar verdaderamente del arte, se les permitiera a los visitantes del museo acercarse a los cuadros y tocarlos, que vinierais a mí ―inteligente o retrasado, da lo mismo, todos necesitamos afecto― y pasarais vuestra mano por el lienzo, muy lentamente, como quien acaricia la fotografía de un ser querido.

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