Amor de madre

Adán y Eva

“¿Por qué tú y padre no tenéis ombligo como tenemos Abel y yo?”, le preguntó Caín a Eva. Eva, desconcertada, miró a la serpiente que reptaba por el árbol. El animal de lengua bífida susurró algo al oído de Eva, quien al punto se encendió de rubor, inventando la vergüenza. Luego, sin atreverse a alzar la mirada, se dirigió a Caín y le comunicó al pie de la letra aquello que la serpiente le había dicho. Esa noche Caín, que acababa de inventar los celos, reprimió su furia contra Adán y fue en busca de Abel para darle muerte con una quijada de burro. “¡Pero qué burro eres, hijo mío!”, le dijo Eva a Caín (inventando la metáfora) cuando se enteró de que había matado a su hermano. Luego guardó silencio, y Caín supo que su madre estaba inventando el perdón.

Bellas Artes

paleeta pintor (2)

El hijo del famoso pintor está en la edad del “caca, culo, pedo, pis”. Un día entra en el estudio de su padre y le pide que le pinte una caca. El padre coge un lienzo de 30 x 30 y pasados unos minutos ha pintado una caca que hace las delicias del niño y que recuerda mucho a las cacas que venden en las tiendas de artículos de broma. Sigue leyendo

Una mujer nueva

cirugía estética

Mi nariz tiene ahora el perfil de las esculturas griegas. Mis pómulos están ligeramente marcados, como réplicas en miniatura de mis pechos de silicona. En mis labios carnosos late eternamente la semilla de un beso. Las manos de un hombre pueden abarcar mi cintura y luego deslizarse sin titubeos por mis esbeltas piernas, ya sin varices ni celulitis. Soy realmente una mujer nueva. Sólo falta que, en las líneas de mis manos, el cirujano me trace un nuevo destino.

Bajo el volcán

bajo la mesa

Un pie descalzo acaricia la pierna del perito calígrafo por debajo de la mesa. No le sorprende: las señales de la infidelidad en la letra de la mujer no admitían dudas. Es por eso que les invitó a cenar, a ella y al gordo fiscal que tiene por marido. Ahora, tras comerse las verduras afrodisíacas, la mujer deja el rastro de su lengua en un helado de chocolate y se relame con delectación, como si remedara el placer paralelo que el pie ascendente fragua bajo la mesa. Al perito le excitan tanto su osadía delante del marido como los esfuerzos del pie por bajarle la cremallera del pantalón. De pronto ella se marcha al lavabo, pero el perito tarda unos segundos en advertir que el pie sigue acariciando su sexo erecto y desnudo, mientras el fiscal le mira a los ojos, frunce los labios y le lanza un beso.

La tentación

LA PUERTA

“Por favor, sea breve”, dijo la mujer desde el otro lado de la puerta. “Vendo Biblias”, resumí. “Gracias, pero no me interesa” dijo ella en un susurro, y la imaginé asomada a la mirilla sobre las puntas de sus pies descalzos y los pechos acariciando la puerta. Desde entonces vuelvo cada semana y tenemos la misma conversación. Sólo una cosa deseo: que nunca llegue a abrirme la puerta.

Microrrelato publicado en antología de Páginas de Espuma

Con los ojos cerrados

 

ojos cerrados (2)

Me dice que a veces, cuando suena el despertador y abre los ojos, no encuentra razones para levantarse de la cama y seguir viviendo. Durante un tiempo probó con una radio despertador, pero aún fue peor, como si un coro de grillos le gritara al oído una cháchara estúpida, pura comedia, la farsa de este mundo nuestro, me dice. Ahora utiliza otra estrategia: cierra los ojos, y como si fuera un ciego reciente, tantea el suelo con los pies para ponerse las zapatillas e ir al cuarto de baño, donde torpemente se afeita, se lava los dientes y se ducha. Todo el rato con los ojos cerrados. Y luego va palpando las paredes hasta la cocina, y a tientas busca las cerillas y a tientas enciende el gas para prepararse el desayuno. Y así continua hasta que la angustia le obliga a abrir los ojos, con la misma desesperación de un náufrago que braceara en el agua para no ahogarse. Solo así, me dice, consigue aferrarse a la vida, que se le escapa día a día. Nunca sabe en qué momento va a ocurrir, pero hasta ahora siempre ha abierto los ojos. Aunque dice que ha empezado a tener miedo, mucho miedo, porque la última vez llegó hasta el aparcamiento con los ojos cerrados, y solo cuando estuvo dentro del coche y con el motor ya en marcha, solo entonces sintió la necesidad, una tibia necesidad de abrirlos

En el probador

probadores

“Le sienta de maravilla”, le ha dicho la dependienta antes de dejarla sola en el probador. Se mira en el espejo, mordiéndose el labio inferior, girándose a derecha e izquierda, pasándose las manos extendidas por el contorno de la cintura. Cree en la sinceridad de la dependienta, no es la frase hecha de la vendedora que quiere halagar a la clienta. El vestido le sienta estupendamente, sensual y elegante a la vez. Pero no acaba de decidirse. A ratos se le apaga la sonrisa y se queda frente al espejo con los brazos caídos. Piensa que ella no se merece ese vestido. Y bien sabe de dónde le viene ese pensamiento, no es nuevo. En entonces cuando casi puede sentir la cara pegada a la suya, la mirada turbia reflejada en el espejo y esa voz hostil, socarrona con que le dice “adónde vas, pareces un adefesio”, y  se obliga a cerrar los ojos apenas unos segundos, para que al abrirlos, si hay suerte, la imagen y la voz se hayan borrado. Lo consigue, pero sabe que no es una victoria definitiva, que él está agazapado en los rincones de su memoria, siempre al acecho de sus momentos de debilidad, y que volverá a aparecer. ¡Qué difícil esta decisión tan trivial de comprarse un vestido!, se dice. Si alguien la viera pensaría que está loca, que es una desequilibrada, pero ¡qué sabrán ellos!, aunque alguno lo sabrá, alguno que haya vivido pegado a la conciencia enferma de otro, una vida escrutada por ojos mezquinos y sucios, en un ladrido permanente. Vuelve a mirarse en el espejo, se reta a sí misma, sabe que es un momento importante, que la palabra “probador” alcanza una dimensión nueva y que no debe claudicar, que no va a claudicar. Llama a la dependienta. “Me lo llevo puesto”, le dice, y sale del probador sonriendo, abandonando en la percha el otro vestido, piel vieja e inútil.

La abuela va de paseo

 

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Cuando mi padre compró la primera televisión, allá por los años sesenta, toda la familia participamos en la fiesta del desembalaje y aplaudimos el surgir como por ensalmo de las primeras imágenes. Todos excepto la abuela, que no dejaba de gruñir y preguntarnos a cada momento cómo diablos se habían metido aquellas personas en una caja tan chica. Cuando se creía sola, se acercaba al aparato e intentaba hablar con los locutores, pero aquel mínimo confesionario no le ofrecía respuestas a sus preguntas. Sigue leyendo

La maratón

maratón

Me gusta apuntarme a las maratones populares para llegar el último.

Durante meses me preparo a conciencia siguiendo el plan trazado por un preparador físico y un nutricionista. Porque una cosa es llegar el último y otra muy distinta tener que arrastrarme en la carrera con la cara desencajada de cansancio, o pararme a cada momento llevándome las manos a los riñones,  jadeando lastimosamente. Sigue leyendo

El amor difícil

corazon roto

Traigo al blog un microrrelato de Mario Benedetti:

Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.

Me gusta este micro, pero no el verbo “fornicar” (mejor “amar”), y no por pudor o puritanismo, sino porque la palabra fornicar me suena a algo industrial, metalúrgico, a sexo en cadena de montaje. Además, al decir que los detuvieron por atentado al pudor, entenderíamos que su amor no era solo un amor fraternal, amistoso.

Y lo que no cuenta Benedetti es lo que sucedió después: Sigue leyendo