En el contestador

 

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Sabía que a esa hora no había nadie en casa, pero aun así llamé por teléfono. Oí mi horrible voz en el contestador, esa voz que no parece mía cuando la oigo fuera de la caja de resonancia que es mi cabeza, la voz diciendo que puedo dejar un mensaje al oír la señal. Y sí, dejé un mensaje, no pude evitarlo: “Imbécil, tu mujer te engaña”, dije, sin saber por qué, a ese otro yo que me resulta tan extraño. Luego, cuando ya en casa he oído mi propio mensaje, me he puesto a temblar, y al ver que Lola abría la puerta y entraba sonriendo, he tenido un injustificado ataque de celos.

 

 

Amor de madre

Adán y Eva

“¿Por qué tú y padre no tenéis ombligo como tenemos Abel y yo?”, le preguntó Caín a Eva. Eva, desconcertada, miró a la serpiente que reptaba por el árbol. El animal de lengua bífida susurró algo al oído de Eva, quien al punto se encendió de rubor, inventando la vergüenza. Luego, sin atreverse a alzar la mirada, se dirigió a Caín y le comunicó al pie de la letra aquello que la serpiente le había dicho. Esa noche Caín, que acababa de inventar los celos, reprimió su furia contra Adán y fue en busca de Abel para darle muerte con una quijada de burro. “¡Pero qué burro eres, hijo mío!”, le dijo Eva a Caín (inventando la metáfora) cuando se enteró de que había matado a su hermano. Luego guardó silencio, y Caín supo que su madre estaba inventando el perdón.