Manos de mantequilla

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Fue uno de esos partidos raros en los que de tanto dominar le pierdes el respeto al equipo contrario y en un descuido te la cuelan. No estuvimos afortunados, y ellos, que se sabían inferiores, se encerraron atrás desde el principio. Fue un juego rácano, pero estaban en su derecho, usaban sus armas. Y vaya si les salió bien. Así que puede decirse que yo fui un mero espectador durante todo el partido, haciendo ejercicios de calentamiento bajo mi portería para no enfriarme, hasta ese fatídico minuto, ya en el descuento, sin apenas tiempo para darle la vuelta al marcador. Sigue leyendo

La perfecta pareja

Buenas maneras

Conozco a una pareja que en lugar de hijos tiene obsesiones. Las alimentan y cuidan con el mismo amor que pondrían en sus vástagos, y a cada visita que les hago, las encuentro más crecidas. Así se lo hago saber, y ellos sonríen satisfechos cogiéndose de la mano, y las ponen en fila para que me den las gracias. La mayor de ellas es el ORDEN, que abusa de los demás imponiendo su tiranía. Es estirada y presume de perfecta, pero yo percibo su envaramiento triste, y que sus ojos delatan deseos de anarquía. La segunda es la LIMPIEZA. Tiene la cara pulida y sin arrugas de las personas sin vida, y su mirada es tan limpia que parece que no mira, o que va más allá de todo lo que mira. Su olor es puro artificio, una mezcla de aromas de laboratorio. Cuando sonríe muestra una mueca blanca y reluciente de hastío. La tercera es la APARIENCIA, si bien ellos la llaman EDUCACIÓN. APARIENCIA nunca pierde la compostura aunque la humillen y le recorra un deseo de venganza. APARIENCIA recibe a las visitas con ademán versallesco y les habla como un manual del saber estar.

Orgullosa de sus tres obsesiones, la pareja solo vive para ellas, y no duda en renunciar a sus verdaderos deseos para que las tres crezcan sanas y prósperas.

Días de fútbol

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UNO. Mi cuna, pintada en azul y con dibujos de Disney, está a seiscientos metros del Santiago Bernabéu. Los días de fútbol, a través del aire, llegan a mis oídos infantiles los gritos de euforia. Y a saber qué es lo que ya se va fraguando en mi cerebro bebé. Me gusta imaginar que en esos momentos es la mano de mi padre la que mece la cuna, pero no puede ser: uno de los gritos que me llegan desde el estadio es el suyo. Sigue leyendo

De ida

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Lola nunca cierra las puertas ni los cajones ni las cajas que abre. Tampoco apaga las luces que enciende ni enrosca los tapones que desenrosca. Los cedés y sus estuches viven para siempre vidas separadas una vez que caen en manos de Lola. En ocasiones, parece que por la casa han pasado unos ladrones o la policía en una operación de registro. Pero lo que peor llevo son sus falsos cerramientos: cuando los cajones parecen cerrados, pero no lo están, pues sobresalen apenas unos milímetros y no puedes cerrar la puerta corredera, o bien asoman por sus bordes un sujetador, una camiseta…, o el extremo de algún cubierto en los cajones de la cocina. Es entonces cuando parece que los cajones se están burlando de mí, que me sacan la lengua.

Me intriga esta conducta de Lola. Y, cuando le pregunto, se encoge de hombros porque no sabe darme una explicación. Tampoco está dispuesta, como le sugiero, a ir al psicólogo. “Eres una mujer de ida, pero no de vuelta”, le digo para provocarla. “Y tú, un gilipollas maniático que debería cerraaarrrr la boca”, me responde ella.

Hoy, Lola ha hecho la maleta (la pernera de un pijama asomaba por entre la cremallera parcialmente cerrada) y se ha ido de casa. Se fue sin cerrar la puerta de la calle, y conociéndola, no creo que vuelva.

El alguacil del agua

Museo Thyssen- Bornemisza

Texto inspirado en el relato «La popa de una gallina anglicana», de Juan Gómez-Jurado, del libro «Bajo dos banderas»

 

Cádiz, 20 de noviembre de 1806

Se llamaba Gabriel, y si recuerdo su nombre es por los acontecimientos que siguieron a nuestro encuentro. Era uno de tantos marineros que entraban en la taberna para adornarse de un prestigio del que normalmente carecían, dispuestos a competir en hazañas, en el número de ingleses que habían abatido. Yo les esperaba en un rincón, sentado a una mesa, que era el último recurso, el lugar al que acudir cuando no había otro disponible, porque ¿quién desea hablar con un viejo?, que es lo que soy, una vieja araña esperando a su presa, la forma que he elegido para beber y comer gratis. Sigue leyendo

Viaje al origen

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El señor K está en bañador, sentado sobre la arena de la playa, delante de un bloque de apartamentos. La playa está abarrotada de gentes y sombrillas, y le llegan retazos de conversaciones, el griterío de los niños, el rumor de las olas al morir en la arena. Una vez más el señor K recuerda las palabras de su padre: “Sientes que te haces viejo cuando empiezas a no entender el mundo”. «Y más viejo aún cuando ya no quieres entenderlo”.

Al señor K le da ahora por mirarse los pies. Los mira intensamente, hasta tal punto que le parecen los pies de otro; y luego, ni eso, solo unos objetos para los que no encuentra nombre, como tampoco los encuentra para los edificios, ni para las sombrillas, ni…, en fin, para todo cuanto lo rodea, que se va desvaneciendo de su conciencia.

Al señor K le empiezan a salir escamas por el cuerpo, y aletas en las manos y en los pies. Le crecen a un ritmo de vértigo, como en esos documentales que comprimen en segundos el paso del tiempo. Y ya definitiva su nueva fisonomía, el bañador destrozado, hecho jirones sobre la arena, empieza a reptar en dirección a la orilla, atravesando el pasillo que la gente deja a su paso, horrorizada, llevándose las manos a la cabeza, a la boca, señalándolo con el dedo…

El señor K entra en el agua, se va alejando de la orilla, del mundo, y cuando ya es solo un punto a los ojos de los bañistas, se sumerge, y nada y nada… Hasta las profundidades, hasta la oscuridad y el silencio.

 

Caperucita

Caperucita

Con voz zalamera me dijo qué ojos y qué orejas y qué boca más grandes tienes. Y yo, domesticado por el amor, le respondí para verte y escucharte y besarte mejor. Es lo que dije, y no para comerte mejor, como cuentan las mala lenguas. Pero luego sus lascivos ojos se deslizaron por mi pecho y cruzaron la frontera de mi cintura. Fue entonces cuando empezó a reírse con aquellas humillantes carcajadas. Lo que pasó después, ustedes ya lo saben. No pude evitarlo.

Tuberías

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«Harmilla es una maravilla». Así reza el ridículo rótulo publicitario con que la propaganda del Estado promociona nuestra ciudad. Pero, créanme, Harmilla es una cloaca. Se lo digo yo, un desatascador de este miserable laberinto de tuberías, hijo y nieto de desatascadores, que ve la realidad tal cual es y no bajo los efectos del sol prestidigitador que todo lo embellece con su mano de oro. «En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las fuentes…», escribe el publicista del Estado, y ustedes, al leer, dicen embaucados «Oh, Harmilla», con los ojos en blanco y la boca boba. Pero yo, que me paso por el forro los rayos del sol, digo: » Una mierda Harmilla».

Cuando ustedes quieran conocer de verdad un lugar, no acudan a las guías oficiales, hablen con sus gentes, con el pueblo de a pie, o mejor, con el pueblo que se arrastra, y del cual yo soy uno de sus representantes, no sé si digno. Quizá los fontaneros les propongan una visión más alegre, muy distinta de la mía, al fin y al cabo ellos trabajan en la superficie ensamblando tuberías, soldando aquí y allá, instalando grifos y baños. También muy distinta será la opinión de los constructores de fuentes y estanques, que constantemente reciben en la espalda la palmadita del político de turno, quien, para justificar sus inversiones en la ciudad, nos abruma con chorritos saltarines y multicolores, algunos de ellos con música y todo, y pececillos estancados nostálgicos de mar. Pero nosotros, los desatacadores, no somos tan optimistas. Sabemos que en Harmilla hay un un submundo de esta ciudad a la que abastece de agua, ciudad de amplias avenidas y altos rascacielos, de parques e hipermercados, cuyos ciudadanos tienen el privilegio de gozar del agua, y hasta de derrocharla, con sólo mover la mano pusilánime, porque se olvidan de que otros lugares carecen de esta Harmilla subterránea y nutricia que nadie ve, lugares fantasmales con la piel árida del paisaje ya cuarteada, y con niños de vientre hinchado y ojos adultos y profundos como pozos secos.

Pero Harmilla, no lo olviden, es una ciudad en decadencia. Los desatascadores limpiamos día y noche el laberinto de tuberías de las inmundicias y cachivaches que arroja la ciudad a la que servimos. Aunque este exceso de trabajo no debe llevarnos a engaño, pues muy pronto nuestra tarea será inútil, porque ya por las tuberías circula un caudal exiguo y contaminado, y las diosas de las aguas, que ya no lucen la lozanía de antaño, realizan sus juegos de agua en el vacío, como simulacros de locas redundantes. Y cercano está el día en que, ausente la melodía del agua, se instale el viento en las tuberías, arrancándoles un lamento de casa deshabitada.

Sí, muy pronto nuestro trabajo será inútil, cuando Harmilla se parezca a aquellas otras ciudades que, sin la memoria del agua, se desvanecen en el olvido.