De ida

cajones abiertos

Lola nunca cierra las puertas ni los cajones ni las cajas que abre. Tampoco apaga las luces que enciende ni enrosca los tapones que desenrosca. Los cedés y sus estuches viven para siempre vidas separadas una vez que caen en manos de Lola. En ocasiones, parece que por la casa han pasado unos ladrones o la policía en una operación de registro. Pero lo que peor llevo son sus falsos cerramientos: cuando los cajones parecen cerrados, pero no lo están, pues sobresalen apenas unos milímetros y no puedes cerrar la puerta corredera, o bien asoman por sus bordes un sujetador, una camiseta…, o el extremo de algún cubierto en los cajones de la cocina. Es entonces cuando parece que los cajones se están burlando de mí, que me sacan la lengua.

Me intriga esta conducta de Lola. Y, cuando le pregunto, se encoge de hombros porque no sabe darme una explicación. Tampoco está dispuesta, como le sugiero, a ir al psicólogo. “Eres una mujer de ida, pero no de vuelta”, le digo para provocarla. “Y tú, un gilipollas maniático que debería cerraaarrrr la boca”, me responde ella.

Hoy, Lola ha hecho la maleta (la pernera de un pijama asomaba por entre la cremallera parcialmente cerrada) y se ha ido de casa. Se fue sin cerrar la puerta de la calle, y conociéndola, no creo que vuelva.

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