La delicadeza

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El anciano actor entra en el salón comedor del Hotel Excelsior. Va en calzoncillos, el cuerpo flácido, la mirada perdida. Es muy temprano y el comedor se encuentra vacío. El anciano se acerca a una de las cortinas, se agarra e ella y trepa apenas unos centímetros. “Ankawa, yo Tarzán”, dice. Y allí permanece colgado, como un camaleón flaco y descolorido. Intenta su grito de guerra, pero solo logra una tos persistente. Por el extremo del salón aparece el maitre, y con mucha delicadeza y como si la situación no le resultara extraña, toma al anciano por el brazo y le invita a descolgarse: “Señor Tarzán, la selva está cerrada”.

 

Viaje al origen

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El señor K está en bañador, sentado sobre la arena de la playa, delante de un bloque de apartamentos. La playa está abarrotada de gentes y sombrillas, y le llegan retazos de conversaciones, el griterío de los niños, el rumor de las olas al morir en la arena. Una vez más el señor K recuerda las palabras de su padre: “Sientes que te haces viejo cuando empiezas a no entender el mundo”. “Y más viejo aún cuando ya no quieres entenderlo”.

Al señor K le da ahora por mirarse los pies. Los mira intensamente, hasta tal punto que le parecen los pies de otro; y luego, ni eso, solo unos objetos para los que no encuentra nombre, como tampoco los encuentra para los edificios, ni para las sombrillas, ni…, en fin, para todo cuanto lo rodea, que se va desvaneciendo de su conciencia.

Al señor K le empiezan a salir escamas por el cuerpo, y aletas en las manos y en los pies. Le crecen a un ritmo de vértigo, como en esos documentales que comprimen en segundos el paso del tiempo. Y ya definitiva su nueva fisonomía, el bañador destrozado, hecho jirones sobre la arena, empieza a reptar en dirección a la orilla, atravesando el pasillo que la gente deja a su paso, horrorizada, llevándose las manos a la cabeza, a la boca, señalándolo con el dedo…

El señor K entra en el agua, se va alejando de la orilla, del mundo, y cuando ya es solo un punto a los ojos de los bañistas, se sumerge, y nada y nada… Hasta las profundidades, hasta la oscuridad y el silencio.

 

Una nueva dimensión

Alargapenes

Estoy a punto de jubilarme, y como no quiero formar parte de los grupos del IMSERSO para bailar la lambada en los hoteles de la Costa del Sol, he decidido hacerme actor porno. Así que me he comprado un alargapenes por correspondencia. Se lo dije a mi mejor amigo en el momento en que se  ponía la dentadura postiza, y casi se atraganta. Él me dijo que no solo es cuestión de tamaño, que también hacen falta potencia y resistencia, y un cuerpo medianamente decente y no esta mierda de cuerpo que yo tengo (mi amigo es obscenamente sincero). Creo que tiene razón, pero por algún punto hay que empezar, y afilar y afinar el instrumento es lo primero, le dije. Además, igual pongo de moda el porno senil, pues ya se sabe que todo es cuestión de marketing, de abrir un porno-nicho (así hablan los tipos del marketing, aunque en este caso suene fatal) para la tercera edad. Ya me imagino los títulos: “Macizorras en el geriátrico”. “Míster Viagra con tres nenitas muy calientes”. Sigue leyendo