Días de rosa-rosae

 

clase latin (2)

El padre Matías coge la vara con su mano derecha y se golpea repetidas veces la palma de su mano izquierda. Es la advertencia de que empieza la función. Luego desliza un dedo severo por la lista de alumnos: “Que salga, que salga…”, y al instante todos nos quedamos paralizados “Que salga, que salga…”, se demora el padre Matías, la sonrisa burlona. Y nosotros aguantando la respiración, con voluntad de cosa inanimada, como animales que simulan estar muertos para engañar al depredador. Mi corazón se acelera en ese tiempo detenido. No me sé la lección, y si me la sé, da lo mismo, pues ya se las apañará él para hacerme dudar. “Que se salte mi nombre…, que se lo salte”, le ruego al Dios del crucifijo en la pared. “Planelles”, dice por fin el padre Matías, y al momento los pupitres crujen, y se eleva un suspiro colectivo, un rumor de cuerpos que se mueven. ¡Qué alivio! ¡Pero dura tan poco! “Planelles no ha venido hoy, está enfermo”, dice alguien desde el fondo del aula, y  otra vez los alumnos hacemos la estatua, y otra vez el padre Matías recorriendo la lista lentamente con su dedo siniestro, relamiéndose de satisfacción, y de nuevo mi corazón marcando frenético los segundos, hasta que no puedo más y grito: ¡Voluntario para salir!.

 

Bartleby el escribiente

Bartleby

Imagina que eres el jefe de una oficina cualquiera, y que uno de tus empleados, hasta entonces eficiente en su trabajo, responde un día a tus requerimientos con la frase preferiría no hacerlo; y que en lo sucesivo, a cada petición tuya, persevera en esa letanía de preferiría no hacerlo, imperturbable, como un autómata programado para dar esa respuesta.

Ahora deja de imaginar, ese es el argumento de Bartleby el escribiente, el relato escrito por Herman Melville en 1853. El jefe de la oficina es el narrador de la historia, y Bartleby es el empleado-escribiente que “prefiere no hacerlo”, uno de los protagonistas más pasivos de toda la historia de la literatura, quizá solo superado – entre los personajes que recuerdo- por Esteban, el protagonista del relato El ahogado más bello del mundo, de García Márquez, y al que es difícil superar en pasividad, pues Esteban es un cadáver, si bien un cadáver que terminará transformando a toda una comunidad. Y no es casual esta asociación entre los dos personajes, porque Bartleby es una especie de muerto en vida.

Aunque Bartleby da el título al relato, no es realmente el protagonista de la historia. El verdadero protagonista es el jefe. Es a él a quien vemos evolucionar a lo largo de las páginas, pasando por el vaivén de estados de ánimo que le provoca la incomprensible pasividad de Bartleby, que más que un personaje es un concepto: en términos freudianos, el del instinto de muerte que nos conduce a la NADA. Un abismo que nos atrae, pues en cada uno de nosotros hay un Bartleby agazapado.

Del escribiente que se niega a escribir sabemos que tenía una figura “pálidamente pulcra, lamentablemente decente e incurablemente desolada” y poco más, el resto es silencio. Utilizaré una metáfora para mostrarte la relación que se establece entre el jefe y Bartleby. Por ello te vuelvo a pedir un ejercicio de imaginación. Imagina una mancha de humedad en la pared decorada de la oficina. Esa mancha se va extendiendo, ocupando toda la superficie, y en su progreso va borrando la decoración, creando formas diversas que en realidad no son nada, pero en las que el jefe, como si estuviera ante uno de esos tests proyectivos que utilizan algunos psicólogos, va proyectando, a través del significado que les da a las mismas, imágenes de su personalidad. Bartleby, como ya habrás supuesto, es la mancha de humedad, un vacío que revela a quien lo contempla.

He dicho que el verdadero protagonista de la historia es el jefe, y he dado mis razones, pero cuando termines de leer el libro y pase el tiempo, quizá te suceda lo que a mí: solo te acordarás de Bartleby, paradójicamente un hueco en tu cerebro.

Seguro que mi exposición te ha resultado críptica, oscura. Esa es la intención, porque así es la vida y el comportamiento de Bartlebly, aunque en el epílogo del relato le llega al jefe un rumor que podría explicar la extraña conducta de Bartleby; explicación que, atendiendo al sentido y atmósfera de la historia, me parece un añadido innecesario. Y si no has leído Bartleby el escribiente, espero que la oscuridad de estas líneas despierte en ti la curiosidad de leerlo. Aunque tal vez prefieras no hacerlo.

SUGERENCIA

La decadencia de los patios

Patio

El patio de mi infancia estaba lleno de vida, y lo sentía respirar. Me llegaban las sinfonías domésticas de las vajillas al entrechocar platos y cubiertos; los seriales de sobremesa en la radio; las coplas de Maruja, la vecina del tercero, que ponía toda el alma en sus trinos; las disputas entre la señora Julia y la señora Rosa, permanentemente enfrentadas e inseparables a la vez, buscando con aspavientos la complicidad en las otras ventanas; el enfado de los pisos bajos, que soportaban las basuras de algunos vecinos quizá envidiosos de esa exigua parcela donde se acumulaban macetas y cachivaches de toda índole. En las cuerdas de tender, que eran como puentes entre las casas, viajaban declaraciones de amor juvenil. Recuerdo, sobre todo, un patio dominado por las mujeres, porque los hombres no sabían asomarse a él y cuando lo hacían era de refilón, como si pidieran disculpas. El patio, en fin, era el corazón de la casa y allí latían las alegrías y las penas. Y todos sabíamos de todos.

Pero aquello se acabó. Los vecinos nos fuimos recluyendo poco a poco en el interior de los pisos, y el patio languideció y al asomarnos a las ventanas sólo oíamos un silencio oscuro. Sé cuando empezó la decadencia del patio. Fue el día en que a alguien se le ocurrió comprar la primera televisión.

Del otro lado

Sótano

Siempre que me enfadaba bajaba al sótano y me metía debajo de la silla que se halla en uno de los rincones. Es una silla desvencijada y sin lustre, con parches de cinta adhesiva que restañan sus heridas. Algunas de las cintas se han despegado y cuelgan como algas, y la silla parece un organismo vivo, agonizante. A mí siempre me atrajo su desvalimiento, su soledad. Quizá por eso la elegí. Enfurruñado, me acurrucaba entre sus cuatro patas, como un animal herido en su guarida. Y luego mamá venía a buscarme y me convencía para que saliera de debajo de la silla y del sótano. Así era siempre hasta el día en que destrocé la bicicleta al intentar bajar con ella por las escaleras que conducen al sótano. Molesto por mi propia torpeza, y antes de oír los reproches de mi madre, fui a meterme debajo de la silla.

Pero ese día mamá no vendría a convencerme para que abandonara mi refugio. Ya nunca más volvió a convencerme de nada. Ni mamá ni nadie. Todos se fueron: mamá, papá, mi hermano, la abuela. Les entristecía seguir viviendo en la casa, les oí decir. Pero ni la vendieron ni la alquilaron. Mamá se negó en rotundo.

Cada primero de noviembre mamá regresa a la casa e improvisa un altar en el sótano, al final de las escaleras, en el último peldaño. Sé que viene a escondidas de mi padre, pues a él le enfurecen estos rituales; dice que son supersticiones estúpidas. Mi madre vivió en México hasta que se casó con mi padre, y allí la muerte es una señora que viste con elegancia y con quien se puede bromear. Por eso el altarcito que mi madre prepara es alegre, con flores de distintos colores y calaveras de azúcar y chocolate; también deposita una cruz, sin el Cristo sangrante, y alguna foto mía en la que estoy sonriendo. De rodillas frente al altar mamá enciende una constelación de velas y reza, y luego se va comiendo lentamente las calaveras de azúcar y chocolate mientras, mirando en dirección a la desvencijada silla y como si realmente pudiera verme, me dice: “Vamos, ratoncito, no te enfades, sal de ahí y ven a comer con mamá”. Sé que tampoco puede oírme, por eso no puedo decirle que deje de hablarme como a un niño, que aquí la edad no existe; así que me limito a soplar sobre las velas para que mi aliento agite las llamas y luego mamá cruce los brazos sobre su pecho, sonría y se vaya feliz de la casa.

Hoy, como cada primero de noviembre, mamá ha regresado. No la he oído abrir la puerta ni bajar las escaleras, pero está aquí conmigo. Ha venido sin velas ni calaveras de dulce; tampoco ha traído flores ni fotos. No ha traído nada porque ya no necesita el altar, ahora que los dos habitamos en el mismo lado.

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Vocaciones

bomberos y piratas

Álvaro me dice que de mayor quiere ser bombero, y pirata en los ratos libres. Esta extravagante combinación me hace sonreír, especialmente el trabajo de pirata a tiempo parcial y el trajín que ha de suponer pasar de un uniforme al otro, de una identidad a la otra, sobre todo si eres un pirata como Dios manda: con pata de palo, parche en el ojo y papagayo al hombro.

Luego lo he pensado mejor y se me ha borrado la sonrisa. He recordado que hay políticos que saben combinar muy bien estas dos identidades: disfrazados de bomberos y prometiendo apagar los incendios de la economía, esconden un pirata que navega por aguas de paraísos fiscales con tesoros que no son suyos.

Ausencias

silla vacia

“La bicicleta ha encogido”, decía Paquito. Su madre y yo le explicábamos que era él quien había dado un estirón y que por eso la bici le parecía más pequeña. Pero no había manera de convencerlo, seguía en sus trece: “La bicicleta ha encogido, la bicicleta ha encogido…”.

Un día ―compartíamos clase―, el profesor le mandó salir a la pizarra para preguntarle la lección. “En mi libro no viene esa lección”, aseguró Paquito, sin inmutarse. El profesor le pidió el libro y pudo comprobar que las hojas del libro habían sido arrancadas.

Otro día, en que su madre había calentado la placa de la cocina para hacer unas chuletas, se le ocurrió, en un descuido de ella y haciendo caso omiso de mi advertencia, poner a cabalgar al séptimo de caballería sobre la ardiente placa. Al instante soldados y caballos empezaron a retorcerse sobre sí mismos. La madre entró corriendo en la cocina, al olor de la goma quemada, y los indios apaches, desde la encimera, miraban atónitos los montoncitos de masa informe que salpicaban lo que se suponía iba a ser el campo de batalla.

Le conté a mi padre las cosas raras que Paquito hacía y decía, y me explicó que Paquito tenía retraso mental, pero a mí me pareció raro que un niño tan guapo (las madres decían qué guapo es Paquito, qué bonitos ojos negros y qué largas pestañas) tuviera retraso mental.

Un verano el padre de Paquito se fue de casa. Los abandonó a él y a su madre. No se hablaba de otra cosa en el barrio. Y desde entonces Paquito empezó a hablar solo.

Extrañados y preocupados por esos crecientes soliloquios, los amigos le preguntamos:

―¿Por qué hablas solo, Paquito?

―No hablo solo. Hablo con mi padre.

―Tu padre se fue, ya no está aquí, es imposible que hables con él.

Y Paquito, con gesto de quien se impone tener paciencia con aquellos que no logran entender, nos dijo:

―Mi padre sí que está, pero tiene poderes y se ha vuelto invisible.

Entonces pensé que Paquito se estaba volviendo loco, y quizá fuera así, aunque ahora también sé que realmente hay personas que nunca se van de tu lado, es solo que se vuelven invisibles.

Inspiración

cucaracha-hombre

Es de madrugada y Gregorio intenta escribir un relato de terror. Vive solo y el silencio es absoluto. De momento, frente al escritorio solo se le ocurren situaciones que, más que producir terror, provocan la risa. Quizá no se halla en el estado de ánimo adecuado después de haberse comido unos deliciosos spaghettis a la marinera y bebido media botella de Chardonnay. De hecho, la primera idea que se le ha ocurrido es la de un spaguetti que cobra vida y se enrosca en el cuello del protagonista con intención de asfixiarle. Las otras ideas no han sido mejores.

Gregorio, que cree firmemente en la relación cuerpo-mente, piensa que si va al frigorífico a tomarse un bombón helado, le ayudará a borrar el recuerdo de los spaghettis en su paladar y a refrescarle las ideas. Así que sale del despacho y enciende la luz del largo pasillo que le separa de la cocina. Incrustados y en hilera a lo largo del techo, ocho focos, separados entre sí por un metro de distancia, producen una luminosidad como no hay en ningún otro lugar de la casa. En los otros espacios hay luces tenues y de ambiente que invitan al recogimiento y a la reflexión. Gregorio, además de creer firmemente en la relación cuerpo-mente, cree también firmemente en la relación cuerpo-mente-espacio. Y una particular teoría suya es la de que el largo pasillo es la mejor vía para acceder al inconsciente, y que solo con la adecuada luminosidad pueden revelarse sus contenidos. Por tanto, cuando se encuentra atascado en su creatividad, se da paseos por el pasillo arriba y abajo en busca de los dictados de su inconsciente. Y eso es lo que hará después de tomarse el bombón helado.

No deberíamos ser muy críticos con las teorías de Gregorio. Si a él le sirven, pues le sirven, y si no, ¿qué daño hace, el pobre?

En fin, Gregorio camina rumbo a la cocina cuando al final del pasillo ve una manchita negra sobre el suelo del barnizado y limpio parqué. ¿Será un post-it del inconsciente? Sigue andando, y aunque es difícil asegurarlo desde la distancia a la que está, le parece que es una cucaracha. Gregorio se va acercando, pero lo que le parece una cucaracha no se mueve. Recuerda que leyó en algún sitio que las cucarachas occidentales huyen de la luz; en cambio las orientales se sienten atraídas por ella. Entonces, si finalmente lo que parece una cucaracha es una cucaracha, ¿será aquello el cadáver de una cucaracha occidental o una cucaracha que ha escapado de la tienda de los chinos del barrio y ahí está, extasiada con la luz? Y sobre todo: ¿qué hace una cucaracha en su casa? Es la primera vez que se encuentra con una. La teoría de la cucaracha china cobra fuerza, y aunque puede darse el caso de ser una cucaracha china y estar muerta, a Gregorio le parece muy improbable esta circunstancia ya que, fiel a la extravagancia en sus ideas, piensa que lo chino tiende a lo imperecedero. Tendrá entonces que matarla y comprar insecticida para rociar por todos los rincones de la casa, incluidos los de esta luminosa vía al inconsciente, aunque luego tenga efectos colaterales y el inconsciente quede maltrecho o inaccesible.

Gregorio decide al fin quitarse una zapatilla, y si lo que parece ser una cucaracha huye, podrá seguirla, zapatilla en mano, hasta asestarle un golpe mortal. Pero… agggg, solo de pensarlo le da repelús: el crujido de su cuerpo, el líquido viscoso manchando el parqué. Aun así sigue avanzando con sigilo y cara de asco, agachándose con la zapatilla en alto, diciéndose que ojalá esté muerta y solo tenga que barrerla y tirarla a la basura con el recogedor. Y si no, ¿hacia dónde escapara? Tiene que tener reflejos, ser más rápido que ella.

Gregorio está ya a un metro, y sí, es una cucaracha, ya no hay duda, pero nada sucede como pensaba. Ni la cucaracha está muerta ni sale huyendo, sino que empieza a andar en su dirección. A Gregorio le desconcierta esta reacción de la cucaracha y hace amago de ir a asestarle un golpe con la zapatilla, pero la cucaracha sigue imperturbable en su progresión, ahora más rápida si cabe. Cuando la cucaracha roza su pie desnudo, Gregorio da un respingo y empieza a recular sin dejar de mirar al animal. La osada determinación de la cucaracha le aterroriza, le produce escalofríos. Ha dejado de ser un animal, ahora es un punto negro, fatal, en el que se han comprimido todos sus temores y ansiedades. En su precipitada marcha hacia atrás, Gregorio se cae de espaldas y empieza a recular apoyándose en pies y manos, como si él fuera también una cucaracha, una cucaracha cobarde, hasta que finalmente consigue entrar en su despacho y cerrar la puerta, soltando un grito que le resulta ajeno, como si le llegara de un lugar remoto.

A resguardo en su despacho, lo primero que hace Gregorio es abalanzarse sobre unos libros de la estantería cercana a la puerta para con manos nerviosas colocarlos de cualquier manera a lo largo de la rendija que queda entre la puerta y el suelo, y ahí se queda de pie, en silencio detrás de la puerta, atento a cualquier sonido que pudiera llegar desde el otro lado, jadeando y temblando. A través de los cuarterones de cristal esmerilado que componen la puerta en las tres cuartas partes superiores, puede ver al trasluz los perfiles borrosos del pasillo, y sabe que oculta por la madera está la cucaracha, a unos cuantos centímetros de él, y siente la humillación de verse acorralado, aterrorizado por una animal del tamaño de uno de sus pulgares. Al rato oye un ruido, como el crujir de una bola de papel descomprimiéndose, un crujir que se va amplificando por momentos. Intuye lo que está ocurriendo, y no se equivoca. La cabeza de la cucaracha no tarda en asomar por el cristal, así que tendrá ahora la altura de un niño de tres años. Gregorio se pega al cristal para ver con mayor nitidez, y cuando contempla la cabeza, horrorosa, como vista al microscopio, siente que todo se mueve a su alrededor,­ y se desploma.

A la mañana, cuando empieza a clarear el cielo, Gregorio se despierta. Se encuentra sobre el suelo, convertido en un monstruoso insecto. Está tumbado sobre su espalda dura y en forma de caparazón, y al levantar un poco la cabeza ve un vientre abombado y parduzco, dividido por partes duras en forma de arco. Piensa en ponerse a escribir, pero no tiene manos: sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibran desamparadas.

Mi bicicleta estática

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Cuando la familia me regaló una bicicleta estática por mi cumpleaños, yo ya tenía noticia de que el destino último de estos artilugios es el de servir de rop­ero. Por eso, lo primero que pensé al verla en un rincón de la habitación, en perfecta simetría con el ficus benjamina del rincón opuesto, fue que el tipo que inventó la bicicleta estática debía de estar dotado de un gran poder de persuasión, pues no es moco de pavo convencer a alguien de que compre una bicicleta sin ruedas.

Me imagino al tipo delante de su bicicleta inútil (ahora no viene al caso saber por qué a su bicicleta le faltaban las ruedas), preguntándose qué hacer con ella, y como es un hombre práctico, lo primero que se le ocurre es vendérsela al vecino. Es entonces cuando astutamente decide quitarle importancia a las ruedas para dársela a los pedales, y señalar los beneficios de viajar con la imaginación, sin moverse de casa: “No tienes riesgo de accidentes, y al mover los pedales mueves las piernas, que a su vez mueven el corazón. ¡¿Quién quiere ruedas?!”, algo así le diría al vecino, palabras que con ligeras variantes utilizaría posteriormente la publicidad. Y después de venderle la bicicleta, ya puesto, le vendería un cuchillo sin filo, argumentando que era lo mejor para hacer ejercicios de brazos y muñecas.

He de reconocer que la bicicleta estática, con ese movimiento circular que describen las piernas y que no te lleva a ninguna parte, ayuda a pensar. Pero, a veces, ese mismo movimiento se proyecta en el cerebro con pensamientos redundantes, obsesivos, que son bienvenidos cuando tus ideas son alegres o quieres profundizar en un tema, pero que en los días sombríos te llevan a pensar que allí subido, dando pedales sin ton ni son, eres como un hámster corriendo en su rueda giratoria, la metáfora de una vida estancada.

Para evitar estos lúgubres pensamientos, empecé a ponerme retos de tiempo, distancia y velocidad, cuyas mediciones aparecían en la pantallita de la bicicleta. Así, por ejemplo, me decía: “¿A ver cuánto tardo en hacer los 38 Kilómetros que me separan de Chinchón?”, y hasta Chinchón que me iba dando pedaladas reales con desplazamientos imaginarios. O bien: “¿A ver cuánta distancia recorro si pedaleo como un poseso durante cinco minutos?”. Pero pronto tuve que dejar estas prácticas, pues me estaba convirtiendo en una especie de científico loco con las estadísticas y sus gráficos, cuyo objeto de estudio era yo mismo, ahora definitivamente convertido en una cobaya de laboratorio.

Entonces, como último intento, trasladé la bicicleta al otro lado de la habitación, cerca del ficus benjamina y de la ventana, que dejaba abierta de par en par para respirar el aire de la calle y recibir las clemencias o inclemencias del tiempo. Previamente había anclado una televisión de pantalla panorámica de 70 pulgadas en la pared, justo enfrente de la bicicleta. Mientras pedaleaba veía documentales que me conducían por los bellos parajes del planeta, con la ilusión de que me hallaba en medio de la naturaleza. Y tal fue el gusto que le tomé a esa experiencia que, llegado el verano, me propuse correr el Tour de Francia.

Me compré un maillot amarillo, un culotte negro y un casco fucsia para dar mayor veracidad a mi aventura, y de esa guisa vestido, a la hora en que TVE conectaba con el Tour, yo estaba allí, al lado de la ventana, frente al televisor y pedaleando, intentando seguir el ritmo de los escapados, o del pelotón, si la carrera discurría sin sobresaltos. El ficus benjamina movía sus hojas para darme ánimos. Me gustaban especialmente los días de montaña. En las subidas, aumentaba el nivel de resistencia de los pedales, y me ponía de pie sobre la bicicleta en mi ascensión a la cima; y en las bajadas, reduciendo al mínimo esa resistencia, pedaleaba frenéticamente con el cuerpo vencido sobre el manillar, como había visto que hacían los ciclistas: “A tumba abierta”, lo llaman.

Realmente disfrutaba de mi personal Tour, pero un día, azares de la vida, empezó a llover sobre los cuerpos encorvados de los ciclistas, y también frente a la ventana de mi casa, por donde entraba el agua azotada por el viento. Fue grandioso seguir las ruedas de Contador y Schleck en su disputada ascensión al Tourmalet, golpeándome el agua en la cara, empapados el maillot, el culotte y el casco, hasta que pasados unos minutos dejó de llover y se dibujaron dos arcoíris: uno, en el cielo de la carrera; el otro, en el cielo que se veía desde mi ventana. Mágico momento, pero que apenas duró, pues de repente, creo que por el cruel contraste entre ese mundo virtual de la pantalla y el real en el interior de mi habitación, tomé plena conciencia del esperpéntico ciclista en que me había transformado. Así que dejé de pedalear y me bajé de la bicicleta con intención de no volver a subirme nunca más. Después consolé al ficus, que lloraba no sé si lágrimas amargas o dulces por mi deserción, y chorreando me fui a la cocina a prepararme una tila alpina, pues, según una muy optimista amiga, alivia todas las dolencias del espíritu.

Mañana me compraré una bicicleta de verdad, de las que te recuerdan que puedes caer si no mantienes el equilibrio. La estática se la he ofrecido a un vecino por una módica cantidad. Le he repetido el argumento de que es muy buena para la salud, y de que quien mueve las piernas, mueve el corazón, sin el riesgo de que le atropellen. Del resto no le voy a decir nada, lo descubrirá por sí mismo. Y mientras decide si me la compra o no, mi ropa se va acumulando sobre el manillar y el sillín de la bicicleta estática, más estática que nunca, que ahora parece un espantapájaros doméstico y gordo que ha acabado de espantar mi escaso interés por pedalear a lo tonto.

Los nuevo bárbaros

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Son jóvenes. Se desprenden de sus uniformes de proletarios, de sus jerséis y faldas escolares, de sus corbatas… en fin, de todo aquello que les recuerda quienes son, o quienes no son, y se embarcan en aviones rumbo a las costas, donde se emborrachan, se drogan, se arrojan desde los balcones para esparcir sus vísceras por los noticiarios, se hacen selfies arriesgados, o estúpidos, o estúpidamente arriesgados, copulan en las avenidas, muestran el culo a las cámaras, defecan en las aceras, se ríen por todo, o lloran por todo, se abrazan, se pelean, se abracipelean… Los comerciantes y las autoridades se llevan una mano a la cabeza, no sé adónde vamos a llegar, dicen; con la otra mano contabilizan las ganancias: no es la invasión que deseamos, pero da riqueza a nuestras ciudades, y, qué caray, son jóvenes, tienen que divertirse, solo se vive una vez…

Toboganes

toboganes

Durante años he huido de los parques de atracciones. La atracción tiene más que ver con la fuerza de la gravedad, que tira de ti para descoyuntarte, que con cualquier tipo de diversión. Es lo que pienso. Así que no sé si es la abuelidad (permíteme la expresión) o la demencia senil, que ya empieza a asomar, pero el caso es que ayer, a esa hora torera de las cinco de la tarde, yo estaba con Álvaro, mi nieto de seis años, en la cima de un tobogán de un parque acuático, dispuestos a lanzarnos amorosamente unidos, yo por primera vez, él con la experiencia de un chino resabiado.

Echando mano de tópicos, puedo decir que el sol era de justicia, implacablemente achicharrante, y que el marco habría sido incomparable si la numerosa población de bañistas allí reunidos no recordara a la congregación de pingüinos en la Antártida. Y aunque la hora era torera, yo no iba vestido de grana y oro, sino con un solo bañador de esos que se inflan en el agua como medusas con bolsillos.

Y allí estamos, Álvaro encajado entre mis piernas, dispuestos los dos a dejarnos caer por el largo tentáculo del tobogán que se retuerce en el aire en giros bruscos hasta el final de un largo y empinado trayecto, donde te escupe a una pequeña piscina de 1,20 metros de profundidad. Sentados en el borde del tobogán esperamos la orden de un joven empleado del parque que se coordina con algún compañero suyo que le avisa de que la piscina donde vamos a ir a parar se halla despejada. Y llega la orden, y nieto y abuelo nos dejamos caer con un golpe de culo. Descendemos tumbados, la cabeza de Álvaro sobre mi vientre. Empezamos a coger velocidad y muy pronto mi cuerpo deja de pertenecerme, soy un pelele zarandeado por la fuerza de la gravedad y por el retorcido y traicionero tobogán. Mis ojos no saben dónde mirar, dónde posarse, y cometo el error de cerrarlos (“si tengo que morir, mejor no ver al asesino”, me decía de niño, temblando de miedo en la cama), porque entonces mi yo y mi cuerpo parecen a punto de separarse para siempre, de salir volando en direcciones opuestas. Y así, en ese descenso loco, continúo unos segundos interminables, tensando mi cuerpo para no desmembrarme, mientras oigo los gritos de jolgorio de Álvaro, un cowboy que va domando el ímpetu del tobogán, hasta que nos zambullimos en el agua y siento que Álvaro se separa de mí (soy una parturienta naturista dando a luz en el agua), y mi desorientación es tal que, en lugar de ponerme de pie, sigo nadando, ahora con los ojos abiertos, pero sin ver nada porque estoy rodeado por las burbujas que ha provocado la zambullida, y nado y nado como si fuera en busca de Álvaro al fondo de las fosas Marianas… Entonces unos brazos me sujetan por la espalda y me ayudan a ponerme de pie. Me giro y me encuentro… no con un hercúleo socorrista, sino con una joven socorrista con cara de niña y de apenas un metro cincuenta. La pobre intenta no reírse pero no puede evitarlo (tranquila, te comprendo). Me explica que me he desorientado y me pregunta si me encuentro bien. Un montón de gente me mira desde el borde de la piscina. Suerte que no llevo mis gafas de miope y no veo la expresión de sus caras, sino rostros borrosos. Mi hijo, que junto con mi nieta Alba también está entre los mirones de alrededor de la piscina, me explicaría luego que, cuando caí desde el tobogán al agua, empecé a patalear, que mis piernas asomaban por el agua al igual que asoman las piernas de las chicas de natación sincronizada, solo que las mías se movían frenéticas como manos que espantaran un ataque de avispas.

Cuando ya salgo de la piscina se me acerca una mujer con una camiseta de la cruz roja para comprobar que realmente mis neuronas están en su sitio. Me pregunta por mi nombre y por mi edad. Como no me conoce, cualquier respuesta hubiera sido buena, pero es la rapidez y seguridad con que respondo lo que la tranquiliza, y me deja marchar. La gente me hace un pasillo y me sigue con la mirada. Me siento torero en una tarde fracasada, pero satisfecho porque yo y mi cuerpo volvemos a formar una unidad y mi bañador medusa sigue en su sitio, uno de sus bolsillos colgando por efecto del revolcón, aunque mi ruborizada dignidad quedará un buen rato aún sumergida en las aguas de la exigua piscina, sin atreverse a salir.

EPÍLOGO. Álvaro y Alba no dejan de preguntarme qué es lo que me pasó. Quieren que lo cuente una y otra vez. Vamos añadiendo detalles. En la última de las versiones aparecen tiburones. Ellos están muy felices (mis nietos, no los tiburones), porque están deseando que empiece el colegio para contarles a la seño y a la clase cómo su abuelo, a punto de morir ahogado, fue rescatado por unos buceadores con aletas supersónicas y un helicóptero que sobrevolaba la piscina.