El alguacil del agua

Museo Thyssen- Bornemisza

Texto inspirado en el relato “La popa de una gallina anglicana”, de Juan Gómez-Jurado, del libro “Bajo dos banderas”

 

Cádiz, 20 de noviembre de 1806

Se llamaba Gabriel, y si recuerdo su nombre es por los acontecimientos que siguieron a nuestro encuentro. Era uno de tantos marineros que entraban en la taberna para adornarse de un prestigio del que normalmente carecían, dispuestos a competir en hazañas, en el número de ingleses que habían abatido. Yo les esperaba en un rincón, sentado a una mesa, que era el último recurso, el lugar al que acudir cuando no había otro disponible, porque ¿quién desea hablar con un viejo?, que es lo que soy, una vieja araña esperando a su presa, la forma que he elegido para beber y comer gratis.

Después de mirar a un lado y a otro, de titubear entre el humo de las velas y las bravuconadas de los otros marineros, se sentó frente a mí. Era un crío, aún lampiño. Me miraba de soslayo, con una mezcla de asco y compasión, Al rato apareció el tabernero. ¿Qué va a ser? Una de vino de Toro, pan y queso, respondió Gabriel. Y dos vasos, añadí yo. Él me miró, sorprendido, pero antes de que tuviera tiempo de reaccionar empecé con mi habitual estrategia: le pregunté cómo te llamas y dónde recalas.

Gabriel se irguió en su asiento, me dijo su nombre y el del barco en el que navegaba: el Santísima Trinidad, con la voz quebrada por la emoción. Le miré fijamente a los ojos, asentí varias veces con la cabeza para subrayar la importancia de la revelación que acababa de hacer. Él se irguió aún más.

Otro que estaba a punto de caer en mi tela de araña, una tela tejida con los diferentes relatos que yo cogía al vuelo de los marineros que frecuentaban la taberna, pues de poco habría servido el relato verídico de mi vida pasada como alguacil del agua en navíos de poca monta, un cargo de ridículo nombre, nada heroico, aunque de vital importancia, ya que era el encargado de repartir el agua y de evitar que se pudriera, tarea nada fácil porque de la sentina, donde se acumulan todas las inmundicias del barco, llegan putrefactas filtraciones que contaminan el agua. Y aunque de mi trabajo dependía, en gran parte, la salud de la tripulación, comprenderán que un relato así no es el más apropiado para encandilar a marineros ávidos de leyendas ni para compartirlo durante el transcurso de una comida. ¿Qué clase de hombre estaría dispuesto a pagar una cena por tan hedionda historia?

Y era por esos relatos que cogía al vuelo, en realidad biografías prestadas, que yo conocía el Santísima Trinidad: navío en línea, doscientos trece pies de eslora, ciento cuarenta cañones, mil ciento sesenta hombres a bordo, construido con maderas nobles…

―Buen navío, el Santísima Trinidad, y sé muy bien de lo que hablo ―dije, guiñando un ojo, guardando silencio para alimentar su interés, al tiempo que el tabernero depositaba sobre la mesa una botella de vino, un plato de madera con las lonchas de queso y dos vasos.

―Fui cañonero en ese barco ―mentí después de servirme y echarme al coleto un buen trago de vino―. Y navegué con Luis de Córdova.

Gabriel abrió los ojos como si delante de él estuviera el mismísimo Don Luis, el héroe en el bloqueo de Gibraltar. A partir de ahí, todo fue como remar en apacibles aguas. Tengo la habilidad de los contadores de cuentos: sé crear expectativas, variar el ritmo, construir vívidas escenas… Y así le fui hablando, en primera persona, de cómo nos unimos a los gabachos para ayudar a las colonias americanas rebeldes contra los jodidos ingleses. De cómo salí indemne de la peste que aquellos nos pegaron. Del valor y astucia de don Luis, a quien los burócratas de la Corte lo consideraban viejo para tamaña empresa contra la armada inglesa, y a los que luego él dejaría en ridículo haciendo dos mil novecientos cuarenta y tres prisioneros, además del botín de trescientos cañones, tres mil barriles de pólvora, ochenta mil mosquetes…. Y todo ello sin disparar un solo cañonazo.

Gabriel me escuchaba sin pestañear, y tan entusiasmado me mantenía con mis propias fantasías que tentado estuve de añadir que meses atrás me había infiltrado en las líneas enemigas, en uno de los navíos ingleses, como alguacil del agua, y que con artes contrarias de las que se esperan en ese oficio, había envenenado a toda la tripulación, es decir, que yo solo, también sin derramamiento de sangre y sin gasto de munición, me había cargado a cientos de ingleses. Pero intuí que esa desmesurada fantasía podía echar por tierra la credibilidad del relato entero y, en consecuencia, acabar con el ir y venir del tabernero, que, a petición de Gabriel, seguía sirviéndome bebida y comida.

Cuando ya saciado concluí la historia ―la historia de otros―, Gabriel permaneció en silencio. Su mirada no era la mirada de asco y compasión con que me había mirado al sentarse a mi mesa; en sus ojos había un destello de admiración, admiración que me conmovía, pues, como ocurre con los grandes mentirosos, he llegado si no a creerme mis propias mentiras, sí a sentirlas como reales, como si de tanto repetirlas, mi cuerpo, que no mi cabeza, las diera por verdaderas.

―¿Cuál es tu próximo destino? ―le pregunté antes de despedirnos.

―Frente a la costa del cabo de Trafalgar ―dijo antes de salir y perderse en el aire húmedo y salobre de la bahía de Cádiz.

Han pasado trece meses y sigo yendo a la taberna. Espero en mi rincón a que alguien se siente a la mesa conmigo y me invite a comer. En mis relatos recreo ahora el heroico y fatal destino de Gabriel, el hundimiento del Santísima Trinidad, y aquellos que me escuchan e invitan son más generosos, no solo para rendir con sus dádivas tributo al marinero, sino también para que yo mantenga viva esta historia y no se pudra en las aguas del olvido.

 

 

Viajero en el tiempo

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Todo está preparado para que Faustus entre en el túnel del tiempo. Si el experimento sale bien, su cuerpo se desintegrará en millones de partículas para después recomponerse en una nueva dimensión temporal. Si sale mal, se disolverá en la Nada. Es el primer hombre en intentarlo, se ofreció voluntario, prefiere correr el riesgo de desaparecer en el vacío antes que seguir en prisión. Además, no quiere formar parte, aunque sea como recluso, de esa sociedad donde los derechos se aplican por igual, sin distinciones de género, raza o condición social. Una sociedad decadente, se dice mientras se mira la mano derecha como si fuera el emblema de lo que él es; la mano que hace dos años, en un descuido, quedó mordida por el fuego cuando junto a sus camaradas prendió los cartones rociados de gasolina que cubrían a un mendigo en el parque.

Como voluntario puso una condición: elegir la fecha y el lugar de destino. El Comité Científico, cuyo único objetivo es el éxito en el proyecto y no una revisión de la historia, aceptó y durante meses Faustus se aplica en el estudio del alemán y revisa todos los documentales que puede para penetrar en el espíritu de la época en que su idolatrado Hitler vivió. Finalmente decide que lo mejor es conocerlo en su etapa de formación: le será más fácil acercarse a él y seguirlo en su ascensión al poder, dos camaradas compartiendo un mismo ideal. La fecha elegida es el 2 de agosto de 1914 y el escenario, la Odeonsplatz de Munich, donde una multitud enardecida recibe la noticia de la proclamación de la primera guerra mundial. Entre la multitud se encuentra el joven Adolph, de veinticinco años,  pómulos prominentes en su cara flaca y su bigote característico.

Faustus, con un traje de principio de siglo XX diseñado para la ocasión, entra en el túnel del tiempo: un gran cilindro trasparente de especial plástico acrílico. Una veintena de científicos lo rodean con ojos ávidos. Bajo la piel de Faustus han fijado un dispositivo que, si el experimento tiene un final feliz, les informará en todo momento del punto de la línea temporal en que Faustus se encuentra. Lo que no le han dicho es que se va a quedar atrapado en el pasado, pues aún no han concluido los trabajos en el proceso inverso. Lo que ellos no saben es que el verdadero deseo de Faustus es no regresar.

El director del proyecto, con la solemnidad que requiere el instante, se acerca al panel de mandos y pulsa uno de los botones. Transcurren unos segundos de incertidumbre, los científicos se miran entre sí. De pronto Faustus empieza a contorsionarse como si todo su cuerpo se electrificara, y las imágenes que durante meses ha ido almacenando inundan su cerebro, múltiples secuencias sucediéndose una detrás de otra hasta que su cuerpo parece desgarrarse, y pierde la conciencia. Los científicos se abrazan y saltan como niños: el túnel está vacío.

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Faustus recobra la conciencia bruscamente, como si unas manos feroces lo hubieran zarandeado. Ahora se halla en medio de un inmenso y cuidado jardín, frente a un palacio de perfecta simetría. Es el atardecer y la gente pasea por los senderos, pero nadie parece fijarse en él. Por un momento piensa que no se ha producido una inmersión real en el pasado, que él es como un espectador dentro de una película en tres dimensiones, y por tanto sin capacidad de intervención, hasta que choca con un hombre que distraído va leyendo un periódico. Faustus acepta sus disculpas y sigue andando, ahora eufórico, a pesar de que la fecha que ha leído en el periódico es 1909, cinco años menos que la fecha programada. Es una desviación importante, pero el experimento ha sido un éxito. Luego, cuando sale de los jardines y bordea el palacio, lo reconoce (la fuente de Neptuno en la base de una loma y el conjunto de arcos neoclásicos en la cima): es el Palacio de Schönbrunn. Así que la ciudad no es Munich, sino Viena. Siente entonces el desánimo de todo viajero que se equivoca de ruta, pero pronto cae en la cuenta de que en 1909 Hitler, con veinte años, vivía en Viena. Faustus, que siempre ha pensado que la Historia le tiene reservado un lugar de honor, camina ahora con determinación, como si el nuevo itinerario estuviera trazado en su cerebro: el destino lo guiará.

Es de noche cuando desemboca en un callejón iluminado con farolas de luz mortecina. Desfilan hombrecillos harapientos y sucios, esa escoria que tanto odia, y duda de que esa calle tenga algo que ver con su glorioso destino. Se siente confuso, no sabe qué hacer. Uno de esos hombrecillos se le acerca, lleva una carpeta debajo del brazo. Es un hombre joven, casi un niño, el traje salpicado de remiendos. De la carpeta saca unos dibujos y se los muestra. Son dibujos convencionales de Viena. Quiere que le compre uno, es así como se gana la vida. Pero a Faustus su sola presencia le asquea, no ha hecho este viaje para mezclarse con la basura. De pronto sabe lo que tiene que hacer, no importa que no le acompañen sus camaradas, demostrará su valor sin testigos. Será el principio de la gloria que tanto anhela. Sus fuertes manos aprietan el flaco cuello del mendigo, que lo mira espantado, encogiéndose, deformándosele la cara por segundos, hasta que se le dibuja una mueca grotesca y definitiva. Faustus deja su cuerpo de pelele en el suelo y le registra los bolsillos, donde encuentra una vieja cartera. Solo hay papelajos sin ningún valor y un carnet de identificación. El carnet le puede ser de utilidad, se levanta para leerlo a la luz de una farola. Lee en voz alta como si el alemán fuera su idioma de toda la vida, y de pronto siente que se va a desmayar; las letras, borrosas, parecen burlarse desde el papel: Adolph Hitler, es el nombre que allí está escrito.

 

Ficciones

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Cuando el doctor dice “cáncer”, el hombre que escribe novelas experimenta en su propia piel el poder de las palabras. Esas seis letras en un orden preciso hacen que su mundo se tambalee. Ha sido como si en su cerebro un volcán entrara en erupción para luego dejar un paisaje de lava y rocas que oculta todo lo que fue, ahora este nuevo paisaje dominándolo todo. Cuánto poder concentrado en una sola palabra, más que en los miles de palabras que pueblan sus ficciones. Sigue leyendo