Impúbico

Coños

Querida lectora, si por azares de la vida te dispones a leer esta entrada del blog y además se da la circunstancia de que eres rica económicamente y no solo en amores y amistades, que es lo que realmente deseo para ti, entiende que lo que vas a leer es solo un ejercicio literario, una broma sin intención ideológica alguna. Por favor, no me pases factura, no me tildes de clasista o de machista irreverente.

Hace años, Juan Manual de Prada, cuando no era el escritor conocido que es hoy, escribió un librito titulado “Coños”. Según sus propias palabras, era un homenaje a su admirado Ramón Gómez de la Serna y su libro “Senos”. En aquel tiempo me gustó el barroquismo de Juan Manuel de Prada para manejar el surtido de coños que aparece en el libro, cuyo contenido contrasta con la imagen de beato que actualmente tiene este escritor.

Inspirado en ese libro, y como broma literaria (insisto), escribí un breve apunte titulado “Los coños de la rica”. Aquí va.

Los coños de la rica

La rica tiene un vestidor de cincuenta metros cuadrados dispuesto en secciones. En una de ellas, infinitos coños se alinean en cajitas de cristal transparente, protegidos por un microclima de museo. La rica, según su estado de ánimo, es decir, según le salga del coño vigente, elige uno de ellos. Hay días en que luce sucesivamente varios modelos, pues la vida de la rica es muy intensa. Los hay de todos los colores y diseños, así como de diversa lubricidad. La rica puede elegir entre un coño noble y un coño arrabalero, entre uno virginal y otro sin fondo… En fin, la rica está a la última en materia de coños, pues un proveedor la surte de catálogos. Ella escoge y luego se los hacen a medida. Como es cliente importante, dejan que pruebe su elasticidad, profundidad, humedad y demás variables, y si no le gustan, los devuelve. Cuando la rica asiste a orgías se pone de acuerdo con sus amigas, no sea que lleven coños repetidos. Y cuando pasado el tiempo los coños pierden algo de su cualidad original, la rica se los regala a sus doncellas en un gesto de generosidad, y aquellas, agradecidas, van presurosas a enchichimismarse delante de un espejo. Por la noche el novio proletario, ahora en paro, las folla loco de contento porque siente, aunque remotamente, que está jodiendo a la clase alta.

 

 

 

Modelos

 

ferrari_18

Un día me encontré con la foto de este hombre, y nada más verlo me dije que quería ser como él. Al instante me puse manos a la obra: me apunté a un gimnasio para esculpir mi musculatura; eso sí, con ayuda de asteorides, esteroides quiero decir; me hicieron un injerto de pelo en mi calva salpicada de lunares y, como lo de la altura no hay gimnasio ni tortura (véase «EL POTRO») que pueda remediarlo, me coloqué una alzas en los zapatos; finalmente pagué unas sesiones de rayos UVA, hasta conseguir ese tono de chocolate dorado que es el sueño de los pálidos nórdicos, y rompí mi hucha-cerdito para comprarme ropa de marca.

Para el Ferrari no encontré solución, mi cerdito no daba para tanto, y me tuve que apañar con mi seat Panda de segunda mano, al que pegué unas pegatinas de dragones echando fuego en los laterales de la carrocería.

El resultado de todo el proceso… ¿qué quieres que te diga? En las noches oscuras, sentado y de perfil, daba el pego. La embriaguez de la acompañante también ayudaba. Y lo del Panda con dragones fue un acierto, aunque no por el efecto de fiera virilidad que yo buscaba, sino porque a las mujeres les enternecía esa infantil asociación. «Uy, qué mono, por favor», decían.

Así estuve un tiempo, satisfecho con mi metamorfosis, hasta que en una noticia del periódico leí que el tipo de la foto se llama Francisco Cómitre, y que además de abogado y modelo de pasarela, es un estafador de ancianos que se vanagloria de su astucia para engañarlos; ancianos que han perdido sus ahorros y hasta la casa en que vivían. Un psicópata de la peor calaña, el tal Cómitre, el psicópata narcisista.

Imagínate el mal cuerpo que se me quedó después de leer aquello. No tuve más remedio que desapuntarme del gimnasio, tirar los esteroides por el retrete, arrancarme el injerto capilar, deshacerme de las alzas y de la ropa de marca. Era la única forma de volver a mi ser, de no sentirme cómplice moral de aquel cabronazo. Y recordé las palabras de mi madre: “Hijo mío, tú feo pero honrado”.

 

Se alquila

Espíritu en escaleras

 

“Todas las historias de amor son historias de fantasmas”
David Foster Wallace

 

Siempre me había gustado este palacete renacentista para ambientar la novela en la que trabajaba. Sus propietarios, un anciano matrimonio, estaban dispuestos a alquilármelo por un año, pero ponían una condición: tendría que deshacerme del espíritu de Clarice que lo habitaba. Si en el plazo de un mes no conseguía el desalojo, debería abandonarlo. Sigue leyendo

Razones para escribir

 

escribir, razones

En una entrada anterior (DESAHÓGATE ESCRIBIENDO), se pueden leer las motivaciones para escribir de algunos escritores. Hoy traigo un texto que encontré por casualidad viajando por internet. Es del escritor peruano Frank Otero Luque. Me parece un magnífico compendio de razones para ponerse a escribir.

Escribo por el placer de tejer las ideas en la urdimbre de mi mente y adornarlas, de repente, así, sin querer, con orlas y pompones que los más simplones llaman rima. Escribo porque me gusta escribir y por una imperiosa necesidad de liberación interior, porque a través de lo que escribo puedo plasmar y recrear lo que anhelo y lo que temo, lo que odio y lo que adoro; tallar letras en oro o enfangar una frase. Escribir me ayuda a sobrellevar mis frustraciones y a comprender mejor el mundo de afuera y de adentro; escribiendo alcanzo una catarsis espiritual. Pero también escribo porque tengo mucho sentido del humor y porque me gusta hacer gala de la sátira, del sarcasmo y del doble sentido. Sigue leyendo

El sueño del escritor

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Relato que obtuvo el segundo puesto en el «II PREMIO DE PLAGIO CREATIVO» de la Escuela de Escritores

 

Por los campos de La Mancha cabalgan don Quijote y Sancho, enhiesto y solemne cual ciprés el caballero sobre el escuálido Rocinante, y a su lado el escudero, al trote de un burro sin nombre, mirando de soslayo a su señor, no muy convencido de las promesas de ínsulas y reinos que éste le hiciera.

―Dígame, vuestra merced, ¿qué es ese ruido que se oye, como de gorrino? –pregunta Sancho.

―Cuida tus palabras, majadero. Es don Miguel, que duerme como un bendito ― responde don Quijote ―Y déjalo estar, que cuanto más profundo duerme, mejor ha de soñarnos.

―Perdonadme, mi señor, pero fue esta mañana cuando me nombrasteis escudero y todavía no entiendo yo el lenguaje de los caballeros andantes. ¿Qué queréis decir?―pregunta Sancho.

Y don Quijote, después de dar un largo suspiro, responde: Sigue leyendo

La cotorra Lorenzo

Cotorra Lorenzo (2)

Hace días, una amiga y uno de sus hijos nos trajeron una cotorra a casa. La familia iba a hacer un largo viaje y ya no podrían cuidarla. Nos pedían que le buscáramos un dueño si nosotros no podíamos quedarnos con ella. Un buen dueño, claro.

La cotorra era del hijo, fue él quien la compró con sus ahorros y  quien la cuidaba. Tenía el cuerpo de un fuerte amarillo, un antifaz naranja y la cola verde. Los ojos me recordaban a los de los payasos. El niño, visiblemente afectado por tener que abandonar a su querida amiga, nos dijo que era una cotorra SOL y que se llamaba Lorenzo. Entonces pensé que se trataba de una cotorra cotorro y no de una cotorra cotorra y que, como al sol se le llama Lorenzo y a la luna Catalina, el niño había elegido el nombre por esa razón. Pero la explicación era otra: la cotorra era cotorra cotorra y el nombre de Lorenzo era en recuerdo de otro pájaro que tuvo el niño y que se le había escapado. Resumiendo, lo que teníamos en nuestra casa era un sol de chica llamada Lorenzo. Sigue leyendo

Jugando a las casitas

Kent y Barbie

Alba me pide que juguemos a las casitas. Me lo pide “porfi porfi” y no puedo negarme.

Ella va a ser Barbie y yo seré Kent. “Toma”, me dice, y me da un muñeco guaperas con una camisa sin mangas pero con pajarita rosa en el cuello. No sé por dónde andará la chaqueta. A veces también pierde los zapatos. El tal Kent sería un desastre si no fuera por Barbie, que lo lleva como un pincel. Aunque no deja de parecer un macarra con cierto estilo.

Lo primero que le dice Barbie a Kent es que fría unas patatas para cuando venga Cuca del colegio, y que cuando termine de freír las patatas vaya a la compra y después friegue los suelos. El orden de las tareas me parece un tanto aleatorio, pero es que la lógica de los muñecos no se corresponde con la de los humanos. Lo que si le dice Kent a Barbie es que le parece mucho morro que tenga que hacer todas esas tareas mientras ella no hace otra cosa que cambiarse de vestido, probarse zapatos y cepillarse el pelo. Barbie dice que hay que ser fenimista. “Dirás fe-mi-nis-ta”, corrige Kent. “Pues eso: fe-ni-mis-ta”, replica Barbie. Sigue leyendo

Aquella noche de verano con Elvis

Elvis

Tengo quince años y es verano y la noche está estrellada y los pajaritos no pían porque duermen rechonchos y esponjosos en las ramas de los árboles y todavía no existen los ordenadores ni los móviles y Amaranta me ha dejado con la excusa de “te mereces algo mejor”, la muy…, y estoy en la cama escuchando “In the ghetto”, de Elvis, la que era nuestra canción, para macerar mi dolor y a ver si de puro sentimiento se me viene un poema que pueda yo enviarle por carta y golpear en su conciencia, quizá con una velada amenaza de suicidio, unas gotas de sangre como rúbrica, y es entonces cuando me giro en la cama en posición fetal, tal vez para protegerme simbólicamente de la realidad de mierda, en esa cama mueble que es como un libro que se abre por la noches para mí, su personaje, y me voy ahora tan adentro del libro, tan hacía su lomo que el libro se cierra conmigo en su interior, no del todo, claro, porque aunque delgado aún no soy el espíritu que quisiera ofrecer a Amaranta para castigarla con una culpa eterna, tengo un cuerpo, escuchimizado, pero cuerpo al fin, e intento deshacer el giro y volver a abrir mi libro cama, pero no es fácil y mientras tanto sigue sonando “In the ghetto” y dice ahora “el niño necesita que le ayuden o el crecerá algún día para convertirse en un adolescente enojado”, o me parece que dice, pues me ha quedado el inglés para septiembre, y pienso qué cabrón el Elvis, si tiene dotes premonitorias, y sigo con mi intento de girarme, ay, si me viera así Amaranta, tan estrujado como un marcapáginas, y hago presión con todo mi cuerpo, el pie derecho empujando la parte de la cama que apoya en la pared, hasta que lo consigo pasado un rato tan largo como mi pena, agotado, sudando, con dolores en los abdominales y en el gemelo derecho, y de golpe empiezo a llorar y el cabrón de Elvis, otra vez en plan premonitorio, se pone a cantar “Crying in the chapel”, que esta si me la sé aunque no vaya a entrar en el examen de septiembre, llorando en la capilla quiere decir y entonces, como un reflejo que llegara desde algún recóndito lugar de mí mismo, me veo desde arriba, desde lejos, igual que si yo fuera un águila que planeara sobre su víctima: YO, una víctima que ha estado a punto de ser engullida por su cama, adolorida de abdominales y de amores, con una punzada en el gemelo derecho y sudando la gota gorda y Amaranta en fuga, y de pronto ese Crying in the chapel, cabronazo el Elvis, y el llanto que se va transformando en risa, una risa que empieza lenta, como un motor que comenzara a arrancar, y termina en estallidos, en carcajadas, y me llega amortiguada la voz de mi madre desde el otro lado del tabique, que si estoy bien, que si me pasa algo, y yo que no, que estoy estupendamente, y contengo la risa que empuja por salir y los abdominales me duelen más y más y me parece que un perro me muerde con saña en el gemelo y pienso que después de todo la noche ha sido cojonuda, fructífera como diría mi padre, porque esta noche estoy aprendiendo a reírme de mí.

In the ghetto 

Crying in the chapel

 

Una nueva dimensión

Alargapenes

Estoy a punto de jubilarme, y como no quiero formar parte de los grupos del IMSERSO para bailar la lambada en los hoteles de la Costa del Sol, he decidido hacerme actor porno. Así que me he comprado un alargapenes por correspondencia. Se lo dije a mi mejor amigo en el momento en que se  ponía la dentadura postiza, y casi se atraganta. Él me dijo que no solo es cuestión de tamaño, que también hacen falta potencia y resistencia, y un cuerpo medianamente decente y no esta mierda de cuerpo que yo tengo (mi amigo es obscenamente sincero). Creo que tiene razón, pero por algún punto hay que empezar, y afilar y afinar el instrumento es lo primero, le dije. Además, igual pongo de moda el porno senil, pues ya se sabe que todo es cuestión de marketing, de abrir un porno-nicho (así hablan los tipos del marketing, aunque en este caso suene fatal) para la tercera edad. Ya me imagino los títulos: “Macizorras en el geriátrico”. “Míster Viagra con tres nenitas muy calientes». Sigue leyendo