La cotorra Lorenzo

Cotorra Lorenzo (2)

Hace días, una amiga y uno de sus hijos nos trajeron una cotorra a casa. La familia iba a hacer un largo viaje y ya no podrían cuidarla. Nos pedían que le buscáramos un dueño si nosotros no podíamos quedarnos con ella. Un buen dueño, claro.

La cotorra era del hijo, fue él quien la compró con sus ahorros y  quien la cuidaba. Tenía el cuerpo de un fuerte amarillo, un antifaz naranja y la cola verde. Los ojos me recordaban a los de los payasos. El niño, visiblemente afectado por tener que abandonar a su querida amiga, nos dijo que era una cotorra SOL y que se llamaba Lorenzo. Entonces pensé que se trataba de una cotorra cotorro y no de una cotorra cotorra y que, como al sol se le llama Lorenzo y a la luna Catalina, el niño había elegido el nombre por esa razón. Pero la explicación era otra: la cotorra era cotorra cotorra y el nombre de Lorenzo era en recuerdo de otro pájaro que tuvo el niño y que se le había escapado. Resumiendo, lo que teníamos en nuestra casa era un sol de chica llamada Lorenzo.

Ya con la cotorra a solas, le preguntamos si la contradicción entre su género y el nombre suponía un trauma respecto a su identidad sexual. Ella hizo un gesto cotorril de encogimiento que interpretamos como “paso de identidades”. Entonces, aliviados por no tener que aguantar a una cotorra traumatizada, le abrimos la jaula y la dejamos a su aire. La cotorra, que debía de estar acostumbrada a la batalla (no en vano venía de una familia con cuatro hijos en edad escolar, incluido el niño dueño), no se anduvo con remilgos y salió de la jaula inmediatamente para ir a posarse en el hombro de Lola, con un vuelo directo, sin titubeos. En ese momento comprendí eso que dicen del instinto animal: había elegido a la persona adecuada, a la amante de los animales. Y desde entonces Lola, como un pirata doméstico, iba a todos los lados con la cotorra Lorenzo al hombro, que le daba besos pajaricos y frotaba la cabeza contra su mejilla. El niño nos había dicho que Lorenzo decía HOLA y ADÍOS, pero por el momento no decía nada aunque insistíamos en repetir esas palabras como si las cotorras fuéramos nosotros, y pensamos que o el niño tenía mucha imaginación o Lorenzo era muy suya y elegía a sus interlocutores.

El caso es que a mí la cotorra Lorenzo no me hacía ni caso: volaba indiferente por mi lado haciéndome cortes de ala. Pero la segunda noche, cuando estábamos sentados viendo la tele, Lorenzo saltó desde el hombro de Lola al respaldo del sofá. Con pasitos cortos se me fue aproximando hasta quedar justo detrás de mi cabeza. No sé si fue un intento de acercamiento, un decirme “vamos a ser amigos, colega” o un tocarme las narices allí donde más me duele, es decir, en mi calva, pues eso es lo que hizo, empezó a picotearme suavemente en lo que para ella debía de ser un fruto ya maduro, o inmaduro, según los criterios que se sigan. Pero nunca sabré cuáles fueron sus verdaderas intenciones, pues no le hice caso, y no porque no estuviera deseándolo, sino porque no quería encariñarme con la cotorra Lorenzo y que luego se fuera volando con otro y yo me quedara compuesto y sin cotorra.

Al día siguiente, después de que hubiéramos hecho circular la noticia de que regalábamos una cotorra, un hombre se presentó en nuestra casa. Para entonces, el vinculo entre Lola y Lorenzo recordaba al de los amantes en los primeros días, cuando piensan que son los únicos pobladores del planeta. Lorenzo se asustó al ver entrar al hombre, las plumas se le erizaron como si hubiera recibido una descarga eléctrica y empezó a piar como una posesa. Tuve dudas. ¿No estaría el instinto animal advirtiéndonos de que no era el dueño adecuado? Con técnicas sutiles le sometimos a un tercer grado para averiguar si aquel tipo sería un buen cuidador. Nos contó que había tenido anteriormente unas ninfas (yo no sabía qué eran, él me explicó que eran otro tipo de cotorras, con un penacho que recordaba al sombrero de los príncipes de los cuentos ), pero ya se habían muerto, y ahora su mujer era reacia a tener más pájaros, ya que se ponía muy triste cuando los perdía.

Lo que vino a continuación te va a parecer un invento de mi fantasía, una forma de darle un toque literario a esta anécdota, pero ya sabes que a veces, como suele decirse, la realidad supera la ficción y resulta increíble. El caso es que el hombre dijo que se llamaba Salvador, ¡Salvadoooor! Y que el primer apellido de su mujer era Lorenzo. Sé que cuesta creerlo, pero así es, y por eso le dije que era una señal del destino, que tenía que llevarse a la cotorra Lorenzo. Él se rio y me pidió que, por favor, le enviara una foto a su móvil, pues se lo había dejado en casa cargando. La foto sería una forma de ablandar a su mujer. Así que hice la foto, Salvador me dio el número de su móvil y lo anoté en el mío. “Salvador Cotorra”, escribí, le pedí perdón y envié la foto. Él volvió a reírse, nos dimos la mano y se fue.

Cuando estuvimos solos, Lola y yo nos miramos con cierta resignación. Habría que seguir buscando. Temíamos que Salvador no volviera a aparecer, que la reticencia de su mujer fuera solo una excusa. Pero al día siguiente, lo que en realidad temimos, cuando sonó el telefonillo del portal, es que fuera él. Y sí, era él.

Le esperamos en el descansillo con la jaula en mi mano, porque queríamos que la despedida fuera rápida para no volvernos atrás. Esta vez Lorenzo se mostró muy tranquila, lo cual nos tranquilizó también a nosotros. Sin más dilación le pasé la jaula a Salvador y le acompañé hasta el ascensor. Seguramente son imaginaciones mías pero juraría que, antes de cerrarse la puerta, la cotorra Lorenzo me dijo ADIOS

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