Jugando a las casitas

Kent y Barbie

Alba me pide que juguemos a las casitas. Me lo pide “porfi porfi” y no puedo negarme.

Ella va a ser Barbie y yo seré Kent. “Toma”, me dice, y me da un muñeco guaperas con una camisa sin mangas pero con pajarita rosa en el cuello. No sé por dónde andará la chaqueta. A veces también pierde los zapatos. El tal Kent sería un desastre si no fuera por Barbie, que lo lleva como un pincel. Aunque no deja de parecer un macarra con cierto estilo.

Lo primero que le dice Barbie a Kent es que fría unas patatas para cuando venga Cuca del colegio, y que cuando termine de freír las patatas vaya a la compra y después friegue los suelos. El orden de las tareas me parece un tanto aleatorio, pero es que la lógica de los muñecos no se corresponde con la de los humanos. Lo que si le dice Kent a Barbie es que le parece mucho morro que tenga que hacer todas esas tareas mientras ella no hace otra cosa que cambiarse de vestido, probarse zapatos y cepillarse el pelo. Barbie dice que hay que ser fenimista. “Dirás fe-mi-nis-ta”, corrige Kent. “Pues eso: fe-ni-mis-ta”, replica Barbie.

De pronto aparece Cuca. Cuca es un muñequita con una cara parecida a la de Chuki, el muñeco diabólico, pero Kent le da un beso y dice qué hija más guapa tengo. Amor de padre. Barbie dice que Cuca tiene diarrea y que hay que cambiarle el pañal con el que ha ido al colegio. Kent, que no quiere conflictos con Barbie y para demostrarle que es fenimista, le cambia los pañales a Cuca, varias veces, pues Cuca tiene una diarrea pertinaz. Hasta que Barbie le dice a Kent que coja a Cuca y vayan a ver a la doctora Barriguitas. La doctora Barriguitas, que está en la consulta con un casco de motorista (vete tú a saber por qué), le receta unas pastillas que, además de cortar la diarrea, son anticonceptivas (no sé dónde habrá oído ella esa palabra; le pregunto y me dice que en “la guarde”; mejor no seguir preguntando). Al salir, Kent se encuentra a una Pitufa en la sala de espera con un paraguas de colorines abierto sobre su cabeza. La Pitufa le dice que está harta de tener la piel azul y que quiere que la doctora le dé un volante para el dermatólogo. Kent le va a decir que mejor pida un volante para el psiquiatra, pero decide callarse, no sea que luego le vaya con el cuento a Barbie y esta le vuelva a acusar de machista.

Por un lateral de la mesa de juegos aparece Sirenita. Lo bueno de los muñecos es que van a su bola. No hay que citarlos, ni tienen que rellenar solicitudes ni pasar entrevistas. Aparecen cuando les sale de los cojones. Sirenita viene con su cola desmontable de sirena y pide que le pongamos una piscina, pues fuera del agua no sabe vivir. Le ponemos una bañera de plástico rosa con agua de verdad, no imaginaria, y Sirenita, que tiene modales de marinero vasco, se lanza a lo bestia en la bañera. El agua se desborda y empapa toda la mesa donde estamos jugando. El pelo de Sirenita queda como la balleta de una fregona. Yo, digo Kent, que ya no puede con la vida, va a la cocina a por un spontex. Cuando vuelve se encuentra a Peppa Pig y familia chapoteando en el agua. Se lo deben de estar pasando muy bien, pues hacen correr la voz y al rato empiezan a llegar más: Mikey Mouse, Hello Kitty, Blancanieves, el Pollo Pepe… Y algunos personajes que Kent no ha visto en su vida: un sapo con un gato en la cabeza (pulsas un botón en la tripa del sapo y el gato empieza a girar sobre la cabeza del sapo; hay diseñadores de juguetes muy retorcidos), un tomate con cara de malas pulgas, un ciempiés con botas… A todos les vamos poniendo voces.

A Kent, que ya no es el macarra machista de antaño, sino un modélico fenimista, le maravilla esa solidaridad que reina en la mesa de juegos, sin discriminación por la raza, o el tamaño,  o por los materiales y texturas. Pero ha surgido un problema demográfico: el aumento de la población en la mesa de juegos es tal que ahora parece que estamos en los sanfermines. Barbie propone entonces mudarse a una zona residencial, a una parcela con mayor amplitud. A Kent, que procede de un barrio marginal, no le gusta la idea de encontrase con “tol pijerío”, pero es tanto el amor que tiene por Barbie que accede sin rechistar.

Y están en plena mudanza cuando Barbie se desmaya y cae al suelo. Nada puede hacer Kent, que ahora llama a Alba cuando esta sale de la habitación y se pierde por el pasillo.

Aparece pasados unos minutos. Viene vestida con un vestido azul vaporoso que parece de princesa, zapatos de tacón con luces intermitentes al ritmo de sus pasos y una varita mágica. Dice que es Elsa, de Frozen, y que con la varita puede convertir todas las cosas en hielo.

―¿Y no concede deseos esa varita? ―pregunta Kent, esperanzado.

―Bueeeeno, vale, pide un deseo.

Dejo a Kent en el suelo, junto a su amada Barbie, y  no tengo que pensármelo.

―Que desaparezcan todos los muñecos, porfi ­―imploro de rodillas.

―Joooooo, en serio, pide un deseo― dice Alba, digo Elsa.

 

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