La paciencia de los pescadores

pescando

Admiro la paciencia de los pescadores. Me pregunto si, mientras esperan sentados en sus sillas plegables o de pie en la orilla, andan pensando en sus cosas o es su cerebro una prolongación del río, licuado y con un fondo de piedras y algas. De pronto se hunde el corcho. Es el premio a la paciencia. Exhiben sus piezas, se fotografían con ellas. Pero conozco a un pescador cuyo mayor empeño es no pescar, pasarse las horas muertas sin beneficio. Hoy también él se ha dejado fotografiar, su mano derecha en alto parece sujetar la cola de un pez invisible. Pero ¿cuánto miden los peces que no se pescan? ¿Qué jerarquía utilizar? El pescador me saca de dudas: “Tres horas, y nada”, me dice orgulloso, sonriendo.

Contando delfines

delfines-saltando

Todo hombre lleva un animal dentro. También algunos animales llevan un hombre malogrado en su interior. Esto es especialmente notorio en dos animales: la oveja y el delfín. La oveja oculta un hombre triste con jersey gris de lana, pasivo e indolente. Lo descubrí de niño cuando oía balar a las ovejas, con ese lamento casi humano que reniega de su cárcel. El delfín, al contrario, esconde un cachondo mental, risueño y saltimbanqui. No parece muy descontento a juzgar por los brincos que pega en el agua, como poniéndole acentos al océano.

Antes, para dormir, contaba ovejas y mis sueños eran planos, sin fisuras ni imágenes. Mi despertar era lento y pegajoso. Ahora cuento delfines. Los hago salir del agua y entrar en ella, y ese aparecer y desaparecer provoca una gran agitación en mis sueños, que se pueblan de historias. Cuando despierto tengo que escribirlas, para que no me persigan todo el día.

El designio de las palomas

Paloma leyendo cagadas

Hace semanas que las palomas se cagan en mi coche. Antes se cagaban en todos los coches de la calle donde a diario aparco. De alguna forma eso me consolaba. Los excrementos se repartían. Pero ahora es en mi coche donde cagan. Sólo en el mío. Y como no soy de esos que a toda costa quieren distinguirse, no es algo que me llene de orgullo. Además, que las palomas se caguen en mi coche es lo mismo que si se cagaran en mí. Así es como yo lo siento. Un día sí y otro también aparece mi coche cubierto de una pasta blanca y amarillenta. Y no es casualidad. He probado a cambiarlo de sitio, pero da lo mismo, ellas me siguen con su mierda, que dejan caer en aluviones, en cascadas, en torrentes. La fiesta de la mierda. Y aunque me da mucho asco, es peor la sensación que me invade, pues pienso que estas putas palomas, con esa capacidad que tienen los animales para anticipar los fenómenos de la naturaleza, ven en mí algo ignominioso y me señalan, me estigmatizan con sus heces. No le encuentro otra explicación. Ahora los vecinos de la zona están muy contentos de ver sus coches libres de mierda, pero han empezado a mirarme mal. Les comprendo. Por culpa de las palomas deben de pensar que hay en mí algo turbio, y que no soy de fiar.

Amuleto

frasco de cristal

Mi madre conservaba en alcohol el cordón umbilical de todos sus hijos. Decía que esa era la mejor forma de prevenir “el mal de ojo”. Los guardaba en botes de cristal, con una etiqueta identificativa pegada en la tapa, y parecían lombrices muertas y retorcidas, absolutamente repugnantes. Yo siempre me había reído de esa superstición, pero cuando tuvimos que liquidar la herencia familiar y nos encontramos los botes cubiertos de polvo junto a esos otros cachivaches que la vida va arrumbando, yo no pude, como fue mi primera intención, deshacerme del mío. Y desde entonces me acompaña en los largos viajes y en las mudanzas porque, por irracional que parezca, siento que es esa piltrafa lo que me mantiene unido al mundo. (Publicado en colectivo M.J. Peláez)

Últimas preguntas

Encefalograma plano

“Dios existe: lo creamos entre todos”, sentenció en el 2084 un Premio Nobel. Hay dudas en cuanto a la autoría de la frase. Unos se la adjudican al Premio Nobel de Física, otros al de Literatura. Lo cierto es que en el 2100 la Ciencia estuvo en condiciones de comprobar dicha hipótesis, y millones de cerebros de todo el mundo, de todas las religiones, fueron conectados mediante electrodos a pequeños ordenadores que enlazaban con un gran ordenador central. La resultante de todos los impulsos eléctricos se traduciría a imágenes en los millones de pantallas repartidas por el planeta. El día señalado, a la hora H, los representantes de la Humanidad pensaron en su Dios. Al instante, en las pantallas surgió un torbellino de imágenes: ancianos venerables de largas barbas, animales imposibles, hombres prodigiosos, rayos y centellas, esferas luminosas, luces informes… Durante unos minutos fue evolucionando toda la imaginería que la mente humana es capaz de producir, hasta que apareció una línea quebrada, de crestas desquiciadas y palpitantes, y luego la monótona línea recta que certifica la muerte. (Publicado en el diario El Mundo).

Contra los relojes

  reloj dali

En “Instrucciones para dar cuerda a un reloj”, dice Cortázar que cuando te regalan un reloj en realidad el regalado eres tú como ofrenda al reloj. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días para que siga siendo un reloj, te regalan la obsesión de comprobar que marca la hora exacta.

A los relojes modernos no hay que darles cuerda, se la dan ellos solos; algunos, incluso, habitan en otros artilugios, o son ellos mismos un compendio de estos. Estoy pensando en los móviles, las tablets, los relojes multifunción…, a los que se les podría aplicar estas palabras del escritor:

 “Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire”.

Paremos los relojes, apaguemos lo que sea que haya que apagar (me da vértigo la velocidad de la tecnología) y disfrutemos de las horas lentas, pues aunque “Allá al fondo está la muerte, no tenga miedo… Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan”.