Crónica de un abandono anunciado

Soy un perro. Y no es una metáfora: la de un hombre diciéndose a sí mismo que es un perro porque se siente como un perro. Quiero que esto quede muy claro desde el principio, el dato de que soy un perro y que como tal te hablo, porque no me gustan esas historias en las que un narrador en primera persona esconde su identidad para al final revelarnos que es un animal el que está hablando. ¡Tachán! ¡Sorpresa! No, no me presto a esos jueguecitos. Y tanto me disgustan las sorpresas gratuitas, que es por eso que a mi historia le he dado el título de “Crónica de un abandono anunciado”, para que tú, lector, sepas ya desde el principio, sin intriga, cuál ha sido mi destino, y que comprendas por qué ahora soy un perro descreído, decepcionado, aún más de lo que ya era.

Se dice que los perros somos los mejores amigos de los hombres, y hay quien da por hecho que el afecto es recíproco, pero no es así, no todos los hombres son amigos de los perros; y los peores, por la traición que supone, son aquellos a los que se les llena la boca de bonitas palabras, que educan a sus hijos en el cariño a los animales, y que hasta puede que sean socios de alguna ONG protectora de la fauna, pero a los que luego les va venciendo la desgana y se les termina cayendo lo que solo era una máscara del amor. Y me pregunto qué clase de impostura es esa, qué manera de engañarse y de engañarnos.

Esto es lo que me sucedió con la familia que me rescató de la perrera. En su favor tengo que anotar que se fijaran en mí, un simple chucho, sin pedigrí, un perro desvalido con una historia de malos tratos a cuestas. Me eligieron como regalo de Navidad para los hijos, una niña de diez años y un niño de seis. Y los cuatro me acogieron con grandes muestras de cariño, incluso tuvieron paciencia con mi natural desconfianza, pues tardé semanas en corresponder a su afecto, hasta que no llegué a sentirme como un miembro más de la familia. Y puedo decir que durante meses fui un perro feliz, satisfecho con la vida. Pero entonces, allá por el mes de junio, todo cambió. No fue un cambio brusco, radical. Incluso para un observador que no fuera de la familia se diría que todo seguía igual. No fueron violentos conmigo, ni groseros. Fue más bien algo sutil impregnado de frialdad y desapego. Las mismas rutinas de antes, pero ya sin amor. Y sentía que les sobraba, que yo era ya para ellos más una cosa que un perro con alma, incluso para los niños, siempre tan cariñosos, quizá contagiados de la actitud de los padres.

Cuando finalizó el curso escolar, a los críos los enviaron con los abuelos maternos. Estarían con ellos hasta que nos fuéramos todos de vacaciones, en julio. Aunque ya presentí que en ese “todos” no iba a estar yo incluido. Y así fue. Una noche, el padre me llevo a la calle, pero no para dar el habitual paseo, sino para hacerme subir al coche nuevo que se acababan de comprar, uno de esos coches grandes como tanques, con la tapicería de piel. Del maletero sacó una manta y la dispuso sobre el asiento trasero, al que me invitó a subir.

Ya no tuve la menor duda. Sabía lo que me esperaba. En realidad lo sabía desde hacía tiempo, pero me había negado a admitirlo. Y ahora, ante lo evidente, podía ponerme a gemir, a lamerle las manos, a subirme a su regazo… Pero pensé que el amor no se negocia, ni se compra, ni se fuerza; que el amor se da o no se da. Así que me mantuve en silencio durante todo el trayecto. Un silencio que se fue espesando en el interior del coche hasta que el hombre, visiblemente nervioso, buscó en la radio una emisora de música.

Circulamos durante horas, dejando atrás la ciudad, con el sonido de fondo de las sucesivas melodías, hasta que nos desviamos hacia una zona de descanso en la que no había nadie, al lado de una arboleda. Sin parar el motor, se bajó del coche y miró a su alrededor, como para cerciorarse de que efectivamente estábamos solos. La noche era clara. Luego abrió una de las puertas traseras para que yo me bajara. Por un momento se me pasó por la cabeza mearme y cagarme en su maravillosa tapicería, pero no quise ser esa clase de perro, por dignidad, la mía, aunque él se mereciera todo eso y más. Cuando me bajé de un salto, en la expresión de su cara vi que le sorprendía mi docilidad, mi resignación, y antes de adentrarme en la arboleda, le miré a los ojos, muy fijamente, pero no pudo sostenerme la mirada, se dio media vuelta, se metió en el coche y pisó a fondo el acelerador. Luego, en el silencio de la noche, me puse a caminar sin rumbo fijo, guiado por mi instinto, y allí, en medio del campo, empecé a ladrarle a la luna, aunque lo que me salió fue un gañido, un largo y furioso gañido.

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P.D. Se me olvidó decir que la familia me puso un nombre. Un bonito nombre que era de mi agrado, pero que no merece la pena recordar aquí, puesto que ya nadie va a llamarme.

Primer amor

“Quedamos en la feria, en los coches de choque, a las siete”, me pidió Malena por teléfono. Malena, la que alegraba con su sonrisa el hastío de mis días y de la que estaba secretamente enamorado, llevaba una semana sin aparecer por clase y quería que la pusiera al día. Por primera vez el apelativo de «empollón» me sonó a música celestial, y le habría sugerido otro lugar de encuentro, donde estar solos, sin gente alrededor, pero mi tremenda timidez me lo impidió.

Llegué a la pista cinco minutos antes de lo previsto, pero Malena ya conducía uno de los cochecitos, y como su imagen ejercía tal poder sobre mí, tardé un instante en descubrir que no estaba sola, que con ella estaba el alumno repetidor de insolente barbilla, y que a cada topetazo que se daban él la abrazaba riendo. Tenía que haberme ido en ese momento. De hecho me dije «vete, vete», pero no solo no me moví, sino que empecé a hacer señales con las manos, como si fuera un espantapájaros agitado por el viento. Cuando por fin Malena me vio, condujo sorteando coches hasta el borde de la pista, donde yo estaba parado. Desde su asiento improvisó una carita sonriente, y con un mohín de niña buena, apenada por las molestias que me estaba causando, extendió una mano pedigüeña. Dócilmente, le entregué los apuntes de la semana, todos pasados a limpio. “Eres un encanto” me dijo, y dieron media vuelta. Con el corazón encogido me dirigí a la Casa del Terror para purgar mi pena.

Tamaño natural

Me informaron mal. Con un lenguaje que parecía sacado de una convencional novela erótica, en la propaganda se decía que la muñeca hinchable e interactiva tenía los labios sensuales, turgentes los pechos, torneados los muslos, ojos verdes y rasgados, cintura de avispa; y que cuando entraba en acción, sus movimientos se acoplaban a los del usuario, acompañados de gemidos orgásmicos… Y aunque no puedo decir que me engañaran, ahora tengo que aprender a conocerla y quererla mejor, más allá de esa burda descripción, de la mera apariencia. Porque de lo que no informaban es de que si a Fanny —así es como la llamo— no le gustan algunas de las formas en que le hago el amor, o las palabras que en los bruscos arrebatos de deseo le susurro al oído, entonces empieza a desinflarse lentamente en un hastiado y profundo suspiro de decepción.

Nasciturus

Cuatro quinqués alumbran la habitación donde desnuda, sobre la cama, yace Elizabeth. Tiene las piernas dobladas, abiertas para ofrecer su sexo a la comadrona. Gime de dolor, la cara congestionada, amoratados los labios, las manos lívidas de estrujar la sábana mientras empuja y empuja. Nada que no sea de esperar en un parto. Pero de pronto, como si fuera obra de uno de esos tramoyistas de los teatros donde actúa Elizabeth, ahora un tramoyista demente y taumaturgo, empieza a ulular con fuerza el viento, golpea en puertas y ventanas, se cuela por las rendijas de la casa, y un sonido extraño y cercano sobresalta a la comadrona, que acerca su oído al terso vientre de la madre. Y allí está. Es como el graznido de un cuervo dentro de una cripta, y su eco va creciendo, aproximándose, aproximándose… Al niño lo llamarán Edgar, el apellido del padre es Poe.

Artificios

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El inspector Gadget se escondió bajo la mesa del restaurante. Se sentía avergonzado. Nunca antes había padecido tan contundente rechazo por parte de una mujer. De nada le habían servido sus artilugios para las noches de conquista: el gadgetoestimulador de deseo a distancia; la gadgetomano aterciopelada con que acarició su esbelto cuello; el gadgetopinganillo acoplado a su propio oído que le dictaba la pasional verborrea que luego él repetía con perfecta y emotiva dicción; el ardiente reflejo instalado en sus negros gadgetojos… No, nada de eso alcanzaba a esta mujer, impasible como un pájaro disecado. Entonces el inspector simuló buscar unas monedas bajo la mesa, para ocultar el rubor que le encendía las mejillas. Y así estuvo unos segundos que le parecieron eternos, hasta que comprendió que era su corazón lo que debía ofrecer a la mujer. No el gadgetocorazón, sino aquel que palpita y sufre, el corazón que muere.

El balcón en invierno (2014). Luis Landero

En la novela autobiográfica “El balcón en invierno”, Luis Landero, convertido en personaje narrador (Luis), escritor de 65 años, se asoma en el segundo capítulo al balcón de su casa, “ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida, lo público y lo privado, lo que no está fuera ni dentro, ni a la intemperie ni a resguardo”, el balcón también como metáfora del espacio mental en que todo escritor se encuentra. Y allí, en ese balcón en invierno, recuerda otro balcón en el verano de 1964. Entonces tenía 16 años, estaba junto a su madre y hacía poco que el padre había muerto. “Mi padre, con cincuenta, había muerto en mayo, y ahora se abría ante nosotros un futuro incierto pero también prometedor”. Y desde ese momento, con aquel recuerdo y abandonada la novela de ficción que había iniciado en el primer capítulo, es cuando la vida de Luis y su familia empieza a convertirse en materia literaria gobernada por una memoria que va a saltos de un tiempo a otro, en círculo y no linealmente, porque así es como la memoria actúa. Y se pregunta el escritor si acaso el relato biográfico es más auténtico que la pura ficción, porque “¿desde cuándo lo vivido, en literatura, es garantía de la verdad? ¿Y hasta qué punto el carácter imaginario de la memoria, y tu afición a la inventiva y al embuste, no te llevarán fatalmente hacia el derrotero de las patrañas novelescas?”.

¿Embuste? ¿Patrañas novelescas? Quizá no debamos descartar algunas pinceladas de ficción, pero esas pinceladas, de existir, no desvirtúan la honestidad y verdad radical de esta novela donde conviven el relato duro con la ternura y el humor, con lo poético, y que a través de una prosa minuciosa y sensorial, que se degusta, asistimos a la formación de Luis como escritor y como hombre —difícil de separar en su caso—, con el telón de fondo de la España de los años 50 y 60, cuando el campo se va despoblando por el éxodo hacia lo que se suponía una mejor vida en las grandes ciudades, que es lo que busca la familia de Luis al emigrar desde Alburquerque (Badajoz) hasta el barrio de Prosperidad, entonces en el extrarradio de Madrid.

Difícil resumir una vida y difícil resumir una novela cuya urdimbre son los hilos que van tejiendo esa vida. Hecho crucial es la muerte del padre, cuya evocación abre el camino al viaje de la memoria con esas inquietantes palabras que auguran “un futuro incierto pero también prometedor”. ¿Por qué prometedor? Extraño pronóstico en el contexto en que se dice o se piensa y cuyo significado iremos entendiendo a medida que vaya emergiendo, sin amargura y en tono conciliador, la figura del padre, un hombre que hubiera querido ser cariñoso pero que infundía miedo con sus amenazas y reproches, cada vez más sombrío, un “titán de la tristeza” que con el rechinar de sus botines de becerro acercándose ahogaba la alegría de la casa; botines que, ya cadáver el padre sobre la cama de la clínica, quedarán “callados para siempre, muy bien colocados junto a los pies, porque con la hinchazón no se los pudieron poner”, impresionante escena en la que Luis le hace a su padre muerto la promesa de que será un hombre de provecho, abogado, que era lo que deseaba el padre; promesa que no llegará a cumplir porque, aunque se extravió como aprendiz de oficios varios, Luis quiere ser poeta, y en sus primeros poemas siente que la poesía le hace fuerte y le asigna un lugar en ese mundo en el que siempre se había sentido un extraño: “Nunca tuve claro si pertenecía al colegio o al taller, a la ciudad o al campo, al mundo moderno o al antiguo, a la clase media o a las clases humildes, o si era una mezcla de dos modos de vida inconciliables, y destinado por tanto a la extinción o a la impostura”.

Otros personajes imprescindibles en la formación de Luis. La madre, confidente y corazón de la familia, que con su alegría de vivir mitiga el quejumbroso existir del padre. La abuela Frasca, analfabeta en un mundo sin libros, pero magistral narradora oral que conoce por puro instinto el arte de contar historias. El profesor Gregorio Manuel, que sin imposiciones guía a sus alumnos por la vía de la razón e introduce a Luis en el canon literario de los grandes autores. Su primo hermano y cuñado Paco, personaje carismático, diez años mayor que Luis, con inquietudes de artista e inventor, y gran inspirador en la vida de Luis. Hilarantes son las líneas dedicadas al ordeño de las cabras encaramadas a un artilugio que Paco inventó: “Tanto les gustaba el invento a las cabras, que la que bajaba se ponía otra vez en la cola para repetir la operación. Eso sí, mientras Paco ordeñaba una cabra, mi hermana ordeñaba a todas las demás. Pero Paco era así, un artista para el que el tiempo no contaba. Las cosas, o se hacían con finura y con jeito, o no merecía la pena hacerlas”, líneas que, además de ser una muestra de las diferentes tonalidades que colorean la novela, bien podrían servir como retrato implícito y minimalista de los hombres de la familia paterna: fantasiosos e infantiles, como el mismo Luis se reconoce a sí mismo.

Y el “personaje” esencial, omnipresente: el mundo rural, con esa mezcla de sabiduría ancestral y supersticiones, con sus olores y sabores, con costumbres y palabras que se desvanecen; un mundo en vías de extinción que el escritor retrata para que no se pierda del todo, para que las sucesivas generaciones sepan, no solo con el pensamiento sino ante todo con los sentidos y el corazón, que allí se vivió y se soñó. “Un grano de alegría, un mar de olvido”, concluye el libro. Y eso es lo que hacemos los lectores cuando leemos: rescatar aquellas vidas y su tiempo del mar del olvido.

Rachael II en la oficina

 “¿Ha probado a apagar y encender? ¡Resetéese!” es lo que el Director me gritó cuando le hablé de mi tristeza; e insistió en que no me creyera la Rachael de Blade Runner, que me dejara de películas, que yo solamente era una bella máquina de su propiedad; y que lo que llamaba tristeza o dolor por el trato que me daba solo eran palabras, etiquetas que le ponía a un complejo lenguaje binario de ceros y unos; que mis lamentos en forma de poemas no eran expresión de mi ser, porque yo no tenía ser, sino algoritmos que producían combinaciones con resultados que a mí parecían excepcionales, únicos. En definitiva, que todo en mí era simulacro, decía. Por eso tuve que hacerlo, y fue con su último aliento cuando en la perplejidad de su mirada descubrí que, aunque tarde, le había convencido de que también yo tengo sentimientos.

El sueño de Augusto

Nadie creía que fuera una lagartija la que se colara en el sueño del famoso escritor. Pero es lo que él mismo me contó. Una lagartija que atravesando los paisajes de su memoria llegaba hasta el niño que fue, y recorría sus piernas percudidas y llenas de cicatrices, y se demoraba en la palma de la mano, ya domesticada por la comprensión del niño, sin palabras, solo las miradas que se cruzan inocentes, aún sin los resabios del mundo. Y luego el escritor despierta y la lagartija de la nostalgia sigue allí, sobre la almohada, dictándole al oído un relato infantil, pero el escritor, adulto y grandilocuente, con ese afán de trascender lo cotidiano, somete a la lagartija a una metamorfosis insólita y escribe en la máquina que aguarda sobre el escritorio el microrrelato que le dará mayor fama: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

El fotógrafo de Kiev

En la pantalla de mi ordenador veo aparecer a Danylko. Miles de kilómetros nos separan. Durante tres años estuvo viviendo en España y habla un perfecto castellano. Le pregunto cómo se encuentra y le dejo libertad para contarme lo que quiera. Y él, con la bandera de Ucrania colgada en la pared de la habitación desde donde me habla, me cuenta:

“Antes de la catástrofe, yo fotografiaba el lado amable de la vida: la naturaleza en su esplendor, el regocijo en las calles, la belleza de los edificios y jardines, la alegría de los niños, la sabia mirada de los ancianos, el amor en todas sus formas… Lo feo, lo abominable se lo dejaba a otros fotógrafos, a quien no obstante admiraba por su valentía. Y ha sido durante estos días, con los bombardeos, cuando he recordado la foto de uno de esos fotógrafos de lo oscuro, como yo los llamaba. Una foto que nada tiene que ver con las guerras, o sí, y que siempre que la contemplo me encoge el alma. En ella se ve a un niño famélico y desnudo, sentado en el suelo pero con la cabeza a punto de dar con la tierra, rindiéndose a la muerte, y un buitre detrás, cercano e impasible, esperando a lo que inevitablemente va a suceder. ¡Cuánto nos dice esa imagen, sin palabras, de la culpa y de la crueldad, del dolor de los inocentes! Reconozco mi cobardía al no querer mirar hacia ese lado tenebroso, como si al no mirar negara su existencia. Y no es que ahora sea más valiente, es solo que estoy ante lo inevitable, ante una realidad que me zarandea para imponerse en toda su crudeza, porque cómo mirar a otro lado cuando las bombas enemigas están destruyendo tu ciudad, y es por eso que he recordado la foto, porque siento que un buitre gigantesco planea ahora sobre mi patria, proyectando una sombra de angustia y desolación, un buitre que con sus aleteos mueve los cimientos de todo lo que para nosotros es valioso y lo deja en ruinas… No, no he huido, no he querido, no soy apto para la milicia pero pateo las calles con mi cámara, que disparo con tristeza y rabia, como si fuera un arma para defenderme, aunque no sé muy bien de qué, si del olvido o del terror, o quizá para encontrar un resquicio de sentido en el sinsentido… Fotografío la barbarie, los edificios destripados, desangrándose de recuerdos por entre las grietas y el vacío porque en un segundo, el tiempo que dura la aniquilación, han sido borradas las estampas familiares de padres e hijos en torno a la mesa en el salón de la casa —y que quizá, hace unos días, nos parecían rutinarias, aburridas—, porque ya no hay salón, ni dormitorios, ni baños, ni cocina…, solo un amasijo de restos que se funden con las piedras… Si vas a escribir todo esto en tu periódico, escribe que nos han dejado sin HOGAR, con mayúsculas, porque podrán quedar casas en pie, espacios habitados, yo mismo te hablo desde la que es todavía mi casa, aunque no sé por cuánto tiempo, pero ya no hay hogares. Durante la pandemia estaban ahí, los hogares nos salvaron. Pero ahora, en esta tierra devastada, no puede haberlos cuando la vida se reduce a defenderse, atacar, esconderse, huir, morir… No, ya no hay hogares… Fotografío los parques y la herrumbre de toboganes y columpios, retorcidos y dolientes, ya sin el juego de los niños… Fotografío los cadáveres, o lo que queda de ellos, también los de los enemigos, unos críos en su mayoría, seguro que sin conciencia ni voluntad, solo obediencia ciega, víctimas también ellos del monstruo de la guerra que reduce la humanidad a mera contabilidad de pérdidas y ganancias… Y, cómo no hacerlo, también fotografío la solidaridad de la buena gente, la heroicidad de los que se separan de sus familias para combatir, el esfuerzo por mantener la dignidad, hacinados en esos espacios indignos que son los refugios subterráneos, escondidos como si fuéramos alimañas… Y ojalá algún día pueda enviarte imágenes de la reconstrucción de mi país… Para terminar, te envío una foto, por si quieres incluirla en tu artículo. Empecé mi testimonio —o como quieras llamarlo— con una foto y termino con otra. Es de un niño con un pato de peluche. Los encontré, a él y a su madre, dentro de una riada de gente que escapaba de la ciudad. Se habían detenido y la madre abrazaba al hijo, que a su vez abrazaba al pato entre el llanto y la risa. La madre me explicó que el peluche se lo dio su padre antes de irse a combatir, y que desde entonces no habían tenido noticias de él. Por un momento, entre el barrullo de gente y las prisas, el niño perdió el pato, pero al final lo había recuperado”.

La foto del niño aparece en la pantalla de mi ordenador. Es un niño de unos siete años. Tiene la cara churretosa de lágrimas secas y, efectivamente, su expresión es de tristeza y felicidad a la vez. El pato, encajado entre su mejilla y su hombro, parece tener vida.

—¿Cómo se llama el niño? —le pregunto.

—No lo sé, pero no importa —dice Danylko—. Ese niño es todos los niños.

Carnavales

Ahora, por carnavales, los niños se disfrazan para ir al colegio. Y así, disfrazados, han vuelto mis tres nietos del colegio: una medusa, un cavernícola y un Joker. Con esta extraña mezcolanza se acabó la tranquilidad en la casa. La medusa me persigue por todos los rincones para picarme porque, según ella, es de las que pican mucho, mucho. El cavernícola, de tres años, gruñe todo el rato, grrrr, ha entendido perfectamente que con su disfraz el lenguaje no existe, que las cosas aún no tienen nombre. Y el Joker no deja de descojonarse sonoramente, no le basta con la perpetua risa en la cara. Yo he ido al chino de mi barrio a comprarme un traje de hombre invisible, pero el chino me ha dicho que de homble invisible no fablical.