Heráclito

gato

Hoy me he encontrado a la señora Concha en el camino a casa. Es una anciana muy lúcida que nunca habla de las enfermedades que padece, que son muchas. Por eso me gusta hablar con ella. Por eso y porque sonríe hasta cuando está triste. Me ha tomado del brazo y me ha dicho que se le murió Heráclito. Heráclito es su gato, y digo “es” y no “era” porque sigue hablando de él como si aún estuviera vivo. Su amigo de tantos años.

“Lo encontré en el jardín de casa —me cuenta mientras caminamos juntos—. Al principio solo oí su maullido, que parecía el lamento de un niño. Como era una noche desapacible y el viento borraba por momentos sus gemidos, no me fue fácil orientar mis pasos. Pero al final pude alumbrarlo con la linterna. Era gris y temblaba debajo del sauce. De todos los árboles del jardín, el sauce es mi preferido. Lo rescaté de la hierba crecida y lo arrimé a mi pecho. Apenas rebasaba la palma de mi mano. Lo cubrí con una chaqueta para darle calor y me lo llevé a la casa. Pero solo dejó de maullar cuando empezó a beber la leche de un biberón que improvisé con una botella y el dedo de un guante de goma. Mientras chupaba, abría y cerraba los ojos, hasta que los chupetones fueron espaciándose y se quedó dormido. Pensé en Manuel, y en que si hubiera estado a mi lado, habría visto con qué mimo lo cuidaba. Lo instalé en un rincón del salón, en una gran cesta de mimbre. Me sentía dichosa cuidándolo. Lo veía engordar y crecer por días, con su brillante pelo gris. También él parecía feliz a mi lado, me buscaba, se acurrucaba a mis pies o se subía a mi regazo. Mientras lo acariciaba me gustaba mirar sus ojos, que aún de un color indefinido parecían virar al amarillo, y sus pupilas, que se adaptaban a las variaciones de luz, desde un hilillo vertical a plena luz hasta un círculo perfecto y luminoso en la oscuridad. Cuando se dormía en mis brazos, sentía su respiración lenta y apacible, y entonces me sentía orgullosa de cómo iban las cosas entre nosotros. Al principio no se atrevía a salir de los límites del salón, pero a medida que fue ganando fortaleza y confianza empezó a curiosear por todos los rincones. Me divertía ir en su busca. A veces tardaba en dar con él, y solo un maullido o el ruido de sus juguetonas pezuñas me permitían seguir su rastro. Cuando lo encontraba me inspiraba una gran ternura, tan pequeño, como un muñequito de peluche gris al que hubieran dado cuerda. Me acercaba, lo cogía con una mano y lo arrimaba a mi mejilla para sentir el delicado tacto de su pelo, los latidos de su corazón. Fue un regalo del destino para aliviar mi soledad. Una inestimable compañía en esos momentos difíciles. Y ya desde el principio busqué un nombre que ponerle, pero ninguno me convencía. Me dije que en cualquier momento, cuando menos lo esperara, el nombre me vendría a la boca y ese sería el nombre, no podría ser otro. Y eso ocurrió un día en que yo estaba leyendo un libro de filosofía y vino él a posar una pata en la página dedicada a Heráclito, quien decía que nadie se puede bañar dos veces en el mismo río porque todo fluye y nada permanece. Y supe que ese era su nombre: Heráclito”.

La señora Concha se paró en seco, se giró hacia mí y, sin dejar de sonreír, me dijo:

Hay quien, cuando le amputan un brazo o una pierna, sigue sintiendo el brazo, la pierna. Lo llaman miembro fantasma. A mí me han amputado a Heráclito, pero yo sigo sintiéndolo. Está aquí conmigo, doliéndome, se acurruca en mi pecho, noto su respiración, abre los ojos y me mira con esa mirada suya de ancestral sabiduría, y siento que todo fluye, que la vida sigue”.

Moscas, mosquitos y moscones

Mosquito

Desde que hace años leí el poema de Antonio Machado dedicado a las moscas, mi relación con estos seres cambió por completo. De hecho, admiro la naturalidad con que las moscas pasan de la mierda a las flores y de las flores a la mierda, de las calvas infantiles a los párpados de los muertos y viceversa, sin remilgos ni aires de superioridad. Ya quisiera yo tener para mí esa capacidad de adaptación.

Algo parecido me ha pasado con los mosquitos después de leer en un artículo que las mosquitas necesitan de nuestra sangre para reproducirse; para alimentar a sus larvas, exactamente. Ahora mi actitud para con los mosquitos es otra. Antes me embadurnaba de repelente, y si algún mosquito (en realidad, mosquita) se posaba sobre mi piel, mi mano, en un acto reflejo, lo aplastaba sin compasión ni posterior remordimiento. Ahora dejo que las mosquitas me piquen como les venga en gana. Eso sí: voy hecho un Cristo. El Cristo de las Picaduras. Pero contribuyo a la perpetuación de su especie. A veces la picadura arrecia y luego la tentación de aplastarlas es acuciante. Entonces tengo que recurrir a imágenes tipo Disney de los tiernos bebés mosquitos, con mofletes de chupóptero y patitas suplicantes. Incluso alguno se me aparece con pañal y patucos.

Los amigos se burlan de mí porque —me interrogan— ¿qué función cumplen las moscas y los mosquitos? ¿Acaso sus diminutas e insignificantes vidas aportan algún beneficio? ¿Perderíamos algo con su desaparición?

Siempre me ha parecido un sinsentido buscarle sentido a la vida, sobre todo un sentido ÚLTIMO. El único sentido de la vida es el que queramos darle. Y, mientras acaricio el lomo mínimo de una mosquita, les pregunto a estos amigos: ¿qué perdería el Universo si dejara caer su mano cósmica sobre nosotros, los grandes moscones?

LAS MOSCAS

PARA VIVIR

 

 

 

Cangrejos

cangrejo-de-rio

Los cangrejos con que mi madre preparaba la paella hervían vivos en una gran olla. “No sienten dolor, por eso no gritan”, me decía ella en respuesta a mi angustia por la suerte de aquellos animales. Desde niño uno intuye que los adultos mienten, y mucho, y tú vas aprendiendo a creerte sus mentiras para no enfrentarte a tu propia conciencia.

Uno de esos días, días de paella, estaba leyendo un tebeo en el salón de casa cuando oí un leve ruido, como de hoja de papel que se arruga. Levante los ojos del tebeo y me quedé expectante, aguzando el oído. El ruido seguía ahí, y crecía. Finalmente descubrí su origen. Era un cangrejo que avanzaba en mi dirección. Dejé el tebeo y me levanté como si me hubieran pinchado. Mis pies se quedaron pegados al suelo, incapaz de moverme por miedo a aplastar al animal, y también por miedo a que se subiera a mis pies y escalara por la pierna.

Pensé que aquel cangrejo había escapado al destino de la olla y me pedía ayuda, pero ¿qué hacer? ¿Llevarlo a la pescadería? Absurdo, terminaría sus días en otra olla. ¿Devolverlo al río? Más absurdo aún. ¿Y sí lo escondía en una caja y lo cuidaba como cuidaba al hámster? Pero ¿de qué se alimentaban los cangrejos de río? ¿Se pasearía por mis brazos y cuello haciéndome cosquillas con sus grandes tenazas?

Puse el tebeo frente al cangrejo para que se subiera en él, y en ese ilustrado vehículo se lo lleve a mi madre para que lo echara a la olla. Me dije que mejor morir en compañía, con los suyos y en el agua, que no vagar solo por el mundo. Además, los cangrejos —lo decía mi madre— no sentían dolor.

Ahora, ya de adulto, en esos días turbios en que uno se siente tan desvalido como un niño y los pensamientos adquieren la textura de lo irracional, cuando estoy solo en el silencio de la casa, me parece oír el lento andar de un invisible cangrejo que araña el suelo, y luego el acusador borboteo del agua hirviendo.