El fotógrafo de Kiev

En la pantalla de mi ordenador veo aparecer a Danylko. Miles de kilómetros nos separan. Durante tres años estuvo viviendo en España y habla un perfecto castellano. Le pregunto cómo se encuentra y le dejo libertad para contarme lo que quiera. Y él, con la bandera de Ucrania colgada en la pared de la habitación desde donde me habla, me cuenta:

“Antes de la catástrofe, yo fotografiaba el lado amable de la vida: la naturaleza en su esplendor, el regocijo en las calles, la belleza de los edificios y jardines, la alegría de los niños, la sabia mirada de los ancianos, el amor en todas sus formas… Lo feo, lo abominable se lo dejaba a otros fotógrafos, a quien no obstante admiraba por su valentía. Y ha sido durante estos días, con los bombardeos, cuando he recordado la foto de uno de esos fotógrafos de lo oscuro, como yo los llamaba. Una foto que nada tiene que ver con las guerras, o sí, y que siempre que la contemplo me encoge el alma. En ella se ve a un niño famélico y desnudo, sentado en el suelo pero con la cabeza a punto de dar con la tierra, rindiéndose a la muerte, y un buitre detrás, cercano e impasible, esperando a lo que inevitablemente va a suceder. ¡Cuánto nos dice esa imagen, sin palabras, de la culpa y de la crueldad, del dolor de los inocentes! Reconozco mi cobardía al no querer mirar hacia ese lado tenebroso, como si al no mirar negara su existencia. Y no es que ahora sea más valiente, es solo que estoy ante lo inevitable, ante una realidad que me zarandea para imponerse en toda su crudeza, porque cómo mirar a otro lado cuando las bombas enemigas están destruyendo tu ciudad, y es por eso que he recordado la foto, porque siento que un buitre gigantesco planea ahora sobre mi patria, proyectando una sombra de angustia y desolación, un buitre que con sus aleteos mueve los cimientos de todo lo que para nosotros es valioso y lo deja en ruinas… No, no he huido, no he querido, no soy apto para la milicia pero pateo las calles con mi cámara, que disparo con tristeza y rabia, como si fuera un arma para defenderme, aunque no sé muy bien de qué, si del olvido o del terror, o quizá para encontrar un resquicio de sentido en el sinsentido… Fotografío la barbarie, los edificios destripados, desangrándose de recuerdos por entre las grietas y el vacío porque en un segundo, el tiempo que dura la aniquilación, han sido borradas las estampas familiares de padres e hijos en torno a la mesa en el salón de la casa —y que quizá, hace unos días, nos parecían rutinarias, aburridas—, porque ya no hay salón, ni dormitorios, ni baños, ni cocina…, solo un amasijo de restos que se funden con las piedras… Si vas a escribir todo esto en tu periódico, escribe que nos han dejado sin HOGAR, con mayúsculas, porque podrán quedar casas en pie, espacios habitados, yo mismo te hablo desde la que es todavía mi casa, aunque no sé por cuánto tiempo, pero ya no hay hogares. Durante la pandemia estaban ahí, los hogares nos salvaron. Pero ahora, en esta tierra devastada, no puede haberlos cuando la vida se reduce a defenderse, atacar, esconderse, huir, morir… No, ya no hay hogares… Fotografío los parques y la herrumbre de toboganes y columpios, retorcidos y dolientes, ya sin el juego de los niños… Fotografío los cadáveres, o lo que queda de ellos, también los de los enemigos, unos críos en su mayoría, seguro que sin conciencia ni voluntad, solo obediencia ciega, víctimas también ellos del monstruo de la guerra que reduce la humanidad a mera contabilidad de pérdidas y ganancias… Y, cómo no hacerlo, también fotografío la solidaridad de la buena gente, la heroicidad de los que se separan de sus familias para combatir, el esfuerzo por mantener la dignidad, hacinados en esos espacios indignos que son los refugios subterráneos, escondidos como si fuéramos alimañas… Y ojalá algún día pueda enviarte imágenes de la reconstrucción de mi país… Para terminar, te envío una foto, por si quieres incluirla en tu artículo. Empecé mi testimonio —o como quieras llamarlo— con una foto y termino con otra. Es de un niño con un pato de peluche. Los encontré, a él y a su madre, dentro de una riada de gente que escapaba de la ciudad. Se habían detenido y la madre abrazaba al hijo, que a su vez abrazaba al pato entre el llanto y la risa. La madre me explicó que el peluche se lo dio su padre antes de irse a combatir, y que desde entonces no habían tenido noticias de él. Por un momento, entre el barrullo de gente y las prisas, el niño perdió el pato, pero al final lo había recuperado”.

La foto del niño aparece en la pantalla de mi ordenador. Es un niño de unos siete años. Tiene la cara churretosa de lágrimas secas y, efectivamente, su expresión es de tristeza y felicidad a la vez. El pato, encajado entre su mejilla y su hombro, parece tener vida.

—¿Cómo se llama el niño? —le pregunto.

—No lo sé, pero no importa —dice Danylko—. Ese niño es todos los niños.