El sueño de Augusto

Nadie creía que fuera una lagartija la que se colara en el sueño del famoso escritor. Pero es lo que él mismo me contó. Una lagartija que atravesando los paisajes de su memoria llegaba hasta el niño que fue, y recorría sus piernas percudidas y llenas de cicatrices, y se demoraba en la palma de la mano, ya domesticada por la comprensión del niño, sin palabras, solo las miradas que se cruzan inocentes, aún sin los resabios del mundo. Y luego el escritor despierta y la lagartija de la nostalgia sigue allí, sobre la almohada, dictándole al oído un relato infantil, pero el escritor, adulto y grandilocuente, con ese afán de trascender lo cotidiano, somete a la lagartija a una metamorfosis insólita y escribe en la máquina que aguarda sobre el escritorio el microrrelato que le dará mayor fama: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

«Decir» y «Mostrar»

En los manuales y talleres de narrativa nos dicen que en nuestros relatos debemos “mostrar” la historia que queremos contar, y no “decirla”. Así, por ejemplo, si escribimos “Fulanito es generoso”, al ponerle al personaje ese adjetivo-etiqueta, estamos “diciendo” un rasgo del personaje, y le damos al lector el trabajo hecho. Es mejor que sea el lector quien decida si Fulanito es o no generoso. Y eso se consigue “mostrando” al personaje a través de sus acciones y reacciones (su mundo externo) y pensamientos y sentimientos (mundo interno). Si escribimos “la casa es impresionante”, es tanto como no decir nada, mejor que describamos la casa y, de nuevo, ya decidirá el lector si le parece impresionante y en qué sentido. Por supuesto, esto no se debe llevar a rajatabla. Quizá nos interese decir que el personaje es un “cabrón con pintas”, y queremos dejarlo claro y no andarnos con demostraciones, pues lo «decimos». Por otra parte, no podemos estar todo el rato mostrando, sobre todo en una novela, sería muy tedioso. Una de las tareas del escritor es elegir qué “mostrar” y qué “decir”, sin olvidar que lo esencial en la ficción es el MOSTRAR, sobre todo aquello que es importante en la historia, pues es así como se consigue que el lector se involucre en el relato, no solo intelectualmente, sino emocionalmente, con los cinco sentidos. E incluso a la hora de “mostrar” debemos elegir qué aspectos vamos a destacar. No es necesario que describamos la “casa impresionante” con todo lujo de detalles y que el resultado se parezca a una ficha de una inmobiliaria, sino que bastará con unas pinceladas bien elegidas, eficaces a la hora de construir la imagen que deseamos que se reproduzca en la mente del lector.

Lee este fragmento, por favor:

A la madre, nada de lo que hacía la hija le parecía bien. Se diría que la odiaba; que hasta deseaba su muerte.

Ahora lee este microrrelato de la escritora Lydia Davis, titulado: ”La madre”.

La chica escribió un cuento. ”Sería mucho mejor si escribieras una novela”, dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. “Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad”, dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. “¿No hubiera sido más útil un edredón?”, dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. “Sería mucho mejor si excavaras uno grande”, dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”, dijo la madre.

En el primer texto se DICE cómo son los sentimientos de una madre hacia su hija, pero la información nos llega de una forma fría, distante, porque por muy tremendos que sean los conceptos de ODIO y MUERTE que en el texto aparecen, no dejan de ser abstracciones. En el segundo texto, se MUESTRA esa relación a través de las respuestas concretas de la madre a cada acción concreta de la hija. Y ese martilleo de reproche continuo de la madre se remata con “Sería mucho mejor si te durmieras para siempre”. En ningún momento se nos habla explícitamente del odio o de la muerte, pero, al MOSTRARNOS la relación, se logra una mayor implicación emocional del lector. ¿No te parece?