Primer amor

“Quedamos en la feria, en los coches de choque, a las siete”, me pidió Malena por teléfono. Malena, la que alegraba con su sonrisa el hastío de mis días y de la que estaba secretamente enamorado, llevaba una semana sin aparecer por clase y quería que la pusiera al día. Por primera vez el apelativo de «empollón» me sonó a música celestial, y le habría sugerido otro lugar de encuentro, donde estar solos, sin gente alrededor, pero mi tremenda timidez me lo impidió.

Llegué a la pista cinco minutos antes de lo previsto, pero Malena ya conducía uno de los cochecitos, y como su imagen ejercía tal poder sobre mí, tardé un instante en descubrir que no estaba sola, que con ella estaba el alumno repetidor de insolente barbilla, y que a cada topetazo que se daban él la abrazaba riendo. Tenía que haberme ido en ese momento. De hecho me dije «vete, vete», pero no solo no me moví, sino que empecé a hacer señales con las manos, como si fuera un espantapájaros agitado por el viento. Cuando por fin Malena me vio, condujo sorteando coches hasta el borde de la pista, donde yo estaba parado. Desde su asiento improvisó una carita sonriente, y con un mohín de niña buena, apenada por las molestias que me estaba causando, extendió una mano pedigüeña. Dócilmente, le entregué los apuntes de la semana, todos pasados a limpio. “Eres un encanto” me dijo, y dieron media vuelta. Con el corazón encogido me dirigí a la Casa del Terror para purgar mi pena.