La decadencia de los patios

Patio

El patio de mi infancia estaba lleno de vida, y lo sentía respirar. Me llegaban las sinfonías domésticas de las vajillas al entrechocar platos y cubiertos; los seriales de sobremesa en la radio; las coplas de Maruja, la vecina del tercero, que ponía toda el alma en sus trinos; las disputas entre la señora Julia y la señora Rosa, permanentemente enfrentadas e inseparables a la vez, buscando con aspavientos la complicidad en las otras ventanas; el enfado de los pisos bajos, que soportaban las basuras de algunos vecinos quizá envidiosos de esa exigua parcela donde se acumulaban macetas y cachivaches de toda índole. En las cuerdas de tender, que eran como puentes entre las casas, viajaban declaraciones de amor juvenil. Recuerdo, sobre todo, un patio dominado por las mujeres, porque los hombres no sabían asomarse a él y cuando lo hacían era de refilón, como si pidieran disculpas. El patio, en fin, era el corazón de la casa y allí latían las alegrías y las penas. Y todos sabíamos de todos.

Pero aquello se acabó. Los vecinos nos fuimos recluyendo poco a poco en el interior de los pisos, y el patio languideció y al asomarnos a las ventanas sólo oíamos un silencio oscuro. Sé cuando empezó la decadencia del patio. Fue el día en que a alguien se le ocurrió comprar la primera televisión.

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