A la deriva

Nave espacial

Ya están los niños en el aula, sentados frente a la gran pantalla. Todos ellos han nacido aquí, dentro de la nave que desde hace diez años nos lleva sin rumbo por el espacio, confiándonos a la suerte, porque no disponemos de una carta de navegación que nos señale adónde tenemos que dirigirnos.

Hoy me ha tocado impartir la clase de Medio Ambiente y Ecología. Antes de emprender el viaje, esta asignatura era lo que coloquialmente llamábamos una María. Ahora es la más importante del programa educativo. Les pongo el documental. Hemos eliminado las secuencias con efectos especiales para que los niños no tengan una idea equivocada de lo que realmente fue. Durante quince minutos ven la Naturaleza desplegarse en todo su esplendor: paisajes otoñales tapizados de ocres y rojos; largos ríos culebreando por el verde de la selva amazónica; el lienzo ondulante que en el cielo forma una bandada de golondrinas; el contraste entre el negro de la colonia de pingüinos y el blanco hielo antártico; el galope de las cebras por las praderas del Serengueti; colibríes aleteando suspendidos en el aire; el sinuoso y rayado sigilo de los tigres… ¡Tanta belleza que duele!

Imágenes que no se parecen a nada de cuanto los niños ven dentro del frío mundo de la nave, por mucho que esta tenga las dimensiones de un transatlántico y hayamos reproducido en alguna medida la vida de las ciudades que habitábamos. Esta es la razón por la que al principio los niños sienten curiosidad y ponen interés, incluso muestran un instintivo goce estético ante la belleza de lo que están viendo. Luego, con el paso del tiempo, les parece muy aburrido, se cansan, deja de interesarles. Nos dicen que ese mundo no existe, que lo que aprenden no les va a servir en el futuro. Nos gusta que al menos hablen del futuro, y les pedimos que tengan confianza: algún día encontraremos un lugar donde vivir fuera de la nave. Es por eso, para evitar su hastío, que decidimos distanciar en el tiempo las proyecciones, para que la rutina no agote la sensación de asombro, que es lo que nos pasó a nosotros: que nos olvidamos de la majestuosidad de nuestro mundo, de lo insólito que era, y no lo cuidamos como se merecía. Y eso que nosotros sí vivíamos dentro de esa realidad con los cinco sentidos, no eran meras imágenes que se desvanecían en la oscuridad de la pantalla.

Tampoco nos entienden los niños cuando los adultos nos abrazamos, o temblamos y lloramos al ver la película de ese mundo que era nuestro y ya nunca volverá. Mi hijo es uno de esos niños, y cuando me pregunta por qué lloro, le digo que algún día quizá pueda comprenderlo. No me gusta esa respuesta, como no me gustaba que mis padres, cuando de niño les planteaba alguna duda, se remitieran siempre a mi yo adulto. No, no me gusta. Pero no sé hacerlo mejor. O sí sé, pero no quiero que me pregunte, todavía no, por qué no hemos conservado ese mundo si era tan maravilloso, pues no tendré palabras para explicarle la razón de nuestra necedad, de nuestra soberbia; explicarle por qué, tan inteligentes como nos creíamos, fracasamos rotundamente en lo esencial y tuvimos que dejar nuestra casa en ruinas, inhóspita, y ahora vamos a la deriva, a la búsqueda de otra casa que se parezca a la que ya teníamos y perdimos.

Cuando acaba el documental, surge la imagen que el gran telescopio, siempre enfocado en la misma dirección, proyecta en la pantalla. La imagen de la que fuera nuestra casa. Cada vez más pequeña, más lejana, una canica en la inmensidad del Universo. Entonces, siguiendo el ritual que acordamos en nuestro programa, nos disponemos en círculo agarrándonos de las manos, y recitamos la oración que, antes de la partida, escribieron representantes de todos los credos, incluso de los que no tenemos ninguno. Y al finalizar, para que no se pierda en el olvido y nos dé la fuerza en nuestro peregrinar, les pregunto a los niños cómo se llama ese lugar que vemos en la pantalla, el lugar del que venimos y es origen de todo lo que somos. Y ellos, sin la solemnidad y emoción que nosotros pretendemos, como si estuvieran participando en alguno de sus juegos, entre risas y dándose codazos, gritan a coro: ¡LA TIERRA! ¡LA TIERRA!

 

El lamento de Poseidón

 

Poseidón 2

La imponente figura de Poseidón emerge de las aguas. Su pelo y su barba están cubiertos por una espesa capa de alquitrán, y en las puntas de su tridente relucen, por efecto del sol de mediodía, dos botellas de plástico y una lata medio oxidada. Se queda mirando en dirección a la costa, atestada de gente semidesnuda. No acaba de entender esos gestos que hacen los humanos de embadurnarse el cuerpo para freírse después cara al sol. Debe de ser un extraño sacrificio que ofrecen para ganarse el favor de sus nuevos dioses. No, no lo entiende, pero sí sabe adonde irán a parar la pócima que se untan y los envases que la contienen.

Nostálgico de los mares de antaño, exhala un largo y profundo suspiro, y el oleaje que provoca hace las delicias de los surfistas en sus tablas. Luego empieza a hablar en voz alta, pero no es la atronadora voz que cabe esperar de un dios que ha emergido de las profundidades marinas, sino una voz lastimera, quejumbrosa, que invoca a Zeus.

POSEIDÓN: Oh, Zeus, yo antes podía viajar feliz y libre por los mares y océanos de la Tierra, en aguas incontaminadas. Ahora mi reino es la cloaca del planeta. Para desplazarme debo sortear las infinitas basuras que vierten los hombres, y contemplar la agonía de las especies que luchan por sobrevivir. Todos los dioses de la naturaleza te dirán lo mismo que yo te digo, pues ni los ríos ni los bosques escapan a la acción depredadora de los hombres. Te lo ruego, Zeus, usa tu poder para que comprendan que si esta Naturaleza muere, ellos también mueren, y que aun sobreviviendo… ¿qué clase de vida llevarían?, ¿podría llamarse realmente vida?

Aún no se ha borrado el eco de sus palabras cuando el telón del cielo se abre con estruendo y surge el rostro de Zeus como en un deslumbrante holograma. Tiene el gesto furibundo de alguien a quien acaban de despertar de una siesta divina, la cara abotargada como la de un pez globo, piensa Poseidón.

ZEUS: ¡Otra vez tú, Poseidón! Que seas mi hermano no te da derecho a darme la tabarra cada vez que tienes una ocurrencia. Y te recuerdo que la culpa del panorama que me has descrito es del taimado Prometeo, que no contento con ridiculizarme mediante trampas, nos robó el fuego a los dioses para devolvérselo a los hombres. Ese fue el origen del sinsentido en el que viven.

POSEIDÓN: ¿Ya estás escurriendo el bulto, Zeus? ¿Acaso tú, en venganza, no enviaste a Pandora con una siniestra ánfora de la que saldrían una vez abierta todos los males de la humanidad? ¿No ves que no les diste opción: que tuvieron que agudizar su ingenio para sobrevivir a tanto infortunio? También tú tienes parte de culpa. Olvídate del pasado, no seas rencoroso.

ZEUS: Pero han ido demasiado lejos. Se creen dioses y piensan que todo lo que cabe en su imaginación se puede y se debe hacer realidad, sin mirar las consecuencias.

POSEIDÓN: Te lo ruego, Zeus, olvidémonos de las culpas, pon remedio a este funesto porvenir. Echo de menos el tiempo en que los hombres se aprovechaban de la Naturaleza sin esquilmarla. Un tiempo en que yo regía sobre los vientos y tempestades, y no como ahora, que escapan a mi control y me siento un viejo inútil.

ZEUS: Ay, Poseidón, no seas tan pesimista. Recuerda que dentro del ánfora de Pandora también se encontraba La Esperanza, y aunque la confundieron con La Arrogancia, empiezan ahora a tomar conciencia de la alarmante situación que ellos mismos han provocado: reciclan la basura que producen, reducen las emisiones de gases, firman pactos para el control de las armas, practican un turismo sostenible… Es conmovedor verlos con sus bolsitas frente a los contenedores, cada contenedor con su colorcito, según el tipo de desecho; y ver grupos de voluntarios recorriendo las playas para limpiarlas de —entre otras cosas— las colillas que ellos mismo arrojan, restos de ese extraño invento con el que se intoxican a sí mismos… En fin, no tengas tan mala opinión de los hombres: le ponen buena voluntad.

POSEIDÓN: ¡Alto ahí, Zeus! ¿Tomar conciencia? ¿Turismo sostenible? ¿Control de las armas? ¿Contenedores de colores? Deja ya de hablar como uno de sus políticos en periodo de elecciones. Todo eso que dices que hacen es simple postureo —así lo llaman ahora— para acallar la poca conciencia que les queda. Son minucias si lo comparamos con lo que en verdad deberían hacer. No te pongas pedagógico y compórtate como un verdadero dios: sé un sádico, envíales algún castigo divino. Solo así entenderán, porque solo así entienden. No digo que les envíes plagas, que esas vendrán por sí solas si persisten en su negligente actitud, pero haz, por ejemplo, que un águila picotee el hígado de cada uno de ellos (¡eso es imaginación, y lo demás, tonterías!), como hiciste con Prometeo, hasta que lleguen a entender, antes de que sea demasiado tarde y arrasen este maravilloso planeta que no respetan, y que no se merecen.

ZEUS: Ufff, ¡vaya perra que has cogido, Posi! Está bien, me retiro al Olimpo, a ver qué se me ocurre. Y tú ten confianza en la humanidad y alégrate la vida. Busca una ninfa de aguas cristalinas —si es que aún quedan, aguas cristalinas quiero decir— y pídele que te lave el pelo y la barba porque así, alquitranado, das mucho asquito.

El telón del cielo se cierra en silencio y Zeus desaparece. Poseidón se hunde en las aguas y camina a grandes zancadas por el fondo marino. Siguiendo el consejo de su hermano, se esfuerza en imaginar un mundo mejor mientras va pisoteando un arrecife de electrodomésticos, el casco de un petrolero partido en dos, un tiburón reventado por los plásticos…

A lo lejos se oye el canto de las Sirenas.

El despotismo ilustrado

Jugando pelota en la playa 2

Me preocupa que los niños dejen de serlo antes de tiempo, con comportamientos y actitudes que les hacen ser repelentes u obscenos, monitos de repetición de adultos a su vez infantilizados; adultos que se han quedado en el niño, pero no en el niño creativo y entusiasta, sino en el niño de la rabia y la pataleta, en el niño de lo quiero ya, ahora mismo, porque soy el centro del mundo.

Todo este rollo viene a cuento de algo que me sucedió hace unas semanas en la playa, a esa hora en que el sol empieza a retirarse y somo pocos los que quedamos por allí. El caso es que en mi paseo me encuentro con un niño de unos siete u ocho años que juega solo a la pelota, intentando mantenerla en el aire con los pies y la cabeza. Cuando estoy llegando a su altura, la pelota se le cae al suelo y viene rodando hacia mí. El niño se acerca a cogerla, pero yo le hago un regate y le reto a quitármela. Él acepta el reto y durante unos minutos se esfuerza en el empeño, hasta que se para y, con los brazos en jarra y resoplando, me grita:

—No seas déspota y devuélveme la pelota.

¿Déspota? ¿Ha dicho “déspota”? ¿He oído bien? ¿Qué fue del “abusón” de toda la vida? Instintivamente miro hacia la pareja que se encuentra a unos metros del niño, que supongo deben de ser sus cultos padres, pero están enfrascados en las pantallas de sus móviles, seguramente que viendo fotos de playas exóticas en instagram.

—¿Tú sabes qué quiere decir déspota? —le pregunto.

—Que me dejes en paz y no me toques los cojones —dice el niño, rotundo.

Me lo quedo mirando para asegurarme de que realmente es un niño y no un enano con mala leche. Es un niño, sin duda. Me desprendo de la pelota como si fuera una avispa a punto de picarme y me alejo. Los niños así me dan miedo. Mucho miedo.

Puentes

ROBO TSUNAMI

Siempre que nos vamos de vacaciones pienso que nuestra casa desaparece en cuanto salimos y cerramos la puerta, y que no vuelve a aparecer hasta que regresamos, en el justo momento en que abrimos la puerta. Ya en la calle miro hacia el bloque y veo la fachada intacta, el balcón y las ventanas en su sitio, pero no puedo dejar de imaginar el enorme vacío interior que se produce entre los pisos que están por encima y por debajo del mío.

Es lo que tenemos los neuróticos: pensamientos absurdos que no podemos evitar, que giran como una peonza en nuestra cabeza hasta aturdirnos. Para tranquilizarme me pregunto qué importancia puede tener que la casa emigre si cuando volvemos está allí, en su sitio, para acogernos. Pero poco puede el lenguaje de la razón contra la imaginería irracional, y pasado un breve tiempo vuelvo a sentir la desazón que me provoca la ausencia de la casa. Incluso ya en la playa, sentado frente al mar, dejándome hipnotizar por el vaivén de las olas, se me cuela la no-casa por los intersticios de la modorra, y recurro al esfuerzo de la imaginación para rescatar las habitaciones de mi casa, el pasillo, la cocina…, pero es inútil, el hueco del vacío, como un agujero negro, todo lo succiona y se lo lleva a saber dónde.

— ¿En qué piensas con esa cara de estreñido? —me pregunta Lola, a mi lado, sentada sobre una toalla.
— En la contaminación de los fondos marinos —le digo.
— ¿Y tienes que poner esa cara, hijo mío? Ni que hubieras visto al Leviatán envuelto en plásticos —Lola es muy leída, y siempre que puede me suelta perlitas de esa índole entre las baratijas de mis conocimientos. Se levanta y se va a dar un chapuzón.

Al día siguiente, de nuevo en la playa, recibo la llamada de Jorge, el portero de la comunidad de vecinos. Me dice que han entrado a robar en mi casa y la han dejado como si hubiera pasado un tsunami. Jorge no es tan leído como Lola, pero está muy al día y prefiere la metáfora del tsunami a la del terremoto, que es menos moderna; al igual que prefiere “interactuar” a la simpleza del “conversar” Sea como sea, su noticia me llena de alegría, que trato de ocultar a los ojos de Lola, que espera, ahogando a la toalla, el resultado la interacción entre Jorge y yo.

— Nos han robado. Han dejado la casa como si hubiera entrado el Leviatán —digo sin poder reprimir una larga y apacible sonrisa cuya razón de ser me sería muy difícil explicarle a Lola.

— Tienes que ir al psiquiatra. Sin falta. Mejor me voy a dar un chapuzón.»

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Este relato lo escribí durante las vacaciones. Al regresar a Madrid nos encontramos la casa desvalijada, y en realidad parecía que hubiera pasado un tsunami. El portero no nos había informado porque en sus recorridos por las plantas siempre vio la puerta cerrada y sin señales de que la hubieran forzado. No fue necesario, según nos explicaría la policía: nuestra cerradura era del tipo “entra y llévate lo que te salga de los cojones, la casa es tuya”. Los ladrones, siempre según la policía, meten una llave por la cerradura y golpeando con un martillo alinean los puntos de anclaje, o algo así. Vamos, que los puntos de anclaje son como los planetas, que también se pueden alinear. El día del robo, los planetas de mi particular carta astral debían de estar alineados con la chunga cerradura de mi casa.

En lo que a mí respecta, una vez controlados los sentimientos de impotencia, desvalimiento y humillación, y cumplido con los trámites preceptivos de visita de la policía científica, denuncia en comisaría e informe a la empresa aseguradora, me empezó a embargar —enfermo de ficción— un regusto de felicidad, primero porque para satisfacción del personaje de mi relato, la casa seguía existiendo aun cuando él estuviera de vacaciones, y segundo por ese puente que se había tendido entre mi relato y la realidad. Entusiasmado, les contaba a familiares y amigos esta coincidencia entre los dos mundos, y ellos, sin dar importancia a los maravillosos mecanismos con que la ficción se entrevera con la vida, simplificaban mi entusiasmo echándole un jarro de agua fría: “El próximo relato que escribas que sea de un personaje al que le toca la lotería”.

Momentos

INTERROGANTES DUDAS

Voy al psiquiátrico a visitar a un amigo. Estamos charlando en el jardín, sentados a una mesa, cuando a unos metros de nosotros otro paciente, de pie en medio de uno de los caminos, pregunta a los visitantes que pasan por su lado: “¿Soy guapo o soy feo?” La mayoría le dice que es guapo, pero algunos, quizá para ver su reacción, optan por decirle que es feo. Compruebo que respondan lo que respondan él reacciona levantando el puño con gesto amenazador. Deduzco que debe tratarse de un paciente del tipo paranoico, y que cualquier respuesta que le des él la interpreta como una conspiración contra su persona. También a mí, que paso de largo sin responderle cuando ya me dirijo a la salida, me muestra el puño y gruñe. Pero no se detiene, me sigue, y cuando estoy a punto de abandonar el recinto, me agarra del brazo para que me gire. Entonces, mirándome fijamente a los ojos, me pregunta: “Si solo tuvieras memoria para un momento de tu vida, ¿qué momento te gustaría recordar? Dime, dime, dime…”

Ya fuera del psiquiátrico no dejo de darle vueltas a la pregunta. Jodido loco, me ha fastidiado la tarde porque elegir una respuesta es perverso, diabólico. Y si no, dime tú, lector accidental, ¿qué momento de tu vida elegirías?

El chiringuito

Chiringuito

Voy paseando por la playa cuando se me acerca un tipo para pedirme un cigarro. No tengo un cigarro, pero le da lo mismo porque lo que en realidad quiere es tener un rato de charla. En pocos minutos me hace un resumen del panorama nacional e internacional. Todo su discurso está plagado de esos tópicos con los que es difícil no estar de acuerdo, pues dicen tanto que es como no decir nada: todos los políticos son unos corruptos; no soy racista, pero…; no soy machista, pero…

Cuando me empieza a aburrir su cantinela, tomo la iniciativa para que se calle y le digo que la culpa de todo la tienen las prisas del mundo moderno, que necesitamos recuperar la lentitud para las cosas importantes, porque no es bueno que a nuestros hijos apenas les podamos dedicar unos minutos, mientras que pasamos dos horas en nuestro coche en los atascos diarios (sé que el argumento del atasco tiene que ver más con la perversión del tiempo que con las prisas, pero aun así se lo endiño), y que no es sano que uno se cabree por la mañana y, por falta de tiempo para reflexionar, no descubra el motivo de su cabreo hasta que llega la noche.

—Ozú, ya te digo —me dice el tipo, que empieza a mirarme como si yo fuera un mesías loco (perdón por la redundancia), y me entrega una tarjeta de un chiringuito en la playa.

—Soy Paco, el propietario. Está a cinco minutos de aquí, andando —me señala con el dedo la dirección en la que debo caminar si decido ir —. Espero verte algún día.

Esa misma mañana voy a comer al chiringuito. Paco, que se pasea por allí controlando a sus camareros, me reconoce nada más entrar y me indica con efusivos aspavientos una de las mesas bajo el techo de cañizo. Él mismo me atiende al principio con esa amabilidad andaluza a la que no acabo de pillarle el punto, pues nunca sé cuánto hay de verdad y cuánto de cachondeo. Pido un tinto de verano, una ensalada, cazón en adobo y sardinas a la plancha.

Al rato me traen la bebida, el pan, unas aceitunas y un platito con alioli,  pero pasan veinte minutos y todavía no me han servido la comida, y el platito, antes con alioli, brilla inmaculado, como si un gato obsesivo le hubiera pasado la lengua, al igual que los huesos de las aceitunas, tan en el hueso que me dan ganas de hacerme un collar.

Pasada la media hora, cuando ya por dos veces me han repuesto la bebida, me sirven la ensalada. Supongo que en breve me traerán el resto del pedido, así que decido esperar porque no me gusta comer la ensalada sin alternar con otros sabores. El chiringuito está al borde de la playa y en la espera me entretengo contemplando la belleza del mar, de un luminoso azul ese día, y pienso en su inmensidad y en mi pequeñez, ya se sabe, esas cosas en que todos pensamos porque están inscritas en un nuestro código genético, seguramente desde que éramos organismos simples en la sopa que era entonces la Tierra. Y así estoy un buen rato hasta que, quizá sugestionado por la sopa primigenia, no puedo más y me lanzo a por la ensalada como un burro hambriento.

Consumida la alfalfa, digo la ensalada, pasan los minutos y me asalta un vacío existencial que raya con lo ridículo: me veo como un estúpido animal de granja que espera impaciente la aparición del amo con el pienso de cada día. Un amo que quiere demostrar que lo es. Vuelvo al recurso del mar, contemplo los rizos de sus mínimas olas, el chapoteo de los bañistas, algunos barcos en el horizonte… hasta que el mar dejar de ser el mar y es solo una postal, y yo un gilipollas dentro de una postal. Además, caigo en la cuenta de que con las otras mesas no se demoran tanto, y de que Paco al otro lado de la barra, en la penumbra, habla con un camarero, riéndose mientras miran en mi dirección. Se lo están pasando bien a mi costa. Y seguro que Paco está esperando mi queja airada para luego él restregarme por la cara mi discurso sobre los beneficios de la lentitud. Pero no le voy a dar esa satisfacción.

Llevo ya una hora en el chiringuito cuando me sirven el cazón y las sardinas. No sé si es hambre o desesperación lo que tengo, pero al instante dejo de ser una persona civilizada para convertirme en un troglodita, con esa voracidad que provoca la incertidumbre de si habrá un mañana alimenticio, ajeno a las miradas y cuchicheos de las mesas vecinas ante el espectáculo que seguramente ofrezco.

Después de chuparme los dedos, las manos y los antebrazos, me acerco a la barra a pagar. No quiero postre ni café. No quiero esperar más. Quiero llegar al apartamento antes de que empiecen a cantar los grillos.

—Muy bueno todo —le digo a Paco al pedir la nota, estrechándole la mano, pasando por alto la sonrisa de burlona superioridad con que me mira para decirme:

—¿Has visto, quillo, cómo aquí ponemos nuestro granito de arena para mejorar el mundo?

Será cabrón.

Primera comunión

 

Alba come sol

foto: Efrén Serrano

 

La niña comulga con la hostia luminosa del sol en el esplendor de la tarde amarilla, lejos de las sotanas, de los altares y de las monsergas. Las gaviotas, que no se ven pero están ahí, baten con sus alas una oración alegre, sin lamentos ni súplicas, sin pecados ni perdones, mientras los confesionarios navegan a la deriva por el mar crepuscular

Cangrejos

cangrejo-de-rio

Los cangrejos con que mi madre preparaba la paella hervían vivos en una gran olla. “No sienten dolor, por eso no gritan”, me decía ella en respuesta a mi angustia por la suerte de aquellos animales. Desde niño uno intuye que los adultos mienten, y mucho, y tú vas aprendiendo a creerte sus mentiras para no enfrentarte a tu propia conciencia.

Uno de esos días, días de paella, estaba leyendo un tebeo en el salón de casa cuando oí un leve ruido, como de hoja de papel que se arruga. Levante los ojos del tebeo y me quedé expectante, aguzando el oído. El ruido seguía ahí, y crecía. Finalmente descubrí su origen. Era un cangrejo que avanzaba en mi dirección. Dejé el tebeo y me levanté como si me hubieran pinchado. Mis pies se quedaron pegados al suelo, incapaz de moverme por miedo a aplastar al animal, y también por miedo a que se subiera a mis pies y escalara por la pierna.

Pensé que aquel cangrejo había escapado al destino de la olla y me pedía ayuda, pero ¿qué hacer? ¿Llevarlo a la pescadería? Absurdo, terminaría sus días en otra olla. ¿Devolverlo al río? Más absurdo aún. ¿Y sí lo escondía en una caja y lo cuidaba como cuidaba al hámster? Pero ¿de qué se alimentaban los cangrejos de río? ¿Se pasearía por mis brazos y cuello haciéndome cosquillas con sus grandes tenazas?

Puse el tebeo frente al cangrejo para que se subiera en él, y en ese ilustrado vehículo se lo lleve a mi madre para que lo echara a la olla. Me dije que mejor morir en compañía, con los suyos y en el agua, que no vagar solo por el mundo. Además, los cangrejos —lo decía mi madre— no sentían dolor.

Ahora, ya de adulto, en esos días turbios en que uno se siente tan desvalido como un niño y los pensamientos adquieren la textura de lo irracional, cuando estoy solo en el silencio de la casa, me parece oír el lento andar de un invisible cangrejo que araña el suelo, y luego el acusador borboteo del agua hirviendo.

¿Te imaginas?

 

Mobile phones background. Pile of different modern smartphones.

¿Te imaginas un viaje en el que nadie lleve ni cámaras ni móviles? ¿Un viaje en el que el móvil en el bolsillo no te vibre continuamente sobre los cojones porque te estén llegando fotos de viajes paralelos de familiares y amigos: una vaca famélica de la India, las cataratas del Iguazú atravesadas por un arcoíris, un niño feliz deslizándose por una tirolina, una paellera ya con diminutas constelaciones de arroz, la originalísima foto de tu cuñado sosteniendo por un efecto óptico la luna o la torre de Pisa con su mano, la foto de una puesta de sol, y de otra puesta de sol, y de otra puesta de sol…? ¿Te imaginas un viaje a solas con el paisaje, con tus pensamientos y el inspirador zumbido de las moscas, sin un tropel de japoneses haciendo fotos, ahora que japoneses somos todos; un viaje sin esa incesante musiquilla de culebrillas digitales que producen los mensajes propios y ajenos en el móvil ? ¿Te imaginas un viaje al parque de Monfragüe en Cáceres, por ejemplo, y no encontrarte a un imbécil disfrazado de Indiana Jones sin látigo que se sube a las almenas del castillo porque no tiene suficiente con las maravillosas vistas que se disfrutan desde los torreones y le pide a su entusiasta pareja hacerse una selfi medio vencidos los dos al vacío para que sus anónimos colegas de feisbu e instagrá, que van a flipar, le den al “me gusta” y así tener mogollón de seguidores? ¿Te imaginas? ¿Te imaginas un viaje en el que apuras cada segundo con intensidad como si te despidieras para siempre de paisajes y gentes porque el atardecer que te sobrecoge es el que estás viviendo y no el duplicado en una foto? ¿Te imaginas, en fin, que al llegar a casa y deshacer las maletas, del viaje solo te queda lo que ha registrado tu memoria emocionada? ¿Te imaginas?

Violines del Este

Violín

Unos años antes de la caída del muro de Berlín, viajé con un grupo de amigos por los países del Este. Ingenuamente queríamos comprobar cómo era la vida al otro lado del Telón de Acero, en ese lado oscuro, peligroso y hasta ridículo que dibujaban las tendenciosas películas americanas que llegaban a los países occidentales donde, por supuesto, reinaba la prosperidad, la justicia y el blablablá.

La anécdota que voy a contar sucedió el último día de nuestra estancia en Varsovia, cuando disponíamos de una importante cantidad de zlotys (moneda polaca) conseguidos a cambio de nuestros dólares, muy solicitados por los polacos que nos abordaban y pujaban en ficticia clandestinidad con sus ofertas de moneda nacional.

La mayoría de las tiendas ofrecían pobres escaparates, tan deslucidos y destartalados que recordaban a la España de posguerra. La oferta de productos era escasa y a muy bajo precio para nuestra economía. Por tanto, no era fácil deshacerse de los zlotys. Yo repartía las compras por diferentes tiendas, para no tener esa sensación de asqueroso capitalista que se apropia de un país a cambio de dinero. Entre otras cosas compré una cartera, un cinturón, unas botas…, más por razones antropológicas que comerciales, pues eran de espantoso diseño, especialmente unos patines para el hielo que parecían de la primera guerra mundial.

Entonces, uno de mis amigos quiso comprar un violín y una trompeta para su hermano, que se había quedado en España. Así que le acompañé a una tienda de instrumentos musicales. Un violín es un violín, y una trompeta es una trompeta —nos dijimos—, no debería haber diferencias con los violines y trompetas occidentales.

He de decir que mi amigo y yo sabíamos quienes eran Mozart y Beethoven, y hasta nos atrevíamos a pronunciar el nombre de Shostakovich en una conversación que presumiera de culta, pero ignorábamos los más elementales conceptos musicales, y nuestras habilidades interpretativas se limitaban a la pandereta por Navidad,  con muy poca gracia, por cierto.

Tres robustas dependientas, vestidas con guardapolvos grises, pululaban por la tienda. La más robusta se dirigió a nosotros. Lo hizo sin palabras, se limitó a mirarnos fijamente, como si estuviera entrenada por la policía política para practicar interrogatorios. Ni mi amigo ni yo hablábamos polaco, tuvimos que recurrir al primitivo lenguaje de los gestos. Con las manos modelamos en el aire la silueta de un violín y, casi al mismo tiempo, tomamos un arco invisible y empezamos a tocar el imaginario instrumento, con tanta vehemencia que resultó extraño no oír la Danza del Fuego invadiendo el aire. La mujer interrumpió nuestra interpretación para decirnos con señas que la siguiéramos.

Entramos en la trastienda. De un armario sacó la dependienta tres violines y los colocó sobre una pequeña mesa. Con expresivos ademanes, quizás inspirada por nuestra anterior actuación, nos invitó a probarlos. Mi amigo, licenciado en Bellas Artes, se subió las mangas de la camisa, frotó sus dedos contra los pulgares, como desprendiéndose de diminutas partículas de polvo y, después de un breve momento de éxtasis, tomó uno de los violines y lo elevó a la altura de sus ojos. Luego deslizó los dedos por la lisa madera y probó la tensión de las cuerdas. De vez en cuando daba cabezadas de asentimiento. Cuando pidió mi opinión, yo me puse a su altura. Con caras de “expertos”, emparejadas al final de la caja del violín, intentábamos percibir con los sentidos útiles las cualidades del instrumento. Pusimos los ojos al ras de la caja para comprobar su aerodinámica, y al final del violín, un poco más allá de las clavijas, nos tapamos con los ojos atónitos de la dependienta, que verían los nuestros subiendo y bajando como cuatro soles locos, horizonte arriba, horizonte abajo. La pobre mujer, a pesar de su educación prosoviética, no podía disimular su asombro, sobre todo cuando mi amigo cogió el arco y sujetándolo por los extremos se lo llevó a la nariz como quien olfatea un habano. Y si hubiera podido interpretar nuestra conversación, habría empezado a dudar de la clase de productos que vendía. «Los zapatos en la tienda de al lado’”, nos habría dicho, pues nosotros hablábamos de textura, de forma, de brillo, de color, para nada del sonido.

Efectuado el peritaje de ese violín, seguimos con el de los otros. El mismo procedimiento. Salimos de la tienda con el primer violín y una trompeta (para elegirla no tuvimos problemas, solo había un modelo). Mientras caminábamos, mi amigo y yo, que de música no sabemos nada, pero sí de estadística, inferimos, a partir de esta elemental muestra de un solo ejemplo, unas sesudas conclusiones:

—Las dependientas de Polonia son robustas.
—Los dependientes polacos en general no se esfuerzan por vender. Vamos, que se la suda que compres o no. El Estado es el propietario, el puto amo.
—Las dependientas polacas, y los polacos por extensión, no saben reír. En los países del Este no conocen la risa.

Y animados en nuestras deducciones, decidimos que los polacos no estaban a gusto en su país y necesitaban dólares para pirarse. Y entonces, sintiéndonos como debieron de sentirse los americanos en España cuando aquello del plan Marshall, empezamos a repartir generosamente zlotys a los transeúntes con aspecto de polacos.

Pasados los años, mi amigo y yo nos reímos al recordar esta anécdota. Nos gusta imaginar lo que contaría la dependienta polaca al llegar esa tarde a su casa. Tenemos dos versiones. En la primera, la dependienta cuenta que dos expertos en música, sin necesidad de tocar una sola nota, solo palpando, oliendo, visualizando y casi degustando, fueron capaces de llevarse el mejor instrumento de la tienda. La segunda nos es menos favorable. La dependienta explica que dos gilipollas capitalistas —“perdón por la redundancia”, añadiría—, dominados por el consumismo, sin tener ni puta idea de música, pero con la ayuda de artes supersticiosas y con gestos que parecían más de simios que de humanos, se llevaron la viola que desde hacía años nadie quería comprar.