Violines del Este

Violín

Unos años antes de la caída del muro de Berlín, viajé con un grupo de amigos por los países del Este. Ingenuamente queríamos comprobar cómo era la vida al otro lado del Telón de Acero, en ese lado oscuro, peligroso y hasta ridículo que dibujaban las tendenciosas películas americanas que llegaban a los países occidentales donde, por supuesto, reinaba la prosperidad, la justicia y el blablablá.

La anécdota que voy a contar sucedió el último día de nuestra estancia en Varsovia, cuando disponíamos de una importante cantidad de zlotys (moneda polaca) conseguidos a cambio de nuestros dólares, muy solicitados por los polacos que nos abordaban y pujaban en ficticia clandestinidad con sus ofertas de moneda nacional.

La mayoría de las tiendas ofrecían pobres escaparates, tan deslucidos y destartalados que recordaban a la España de posguerra. La oferta de productos era escasa y a muy bajo precio para nuestra economía. Por tanto, no era fácil deshacerse de los zlotys. Yo repartía las compras por diferentes tiendas, para no tener esa sensación de asqueroso capitalista que se apropia de un país a cambio de dinero. Entre otras cosas compré una cartera, un cinturón, unas botas…, más por razones antropológicas que comerciales, pues eran de espantoso diseño, especialmente unos patines para el hielo que parecían de la primera guerra mundial.

Entonces, uno de mis amigos quiso comprar un violín y una trompeta para su hermano, que se había quedado en España. Así que le acompañé a una tienda de instrumentos musicales. Un violín es un violín, y una trompeta es una trompeta —nos dijimos—, no debería haber diferencias con los violines y trompetas occidentales.

He de decir que mi amigo y yo sabíamos quienes eran Mozart y Beethoven, y hasta nos atrevíamos a pronunciar el nombre de Shostakovich en una conversación que presumiera de culta, pero ignorábamos los más elementales conceptos musicales, y nuestras habilidades interpretativas se limitaban a la pandereta por Navidad,  con muy poca gracia, por cierto.

Tres robustas dependientas, vestidas con guardapolvos grises, pululaban por la tienda. La más robusta se dirigió a nosotros. Lo hizo sin palabras, se limitó a mirarnos fijamente, como si estuviera entrenada por la policía política para practicar interrogatorios. Ni mi amigo ni yo hablábamos polaco, tuvimos que recurrir al primitivo lenguaje de los gestos. Con las manos modelamos en el aire la silueta de un violín y, casi al mismo tiempo, tomamos un arco invisible y empezamos a tocar el imaginario instrumento, con tanta vehemencia que resultó extraño no oír la Danza del Fuego invadiendo el aire. La mujer interrumpió nuestra interpretación para decirnos con señas que la siguiéramos.

Entramos en la trastienda. De un armario sacó la dependienta tres violines y los colocó sobre una pequeña mesa. Con expresivos ademanes, quizás inspirada por nuestra anterior actuación, nos invitó a probarlos. Mi amigo, licenciado en Bellas Artes, se subió las mangas de la camisa, frotó sus dedos contra los pulgares, como desprendiéndose de diminutas partículas de polvo y, después de un breve momento de éxtasis, tomó uno de los violines y lo elevó a la altura de sus ojos. Luego deslizó los dedos por la lisa madera y probó la tensión de las cuerdas. De vez en cuando daba cabezadas de asentimiento. Cuando pidió mi opinión, yo me puse a su altura. Con caras de “expertos”, emparejadas al final de la caja del violín, intentábamos percibir con los sentidos útiles las cualidades del instrumento. Pusimos los ojos al ras de la caja para comprobar su aerodinámica, y al final del violín, un poco más allá de las clavijas, nos tapamos con los ojos atónitos de la dependienta, que verían los nuestros subiendo y bajando como cuatro soles locos, horizonte arriba, horizonte abajo. La pobre mujer, a pesar de su educación prosoviética, no podía disimular su asombro, sobre todo cuando mi amigo cogió el arco y sujetándolo por los extremos se lo llevó a la nariz como quien olfatea un habano. Y si hubiera podido interpretar nuestra conversación, habría empezado a dudar de la clase de productos que vendía. “Los zapatos en la tienda de al lado’”, nos habría dicho, pues nosotros hablábamos de textura, de forma, de brillo, de color, para nada del sonido.

Efectuado el peritaje de ese violín, seguimos con el de los otros. El mismo procedimiento. Salimos de la tienda con el primer violín y una trompeta (para elegirla no tuvimos problemas, solo había un modelo). Mientras caminábamos, mi amigo y yo, que de música no sabemos nada, pero sí de estadística, inferimos, a partir de esta elemental muestra de un solo ejemplo, unas sesudas conclusiones:

—Las dependientas de Polonia son robustas.
—Los dependientes polacos en general no se esfuerzan por vender. Vamos, que se la suda que compres o no. El Estado es el propietario, el puto amo.
—Las dependientas polacas, y los polacos por extensión, no saben reír. En los países del Este no conocen la risa.

Y animados en nuestras deducciones, decidimos que los polacos no estaban a gusto en su país y necesitaban dólares para pirarse. Y entonces, sintiéndonos como debieron de sentirse los americanos en España cuando aquello del plan Marshall, empezamos a repartir generosamente zlotys a los transeúntes con aspecto de polacos.

Pasados los años, mi amigo y yo nos reímos al recordar esta anécdota. Nos gusta imaginar lo que contaría la dependienta polaca al llegar esa tarde a su casa. Tenemos dos versiones. En la primera, la dependienta cuenta que dos expertos en música, sin necesidad de tocar una sola nota, solo palpando, oliendo, visualizando y casi degustando, fueron capaces de llevarse el mejor instrumento de la tienda. La segunda nos es menos favorable. La dependienta explica que dos gilipollas capitalistas —“perdón por la redundancia”, añadiría—, dominados por el consumismo, sin tener ni puta idea de música, pero con la ayuda de artes supersticiosas y con gestos que parecían más de simios que de humanos, se llevaron la viola que desde hacía años nadie quería comprar.